Anne Holt - La Diosa Ciega

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La exitosa abogada Karen Borg ha sacado a pasear a su perro cuando se tropieza con un cadáver. ¿De quién? Solo Dios sabe, el cuerpo ha perdido su cara. Hanne obtiene una confesión de un sospechoso vendedor de drogas quien también confiesa a Karen después de pedirle que le defienda. El sendero conduce a la cima de la profesión jurídica.
En esta primera entrega de la serie se presenta a los personajes -la brillante y también arrogante Hanne Wilhelmsen y sus colegas- y el escenario -un mundo en el que la diosa de la justicia lleva los ojos vendados-. La tarea del equipo de Wilhelmsen es destapar los ojos de esa diosa ciega. La trama parte de un asesinato que desata una investigación de una red de corrupción y drogas. A lo largo del libro se va descubriendo las partes implicadas en ésta y finalmente se conoce que ciertos miembros del cuerpo de la policía, así como del departamento de Justicia, participaron en la misma. El motivo: financiar las operaciones de los servicios secretos noruegos.

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– Por ahora, poco -dijo Håkon-. Pero ya nos estamos poniendo en marcha. Hablaremos hacia finales de semana. Que no te quepa duda de que, como no respetes nuestro acuerdo, voy a ir a por ti. Ni una palabra sobre esto en los periódicos. Ya te llamaré cuando sepamos algo más. Puedes irte.

Myhreng estaba encantado. Aquel día había hecho un buen trabajo y, al abandonar la Comisaría General, sonreía de oreja a oreja. La tristeza del lunes se la había llevado el viento.

La gran estancia era demasiado oscura. Pesadas cortinas marrones de velludillo con borlas en los bordes robaban la poca luz que hubiera podido colarse en el piso ubicado en la planta baja de un patio trasero. Todos los muebles eran de maderas oscuras; Wilhelmsen creía que era caoba. Olía a cerrado y estaba todo cubierto de una gruesa capa de polvo que era imposible que se hubiera acumulado en una sola semana, así que los policías llegaron a la conclusión de que a Hansa Olsen no le había importado mucho la limpieza. Pero estaba todo muy ordenado. Una estantería de libros cubría una pared entera; era marrón oscuro, con armarios en la parte baja y un mueble-bar iluminado y con puertas de vidriera de colores en un extremo. Sand se dirigió a la librería pisando la gruesa moqueta. Le daba la impresión de que se iba hundiendo en ella y sus pasos no producían más ruido que el suave crujido del cuero de los zapatos. No había ni una sola novela en los estantes, pero el abogado tenía una imponente colección de libros jurídicos. Sand ladeó la cabeza y fue leyendo los títulos de los lomos. Había allí obras que se podrían vender por varios miles de coronas en una subasta. Sacó una de ellas de la estantería, palpó el cuero auténtico con que estaba encuadernada y sintió aquel olor tan característico al hojearlo con cuidado.

Wilhelmsen se había sentado en la descomunal mesa de mármol con patas en forma de pie de león y miraba fijamente el sillón orejero de cuero. Sobre el respaldo había un tapete de ganchillo, cubierto de sangre seca y oscura. Le pareció sentir un ligero olor a hierro, pero lo descartó como meras imaginaciones suyas. El asiento también estaba manchado.

– ¿Qué es lo que estamos buscando en realidad? -La pregunta de Håkon Sand era oportuna, pero no hubo respuesta-. Tú eres la investigadora, ¿por qué me has traído aquí?

Seguía sin recibir respuesta, aunque Hanne se levantó, se acercó a la ventana y palpó por debajo del alféizar.

– Todo esto ha sido revisado por los técnicos -dijo al fin-. Pero ellos estaban buscando pistas para un caso de asesinato, y tal vez se les haya pasado lo que estamos buscando nosotros. Creo que tiene que haber documentos escondidos en alguna parte. En algún sitio de este piso debe haber algo que hable de lo que este tipo se traía entre manos, más allá de la abogacía, quiero decir. Ya hemos revisado sus cuentas de banco, al menos las que conocemos, y no se ha encontrado nada sospechoso. -Continuó palpando las paredes y prosiguió-: Si tenemos razón en nuestra débil teoría, el hombre debería tener dinero. No creo que se atreviera a tener los documentos almacenados en el despacho. Por allí pasa un montón de gente todo el tiempo. Aquello es un flujo constante, joder. A no ser que tuviera otro escondite en algún otro lado, tiene que haber algo por aquí.

Håkon siguió el ejemplo de la detective y recorrió la pared de enfrente con los dedos. Se sentía idiota, no tenía ni idea de cómo reconocería una supuesta cámara secreta. Aun así, continuaron hasta que palparon debidamente toda la habitación, sin otro resultado que los dedos sucios.

– ¿Y si probamos con lo obvio? -dijo Håkon, mientras se dirigía a la estantería de mal gusto y abría las puertas.

En el primer armario no había nada y el polvo de los estantes indicaba que llevaba mucho tiempo vacío. El siguiente estaba repleto de películas porno, meticulosamente ordenadas por categorías. La subinspectora sacó una de ellas y la abrió. Contenía lo que prometía la voluptuosa etiqueta. Dejó la película en su sitio y sacó la siguiente.

– ¡Bingo!

Una nota había caído al suelo. La recogió, era un folio plegado con minuciosidad. En la parte de arriba de la hoja ponía «las alas», escrito a mano. Después aparecían una serie de números, en grupos de tres, con guiones intercalados: 2-17-4, 2-19-3, 7-29-32, 9-14-3. Y así continuaba casi hasta el final de la página.

Miraron la hoja largo rato.

– Tiene que ser un código -intervino Sand, y se arrepintió enseguida.

– No me digas -sonrió Hanne, y luego volvió a plegar la hoja con cuidado y la introdujo en una bolsa de plástico-. Entonces vamos a tener que intentar descifrarlo -dijo con énfasis, y metió la bolsa en una maleta que había traído.

El abogado Peter Strup era un hombre inquieto. Mantenía un ritmo que, teniendo en cuenta su edad, habría hecho saltar las alarmas de cualquier médico, si no fuera porque se mantenía en un impresionante estado físico. Actuaba en los tribunales treinta días al año, además de participar en campañas, programas de televisión y debates. Había publicado tres libros en los últimos cinco años, dos de ellos sobre sus muchas bravatas en los juzgados y el otro una pura autobiografía. Los tres se habían vendido bien, y habían salido al mercado con la anticipación precisa a las Navidades.

En aquel momento se hallaba en un ascensor que se dirigía hacia el despacho de Karen Borg. Vestía un traje de buen gusto, de franela de lana de color rojo que tiraba a marrón. Los calcetines hacían juego con una raya de la corbata. Se vio a sí mismo en el enorme espejo que cubría toda una pared del ascensor. Se pasó una mano por el pelo, se enderezó el cuello de la camisa y le molestó notar que se le insinuaba una franja oscura en torno al cuello.

En el momento en que se abrieron las puertas de metal y daba un paso hacia el pasillo, una joven salió por las grandes puertas de cristal con números blancos que le indicaban que se encontraba en la planta correcta. La mujer era rubia, una belleza del montón, y llevaba un traje chaqueta que era prácticamente del mismo color y tela que el traje que llevaba él. Al verlo, la mujer se detuvo perpleja.

– ¿Peter Strup?

Mrs. Borg, I presume -dijo él tendiéndole la mano, que ella estrechó tras una breve vacilación-. ¿Te estás yendo? -preguntó de modo bastante superfluo.

– Sí, pero sólo para recoger algo privado, acompáñame dentro -respondió Karen, y se detuvo-. ¿Querías verme a mí?

El abogado se lo confirmó y entraron juntos en el despacho de ella.

– Vengo a causa de tu cliente -dijo una vez que se hubo sentado en uno de los dos sillones separados por una mesita de cristal-. Lo cierto es que quisiera hacerme cargo del caso. ¿Has hablado con él del asunto?

– Sí, y me temo que no quiere. Quiere que sea yo. ¿Quieres un café?

– No, no te ocuparé tanto tiempo -dijo Strup-. Pero ¿sabes por qué insiste en que seas tú?

– No, la verdad es que no -mintió, y le asombró lo fácil que le resultaba mentir a aquel hombre-. Tal vez quiera que sea una mujer, así de sencillo.

Karen sonrió y el abogado soltó una carcajada breve y encantadora.

– No pretendo ofenderte -le aseguró-, pero con todos mis respetos: ¿sabes algo de derecho penal? ¿Tienes alguna idea de lo que sucede en un juicio?

Ella no respondió, pero se irritó considerablemente. A lo largo de la última semana había sufrido las bromas de sus compañeros, el acoso de Nils y el reproche de la esnob de su madre por haberse hecho cargo de un proceso criminal. Peter Strup pagó el pato. Karen estampó la mano contra la mesa.

– Para serte franca, estoy bastante harta de que la gente resalte mi incompetencia. Tengo ocho años de experiencia como abogada, y eso después de una licenciatura sin duda brillante. Y por usar tus propias palabras: con todos mis respetos, ¿cómo de difícil es defender a un hombre que ha confesado un asesinato? ¿Acaso no basta con poner el piloto automático y añadir una nota de color sobre las dificultades de su vida en el momento en que se esté decidiendo la duración de la pena?

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