Anne Perry -

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El inspector William Monk, ahora miembro de la Policía Fluvial del Támesis, se enfrenta a un enemigo muy peligroso: Jericho Phillips, sospechoso de dirigir una extensa red de prostitución infantil. Sin embargo, tras el juicio, Phillips es liberado. Decidido a probar su culpabilidad, Monk reabre el caso; pero a medida que se sumerge en los bajos fondos de Londres se percata de que el misterioso apoyo que recibe Phillips proviene de altas esferas de la sociedad. Con el apoyo de su esposa Hester, William Monk se enfrenta al más peligroso y escurridizo criminal de toda su carrera.

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Rathbone se levantó con un aire muy sombrío, como si él también estuviera afectado por lo que acababa de oír.

– Lo que le sucedió a ese niño es atroz -comenzó. Reinaba un silencio absoluto en la sala y no tuvo que levantar la voz-. Debería impresionarnos a todos, y me parece que lo ha hecho. -Estaba muy quieto, sobrecogido ante tanto horror-. El hecho de que fuera un niño pobre e ignorante es completamente irrelevante. El hecho de que al principio se ganara la vida mendigando o robando para luego, muy probablemente, verse obligado a cometer actos de una degradación inefable para satisfacer a hombres dominados por apetitos aberrantes, también es irrelevante. Todo ser humano merece justicia; es lo mínimo. Si es posible, también merece misericordia y honor.

Se oyó un grave murmullo de asentimiento. Los rostros del jurado rebosaban emoción. Estaban apiñados en la tribuna, incómodos y con el cuerpo en tensión.

Sullivan parecía congelado, con el semblante lívido.

– Lo que hemos oído es suficiente para despertar las pasiones, la ira, la compasión de toda persona decente, hombre o mujer -prosiguió Rathbone-. ¿Qué pensaríamos de una mujer como Hester Monk, que dedica su tiempo y sus medios a trabajar para asistir a los enfermos, los indigentes, los olvidados y los marginados de nuestra sociedad, si no tuviera piedad de un niño maltratado? Si ella no lucha por él, ¿quién lo hará? Si no monta en cólera y no llora por él, ¿qué clase de mujer es? Permítanme el atrevimiento de decir que no sería una mujer a quien me gustaría conocer. -Más audibles murmullos de aprobación. Rathbone les estaba hablando con intimidad. Nadie se movía ni hacía el más leve ruido-. ¿Y el comandante Durban, que vio su cadáver recién sacado de la maraña de cabos de la barcaza, destrozado e irreconocible, que vio señales de tortura en la carne muerta? -Gesticuló delicadamente con las manos-. ¿Qué clase de guardián de la ley sería si no hubiese jurado dedicar su vida profesional a buscar al responsable? En su caso, también dedicó su tiempo libre, y su propio dinero, a que se hiciera justicia y, a mi entender, a poner fin a que tales cosas les sucedieran a otros niños también. ¿Queremos policías que no actúen ante semejantes horrores?

En lo alto del banquillo, Jericho Phillips se agitó inquieto por primera vez. Sus ojos parpadearon con pánico y encorvó el cuerpo hasta donde se lo permitían las esposas.

– Y el señor Monk es un digno sucesor del comandante Durban -prosiguió Rathbone-. Demuestra la misma pasión, la misma dedicación, una inquebrantable voluntad que lo impele a pasar día y noche buscando indicios, respuestas, pruebas, allí donde quepa encontrarlos. No descansará, de hecho no puede descansar, hasta que haya capturado al responsable y lo haya conducido hasta el mismísimo pie de la horca.

Varios miembros del jurado asintieron.

Lord Justice Sullivan parecía preocupado, a punto de llegar al extremo de interrumpirlo. ¿Era concebible que Rathbone hubiese olvidado a qué parte representaba?

– Tomemos en consideración a cada una de estas personas por separado -dijo Rathbone razonablemente-. Y también al señor Orme, por supuesto. Creo que nosotros coincidimos con ellos en el deseo de servir completa e irrevocablemente a la justicia. -Aquello fue casi una pregunta, aunque esbozó una sonrisa-. No obstante, nuestra posición difiere de la suya en que ellos presentan pruebas para que se tengan en cuenta mientras que nosotros sacamos una conclusión que es irrevocable. Si hallamos culpable a Jericho Phillips, en el plazo de tres semanas será ahorcado y nunca más podremos traerlo de vuelta a este mundo.

»Si, por el contrario, lo hallamos no culpable, no podrá ser juzgado por este crimen otra vez. Caballeros, nuestra decisión no deja lugar a la pasión, sin que importe cuán comprensibles, cuán humanas, cuán dignas de la más noble piedad sean las víctimas de la pobreza, la enfermedad o la desigualdad. No tenemos el lujo de contar con que otros vengan después y enmienden nuestros errores o corrijan nuestros juicios erróneos. Sólo en esta sala cabe ese juicio final en el tribunal de Dios, ante quien nos presentaremos todos en la eternidad. ¡No podemos equivocarnos! -Levantó la mano con el puño cerrado, no a modo de amenaza sino recalcando la trascendencia del aserto.

»No somos partidarios de nadie. -Los miró uno tras otro y luego tembló un poco-. No debemos serlo. Permitir que un sentimiento de agrado o repulsa, de horror, de piedad o de auto-compasión, de miedo o favoritismo por alguien -cortó el aire-, o que cualquier otra actitud humana influya en nuestra decisión equivale a negar la justicia. Y nunca confundan el drama al que asistimos aquí con nuestro propósito, ¡no lo es! Nuestro propósito es la justicia imparcial e igual para todas las personas, vivas o muertas, buenas o malas, fuertes o débiles… -Vaciló-. Encantadoras u horrorosas. La cuestión no es si el comandante Durban era un buen hombre, incluso un espíritu noble, sino si estuvo en lo cierto al reunir pruebas y sacar conclusiones en relación con el asesinato de Walter Figgis. ¿Permitió que las pasiones humanas gobernaran su razonamiento? ¿Hizo que su sueño de justicia precipitara sus juicios? ¿Que su rechazo del crimen le impeliera a captar la solución demasiado deprisa?

»Deben ponderar por qué abandonó la persecución de Phillips y luego la retomó. Sus notas no lo dicen. ¿Por qué no? Deben preguntárselo y no eludir la respuesta por desagradable que sea. -Se volvió, dio unos pasos y se enfrentó al jurado otra vez-. Eligió a William Monk para que lo sucediera en el puesto ¿Por qué? Es un buen detective. Nadie lo sabe tan bien como yo. ¿Pero acaso Durban, que lo trató sólo unos meses, le eligió porque vio en Monk a un hombre de profundas convicciones semejantes a las suyas, compasivo con los débiles, iracundo ante los abusos y de una dedicación imparable? Un hombre que haría lo posible por cerrar los casos que dejaba inconclusos por honor y para pagar una deuda personal. -Los ojos de los jurados estaban clavados en Rathbone, y él lo sabía.

»Tienen que juzgar la fuerza y el equilibrio de la compulsión que llevó a Monk a seguir el mismo camino que Durban había tomado -les dijo-. Han escuchado a la señora Monk y se habrán formado una opinión sobre su valentía y su pasión. Esta mujer salió del mismo molde que Florence Nightingale, esta mujer recorrió los campos de batalla entre los muertos y los agonizantes y no se desmayó ni se echó a llorar, no se echó para atrás sino que se armó de valor y tomó decisiones. Con bisturí y aguja, vendas y agua, salvó vidas. ¿Qué no haría para llevar ante la justicia al hombre que abusó y asesinó a niños, a un niño tan parecido al mismísimo rapiñador que prácticamente ha adoptado como propio?

»¿Están dispuestos a ahorcar a Jericho Phillips con la certidumbre, más allá de toda duda fundada, de que estas personas, tan apasionadas y enfurecidas con razón, no se han equivocado en su razonamiento analítico y objetivo, y que han encontrado al hombre correcto entre los miles que se ganan la vida en el río más ajetreado del mundo? -Bajó la voz y se quedó inmóvil en medio del entarimado-. Si no están seguros, deben hallarlo no culpable por el bien de todos nosotros. En primer lugar por el de la ley, que debe proteger a los más débiles, los más pobres y los menos amados de todos nosotros, así como protege a los fuertes, los guapos y los buenos. Si no lo hacen, dejará de ser una protección, convirtiéndose en mero instrumento de nuestro poder y nuestros prejuicios.

«Caballeros, termino mi alegato dejando que el fallo recaiga no sobre su lástima o su indignación, sino sobre su honor al sagrado principio de la justicia por la que un día todos seremos juzgados.

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