Además, una cosa era fabricar un recuerdo y otra muy distinta inculcar el miedo. A Aidan, los perros le daban pánico, y esto indicaba que mi teoría sobre lo sucedido en el estudio de Hugh y la pistola era errónea. No me importaba reconocerlo ya que, en cuanto a cometer equivocaciones se refiere, soy un verdadero as. En cualquier caso, este tipo de deslices pueden corregirse. El problema no era éste, sino Marlinchen y sus recuerdos de lo que había descrito como un relámpago, pero que a mí me sugería el disparo accidental de una pistola en la casa. Unos recuerdos que Aidan no compartía. O Marlinchen estaba equivocada o lo estaba Aidan, aunque los dos resultaban absolutamente convincentes cuando contaban las respectivas versiones.
Y luego estaba el viejo BMW. Hugh lo no había usado durante catorce años. La fecha coincidía con el tiempo en que habían cambiado la moqueta del estudio y con el momento en que se originaron los dispares recuerdos tempranos de Marlinchen y de Aidan. Era otra cosa más que llevaba a aquel periodo crítico de hacía catorce años. Al umbral, como lo había llamado la doctora Leventhal.
Mi primer pensamiento fue que Hugh había guardado el BMW lejos de las miradas porque Aidan había sangrado abundantemente dentro del coche y, a diferencia del estudio, Hugh no había conseguido limpiarlo bien. Pero si Aidan se hubiera disparado sin querer en una mano, el primer gesto instintivo habría sido, sin duda, envolvérsela en una toalla y taponar la herida. Claro que habría sangrado, pero no tanto como para que Hugh no pudiese limpiarlo. ¿Acaso se le había ocurrido prever que, algún día, alguien podría inspeccionar el coche en busca de pruebas de que el accidente del hijo no había sucedido tal como el padre había contado? He conocido a gente paranoica, pero aquello me parecía exagerado.
Sin embargo, no era imposible. El problema residía en que yo sabía muy poco del carácter de Hugh. No podía hablar con él y lo que sus hijos explicaban era bastante limitado.
Lo que necesitaba realmente eran los recuerdos de un adulto que hubiese tratado de cerca a los Hennessy durante los primeros años de su matrimonio, alguien que los hubiese conocido bien en este periodo de sus vidas. Alguien que, como Aidan, hubiese sido proscrito de la casa y cuyo alejamiento de la familia hubiera ocurrido catorce años atrás, como todo lo demás.
Lo vi llegar al cabo de dos horas. Se trataba de un hombre delgado; había enfilado el sendero que se dirigía a la tumba de Elisabeth Hennessy con un ramito de narcisos blancos en la mano. El paso del tiempo había cambiado poco a J. D. Campion. Llevaba el cabello largo como antes, sujeto en la nuca con una coleta, y todavía lucía barba. Ni en la cabeza ni en la barba le habían aparecido canas y las flores que colocó en el jarrón estaban envueltas en el papel de celofán transparente que utilizan las floristerías para envolver los ramos.
Campion tenía buen oído. Yo me encontraba a unos cuantos metros cuando se volvió para mirarme.
– Señor Campion -dije-. Me llamo Sarah Pribek. Soy amiga de Marlinchen Hennessy.
– ¿Marlinchen? -exclamó, sorprendido-. Entonces, ¿también conoce a Hugh?
– No exactamente -respondí-. Me gustaría hablar con usted.
– ¿Me ha estado esperando aquí? -quiso saber.
– Sí -admití-. Es usted una persona difícil de localizar. He intentado ponerme en contacto a través de sus editores y mediante listines de teléfono, pero no he tenido suerte y se me ocurrió que…
Campion observó a un par de ardillas que se peleaban en una rama de la copa de un árbol.
– Me parece mucha molestia, sólo para verme -comentó despacio-. Y no habrá venido para hablar de las referencias védicas en Camino de las sombras, ¿verdad?
– Pues no -admití.
– Entonces, ¿cómo es que trata a Marlinchen pero no conoce a Hugh?-inquirió.
– Conocí a Marlinchen no hace mucho -expliqué-. Un par de meses atrás, Hugh sufrió una grave apoplejía.
– No he leído la noticia -adujo.
– Es que no ha salido en la prensa -repliqué.
– ¿Tan grave fue?
Si satisfacía su curiosidad allí mismo, no tendría ningún incentivo para conseguir que me explicara todo lo que yo quería saber.
– Se lo contaré todo -aseguré-, pero tal vez podríamos ir a un lugar donde estuviéramos… -no podía decir «a solas» porque allí no había nadie que nos oyera-… más cómodos.
Campion no mordió el cebo enseguida.
– Lo siento, pero aún no sé quién es usted -objetó.
– Soy detective de la Oficina del Sheriff del condado de Hennepin, pero no se trata de ninguna investigación oficial. Estoy ayudando a Marlinchen en un problema familiar.
– Dirigí la mirada colina abajo, hacia donde tenía aparcado el coche-. Como ya le he mencionado, me gustaría hablar del asunto con usted, pero tal vez éste no sea el lugar más adecuado.
– Tal vez no -convino Campion-. ¿Le parece bien que vayamos a un bar?
Siempre había sentido curiosidad por saber qué beben los poetas en los bares. La respuesta no me emocionó demasiado: cerveza Budweiser. Yo pedí una Heineken para no desentonar.
En mi profesión, puedo permitirme el lujo de decir «aquí soy yo quien hace las preguntas», aunque no tenga que expresarlo con palabras. Por lo general, interrogo a sospechosos arrestados o entrevisto a testigos intimidados por la gravedad de la situación en la que se han visto involucrados. En esas situaciones, las respuestas suelen fluir con facilidad y de manera unilateral.
En cambio, en el caso de Campion, para obtener información de él tendría que darle yo alguna. No porque se mostrara receloso, sino porque no había tenido contacto con la familia Hennessy desde hacía casi quince años. Hasta que le explicase algunos detalles de la situación actual de la familia, no entendería las preguntas que pensaba formularle. Por otro lado, me pareció que si no le contaba cómo estaban las cosas, se negaría a colaborar. No me conocía de nada y sólo tenía mi palabra de que estaba ayudando a Marlinchen.
Le referí el ataque de Hugh, la visita en que Marlinchen me había pedido ayuda para que buscara a su hermano Aidan y el regreso de éste, callándome sólo los malos tratos que Hugh le había infligido.
– Han pasado catorce años -dijo Campion cuando hube terminado-. No sé si le seré útil.
– Hábleme de catorce años atrás. -Bebí un trago de Heineken-. ¿Por qué se pelearon Hugh Hennessy y usted?
– No lo sé -respondió.
– Pues claro que lo sabe -repliqué llanamente. Campion no parecía de esos a quienes molesta que se llame a las cosas por su nombre-. Las amistades no se rompen para siempre sin un buen motivo.
– Tendrá que preguntárselo a Hugh, cuando se recupere -apuntó-. Sé que suena extraño, pero sigo sin saber por qué se enfadó tanto.
– Cuénteme cómo ocurrió.
– En aquella época, yo viajaba mucho. -Campion se recostó en el asiento-. Y Minnesota era una suerte de apeadero para mí, porque Hugh y Elisabeth estaban allí. Una noche, llegué tarde a la ciudad y fui a su casa. Llevaba cuatro meses sin verlos. Cuando me abrieron la puerta, Hugh no me dejó entrar. -Campion sacudió la cabeza como reviviendo el asombro-. Me acusó de ser una mala influencia para sus hijos y de envidiar su éxito, y terminó diciendo que no quería verme. Acto seguido, cerró la puerta y no la abrió más.
– Y entonces, ¿qué? -lo presioné.
– Me marché -respondió-. No iba a quedarme en la puerta llorando, como un perro que ha sido malo. Lo llamé al cabo de unos días para ver si se le había pasado, pero me pidió que no lo llamara más y me colgó el teléfono.
– ¿Y nunca habló de ello con Elisabeth? -inquirí.
– No. Lo intenté, pero nunca respondía al teléfono. Siempre se ponía Hugh.
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