Anne Holt - La Diosa Ciega

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La exitosa abogada Karen Borg ha sacado a pasear a su perro cuando se tropieza con un cadáver. ¿De quién? Solo Dios sabe, el cuerpo ha perdido su cara. Hanne obtiene una confesión de un sospechoso vendedor de drogas quien también confiesa a Karen después de pedirle que le defienda. El sendero conduce a la cima de la profesión jurídica.
En esta primera entrega de la serie se presenta a los personajes -la brillante y también arrogante Hanne Wilhelmsen y sus colegas- y el escenario -un mundo en el que la diosa de la justicia lleva los ojos vendados-. La tarea del equipo de Wilhelmsen es destapar los ojos de esa diosa ciega. La trama parte de un asesinato que desata una investigación de una red de corrupción y drogas. A lo largo del libro se va descubriendo las partes implicadas en ésta y finalmente se conoce que ciertos miembros del cuerpo de la policía, así como del departamento de Justicia, participaron en la misma. El motivo: financiar las operaciones de los servicios secretos noruegos.

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– Creo que debe de haber bastante gente implicada, aunque yo no conozco a más de dos o tres. Es un asunto demasiado grande, un pringado de Sagene no puede llevar todo eso él solo, no parece lo bastante listo. Pero yo no he preguntado. Yo he hecho el curro, he cogido el dinero y he mantenido la boca cerrada. Hasta hace diez días.

Karen estaba abatida, se sentía atrapada en una situación que no controlaba en absoluto. Su cerebro registraba la información que recibía, al mismo tiempo que luchaba febrilmente con la pregunta de qué hacer con ella. Se dio cuenta de que se había sonrojado y de que el sudor corría por sus axilas. Sabía que el holandés iba a empezar a hablar de Ludvig Sandersen, el hombre al que ella misma había encontrado la semana anterior, un hallazgo que desde entonces la perseguía por las noches y la atormentaba por el día. Se aferró a los reposabrazos de la silla.

– El martes pasado me pasé a ver al tipo de los cochesusados -continuó Han van der Kerch, que estaba más tranquilo; por fin renunció a los restos de papel, los soltó en la papelera que tenía al lado y la miró por primera vez aquel día antes de continuar-. Hacía meses que no hacía ningún trabajo. Estaba esperando que se pusieran en contacto conmigo en cualquier momento. Me he instalado un teléfono en mi habitación, para no depender de la cabina de teléfonos que hay en el pasillo. Nunca cojo el teléfono antes de que suene cuatro veces. Si suena dos veces y luego se corta, y después suena otras dos veces y se vuelve a cortar, sé que me tengo que presentar allí a las dos del día siguiente. Es un sistema bastante inteligente. En mi teléfono no se ha registrado una sola conversación entre los dos, al mismo tiempo que sí puede contactar conmigo. En fin, que el martes pasado fui hasta allá, pero esta vez no se trataba de drogas. Había un tipo en el sistema que se había puesto un poco chulo. Había empezado a chantajear a uno de los peces gordos. Algo así. No me explicó gran cosa, sólo que constituía una amenaza para todos nosotros. Me llevé un susto de muerte. -Han van der Kerch esbozó una sonrisa torcida, con ironía hacia sí mismo-. En los dos años que llevo con esto, nunca había pensado en serio en la posibilidad de que me cogieran. Hasta cierto punto me he sentido invulnerable. Joder, me cagué de miedo cuando entendí que algo podía salir mal. No se me había pasado por la cabeza que alguien de dentro del sistema pudiera suponer una amenaza. En realidad fue el pánico a que me cogieran lo que me llevó a aceptar el encargo. Me iban a dar doscientos de los grandes. Menuda tentación, coño. No se pretendía sólo matar al tipo, sino que, al mismo tiempo, todas las piezas del sistema escucharían un tiro al aire. Por eso le destrocé la cara. -El chico comenzó a llorar de nuevo, pero esta vez no con tanta intensidad, aún era capaz de hablar, pero las lágrimas corrían por su cara y de vez en cuando se tomaba una pausa, suspiraba profundamente, fumaba y pensaba-. Pero una vez hecho, me acojoné. Me arrepentí de inmediato. Me pasé veinticuatro horas dando vueltas, sin rumbo. No recuerdo gran cosa.

Karen no había interrumpido al chico una sola vez. Tampoco había tomado notas, pero se imponían dos preguntas.

– ¿Por qué me querías a mí de abogada? -preguntó en voz baja-. ¿Y por qué no quieres ir a la cárcel provincial?

Han van der Kerch la miró durante una eternidad.

– Tú encontraste el cadáver, aunque estaba bien escondido.

– Sí, iba con un perro. ¿Y qué?

– Ya te he dicho que no sabía gran cosa del resto de la organización, pero alguna que otra cosa se va pillando. Alguien que se va de la lengua, alguna insinuación… Creo, aunque no lo sé, que hay algún abogado metido en el tinglado. No sé quién es y no puedo confiar en nadie. Pero la cosa es que nos convenía que se tardara en encontrar el cadáver. Cuanto más tiempo pasara, más frías estarían las huellas. Tú tienes que haberlo encontrado a las pocas horas de que yo lo matara. Es imposible que estés implicada.

– ¿Y lo de la cárcel?

– Sé que el grupo tiene contactos dentro. Internos, creo, pero podrían ser empleados, qué sé yo. Lo más seguro es quedarse con el «tío policía». ¡Por mucho calor que haga, coño!

Parecía aliviado. Karen, en cambio, estaba abrumada, como si aquello que llevaba una semana martirizando al chico se hubiera cargado ahora sobre sus hombros.

El holandés le preguntó qué pensaba hacer y ella respondió, con franqueza, que no estaba segura, que se lo tenía que pensar.

– Pero me has prometido que esta conversación va a quedar entre nosotros -le recordó el detenido.

Karen no respondió, pero se llevó el dedo a los labios en señal de silencio. Llamó a un agente. Se llevaron de nuevo al recluso, de vuelta a su repugnante celda amarillo pálido.

Aunque ya eran más de las seis de la tarde del viernes, Sand seguía en su despacho. Karen constató que el aire de cansancio que había adquirido su cara, que el viernes había atribuido a un fin de semana agotador, era en realidad permanente. Le asombraba que trabajara hasta tan tarde, sabía que en la Policía no se pagaban las horas extra.

– Esto de trabajar tanto es un desastre -admitió Sand-, pero peor es despertarse en medio de la noche agobiado por todo lo que no has hecho. Intento estar más o menos al día cada viernes. Así el fin de semana me resulta más agradable.

La gran casa gris estaba silenciosa. Los dos permanecieron sentados en un extraño estado de fraternidad. De pronto una sirena rompió el silencio, estaban probando un coche patrulla en el patio trasero. Se interrumpió con la misma brusquedad que había comenzado.

– ¿Ha dicho algo?

Había estado esperando la pregunta, sabía que tendría que llegar, pero tras unos minutos de relajación la pilló de improviso.

– Poca cosa.

Se daba cuenta de lo difícil que le resultaba mentirle. El rubor empezó a ascender por su espalda, esperaba que no se extendiera hasta la cara, pero aun así él se dio cuenta de todo.

– La obligación de guardar silencio de los abogados. -Håkon sonrió, alargó los brazos por encima de la cabeza, entrelazó los dedos y se los colocó en la nuca; Karen se percató de que tenía aros de sudor bajo los sobacos, pero no resultaba repelente, sino más bien natural después de una jornada laboral de diez horas de duración-. Lo respeto -continuó él-. ¡Tampoco es que yo pueda decir gran cosa!

– Yo creía que el abogado defensor tenía derecho a que le dieran información y documentos -le recriminó ella.

– No en caso de que pensemos que pueda afectar a la investigación.

Håkon sonrió aún más ampliamente, como si le divirtiera que se encontraran en una situación de enfrentamiento profesional. Se levantó y fue a buscar dos tazas de café. Sabía aún peor que el del lunes, como si la misma cafetera llevara hirviendo desde entonces. Karen se conformó con un trago y dejó la taza sobre la mesa con una mueca.

– Esa sustancia te va a matar -le advirtió, pero él ignoró la advertencia y afirmó que tenía un estómago a prueba de bombas.

Por alguna razón que no podía explicar, Karen se sentía bien. Había surgido entre ellos un conflicto extraño y sorprendentemente agradable, que nunca antes había estado allí. Nunca antes Håkon Sand había estado en posesión de información de la que ella carecía. Lo miró con atención y se dio cuenta de que le brillaban los ojos. El gris incipiente de sus sienes no sólo le hacía parecer mayor, sino también más interesante, más fuerte. La verdad es que se había puesto bastante guapo.

– Te has puesto muy guapo, Håkon -se le escapó.

Él ni siquiera se ruborizó, la miró a los ojos. Ella se arrepintió enseguida, aquello suponía abrir una escotilla en el tanque, el que hacía mucho tiempo había asumido que no se podía permitir abrir, ante nadie. Cambió inmediatamente de tema.

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