Benjamin Black - El lémur

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John Glass ha abandonado su carrera como periodista para escribir una biografía autorizada de su suegro, el magnate de la comunicación y antiguo agente de la CIA, Gran Bill Mulholland. Trabaja en un gran despacho en Manhattan y vuelve a casa (la mayoría de las noches) a los brazos de su rica y bella mujer…
Cuando decide contratar los servicios de un joven e insolente investigador, de asombroso parecido con un lémur, los turbios secretos de su familia política y, quizá, los suyos propios, amenazan con salir a la luz. Toda la cómoda existencia de Glass se tambalea, y acaba de derrumbarse con la muerte del Lémur: ¿quién lo mató?, ¿por qué?, ¿qué sabe?, ¿qué peligros acechan?

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– ¿Y tú estás segura de que Varriker se suicidó?

Ella no le miró.

– Tengo que estarlo -dijo en un susurro-. ¿No crees? Cualquier otra cosa es para mí inconcebible -en ese momento sí alzó los ojos y afrontó la mirada con que él la interrogaba-. Sé lo que es mi padre, pero no puedo permitirme el lujo de creer que sea un malvado -permanecieron un largo instante mirándose el uno al otro. Al cabo, ella se recostó en el sillón y suspiró-. Creí que todo aquello estaba olvidado hasta que aquel joven llamó el otro día al apartamento.

– Entonces… ¿habló contigo?

– Pues claro. ¿Con quién, si no?

– ¿Y cómo había llegado a saber lo de Varriker y todo lo demás?

– No me lo quiso decir. En su día, hubo ciertas personas a las que confié lo ocurrido. Amigos, o presuntos amigos. Imagino que los habría localizado. No lo sé. Tuve que hacer algo, como es natural. Si hubiese llegado a contactar con Billones, todo habría terminado, todo: el Fondo de Inversiones* el futuro de David, todo. Le dije que iría a verle. Tomé la pistola. Yo…

– Basta -dijo Glass-. Quiero que me cuentes la verdad.

– Es lo que estoy haciendo. Te estoy contando la verdad… -se llevó la mano rápidamente al bolsillo del abrigo verde y extrajo algo compacto, oscuro, brillante, que depositó en la mesa, delante de él. Leyó con toda claridad el nombre del fabricante en el cañón corto y aflautado-. Ahí tienes -dijo ella-. ¡Ahí tienes, por si no me crees!

Él tomó la Beretta y la sopesó en la mano.

– ¿De dónde has sacado esto?

Ella no dijo nada. El helicóptero había desaparecido. Con su ausencia, el silencio reinante en el despacho resultaba de pronto hueco. Él dejó el arma sobre la mesa, entre los dos.

– ¿Cómo lo sabía?-preguntó.

– ¿Quién? ¿El qué?

– David. ¿Cómo sabía lo de Riley? ¿Estaba contigo cuando llamó Riley? -cerró el puño y lo descargó de un golpe sobre la mesa, con lo que la pistola dio un brinco-. ¿Estaba contigo, sí o no? -a ella, en ese momento le afloró a la cara algo que él nunca había visto: fue la expresión desolada, desvalida, perdida, que tendría cuando envejeciera. Ella miraba el arma sobre la mesa sin levantar los ojos, a la vez que asentía con languidez. Dijo algo, pero con voz tan queda que él no la oyó, y tuvo que pedirle que lo repitiera. Ella carraspeó.

– Tenía razón -dijo ella-. Lo hemos hecho todos nosotros, lo hemos hecho entre todos: tú, yo, todos nosotros. ¿Qué más dará quién apretase el gatillo?

– Importa, Lou -dijo él-. Dímelo.

Ella enterró las manos en los bolsillos del abrigo y encorvó los hombros recogiéndose en su cuerpo como si de pronto tuviera frío.

– Sí -dijo-, David estaba conmigo cuando llamó por teléfono Dylan Riley. Vio cómo me quedé cuando oí todo lo que quiso decirme Riley. Y él me obligó a decírselo. Dijo que se ocuparía de ir a hablar con Riley, que trataría de razonar con él, que le ofrecería dinero si fuera necesario. Yo no sabía… -extendió la mano como si fuese a tocarle, pero flaqueó y en cambio se sujetó al canto de la mesa-. Yo no sabía qué iba a hacer. Está muy perjudicado, John. Rubin lo trató de una manera espantosa, y luego tú lo has rechazado… Sí, lo has rechazado, no lo niegues ahora. Podrías haber intentado tomarle afecto. Podrías haber sido un padre para él.

Sus palabras se posaron con pesadez entre los dos, una penumbra más oscura, a la que no llegaría la luz de la lámpara.

– ¿David estaba enterado de lo de Varriker? -preguntó Glass. Ella asintió-. ¿Cuándo se lo dijiste?

– Hace mucho tiempo. Supongo que no debería haberlo hecho. Pero pensé que tenía derecho a saber.

– Así que el balazo que le metió a Dylan Riley en todo el ojo fue un homenaje a su padre, ¿no?

– John, te digo que está muy perjudicado!

– Y eso es algo que también hemos hecho todos nosotros, ¿es eso lo que me estás diciendo? -miró el llamativo relumbre de la noche-. Bueno, ahora por lo menos al fin ya sé quién es el cabeza de turco que hay en la sala.

– ¿Cómo?

– Nada. Es una cosa que me dijo alguien hace mucho tiempo.

Ella se puso en pie muy despacio, como si tuviese un dolor considerable.

– Me marcho -dijo-. Eres tú quien debe decidir qué hacer. Ya tienes… -rió un instante-. Ya tienes «la carnaza» que buscabas -le lanzó una mirada casi compasiva-. De ti depende, John -dijo-. Lo lamento, pero de ti depende.

Benjamin Black

El lémur - фото 2
***
El lémur - фото 3
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