Anne Holt - La Diosa Ciega

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La exitosa abogada Karen Borg ha sacado a pasear a su perro cuando se tropieza con un cadáver. ¿De quién? Solo Dios sabe, el cuerpo ha perdido su cara. Hanne obtiene una confesión de un sospechoso vendedor de drogas quien también confiesa a Karen después de pedirle que le defienda. El sendero conduce a la cima de la profesión jurídica.
En esta primera entrega de la serie se presenta a los personajes -la brillante y también arrogante Hanne Wilhelmsen y sus colegas- y el escenario -un mundo en el que la diosa de la justicia lleva los ojos vendados-. La tarea del equipo de Wilhelmsen es destapar los ojos de esa diosa ciega. La trama parte de un asesinato que desata una investigación de una red de corrupción y drogas. A lo largo del libro se va descubriendo las partes implicadas en ésta y finalmente se conoce que ciertos miembros del cuerpo de la policía, así como del departamento de Justicia, participaron en la misma. El motivo: financiar las operaciones de los servicios secretos noruegos.

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No estaba nada acostumbrada a tratar con periodistas y reaccionó con un laconismo que le resultaba inusual: respondió casi únicamente con monosílabos. A modo de escaramuza, el periodista empezó soltando una parrafada con la que parecía querer impresionarla con todo lo que sabía sobre el caso, cosa que de hecho consiguió. Luego vinieron las preguntas.

– ¿Ha dado alguna explicación sobre por qué mató a Sandersen?

– No.

– ¿Ha explicado por qué se conocían?

– No.

– ¿Tiene la Policía alguna teoría al respecto?

– No lo sé.

– ¿Es cierto que el holandés no tiene más abogados que tú?

– Hasta cierto punto.

– ¿Conocías al abogado asesinado, Hansa Olsen?

Le comunicó que no tenía más que aportar, le dio las gracias por la conversación y colgó.

¿Hansa Olsen? ¿Por qué le había preguntado eso? Había leído en la prensa del día los sanguinolentos detalles del caso, pero no le había dado mayor importancia. No era de su incumbencia y no conocía en absoluto al hombre. No se le había pasado por la cabeza que el caso tuviera algo que ver con su cliente. En realidad tampoco tenía por qué tener relación, podía ser un palo de ciego del periodista. Algo irritada, decidió tranquilizarse con eso. En la pantalla del ordenador que tenía enfrente vio que nueve personas habían intentado contactar con ella aquel día, y por los nombres comprendió que tendría que emplear el resto del día en su cliente más importante: Producción Petrolera Noruega. Sacó dos de las carpetas del cliente, que eran de color rojo chillón con el emblema de PPN. Después de servirse un café, comenzó con la ronda de llamadas. Si acababa rápido, tendría tiempo de hacer una visita a la Comisaría General antes de irse a casa. Era viernes y tenía mala conciencia por no haber visitado a su cliente encarcelado desde la primera vez que se vieron. Desde luego pretendía hacer algo al respecto antes de tomarse el fin de semana libre.

Casi una semana en prisión preventiva no habían vuelto más locuaz a Han van der Kerch. Habían instalado en su celda un colchón impregnado en orina y le habían dado una manta de borra. En uno de los rincones de la elevación a modo de catre, el holandés había colocado una pila de libros baratos sin encuadernar. Tenía permiso para darse una ducha al día y había empezado a acostumbrarse al calor. Se quitaba la ropa en cuanto entraba en la celda y, por lo general, iba en calzoncillos. Sólo en las raras ocasiones en que lo sacaban para ventilarlo o interrogarlo, se tomaba la molestia de vestirse. Una patrulla había pasado por su habitación en Kringsjå y le habían traído ropa interior, artículos de aseo e incluso un pequeño reproductor portátil de CD.

Ahora se había vestido y estaba con Karen Borg en un despacho de la tercera planta. No mantenían exactamente una conversación, era más bien un monólogo en el que la contraparte a veces introducía murmullos.

– A principios de semana me llamó Peter Strup. Dijo que conocía a uno de tus compañeros y que te quería ayudar. -No hubo reacción, sólo un gesto aún más oscuro y cerrado en torno a los ojos-. ¿Conoces al abogado Strup? ¿Sabes de qué compañero habla?

– Sí. Yo te quiero a ti.

– Está bien.

Karen se estaba desanimando. Tras un cuarto de hora intentando sonsacar a aquel hombre, estaba a punto de tirar la toalla. De pronto el holandés se echó hacia delante en la silla. Con un movimiento desvalido, apoyó la cara en las manos y los codos sobre las rodillas separadas, se restregó la cabeza, alzó la mirada y habló.

– Entiendo que estés confusa. Yo tengo una confusión de la hostia. El viernes pasado cometí el error de mi vida. Fue un asesinato frío, planeado y espantoso. Me pagaron por hacerlo. Mejor dicho, me prometieron dinero por hacerlo. Aún no he visto la guita y no creo que en los próximos años vaya a estar muy activo en el frente de los créditos. Llevo una semana en una celda sobrecalentada preguntándome qué me pasó.

De repente rompió a llorar. Fue tan brusco e inesperado que Karen se vio completamente desarmada. El chico, que ahora parecía un adolescente, mantenía la cabeza entre las piernas, como si estuviera practicando las medidas de seguridad de un avión en caso de accidente, y en la espalda parecía tener convulsiones.

Al cabo de unos segundos se reclinó en la silla para respirar mejor. Tenía manchas rojas en la cara, se le caían los mocos y, a falta de nada que decir, Karen sacó unos Kleenex de su cartera y se los tendió. El chico se secó la nariz y los ojos, pero no dejó de llorar. Karen no sabía cómo consolar a un asesino arrepentido, pero se acercó un poco con la silla y le cogió la mano.

Permanecieron así diez minutos. Dio la impresión de ser una hora, y ella pensó que era probable que ambos lo hubieran sentido así. Pero por fin la respiración del joven empezó a estabilizarse. Karen le soltó la mano y apartó un poco la silla, sin hacer ruido, como si quisiera borrar aquel ratito de cercanía e intimidad.

– Tal vez ahora quieras decir algo más -dijo en voz baja, y le ofreció un cigarrillo que él cogió con mano temblorosa, como un mal actor.

Ella sabía que el temblor era auténtico. Le dio fuego.

– No tengo ni idea de qué decir -tartamudeó el chico-. Una cosa es que haya matado a un hombre, pero es que he hecho muchas cosas más, y no me gustaría hablar tanto como para conseguir una cadena perpetua. No sé cómo contar lo uno sin revelar lo otro.

Karen no sabía qué decir. Estaba acostumbrada a tratar la información con la mayor discreción y confidencialidad. Si no fuera por esa cualidad, no habría tenido muchos clientes. Pero hasta ahora, su discreción había abarcado asuntos de dinero, secretos industriales y estrategias comerciales. Nunca le habían confesado algo abiertamente criminal; de hecho, no estaba segura de qué se podía callar sin transgredir ella misma la ley. Antes de pensar bien sobre aquel problema, tranquilizó a su cliente.

– Lo que me digas a mí, queda entre nosotros. Soy tu abogada y estoy obligada a mantener el secreto profesional.

Tras otros dos o tres suspiros, el holandés se sonó con los Kleenex empapados y contó su historia:

– He estado en una especie de liga. Digo «una especie» porque la verdad es que no sé gran cosa sobre ella. Conozco a un par de personas más que están implicadas, pero son gente a mi nivel, nosotros recogemos y entregamos, y a veces vendemos un poco. Mi contacto tiene una empresa de coches usados en Sagene. Pero el tinglado entero es bastante grande. Al menos eso creo. Nunca he tenido problemas a la hora de cobrar los trabajos que he hecho. Un tipo como yo puede viajar con frecuencia a Holanda, no tiene nada de sospechoso. Cada vez que voy, visito a mi madre. -Al pensar en su madre, se volvió a derrumbar-. Nunca antes he estado en contacto con la Policía, ni aquí ni en casa. Joder. ¿Cuánto tiempo voy a tener que pasar en la cárcel? -Karen sabía perfectamente lo que le esperaba a un asesino, que tal vez fuera también correo, pero no dijo nada; se limitó a encogerse de hombros-. Calculo que habré hecho unos diez o quince viajes en total -continuó el hombre-. Es un trabajo muy sencillo, en realidad. Antes de salir me dan una dirección en Ámsterdam, cada vez es distinta. La mercancía siempre está ya embalada. En plástico. Yo me trago los paquetes, aunque en realidad no sé lo que contienen. -Se interrumpió un momento antes de continuar-. Bueno, siempre he pensado que era heroína. En realidad lo he sabido. Unos doscientos gramos por vez, que son más de dos mil dosis. Todo ha salido siempre bien y, al entregarlo, me dan mis veinte mil coronas. Además de cubrirme los gastos.

La voz sonaba espesa, pero se explicaba con corrección. No paraba de desgarrar los pañuelos, que estaban ya a punto de desintegrarse. En ningún momento apartó la vista de sus manos, como si tuviera que constatar con incredulidad que eran precisamente aquellas manos las que habían matado a otro ser humano hacía justo una semana.

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