Benjamin Black - El lémur

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John Glass ha abandonado su carrera como periodista para escribir una biografía autorizada de su suegro, el magnate de la comunicación y antiguo agente de la CIA, Gran Bill Mulholland. Trabaja en un gran despacho en Manhattan y vuelve a casa (la mayoría de las noches) a los brazos de su rica y bella mujer…
Cuando decide contratar los servicios de un joven e insolente investigador, de asombroso parecido con un lémur, los turbios secretos de su familia política y, quizá, los suyos propios, amenazan con salir a la luz. Toda la cómoda existencia de Glass se tambalea, y acaba de derrumbarse con la muerte del Lémur: ¿quién lo mató?, ¿por qué?, ¿qué sabe?, ¿qué peligros acechan?

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El capitán Ambrose tenía la cara de un mártir de El Greco, con unos ojos castaños, profundos, cargados de sufrimiento, y una nariz que parecía un hacha de piedra afilada con todo esmero. Era alto y cadavérico, y tenía la piel olivácea, clara, en apariencia sin nada de vello. Glass pensó que podría ser indio, un navajo, o quizás un hopi. Su acento, en cambio, era genuinamente neoyorquino, de vocales abiertas, algo nasal. Llevaba un traje marrón oscuro, del mismo tono que sus ojos, una camisa blanca, una corbata anodina y unos zapatos negros, de piel, grandes, de suela gruesa. No había en la sala nada que no tuviera que estar en donde estaba. La mesa ante la que tomó asiento demostró que era un fanático del orden y la limpieza, con los documentos bien colocados, clasificados, alineados, los bolígrafos dispuestos según tamaño y color, los lápices bien afilados. En la pared había dos fotografías enmarcadas, una del presidente, otra del difunto Papa Juan Pablo II.

– Siéntese, señor Glass -dijo el policía-. Y gracias por haber venido.

Una mujer de ancas poderosas, a la que se le veían las raíces negras del cabello bajo el tinte rubio, casi blanco, entró sin llamar y dejó un fajo de papeles sobre la mesa.

– ¿Le parece, Rhoda, que dos tipos sedientos como nosotros dos podríamos tomar una taza de café? -preguntó el capitán Ambrose.

La mujer lo fulminó de una mirada.

– La máquina se ha estropeado -dijo-. Walensky la ha vuelto a aporrear.

Salió, y el panel de cristal de la puerta retembló a su paso.

– ¿Cómo ha conseguido mi número de teléfono?-preguntó Glass.

El policía alcanzó los papeles que le había llevado Rhoda y los puso en vertical para golpearlos contra la mesa y alinearlos a la perfección.

– Estaba en el registro de llamadas hechas desde el teléfono móvil de Riley -respondió-. ¿Cuándo habló con él?

– Esta mañana. A las diez cuarenta y siete.

El capitán enarcó una ceja.

– Es que estaba mirando el reloj que tengo delante de la mesa.

– Ah. Entiendo. Ojalá fueran todos los testigos tan precisos.

Testigos. La palabra a Glass le provocó una especie de pequeña descarga eléctrica en la columna vertebral. Le pareció que absolutamente todo lo que había vivido en los seis meses de jaquecas, de ruido incesante y de vértigo, todo el tiempo que llevaba en Nueva York había sido una sucesión de pasos que le encaminaron hasta ese instante, el momento en que tuvo que comparecer en el despacho de un policía, con la boca seca y una leve sensación de náusea, con un cosquilleo en la espina dorsal, con un molesto siseo en las venas. Lo que estaba ocurriéndole era algo normal y corriente y era a la vez algo completamente anómalo; era inevitable y era contingente, como en un sueño.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó-. Es decir, ¿cómo ha sabido usted…?

El capitán se había apoyado sobre la mesa, uniendo las manos de tez oscura delante de sí, lo cual intensificaba su aire de santidad.

– Nos llamó su novia. Había estado fuera de la ciudad, y al regresar se encontró con el cuerpo aún caliente -Glass no había supuesto que Dylan Riley pudiese tener novia. ¿Qué clase de chica podía ser?-. Por el momento no hemos sacado gran cosa de ella -siguió diciendo el capitán-, y es lógico. No pudo ser ella. Lo hemos verificado: estaba a bordo de un Boeing, sobrevolando algún lugar de Pensilvania, cuando se cometió el asesinato. Dice que ha echado en falta algunas pertenencias. Dos, tal vez tres ordenadores.

– Entonces han tenido que ser varios.

– ¿Y eso?

– Lo digo por haberse llevado tanto peso.

Un brillo tímidamente compasivo asomó a los ojos del policía.

– Hoy en día los ordenadores son compactos y ligeros, señor Glass. Por eso los llaman portátiles -se levantó de la silla apoyándose en la mesa con los dedos de una mano. Era un hombre realmente muy alto-. Mire, yo necesito tomarme ese café. ¿Me acompaña? Hay un sitio ahí mismo, nada más cruzar la calle.

Salieron a la gélida luz del sol con el gentío de última hora de la tarde. El capitán caminaba un tanto inclinado hacia delante, con los brazos ligeramente curvados y la cabeza algo vuelta hacia un lado, como un explorador indio, tal vez uno de sus antepasados, atento a percibir el rumor lejano de la caballería. Llegaron al café antes de que a Glass se le ocurriese encender un cigarro. Fumar le habría calmado, aunque tampoco mucho.

El sitio estaba lleno. Mientras esperaban a que se quedara una mesa libre, el policía le habló con reposo, meneando las monedas en el bolsillo del pantalón, sobre las circunstancias en que había muerto Dylan Riley. Otros clientes que también esperaban podrían haberle oído, pero no prestaron mayor atención; al parecer, un asesinato no pasaba de ser allí un tema de conversación más bien corriente, tal vez por estar tan cerca de la comisaría.

– Un trabajo muy fino -dijo el capitán-. Una bala de pequeño calibre en el ojo izquierdo. Creemos que se utilizó una Beretta, es muy posible. Luego, dejaron, o dejó, si fue uno solo, el piso perfectamente arreglado; se tomó o se tomaron la molestia de dejar a la víctima en la cama y todo, a la espera de que llegasen los del depósito de cadáveres. Pero le pegaron el tiro cuando estaba sentado ante su mesa.

– ¿Cómo lo sabe?

De nuevo, en los ojos del capitán asomó una mirada compasiva.

– Por las manchas en la silla -dijo-. Ya lo dicen los manuales de medicina: no hay defunción sin defecación.

Una camarera que mascaba chicle, con un delantal a cuadros, les hizo pasar a una mesa de un rincón. La superficie estaba pegajosa al tacto. Glass empezó a tener verdaderas ganas de fumar un cigarro.

– Usted es irlandés, ¿verdad? -dijo el capitán-. Y… ¿cuánto tiempo lleva aquí?

– Desde el pasado noviembre.

La camarera del delantal de cuadros les llevó los cafés.

– ¿Tiene previsto quedarse?

– Eso parece. Mi esposa es norteamericana -el policía asintió con un gesto, y Glass se dio cuenta de que sabía mucho más acerca de él, no sólo que su esposa era norteamericana-. Mi suegro me ha encargado que escriba su biografía -a él mismo le sonó completamente inverosímil-. Se trata de William Mulholland.

El capitán Ambrose asintió otra vez, al tiempo que observaba su mano revolver el azúcar. Glass volvió a tener la impresión de hallarse en un sueño, a punto de exculparse de algo innombrable que él no había hecho, de ofrecer a la desesperada cualquier clase de prueba ante un interrogador omnisciente, pero ensimismado y sobre todo impávido.

– Yo estudié en los jesuitas -dijo el policía. Glass se quedó mirándole sin poder evitarlo, e imaginó que era un pez anaranjado en una pecera llena de agua turbia. ¿Qué nueva estrategia era ésa?-. En Saint Peter, un colegio de Jersey City. ¿Usted conoce Jersey City? No, supongo que no, claro. ¿Se educó en un colegio de curas?

– El mío era un colegio diocesano. En Irlanda. Y también se llamaba Saint Peter, qué curioso. Pero ha caído en desgracia.

– ¿Por culpa de los curas pedófilos? Claro, nosotros también hemos tenido de eso. En aquellos tiempos a nadie le importaba que sucedieran cosas así. Y nunca hablábamos de ello, me refiero a los alumnos. ¿Quién nos hubiera hecho caso? -sacudió la cabeza con un gesto compungido-. Eran tiempos duros.

– Y tampoco hace tanto de aquello.

– Es cierta -removía el café despacio, muy despacio. Glass trataba de recordar a qué personaje de Alicia en el país de las maravillas le recordaba el capitán. ¿No había un perezoso? ¿Un armadillo? ¿O era acaso la Oruga? Y entonces le formuló por fin la pregunta-: Dígame, señor Glass. ¿Qué relación había con Dylan Riley?

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