Benjamin Black - El lémur

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John Glass ha abandonado su carrera como periodista para escribir una biografía autorizada de su suegro, el magnate de la comunicación y antiguo agente de la CIA, Gran Bill Mulholland. Trabaja en un gran despacho en Manhattan y vuelve a casa (la mayoría de las noches) a los brazos de su rica y bella mujer…
Cuando decide contratar los servicios de un joven e insolente investigador, de asombroso parecido con un lémur, los turbios secretos de su familia política y, quizá, los suyos propios, amenazan con salir a la luz. Toda la cómoda existencia de Glass se tambalea, y acaba de derrumbarse con la muerte del Lémur: ¿quién lo mató?, ¿por qué?, ¿qué sabe?, ¿qué peligros acechan?

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– ¿Que te hable de qué? -dijo ella-. ¿De qué te puedo hablar, qué es lo que aún no te he dicho?

– ¿Por qué se quitó la vida?

– ¿Por qué lo hace quien lo hace? Eso no se sabe nunca.

– ¿No dejó una nota?

– Pues claro que no -ella se detuvo de pronto y se volvió hacia él-. ¿Se puede saber por qué te interesa ahora todo esto?

– Dylan Riley averiguó algo, algo que yo en un primer momento creí que tenía que ver conmigo, pero que ahora sé que era algo relacionado con Varriker. Ah, y no hace falta que me lo preguntes: te adelanto que no sé qué es lo que pudo averiguar.

Siguieron caminando.

– Ojalá -dijo Louise-, ojalá volvieras a ser periodista. Necesitas algo en lo que ocuparte.

– Eso es lo que nos decían los curas. La pereza es campo abonado para el diablo. Es buen título para un libro, ¿no te parece? El campo abonado para el diablo. Quién sabe: a lo mejor titulo así la biografía del Gran Bill.

– Eso no tiene ninguna gracia.

– Ah, yo pensé que sí.

– Te encanta pincharme, ¿verdad? Para ti es como un pasatiempo.

Un velero blanco, con las dos velas desplegadas y el motor fuera borda en marcha, se acercaba zigzagueando entre los muchos yates de los millonarios, y abría una limpia hendidura como un surco en el agua que, desde cerca, despedía una brillantez lechosa, como el interior de la concha de una ostra. En proa se encontraba un tipo bigotudo, con gorra de marinero y pantalones de sarga azul, desteñidos, subidos hasta las rodillas, con un pie descalzo en la amura. A Glass le hacía gracia que allí todo el mundo se vistiera a la perfección, hasta él último detalle, para interpretar su papel, como los extras esperanzados cuando aguardan que haga acto de presencia el equipo de rodaje.

Llegaron a un pequeño restaurante adornado con sogas anudadas y salvavidas rojos y blancos y festones hechos de redes de pesca. Ocuparon una mesa en la terraza, desde donde vieron aún al viejo lobo de mar amarrar su embarcación a un noray de tosca madera sin desbastar. Apareció una camarera de pechos abundantes y una sonrisa llena de dientes a preguntarles qué deseaban tomar. Louise se arrellanó en la silla, con las manos unidas por debajo del echarpe y las piernas extendidas, con las botas cruzadas a la altura de los tobillos.

– No quiero hablar contigo de Charlie Varriker -dijo.

– Entonces ya se lo preguntaré a tu padre -quedó a la espera, pero ella no dijo nada-. Aquí hay algo que no termina de ser como debiera, Lou. Y es algo relacionado con Varriker, de eso no me cabe ninguna duda. No me preguntes cómo, no lo sé, pero estoy seguro.

– ¿Y desde cuándo -preguntó ella con una mirada asesina- te han vuelto a importar a ti las cosas que no son como debieran? -aún lo fulminó con la mirada durante unos segundos más, y al cabo volvió la cabeza con los labios apretados y los ojos entornados-. Charlie era un hombre bueno -dijo-. No merecía morir. Eso es lo que no fue como debiera.

– Dylan Riley tampoco merecía morir.

– Vaya, no me digas -dijo con una sonrisa sardónica-. Y tú te has propuesto vengar su muerte, ¿es eso?

– Quiero saber con toda certeza quién lo mató. Quién sabe: a lo mejor he resuelto volver a ser periodista, tú misma acabas de decir que es lo que más me convendría -esperó antes de seguir-. ¿Qué es lo que pasó con Charlie Varriker? Quiero que me lo digas, Lou.

El viejo marinero, en cuclillas, estaba haciendo un complicado nudo en la boza del barco. Llevaba un cigarro colgado de la comisura de los labios, del cual una columna de humo ascendía derecha a su ojo izquierdo. Era consciente, Glass se dio cuenta, de que Louise lo estaba observando; la vanidad masculina nunca envejece.

La camarera les sirvió el café.

– Charlie era el mejor recluta que tuvo nunca Billones -dijo Louise.

– ¿En la CÍA?

Ella hizo caso omiso de la pregunta, como si fuese tan obvia que no precisara de respuesta.

– Billones estaba muy orgulloso de él. Sabe Dios qué cosas pudo ordenarle que hiciera; hubo una «operación» en Vietnam, como les gustaba decir a ellos, de la que Charlie nunca quiso decir ni palabra. Había sido un gran éxito, justo antes de la Ofensiva de Tet. Los dos se emborrachaban juntos y brindaban por Ho Chi Minh y por el general Giap. Eran como dos chiquillos, o como un maestro y su discípulo más bien -calló.

Louise dio un sorbo de café e hizo una mueca.

– Quema -dijo-, ten cuidado -el viejo marinero había desaparecido. Pasó de largo una familia, gordos los cinco, con lo que crujieron los tablones del muelle a su paso. Los tres chiquillos gordinflones llevaban unas camisetas idénticas, recién estrenadas, con un rótulo de Sag Harbor. Uno de ellos, la niña, tenía una cara de exquisita belleza, aunque revestida por un balón de grasa. Louise volvió a adoptar su postura distendida, o desanimada, introduciendo las manos en las mangas del jersey.Y nada -dijo-. Billones introdujo a Charlie en la empresa para que remediara aquello que se hubiese ido al garete, o estuviera a punto, en Mulholland Cable. Y Charlie cumplió, lo remedió. Era capaz de arreglar lo que se propusiera, tenía una manera infalible de hacer las cosas. Y entonces fue cuando se suicidó.

Estaba mirando las insulsas colinas del otro lado de la bahía, los ojos de nuevo entornados, haciendo mínimos movimientos con la boca, con los labios apretados, como si mordiese algo pequeño y duro.

– ¿Llegaste a conocerle bien? -preguntó Glass.

– ¿A quién? ¿A Charlie? Fue primero empleado de Billones y luego fue su socio, y luego murió. En la vida que llevábamos en aquellos tiempos, la gente entraba y salía de ese modo. Eran tiempos muy movidos. Las cosas cambiaban radicalmente de un día para otro. Un día estaba alguien, al día siguiente ya no estaba. Así era aquel mundo, qué quieres.

– Y a ti te desagradaba en lo más hondo -sólo en el momento en que lo dijo le llamó la atención que era absolutamente cierto.

– ¿Qué era lo que me podía desagradar? -dijo con un repentino tono de cansancio-. Era mi vida. Era lo que yo conocía. Eso no había forma de cambiarlo.

– ¿Quieres decir -apostilló él- que no había forma de escapar?

Ella sonrió, ya él le pareció que era su primera sonrisa en mucho tiempo.

– Se supone que tú ibas a ser mi vía de escape -dijo.

– ¿Y el señor Sinclair?

– Oh, él no pasó de ser… -volvió a hacer un gesto de cansancio aparente-. Nunca fue más que uno de los muchos que hubo en el camino.

– ¿En el camino que te había de llevar a mí?

– Más o menos… En el camino.

El tenue calor del sol arrancaba un olor alquitranado de la mesa que los separaba.

– Lo lamento -dijo Glass sin saber con exactitud qué era lo que lamentaba.

Con gran sorpresa por parte de él, ella alargó la mano y le rozó el dorso de la suya con las yemas de los dedos.

– No lo lamentes -dijo-. Yo personalmente no lo lamento. La verdad es que no.

Apartó entonces la taza de café y se levantó, ciñéndose mejor el echarpe.

– Brr -dijo-, tengo frío. Vámonos. La misa ya habrá terminado.

Cuando volvieron a la iglesia, el Gran Bill y su nieto ya esperaban en el coche. Allí sentado, muy erguido, la mitad superior del Gran Bill parecía un monumento en ruinas, en honor de un jefe guerrero de tiempo inmemorial, el perfil aguileño y el cabello oscuro muy semejantes a los de una raza valiente y belicosa y tiempo atrás extinta.

– Ya te dije que le habías alterado el ánimo -murmuró Louise.

David Sinclair los vio y los saludó con un gesto.

– Hemos oído un magnífico sermón, muy edificante -dijo-. Sobre el dios pagano del dinero, los medios de comunicación, el afán de fama. Qué modernos se han vuelto los curas de repente. No hace mucho hablaban sólo del fuego del infierno y de la esperanza de alcanzar la salvación. ¿Qué habrá sido de aquella religión tan sencilla, la de los viejos tiempos? Me gustaría saberlo, en serio.

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