Jodi Compton - Indicio de culpa

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Sarah Pribek, una detective de Mineápolis especializada en desapariciones, protege la identidad de una amiga suya, Genevieve. Ambas persiguieron, encontraron y mataron a Royce Stewart, violador y asesino de la hija de Genevieve, en una trama en la que se vio involucrado el marido de Sarah, que se encuentra en la carcel. Nadie del departamento de policía entiende el extraño proceder de la detective, que está protegiendo a una criminal, y un inspector llega a la ciudad para investigarla… Una historia donde las cosas no tienen las motivaciones correctas, o al menos las que se presume que deberian ser.

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Regresé a mi habitación, me desnudé y abrí la cama mientras me obligaba a olvidar el asunto. Las voces de los animales podían confundir, me dije. Como la del gato montés, por ejemplo; su grito se parecía mucho a un chillido femenino. O la del cárabo listado.

Pero no había sido ningún gato montés, ni tampoco un cárabo listado.

Si había alguien allí fuera y realmente estaba en apuros, habría vuelto a gritar. Habría respondido a mi llamada.

«Eso no lo sabes», me dije.

¿Pero qué ayuda podía prestar yo, por el amor de Dios? Todavía estaba medio borracha. Sin duda, alguien más habría oído el alarido. Alguien, más cercano al punto del que había surgido, correría a intervenir.

«No puedes estar segura de ello. No sabes si alguien más lo ha oído. Lo único que sabes es que tú, sí.»-¡Hijo de puta! -mascullé, harta, y busqué apresuradamente unas prendas más recias que la ropa que había llevado para salir a tomar unas copas.

Salí de la casa por la puerta de atrás. Por aquella época, mi única arma era una linterna, grande y bonita, con un cuerpo de metal cromado de color cereza en el que cabían cuatro pilas grandes, una detrás de otra. Mientras subía la ladera, con pasos algo inestables todavía, la moví de un lado y a otro, barriendo con el foco los arbustos y las sombras.

– ¿Hay alguien ahí?

Cuando terminé de buscar detrás, rodeé la casa. Era posible que el grito procediese del frente y que me hubiese llegado por la ventana del baño por algún efecto acústico al rebotar el sonido en la ladera de manera que parecía proceder de allí. Volví sobre mis pasos y salí a la calle. Me encaminé hacia el pueblo sin dejar de enfocar la sucesión de verjas, entradas de vehículos y jardines delanteros, teniendo buen cuidado de evitar las ventanas a oscuras, tras las cuales dormía la gente. Luego, cuando llegué al pueblo, me descubrí buscando en los callejones y en los huecos de las puertas de las tiendas. Nada. No había ni rastro de problemas; las calles estaban tranquilas como un decorado de cine en horas nocturnas.

Terminé en la plaza mayor, completamente sobria y absolutamente sola en medio del pueblo. La noche casi había terminado. Faltaba menos de una hora para que amaneciera.

Cuando llamé a su puerta, a las siete y media de la mañana, Kenny ya estaba vestido para ir a la iglesia, con americana y corbata y engominado. Acogió mi aparición, linterna en mano todavía, con una expresión ligeramente burlona.

– Creo que quiero ser policía -le dije.

Capítulo 28

– No veo que podamos llevar este asunto ante un juez -dijo Kilander.

Era la mañana siguiente a que Marlinchen y yo habláramos junto al lago y, en aquel momento, procedía a lo que ya había hecho un buen número de veces desde la mañana en que anuncié a Kenny Olson que quería ser policía: a discutir con un fiscal si había posibilidades de llevar con garantías un caso al tribunal.

Sin embargo, la conversación no tenía carácter oficial. Kilander y yo nos habíamos encerrado en su despacho para dar cuenta del almuerzo de comida rápida que yo me había encargado de llevar: ensalada de pollo al curry con lechuga, un bollo redondo y té helado. Acababa de contarle lo que sabía de los Hennessy: las palizas de Hugh, el exilio de Aidan y la inexplicable ojeriza de Hugh por su hijo mayor.

– Es una historia horrible, no cabe duda -dijo Kilander-. Pero el propósito de la ley de menores y de familia no es el castigo, sino la mediación. Ninguna agencia de protección de menores pretendería llevar a juicio a un padre por malos tratos si los hechos han tenido lugar hace tiempo y no han producido lesiones permanentes.

– Eso ya lo sé -respondí mientras abría por la mitad el panecillo, que no había tocado hasta aquel momento, y lo untaba con mantequilla. Más que nada, me proponía ganar algo de tiempo. Lo que me disponía a revelar a Christian Kilander ni siquiera lo había compartido con Marlinchen, todavía-. Lo que te he contado hasta ahora son, sobre todo, antecedentes. La historia no termina aquí.

– ¡Ah! -murmuró Kilander-. ¿Quieres que anule mi comparecencia de la una y media?

Pretendía burlarse de mí, como yo ya sabía que haría. También sabía que adoptaría la posición de abogado del diablo, pero no me importaba. Aquella agudeza típica en él, su mente penetrante, era en parte la razón de que hubiera recurrido a él.

– ¿Sarah? -me instó a responder.

– Creo que Aidan se disparó con un arma de su padre -declaré mientras dejaba el panecillo sobre la mesa, intacto-. Y creo que Hugh encubrió lo sucedido.

Por primera vez, Kilander esbozó una sonrisa.

– Siempre me vienes con las teorías más peregrinas -comentó-. Cuéntame cómo has llegado a esta conclusión.

Le hablé del dedo que le faltaba a Aidan y de la explicación que me había ofrecido Marlinchen al respecto: que el feroz perro del vecino había mordido al pequeño cuando tenía tres años y que, a consecuencia de ello, Aidan había estado ausente de casa «mucho tiempo», según la apreciación de la muchacha, y había vuelto sin el meñique de la mano izquierda.

– ¿Por qué no la crees? -preguntó él.

– He visto la zona donde viven -respondí-. Tienen vecinos, pero no están cerca. El niño, que apenas contaba tres años, debería haber hecho una caminata larguísima para topar con ese hipotético perro.

Kilander no intervino.

– Por otra parte -continué-, Hugh Hennessy coleccionaba pistolas antiguas. Las guardaba en su estudio y las mostraba a los periodistas; las he visto en varias fotos de revistas. Sin embargo, tiempo después, cambió de actitud y empezó a demostrar aversión por las armas. Ya no quería tener ninguna en la casa. -Pensé en Cicero y reprimí el incómodo recuerdo-. Entretanto, decidió sustituir la moqueta del estudio. Tenía dinero suficiente para contratar a un profesional y no era un hombre mañoso, pero se empeñó en llevar a cabo el trabajo él mismo. Lo hizo fatal. Se nota que lo hizo sin ayuda. Los gemelos calculan que fue hace unos catorce años, cuando ellos tenían tres o cuatro.

»De esa época, entre sus primeros recuerdos, Marlinchen guarda uno bastante extraño. Cuenta que cayó un rayo en la casa, que el suceso trastornó a su madre hasta el punto de hacerla llorar y que a ella le provocó un pánico a las tormentas que aún le dura. A las tormentas y a los ruidos fuertes -añadí, haciendo hincapié en las dos últimas palabras.

– ¿Y no podría tratarse realmente de la caída de un rayo? -inquirió Kilander.

– He visto la casa por fuera -expliqué-. No se aprecia el menor daño.

– Tal vez lo repararon -apuntó él.

– Eso pensé yo, pero Marlinchen ni siquiera fue capaz de indicarme dónde había caído. ¿ Cómo es posible que se acuerde tan bien de la noche en que sucedió, pero no recuerde en absoluto haber visto los daños, ni la presencia de obreros que se encaramaran al techo para repararlo, ni nada por el estilo?

Kilander asintió.

– Hablando de reparaciones domésticas -proseguí-, además del cambio de moqueta, en la alfombra del pasillo del piso de arriba se aprecian tres círculos descoloridos de lejía, como si alguien hubiera quitado unas manchas. Cabe pensar que Hugh intentara limpiar unas manchas de sangre, con su conocida torpeza.

Kilander asintió, pensativo.

– Así, crees que el chico se hirió de un disparo con un arma de su padre y que no pudo salvar el dedo…

– A esa edad, ya debía de haber visto pistolas en la tele. Si era un niño curioso y desobediente…

– Y Hugh mintió para ocultar lo sucedido -continuó Kilander.

– Profesionalmente, habría sido desastroso para él que se divulgara -asentí-. Imagina lo que habría dicho la prensa: «Padre negligente deja un arma cargada en un cajón abierto; su hijo de tres años se pega un tiro con ella». En esa época, Hugh era bastante más popular; los medios se interesaban por él. Habría sido una publicidad nefasta para cualquier escritor, pero peor aún para él, que había escrito dos libros bastante difundidos sobre la familia y sobre el amor y la lealtad. Ser un hombre de familia era su…, ¿cómo lo decían sus publicistas? «Su marca de fábrica».

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