Elizabeth estimó más prudente no mencionar que, dado que Georgiana había alcanzado su mayoría de edad, el consentimiento de su hermano ya no era necesario.
– ¿Y Georgiana? -se limitó a preguntar.
– Hasta que cuente con la aprobación de Darcy no me siento autorizado a hablar. Por el momento reconozco que Georgiana no ha dicho nada que me dé motivos para albergar esperanzas fundadas. Su actitud hacia mí es siempre de amistad, confianza y, según creo, afecto. Espero que la confianza y el afecto crezcan hasta convertirse en amor, si soy paciente. Creo que a una mujer el amor le llega más a menudo después del matrimonio que antes de él y, sin duda, a mí me parece a la vez natural y correcto que así sea. Después de todo, la conozco desde que nació. Reconozco que la diferencia de edad podría representar un problema, pero solo soy cinco años mayor que Darcy, y no llego a verlo como un impedimento.
Elizabeth sintió que habían entrado en un terreno resbaladizo.
– Tal vez la edad no sea impedimento, pero podría serlo un interés ya existente.
– ¿Está pensando en Henry Alveston? Sé que a Georgiana le atrae, pero no he percibido nada que sugiera un vínculo más profundo. Se trata de un joven agradable, listo y excelente. No oigo sino elogios sobre su persona. Y es muy posible que él albergue esperanzas. Naturalmente, querrá casarse por dinero. -Elizabeth apartó la mirada, y él se apresuró a añadir-: No es mi intención acusarlo de avaricia ni de falta de sinceridad, pero con sus responsabilidades, su admirable empeño en sanear la fortuna familiar y sus enérgicos esfuerzos para recuperar el patrimonio y una de las casas más hermosas de Inglaterra, no puede permitirse contraer matrimonio con una mujer pobre. Ello lo condenaría a él, y a su esposa, a la infelicidad, e incluso a la penuria.
Elizabeth permaneció en silencio. A su mente regresaron aquel primer encuentro en Rosings, la charla tras la cena, la música y las risas, y sus visitas frecuentes a la parroquia, sus atenciones con ella, demasiado evidentes para pasarlas por alto. La noche de la cena, lady Catherine había presenciado sin duda lo bastante para mostrarse preocupada. Nada escapaba a su mirada aguda, penetrante. Ella recordaba bien que había exclamado: «¿Qué es eso tan interesante de lo que habláis? Yo también quiero participar de la conversación.» Elizabeth sabía que había empezado a preguntarse si aquel era un hombre con el que podría ser feliz, pero la esperanza, si es que había sido lo bastante intensa para recibir ese nombre, había muerto poco después, cuando habían vuelto a coincidir, tal vez casualmente, tal vez en un encuentro forzado por él, cuando ella se encontraba caminando sola por los jardines de Rosings y él se ofreció a acompañarla de regreso a la rectoría. Él se lamentó de su pobreza, y ella se burló de él cariñosamente preguntándole qué desventajas acarreaba la pobreza al hijo menor de un conde. Él replicó que los hijos menores «no pueden casarse donde quieren». En aquel momento ella se preguntó si su comentario había sido una advertencia, y la sospecha le causó cierto sonrojo, que procuró ocultar llevando la conversación hacia cuestiones más agradables. Pero el recuerdo del incidente distaba mucho de serlo. Ella no necesitaba de las advertencias del coronel Fitzwilliam para saber qué matrimonio aguardaba a una joven con cuatro hermanas solteras y sin fortuna. ¿Le estaba insinuando que un joven afortunado podía estar tranquilo disfrutando de la compañía de una mujer como ella, coqueteando incluso discretamente, pero que la prudencia dictaba que ella no debía llevarse a engaño esperando algo más? Tal vez la advertencia fuera necesaria, pero no había sido correctamente planteada. Si él no había albergado nunca la menor intención hacia ella, habría sido más cortés por su parte que no se hubiera mostrado tan abiertamente asiduo en sus atenciones.
El coronel Fitzwilliam se percató de su silencio.
– ¿Puedo esperar su aprobación? -le preguntó.
Ella se volvió hacia él y le respondió con firmeza.
– Coronel, yo no tengo parte en esto. Ha de ser Georgiana la que decida dónde se halla su dicha. Yo solo puedo decirle que, si ella se muestra de acuerdo en casarse con usted, yo compartiré plenamente el placer que a mi esposo le cause su unión. Pero no es este un asunto en el que yo pueda ejercer influencia alguna. La decisión ha de ser de Georgiana.
– He creído que tal vez ella habría hablado con usted.
– Georgiana no me ha hecho ninguna confidencia al respecto, y no sería adecuado por mi parte que yo le planteara el tema hasta que ella lo haga, si llega a hacerlo.
Fitzwilliam pareció por un momento satisfecho con la respuesta, pero entonces, como llevado por una compulsión, volvió a referirse al hombre del que sospechaba que podía ser su rival.
– Alveston es un joven apuesto y agradable, y sabe expresarse bien. El tiempo y la madurez que este otorga moderarán sin duda cierto exceso de confianza y la tendencia a mostrar menos respeto por sus mayores del que es debido a su edad, y que resulta censurable en alguien tan capaz. No dudo que sea bien recibido en Highmarten, pero me resulta sorprendente que pueda visitar con tanta frecuencia al señor y la señora Bingley. Los abogados de éxito no suelen ser tan pródigos con su tiempo.
Elizabeth no respondió nada, y a él le pareció tal vez que sus críticas, tanto las expresadas como las sugeridas, habían sido imprudentes.
– Aunque es cierto -añadió- que suele aparecer por Derbyshire los sábados y los domingos, o cuando no hay sesiones en los tribunales. Supongo que estudia cuando dispone de tiempo libre.
– Mi hermana dice que nunca ha recibido en su casa a otro invitado que pasara tanto tiempo trabajando en la biblioteca -dijo Elizabeth.
Hubo otra pausa, y entonces, para su sorpresa e incomodidad, Fitzwilliam dijo:
– Supongo que George Wickham sigue sin ser recibido en Pemberley.
– Así es. Nunca. Ni Darcy ni yo lo hemos visto desde que estuvo en Longbourn tras su boda con Lydia.
Se hizo otro silencio, más prolongado esta vez.
– Fue desacertado que se prestara tanta atención a Wickham cuando era niño -dijo al fin el coronel Fitzwilliam-. Lo criaron junto a Darcy como si fueran hermanos. Durante la infancia, probablemente, aquello resultó beneficioso para ambos. Dado el afecto que el difunto señor Darcy sentía por su secretario, tras la muerte de este fue una muestra natural de caridad que se responsabilizara hasta cierto punto de su hijo. Pero para un muchacho del temperamento de Wickham, codicioso, ambicioso, inclinado a la envidia, era un peligro para él gozar de unos privilegios que, una vez concluida la infancia, no podría seguir compartiendo. Los dos asistieron a distintos colegios en la universidad y, por supuesto, él no acompañó a Darcy en su viaje por Europa. Los cambios en su estatus y en sus expectativas se produjeron tal vez demasiado drástica y súbitamente. Tengo motivos para creer que lady Anne se percató del peligro.
– No creo que Wickham creyera que iba a acompañar a Darcy en su largo viaje -apuntó Elizabeth.
– Ignoro lo que esperaba, pero sé que era siempre más de lo que obtenía.
– Los tempranos favores otorgados pudieron ser hasta cierto punto imprudentes, pero resulta fácil cuestionar la sensatez de los demás en asuntos que tal vez no conocemos correctamente -observó Elizabeth.
El coronel se revolvió, incómodo, en su silla.
– En cualquier caso, no puede haber excusa -dijo- para la traición de Wickham a la confianza en él depositada en su intento de seducir a la señorita Darcy. Aquella fue una infamia que las diferencias de cuna o educación no alcanzan a excusar. En tanto que custodio, yo también, de la señorita Darcy, fui informado, por supuesto, del desgraciado incidente por su hermano, pero se trata de un asunto que he apartado de mi mente. Jamás hablo de ello con Darcy, y me disculpo por hacerlo ahora con usted. Wickham se ha distinguido en la campaña de Irlanda, y en la actualidad es algo así como un héroe nacional, pero ello no sirve para borrar el pasado, aunque tal vez le proporcione la oportunidad de llevar una vida más respetable y exitosa en el futuro. He sabido que ha abandonado el ejército, decisión desacertada en mi opinión, pero sigue siendo amigo de algunos compañeros militares, como el señor Denny, al que usted recordará por haber sido él quien se lo presentó en Meryton. En fin, no debería haber mencionado su nombre en presencia suya.
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