Anne Holt - La Diosa Ciega

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La exitosa abogada Karen Borg ha sacado a pasear a su perro cuando se tropieza con un cadáver. ¿De quién? Solo Dios sabe, el cuerpo ha perdido su cara. Hanne obtiene una confesión de un sospechoso vendedor de drogas quien también confiesa a Karen después de pedirle que le defienda. El sendero conduce a la cima de la profesión jurídica.
En esta primera entrega de la serie se presenta a los personajes -la brillante y también arrogante Hanne Wilhelmsen y sus colegas- y el escenario -un mundo en el que la diosa de la justicia lleva los ojos vendados-. La tarea del equipo de Wilhelmsen es destapar los ojos de esa diosa ciega. La trama parte de un asesinato que desata una investigación de una red de corrupción y drogas. A lo largo del libro se va descubriendo las partes implicadas en ésta y finalmente se conoce que ciertos miembros del cuerpo de la policía, así como del departamento de Justicia, participaron en la misma. El motivo: financiar las operaciones de los servicios secretos noruegos.

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– ¡Tengo documentos!

Fue un último intento desesperado de aferrarse a la vida. De pronto se extendió por la habitación el olor inconfundible de los excrementos y la orina.

– No tienes ningún documento, Hansa. Los dos lo sabemos. En todo caso, tengo que correr el riesgo.

El disparo sonó como una tosecilla medio ahogada. La bala alcanzó al abogado en medio de la nariz, que se deformó por completo en el momento en que el proyectil se abrió paso por su cabeza y formó un cráter del tamaño de una castaña en la parte trasera. Rojo y gris salpicaron el pequeño tapete de ganchillo que cubría el respaldo del sillón; grandes manchas llegaron hasta la pared que estaba un metro por detrás.

El hombre de la pistola se quitó el guante de plástico de la mano derecha, se dirigió hacia la puerta y desapareció.

Jueves, 1 de octubre

Los periódicos comentaron el asesinato del abogado Hans A. Olsen como correspondía. En vida no llegó nunca a los titulares, a pesar de repetidos y furibundos intentos. Su cadáver fue mencionado en un total de seis primeras páginas. Habría estado orgulloso. Las declaraciones de sus colegas iban acompañadas del respeto debido y, aunque la mayoría pensaba que fue un mierda, la prensa dibujó la imagen de un caballero del gremio altamente valorado y respetado. Fueron varios los que encontraron motivos para criticar a la Policía, que una vez más carecía de pistas en un caso serio de asesinato. La mayoría parecía estar de acuerdo en que el abogado había sido expedido al más allá por un cliente descontento; dada la considerable limitación de su carpeta de clientes, la caza del criminal debería resultar breve y sencilla.

La subinspectora Hanne Wilhelmsen no creía en esa teoría. Sentía la necesidad de airear unas ideas bastante desordenadas con el adjunto Håkon Sand.

Se habían buscado un sitio al fondo de la cafetería. La mesa se hallaba junto a una ventana con magníficas vistas sobre las zonas menos opulentas de Oslo. Cada policía se había pedido una taza de café y ambos habían derramado parte del líquido sobre el platillo, de manera que, al beber, las tazas goteaban. Sobre la mesa destacaba un alargado paquete de chocolatinas Smil.

Hanne fue la primera en hablar.

– Para serte franca, Håkon, creo que los dos asesinatos están relacionados.

Lo miró, no sabía cómo iba a ser recibido el globo sonda y aguardaba expectante. Sand mojó un trozo de chocolate en el café, se lo metió en la boca y se relamió concienzudamente los dedos. Resultaba guarro. Miró de frente a la mujer.

– No hay un solo rasgo en común entre los dos casos -dijo, algo desanimado-. Las armas son distintas, es distinto el lugar de los hechos, las personas son diferentes y los momentos no coinciden. ¡Esa teoría tuya te va a dar problemas!

– Pero, escúchame: no te ciegues con las diferencias. Veamos lo que vincula los dos casos. -Estaba emocionada y usaba los dedos para enumerar los argumentos-. En primer lugar: los asesinatos fueron cometidos con sólo cinco días de diferencia. -No hizo caso de la sonrisa levemente desdeñosa de Sand y del modo en que arqueaba las cejas-. En segundo lugar: aún no tenemos explicación para ninguno de los asesinatos. Es cierto que hemos identificado al hombre del río Aker, Ludvig Sandersen: un drogadicto de toda la vida con una ficha policial tan larga como mi brazo. Hace seis semanas que salió en libertad tras su última temporada en la cárcel, pero ¿sabes quién era su abogado?

– Ya que lo preguntas en ese tono triunfal, apuesto a que era nuestro difunto amigo Olsen.

– ¡Bingo! Ahí, al menos, tenemos algún tipo de vinculación -continuó en un tono más bajo-. Y no sólo era cliente de Olsen, ¡sino que tenía una cita con él el día en que el abogado fue asesinado! La agenda de Olsen la tiene Heidi, que es la responsable de ese caso. Ludvig Sandersen tenía cita el viernes a las dos, y habían reservado dos horas para él. Una conversación larga, por tanto. Si es que tuvo lugar. En realidad eso no lo sabemos. Supongo que su secretaria nos lo puede confirmar.

Sand se había comido la mayor parte del chocolate a toda velocidad, mientras que a la subinspectora no le había dado tiempo a tomar más de dos pedazos. Estaba haciendo una pequeña cigüeña con el papel dorado, mientras esperaba una respuesta.

De pronto empezaron los dos a hablar, y ambos se interrumpieron a sí mismos con una sonrisa.

– Tú primero -dijo Sand.

– Hay una cosa más. -El tono de la voz se había vuelto llamativamente bajo, a pesar de que la cafetería estaba casi vacía y de que el cliente más cercano se encontraba a más de siete metros de distancia-. No pienso poner esto sobre el papel, ni mencionárselo a nadie. Sólo a ti. -Por un momento la subinspectora se metió los dedos en las orejas, y luego colocó los codos sobre la mesa-. Hace algún tiempo estuve interrogando a un tipo en relación con un caso de violación. Lo habíamos detenido por pura rutina, tiene un historial que le cuesta una visita nuestra cada vez que tenemos un caso sexual sin resolver. No tardamos en descartar su implicación en el aquel caso, pero parecía muy nervioso, joder. En aquel momento no le di importancia, siempre están nerviosos por las cosas que tienen sobre sus espaldas. Pero el tipo estaba asustado de verdad. Antes de que le dijéramos lo que queríamos, nos insinuó bastante a las claras que quería llegar a un acuerdo. Dijo algo, ya no lo recuerdo literalmente, sobre que sabía de un abogado que estaba implicado en el tráfico de drogas a gran escala. Ya sabes cómo es esta gente: mienten más que delinquen, y tienen pocos reparos si eso los puede sacar de un apuro. Por eso, en aquel momento, no le di ninguna importancia. -Wilhelmsen había bajado muchísimo el tono de la voz, por lo que el hombre tuvo que inclinarse por encima de la mesa y ladear la cabeza para enterarse de lo que decía, un observador casual podría creer que tenían una cita romántica-. Esta noche me he despertado porque no me podía quitar a este tipo de la cabeza. Lo primero que he hecho esta mañana ha sido buscar el caso de violación y comprobar su nombre. Adivina quién era su abogado.

– Olsen.

– Exacto.

Los dos se quedaron mirando la brumosa imagen de la ciudad. Sand tomó aire un par de veces y se relamió pensativamente los dientes. Sabía que resultaba desagradable y se controló enseguida.

– ¿Qué tenemos? -dijo sacando un folio en blanco, en el que hizo una lista numerada-. Tenemos un drogadicto muerto. El autor del asesinato, conocido y apresado, se niega a facilitar sus motivos. -El bolígrafo raspaba contra el papel, y el entusiasmo le llevó a desgarrar la hoja-. Lo mataron tan a conciencia que no hubiera sobrevivido ni con siete vidas. Luego tenemos un abogado muerto, al que quitaron de en medio de un modo algo más sofisticado. Sabemos que las víctimas se conocían. Tenían una cita el día que el primero de ellos se quitó las zapatillas para siempre. ¿Qué más tenemos? -Continuó sin aguardar respuesta-: Unos rumores sueltos y poco fiables sobre la presunta implicación en el tráfico de drogas de un abogado cuyo nombre desconocemos. El abogado de la fuente del rumor era nuestro Olsen. -La subinspectora Wilhelmsen se dio cuenta de que a Sand le temblaba un lado de la boca, como un espasmo en la zona de la barbilla-. Creo que no andas tan desencaminada, Hanne. Pienso que quizás estemos rozando algo grande. Pero ¿qué hacemos ahora?

Por primera vez en toda la conversación, Wilhelmsen se reclinó en la silla y tamborileó contra la mesa con los dedos.

– Nos rodeamos de la mayor discreción -declaró-. Ésta va a ser la pista más débil con la que haya trabajado en mi vida. Te mantendré informado, ¿de acuerdo?

La Patrulla Desorden era la oveja negra de la jefatura, y su gran orgullo. Desde que empezaron a trabajar en la patrulla, aquellos policías vestidos con vaqueros, parcialmente melenudos y, por épocas, considerablemente poco aseados, nunca se habían sentido vinculados por los códigos del vestir, cosa que tampoco debían hacer, aunque de vez en cuando se saltaban reglas algo más inviolables. A intervalos irregulares tenían que presentarse en el despacho del jefe de personal o incluso en el de la comisaría principal. Decían que sí a todo y prometían enmendarse, pero al salir les hacían un velado corte de mangas. Sólo unos pocos habían ido tan lejos como para que los trasladaran a un puesto de oficina mortalmente aburrido, al menos durante una temporada. Y es que la Policía amaba a sus agentes en vaqueros. La Patrulla Desorden era efectiva, trabajaba duro y, de vez en cuando, recibía incluso visitas de colegas procedentes de Suecia o de Dinamarca, que llegaban a la jefatura con ideas vagas y se marchaban profundamente admirados.

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