Benjamin Black - El lémur

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John Glass ha abandonado su carrera como periodista para escribir una biografía autorizada de su suegro, el magnate de la comunicación y antiguo agente de la CIA, Gran Bill Mulholland. Trabaja en un gran despacho en Manhattan y vuelve a casa (la mayoría de las noches) a los brazos de su rica y bella mujer…
Cuando decide contratar los servicios de un joven e insolente investigador, de asombroso parecido con un lémur, los turbios secretos de su familia política y, quizá, los suyos propios, amenazan con salir a la luz. Toda la cómoda existencia de Glass se tambalea, y acaba de derrumbarse con la muerte del Lémur: ¿quién lo mató?, ¿por qué?, ¿qué sabe?, ¿qué peligros acechan?

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– Mira, Riley. Vamos a ver -empezó, pero el otro no le permitió continuar, y a él no le importó, puesto que no sabía qué iba a decir.

– No, mira tú -dijo el Lémur, y lo dijo con una voz novedosa, cortante, repentinamente ajena al tono adolescente de costumbre-. Tú has sido lo más auténtico, Glass. Muchos de nosotros hemos creído en ti, hemos seguido tu ejemplo. Ahora, en cambio, habría que verte -soltó un resoplido de asco-. Mira que ir a venderte a tu suegro, a semejante espía… Y encima para contarle al mundo entero que es un tipo fenomenal, que fue la conciencia moral de Occidente sin que nadie lo reconociera durante toda la guerra fría, el hombre que insistió en entablar negociaciones con Castro y en garantizar un salvoconducto a Allende, para que viajase a Rusia, como si el pobre gilipollas hubiese querido irse a Rusia. Adelante, escribe su testamento y malvende tu alma por un montón de dólares. Pero has de saber que yo sé algo que os hará pedazos a todos, y creo que deberías pagarme; mejor dicho, creo que me vas a pagar lo que toque, con tal de que los trapos sucios no salgan de casa.

Glass quiso decir algo, pero volvió a callarse a su pesar.

– ¿Y quieres que te diga una cosa más? Creo que tú sabes lo que yo sé. Creo que sabes perfectamente de qué estoy hablando, de lo único que es realmente tan la bomba que haría volar por los aires el civilizado y confortable arreglo que tenéis concertado entre todos vosotros. ¿Me equivoco?

– Te juro -dijo Glass, aunque esta vez fue más un jadeo que un graznido-, te juro que no tengo ni idea de qué has podido averiguar.

– Ya -en ese momento estaría asintiendo vigorosamente, moviendo la cabeza enana. Glass lo vio en su imaginación con toda claridad, los labios fruncidos, la perilla rubia y rala, los ojos veloces y enfurecidos, relucientes-. Ya. La próxima llamada que recibas por este asunto no te la haré yo.

Se cortó la comunicación.

Aquel día, treinta años antes, en que Glass y Louise se conocieron en casa de John Huston, en St. Clerans, Connemara, el director quiso dar con él un paseo después del almuerzo. Para entonces, el Gran Bill y su hija ya se habían marchado -el viento del Atlántico aún prendido de su melena, a Glass le llegó su frescura cuando pasó por delante de él al salir-, y también Glass estaba deseoso de marchar, pues tenía que cumplir el plazo de entrega acordado. Pero Huston insistió en que salieran a dar lo que llamó «un garbeo». Se fue y volvió a la media hora; Glass pasó el rato escuchando el material que había grabado. Apareció con unos pantalones bombachos, de tweed, una chaqueta también de tweed con un frunce a la espalda, por la cintura, calcetines de lana, de rombos, botas de monte y una gorra blanda, puntiaguda, que a Glass le recordó una bosta de vaca. Daba la impresión de que le hubiera indicado la indumentaria un borracho que estuviera al frente del atrezo y vestuario, para interpretar un papel destacado en Brigadoon. Se percató de la mirada de incredulidad que le lanzó Glass y esbozó una amplia sonrisa, enseñando los dientes grandes, amarillentos, como lápidas.

– ¿Y tú qué crees? ¿Podría pasar por lugareño? -dijo, y Glass no supo si debía o no reírse.

Echaron a caminar por una trocha y bajaron al valle. El sol y la sombra de las nubes barrían las laderas verde oscuro, y las aves trinaban enloquecidas entre las zarzas, y llegaba hasta ellos el rumor del agua que no alcanzaban a ver, los arroyos que corrían bajo los brezales, y los tojos estaban ya en llamas. Huston había terminado poco antes el rodaje de El hombre que pudo reinar, y estaba de ánimo reflexivo.

– Quién hubiera dicho -dijo- que un chico de Missouri pudiera terminar aquí, siendo además dueño de un pedacito del país más hermoso que ha hecho Dios. Me encanta este sitio. Tengo la nacionalidad irlandesa desde el 64. Quiero que mis huesos descansen aquí cuando llegue la hora -llegaron a una cancela; Huston se detuvo y apoyó un codo en el último travesaño de madera y se volvió a Glass-. He estado pendiente de ti, hijo. Te llegas a concentrar tanto cuando haces tus preguntas que olvidas incluso que te están viendo los demás. Eres ambicioso. Eso está bien, me gusta. Eres un poco despiadado, y eso también me parece bien. Sólo triunfan los despiadados. Pero hay algo en ti que me inquieta un poco. Es decir, es algo que me preocuparía si de veras fueras mi hijo. Miedo me daría pensar en ti cuanto estés ahí fuera, sin ayuda de nadie, en el ancho mundo. Tal vez sea que esperas demasiado de los demás -abrió el pasador de la cancela y siguieron caminando por una senda, hacia un denso pinar de altos árboles, en donde la luz se tornó de un azul teñido de ocre y el aire era más fresco que en el descampado. Huston rodeó con el brazo a Glass, por los hombros, y le dio un achuchón como hubiera hecho un tío carnal suyo-. Una vez conocí a un tipo -dijo-, un gánster, uno de los hombres de Meyer Lansky, un corredor de apuestas de lotería. Era un tipo gracioso, quiero decir ingenioso, entiéndeme. Nunca se me ha olvidado una cosa que me dijo. «Si no sabes quién es el cabeza de turco cuando estás con más tíos en una sala, es que eres tú» -Huston soltó una risa enfisemática, y la flema resonó con fuerza en su pecho, dejándole una carraspera-. Esa fue la perla de sabiduría que me obsequió Joey Cohen. «Si no sabes a quién le va a tocar la china, es que te toca a ti» -el director volvió a cerrar una mano grande, bien formada, sobre el hombro de Glass-. Conviene que no lo olvides, chaval. Joey sabía muy bien de qué estaba hablando.

En esos momentos, en su despacho, en las alturas de la Calle 44, Glass sostenía el teléfono en una mano que se negaba a permanecer firme, inmóvil, y que marcó un número. Le respondió una voz vivaz, neoyorquina, con la cantinela de siempre: «¿Sí? ¿En qué puedo servirle?».

– Con Alison O'Keeffe -dijo Glass-. ¿Está ahí? Dígale que soy John, ella sabe quién.

Tamborileó con los dedos sobre la mesa y escuchó la oquedad de la nada. ¿Podrá existir, estaba pensando, un rehén en manos de la fortuna más costoso que una amante?

4. Alison

Glass había conocido a Alison O'Keeffe el invierno anterior, en la puerta de un bar del Village. Era realmente la fantasía hecha carne de cualquier fumador masculino de mediana edad. Él estaba pegado a la entrada del bar, fumando un cigarro mientras los copos de nieve que caían arremolinados se le enredaban en los tobillos, cuando salió ella y la vio fruncir el ceño al mirar el cielo cárdeno y encender un Gauloise, ¡nada menos que un Gauloise! Él dio por sentado que era francesa, pero cuanto más la miraba -y la estuvo mirando tanto tiempo y con tal intensidad que luego le sorprendió que no llamara ella a un policía para espantar al moscón- más se convencía, basándose poco más que en el instinto de la tribu, de que casi con total seguridad debía de ser irlandesa. Era de mediana estatura, esbelta, de cabello muy oscuro y piel muy clara. No pudo abstenerse de aplicar a sus rasgos faciales la palabra «cincelados», aunque distaban mucho de resultar duros. Eran de un mármol color crema, de una configuración deliciosa. Tenía unos ojos extraordinariamente azures, que, tal como tendría ocasión de comprobar, se le oscurecían incluso más en los momentos de pasión arrebatada. Fumaba con ese aire de leve impaciencia, de leve resentimiento, con que fuman las mujeres cuando se ven obligadas a fumar a la intemperie, con un brazo rígidamente dispuesto sobre el pecho, el codo sujeto con firmeza en la palma de la otra mano, enredando con los dedos el cigarro entre una calada y otra, como si fuese una tiza con la cual escribieran complejas fórmulas en una pizarra invisible. Vestía un jersey negro, de cuello alto, y pantalones de cuero negro; los pantalones a él le parecieron un error, aunque fuese un error que a la vista del conjunto se pudiera perdonar.

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