P. James - La muerte llega a Pemberley

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Pemberley, año 1803. Han pasado seis años desde que Elizabeth y Darcy se casaran, creando un mundo perfecto que parece invulnerable. Pero de pronto, en la víspera de un baile, todo se tuerce. Un carruaje sale a toda prisa de la residencia, llevándose a Lydia, la hermana de Elizabeth, con su marido, el desafortunado Wickham, que ha sido expulsado de los dominios de Darcy. Sin embargo, Lydia no tarda en regresar, conmocionada, gritando que su marido ha sido asesinado. Sin previo aviso, Pemberley se zambulle en un escalofriante misterio.

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LIBRO I

UN DÍA ANTES DEL BAILE

1

A las once de la mañana del viernes 14 de octubre de 1803, Elizabeth Darcy se encontraba sentada a la mesa del saloncito en la primera planta de Pemberley House. La estancia no era grande, pero sus proporciones la hacían especialmente agradable, y sus dos ventanas daban al río. Ese era el cuarto que había escogido para su uso propio, para decorarlo enteramente a su gusto con muebles, cortinas, alfombras y pinturas seleccionadas entre las riquezas de Pemberley, dispuestas según su antojo. El propio Darcy había supervisado los trabajos, y por el placer dibujado en el rostro de su esposo cuando Elizabeth tomó posesión del lugar, así como por el empeño de todos en complacer sus deseos, había llegado a percatarse, más aún que por las otras maravillas más vistosas de la casa, de los privilegios que conllevaba ser la señora Darcy de Pemberley.

El otro aposento que le proporcionaba casi tanta satisfacción como su saloncito era la magnífica biblioteca de la casa. Era la obra de varias generaciones, y ahora su esposo demostraba interés e ilusión por aumentar sus tesoros. La biblioteca de Longbourn había sido siempre el dominio del señor Bennet, y ni siquiera Elizabeth, su hija favorita, accedía a ella sin su permiso expreso. Por el contrario, la de Pemberley estaba siempre abierta para ella, como lo estaba para Darcy, y gracias a las discretas indicaciones de este, movidas por el afecto, ella había leído más, y con más placer y provecho, en los últimos seis años que en los anteriores quince, lo que la había llevado a adquirir una cultura que antes, ahora lo comprendía, no había pasado nunca de rudimentaria. Las cenas con invitados en Pemberley no podían diferir más de las de Meryton, en las que el mismo grupito de personas se dedicaba a chismorrear sobre las mismas cosas y a intercambiar las mismas opiniones, y que se animaba solo cuando sir William Lucas recordaba en voz alta, con todo lujo de detalles, algún otro fascinante pormenor de su investidura en el tribunal de Saint James. Ahora lamentaba siempre el momento de intercambiar miradas con las demás damas y dejar a los caballeros a solas con sus cosas de hombres. Para Elizabeth había sido toda una revelación constatar que los había capaces de valorar la inteligencia en una mujer.

Faltaba un día para que se celebrara el baile de lady Anne. La última hora la había pasado en compañía del ama de llaves, la señora Reynolds, comprobando que los preparativos marcharan correctamente y que todo se desarrollara como era debido. Ahora Elizabeth estaba sola. El primer baile se había celebrado cuando Darcy contaba apenas con un año de edad. Lo dieron para celebrar el cumpleaños de su madre y, salvo por el período de luto por el fallecimiento del esposo, había tenido lugar todos los años, hasta la muerte de la propia lady Anne. Celebrado siempre el sábado posterior a la luna llena de octubre, solía coincidir aproximadamente con el aniversario de boda de Darcy y Elizabeth, fecha que ellos preferían conmemorar solo en compañía de los Bingley, que se habían casado el mismo día, pues les parecía que la ocasión era demasiado íntima e importante para tener que celebrarla rodeados del jolgorio público. Por eso, a instancias de Elizabeth, el baile de otoño siguió llevando el nombre de lady Anne. En el condado se consideraba el acontecimiento social más importante del año. El señor Darcy había expresado su preocupación de que ese no fuera un año oportuno para organizarlo, pues la prevista guerra con Francia se había declarado al fin, y en el sur del país, donde se esperaba la invasión inminente de Bonaparte, el temor era creciente. Además, la cosecha había sido escasa, con todo lo que ello suponía para la vida en el campo. Más de un caballero, cuando alzaba la vista de sus libros de cuentas, se sentía inclinado a convenir que ese año no debía celebrarse el baile, pero la indignación de su esposa era tal, y tal era la certeza de que debería soportar un mínimo de dos meses de turbulencias domésticas, que finalmente aceptaba que nada contribuiría más a levantar la moral que un poco de entretenimiento inofensivo, y que París, aquella ciudad ignorante, se alegraría en exceso y se crecería, si llegara a saber que el baile de Pemberley había sido cancelado.

El entretenimiento y las distracciones estacionales de la vida campestre no son tan numerosos ni tan atractivos como para que los compromisos sociales de una gran casa resulten indiferentes a los vecinos con derecho a beneficiarse de ellos, y el matrimonio del señor Darcy, una vez que el asombro por su elección de prometida se hubo disipado, auguraba al menos que este pasaría en casa más tiempo que antes, y avivaba la esperanza de que su esposa asumiría sus responsabilidades. Al regreso de Elizabeth y Darcy de su viaje de novios, que los había llevado hasta Italia, se sucedieron las acostumbradas visitas formales que había que recibir, las habituales felicitaciones y las charlas intrascendentes, que soportaron con la mayor elegancia de que pudieron hacer acopio. Darcy, consciente desde la infancia de que Pemberley siempre proporcionaría más beneficios de los que podía recibir, resistía aquellos encuentros con loable ecuanimidad, y Elizabeth hallaba en ellos una fuente secreta de distracción, pues sus vecinos ansiaban saciar su curiosidad al tiempo que mantenían su reputación de personas bien educadas. Las visitas, por su parte, experimentaban un placer doble: disfrutar de media hora de reloj inmersas en la elegancia del acogedor saloncito de la señora Darcy antes de, posteriormente, intentar alcanzar con los vecinos un veredicto sobre el vestido, la amabilidad y la capacidad de la recién casada, y sobre las expectativas de felicidad conyugal de la pareja. En menos de un mes ya se había alcanzado un consenso: los caballeros se mostraban impresionados por la belleza y el ingenio de Elizabeth, y sus esposas, por su elegancia y gentileza, así como por la excelencia de sus refrigerios. Se convino, además, en que Pemberley, a pesar de los desafortunados antecedentes de su nueva dueña, tenía todos los visos de volver a ocupar el puesto que le correspondía en la vida social del condado, como así había sido en los días de lady Anne Darcy.

Elizabeth era demasiado realista como para no saber que aquellos antecedentes no habían sido olvidados y que no había familia que se trasladara al distrito a la cual, a su llegada, no le endosaran la asombrosa historia de cómo Darcy había escogido esposa. A él lo consideraban un hombre orgulloso para el que la tradición familiar y la reputación eran de suma importancia, y cuyo padre había logrado aumentar la relevancia social de la familia casándose con la hija de un conde. Durante un tiempo pareció que no había mujer lo bastante buena para convertirse en la señora de Fitzwilliam Darcy, y sin embargo había acabado escogiendo a la segunda hija de un caballero cuya hacienda, limitada además por un mayorazgo que dejaba desprovistas a sus hijas, equivalía a poco más que los jardines ornamentales de Pemberley, una joven cuya fortuna, según se rumoreaba, ascendía a apenas quinientas libras, con dos hermanas solteras y una madre de verbo tan vulgar que resultaba del todo inapropiada para la sociedad respetable. Por si eso fuera poco, una de sus hermanas menores se había casado con George Wickham, hijo del secretario de Darcy-padre, caído en desgracia, y lo había hecho en circunstancias de las que la decencia dictaba hablar solo en susurros. Al hacerlo, había encadenado al señor Darcy y su familia a un hombre al que despreciaba hasta el punto de que el apellido Wickham no se pronunciaba jamás en Pemberley, y la pareja estaba totalmente excluida de la casa. Al parecer, Elizabeth era, ella sí, respetable, y finalmente incluso los más reacios aceptaron que era bonita y poseía unos ojos preciosos, pero el matrimonio seguía causando asombro, así como resentimiento en varias damas jóvenes que, a instancias de sus madres, habían rechazado varias ofertas razonables a fin de estar disponibles para cuando se presentara el flamante premio, y que ahora se acercaban peligrosamente a la treintena sin planes a la vista. De todo ello Elizabeth lograba consolarse recordando la respuesta que había dado a lady Catherine de Bourgh cuando la indignada hermana de lady Anne le había advertido de los perjuicios que recaerían sobre ella si osaba convertirse en la señora Darcy. «Se trata, en efecto, de serias desgracias, pero la esposa del señor Darcy ha de gozar de unas fuentes de dicha tan extraordinarias, unidas necesariamente a su situación, que, en conjunto, no ha de tener motivos para lamentarse.»

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