Entré y me senté un rato en uno de los bancos. Tenía mi diezmo de ciento cincuenta dólares preparado y habría estado encantado de entregarlo tanto allí como en otra iglesia más imponente, pero no sabía cómo hacerlo disimuladamente. No veía ningún cepillo para los pobres, ni ningún otro receptáculo diseñado para recoger las donaciones. No quería llamar la atención al buscar a alguien que estuviera a cargo y entregarle el dinero. Y tampoco me sentía cómodo dejándolo allí, en el banco, donde cualquiera podría encontrarlo y largarse con él.
De modo que salí de allí sin ser más pobre de lo que había entrado.
Pasé la noche en Sunset Park.
No sé si se trataba de trabajo ni si le estaría haciendo algún bien a Tommy Tillary. Vagué por las calles y entré en los bares, pero no estaba buscando a nadie y tampoco hice muchas preguntas.
En la calle Sesenta, al este de la Cuarta Avenida, encontré una oscura taberna con olor a cerveza llamada Fiordo. Estaba decorada con motivos náuticos en las paredes, pero parecía que los habían ido colocando sin orden ni concierto a lo largo de los años: un trozo de red, un salvavidas y, curiosamente, un banderín de los Vikings de Minnesota. Había una televisión en blanco y negro sobre un extremo de la barra con el volumen al mínimo. Había hombres mayores sentados con sus copas y sus cervezas, pero no hablaban mucho, simplemente estaban dejando que pasara la noche.
Cuando salí de allí paré un taxi y dije al conductor que me llevara a Colonial Road, en Bay Ridge. Quería ver la casa en la que Tommy Tillary había vivido, la casa en la que su mujer había muerto. Pero no estaba seguro de cuál era la dirección. Ese tramo de Colonial Road estaba ocupado principalmente por bloques de pisos de ladrillo y estaba seguro de que la casa de Tommy era una vivienda individual. Había casas de ese tipo encajonadas en medio de los bloques de pisos, pero no tenía el número apuntado y no estaba seguro de las calles que cruzaban. Le dije al taxista que estaba buscando la casa en la que asesinaron a una mujer a puñaladas y no sabía de qué demonios estaba hablando; parecía no fiarse de mí, como si pensara que podría hacerle algo en cualquier momento.
Supongo que yo estaba un poco borracho. Se me pasó en el camino de vuelta a Manhattan. No parecía muy dispuesto a llevarme, pero me puso un precio de diez dólares, lo acepté y me recosté sobre mi asiento. Tomó la autopista; por el camino vi la torre de San Miguel y le dije al conductor que eso no estaba bien, que las iglesias deberían estar abiertas las veinticuatro horas. No dijo nada, yo cerré los ojos y cuando los abrí, el taxi se estaba deteniendo delante de mi hotel.
Había algunos mensajes para mí en la recepción. Tommy Tillary había llamado dos veces y quería que lo llamara. Skip Devoe había telefoneado también.
Era demasiado tarde para llamar a Tommy, y probablemente demasiado tarde también para llamar a Skip. En resumidas cuentas, era demasiado tarde para poder rematar la noche.
Al día siguiente volví a Brooklyn. Fui en tren hasta pasar las estaciones de Sunset Park y me bajé en la avenida Bay Ridge. La entrada al metro estaba justo al otro lado de la calle donde se encontraba la funeraria que había enterrado a Margaret Tillary. El entierro había sido en el cementerio Green-Wood, dos millas al norte. Me giré y miré hacia la Cuarta Avenida, como si estuviera recorriendo con los ojos la ruta del cortejo funerario. Después, caminé hacia el oeste por la avenida Bay Ridge, en dirección al agua.
En la Tercera Avenida miré a mi izquierda y vi el puente Verrazano a lo lejos, extendiéndose sobre el Narrows, entre Brooklyn y Staten Island. Seguí caminando por un barrio mejor que en el que había estado el día antes y en Colonial Road giré a la derecha y caminé hasta que encontré la casa de los Tillary. Había buscado la dirección antes de salir de mi hotel y me resultó fácil encontrarla. Podía haber sido una de las casas que estuve mirando la noche anterior. Parte del viaje en taxi se me había borrado de la memoria. Era como si, al recordarlo, viera las imágenes a través de un velo, como si no estuvieran definidas.
La casa era una enorme construcción de ladrillo de tres plantas, justo en la acera de enfrente de la zona sur del parque Owl's Head. Bloques de ladrillo rojo de cuatro plantas flanqueaban la casa. Tenía un amplio porche, un toldo de aluminio y un tejado a dos aguas. Subí los escalones que llevaban al porche y llamé a la puerta. Dentro se oyó un repique de cuatro notas.
Nadie respondió. Giré el pomo, pero la puerta estaba cerrada con llave. La cerradura no parecía difícil de abrir, aunque no había ninguna razón para forzarla.
El camino de entrada quedaba a la izquierda de la casa. Llegaba hasta una puerta lateral que también estaba cerrada y continuaba hasta el garaje, que tenía el candado echado. Los ladrones habían roto el cristal de la puerta lateral y alguien lo había tapado con un cartón rectangular fijado con cinta metálica.
Crucé la calle y me senté en el parque durante un rato. Entonces cambié de posición y fui al otro lado de la calle desde donde podía observar la casa de los Tillary. Estaba intentando visualizar el robo. Cruz y Herrera habían llevado un coche y me preguntaba dónde habrían aparcado. ¿En el camino de entrada, junto a la puerta lateral por donde entraron? ¿O tal vez en la calle, optando por una típica huida? El garaje podía haber estado abierto entonces; a lo mejor metieron el coche dentro, para que nadie lo viera en el camino de entrada ni se extrañara.
Almorcé judías, arroz y salchichas. Me dirigí a la iglesia de Saint Michael sobre media tarde. En esa ocasión estaba abierta; me senté un rato en un banco y luego encendí unas velas. Mis ciento cincuenta dólares finalmente acabaron en el cepillo para los pobres.
Hice lo que se hace en esos casos. Rondé por allí, llamé a las puertas e hice preguntas. Volví a las residencias de los dos, a la de Herrera y a la de Cruz. Hablé con los vecinos de Cruz que no habían estado por allí el día antes y también hablé con algunos de los otros inquilinos del hostal. Fui hacia el Distrito 68 a buscar a Cal Neumann. No estaba allí, pero hablé con algunos policías de la comisaría y salí a tomar café con uno de ellos.
Hice un par de llamadas, pero mi actividad se centró principalmente en patearme las calles, en hablar con la gente cara a cara y en tomar algunas notas. Seguí el procedimiento habitual e intenté no cuestionar el motivo de mis actos. Estaba recopilando una buena cantidad de notas, pero no tenía la más mínima idea de si llevaban a alguna parte. No sabía qué estaba buscando exactamente o si había algo qué buscar. Supongo que estaba intentando moverme, actuar y recopilar información para justificarme, ante mí mismo y ante Tommy y su abogado. Para justificar el pago que ya había recibido y dilapidado en gran parte.
Al llegar la noche, ya había tenido suficiente. Tomé el tren a casa. Había un mensaje en la recepción para mí de parte de Tommy Tillary, con el número de su oficina. Lo metí en mi bolsillo, salí a la calle y doblé la esquina. Billie Keegan me dijo que Skip me estaba buscando.
– Todo el mundo me reclama -dije.
– Eso es bueno -respondió Billie-. Tuve un tío al que reclamaban en cuatro estados. También te han dejado un mensaje. ¿Dónde lo he puesto? -Me entregó un papel. Una vez más, era de Tommy Tillary, pero en esta ocasión el número de contacto que había dejado era distinto-. ¿Quieres tomar algo, Matt? ¿O solo has pasado para ver si tenías mensajes?
En Brooklyn me lo había tomado con calma y había tomado solo tazas de café en pastelerías y bodegas y algunas cervezas en los bares. Dejé que Billie me sirviera un burbon doble y me sentó muy bien.
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