Rachel no había visto a su amiga desde hacía quince días. Su último intercambio de pareceres no había sido agradable, de modo que a pesar de haber ensaya-. do comentarios encaminados a romper el hielo, se sentía torpe y desmañada. Sin embargo, esta sensación no sólo era debida al malentendido que se había producido entre ellas. Ni tampoco al hecho de que, al entrar en casa de los Malik, Rachel fuera consciente de penetrar en otra cultura. Se debía a su aguda percepción (reavivada cada vez que miraba a su amiga) de las diferencias físicas existentes entre ella y Sahlah.
Sahlah era adorable. En deferencia a su religión y a los deseos de sus padres, vestía el recatado shalwarquamis, pero ni los pantalones abolsados ni la blusa que colgaba por debajo de las caderas conseguían disminuir su belleza. Tenía la piel de color nuez moscada, y los ojos de un tono parecido al coco, con pestañas largas y espesas. Llevaba el cabello oscuro recogido en una sola y gruesa trenza que le colgaba hasta la cintura, y cuando Rachel la llamó por su nombre y levantó la cabeza, rizos finos como telarañas cayeron alrededor de su cara. La única imperfección que poseía era una marca de nacimiento. Era de color fresa y en forma de fresa, y destacaba sobre su pómulo como un tatuaje. Se oscureció de forma perceptible cuando sus ojos se encontraron con los de Rachel.
Ésta se sobresaltó al ver su cara. Su amiga parecía enferma, y ella olvidó al instante todas las fórmulas que había ensayado. Guiada por un impulso, extendió el regalo que había llevado.
– Es para ti -dijo-. Es un regalo, Sahlah.
De inmediato se sintió como una imbécil.
Sahlah alisó poco a poco las arrugas de un pañal. Lo dobló una vez y alineó las esquinas con intensa concentración.
– No era mi intención -dijo Rachel-. Además, ¿qué sé yo sobre el amor? Precisamente yo. Y aún sé menos sobre el matrimonio, ¿verdad? Sobre todo, teniendo en cuenta mis circunstancias. Me refiero a que mi madre estuvo Casada diez minutos en una ocasión. Y según ella, lo hizo por amor. Ya ves.
Sahlah dobló dos veces más el pañal y lo depositó sobre la pila que crecía en el extremo de la tabla de planchar. Se acercó a la ventana y echó un vistazo a sus sobrinos. Parecía innecesario, pensó Rachel. Dormían como muertos.
Rachel se encogió ante aquella metáfora mental. Debía evitar, bajo todos los conceptos, utilizar o pensar siquiera en aquella palabra durante el tiempo que durara su visita en aquella casa.
– Lo siento, Sahlah -dijo.
– No hacía falta que trajeras un regalo -contestó Sahlah en voz baja.
– ¿Me perdonas? Di que me perdonas, por favor. No podría soportar que no me perdonaras.
– No hace falta que te disculpes por nada, Rachel.
– Eso significa que no me perdonas, ¿verdad?
Las cuentas de hueso, delicadamente talladas, de los pendientes de Sahlah. tintinearon cuando meneó la cabeza. Pero no dijo nada.
– ¿Aceptarás el regalo? -preguntó Rachel-. Cuando lo vi, pensé en ti. Ábrelo. Por favor.
Ardía en deseos de enterrar la aspereza que había teñido sus últimas conversaciones. Estaba desesperada por retirar sus palabras y acusaciones, porque deseaba recuperar la antigua relación con su amiga.
Tras un momento de reflexión, Sahlah exhaló un leve suspiro y cogió la caja. Examinó el papel de envolver antes de quitarlo, y Rachel se sintió complacida cuando observó que sonreía al ver los dibujos de garitos que hacían acrobacias con una madeja de lana. Acarició uno con la yema del dedo. Después, tiró de la cinta que ataba el paquete y deslizó el dedo bajo el celo. Una vez abierto el paquete, alzó la prenda y acarició con los dedos uno de sus hilos dorados.
Como ofrenda de paz, Rachel sabía que había escogido bien. La chaqueta sherwani era larga, de cuello alto. Respetaba tanto la cultura como la religión de Sahlah. Si la llevaba con pantalones, la cubriría por completo. Sus padres (cuya buena voluntad y comprensión eran esenciales para los planes de Rachel) darían su aprobación. Pero al mismo tiempo, la chaqueta subrayaba el valor que Rachel concedía a su amistad con Sahlah. Era de seda, entretejida con abundantes hebras doradas. Proclamaba su precio a voz en grito, y Rachel había gastado casi todos sus ahorros en la prenda, pero le daba igual si conseguía recuperar a Sahlah.
– Lo que me llamó la atención fue el color -dijo Rachel-. El siena tostado le sienta muy bien a tu piel. Póntela.
Lanzó una risita forzada cuando Sahlah vaciló, con la cabeza inclinada sobre la chaqueta y el dedo índice dando vueltas alrededor de uno de los botones. Son de cuerno auténtico, quiso decir Rachel, pero las palabras no le salieron. Estaba demasiado asustada.
– No seas tímida, Sahlah. Póntela. ¿No te gusta?
Sahlah dejó la chaqueta sobre la tabla de planchar y cruzó los brazos, con tanto cuidado como había doblado los pañales. Llevó la mano hacia uno de los adornos que colgaban de su collar, y lo sujetó como si fuera un talismán.
– Es demasiado, Rachel -dijo por fin-. No puedo aceptarlo. Lo siento.
Rachel notó que repentinas lágrimas acudían a sus ojos.
– Pero es que siempre… -dijo-. Somos amigas, ¿no?
– Sí.
– Entonces…
– No puedo corresponderte. No tengo dinero, y aunque lo tuviera…
Sahlah continuó doblando la prenda, y dejó la frase en suspenso.
Rachel terminó por ella. Conocía lo bastante a su amiga para saber lo que estaba pensando.
– Se lo darías a tus padres. No lo gastarías en mí.
– El dinero sí.
No añadió «es lo que solemos hacer». Lo había repetido con frecuencia durante sus once años de amistad, y también desde que había anunciado a Rachel su intención de casarse con un paquistaní desconocido elegido por sus padres, por lo cual era innecesario que se aferrara una vez más a la muletilla.
Antes de ir a la casa, Rachel no había considerado la posibilidad de que su visita a Sahlah intensificara el malestar que experimentaba desde las últimas semanas. Había contemplado el futuro como una especie de silogismo. El prometido de Sahlah había muerto. Sahlah estaba viva. Ergo, Sahlah podía volver a ser la mejor amiga de Rachel y la compañera más querida de su vida futura. Al parecer, no era así.
El estómago de Rachel se revolvió. Sintió que la cabeza le daba vueltas. Después de todo lo que había hecho, después de todo lo que había descubierto, después de todo lo que le habían confiado y había mantenido en secreto, porque las verdaderas amigas actuaban así…
– Quiero que te lo quedes. -Rachel se esforzó por encontrar el tono adecuado cuando se visitaba una casa en que la muerte había dejado ya su tarjeta-. Sólo he venido a decirte que lamento muchísimo…, bueno, tu… pérdida.
– Rachel -dijo Sahlah en voz baja-. Basta, por favor.
– Sé lo desdichada que debes sentirte. Aunque le conocías desde hacía muy poco tiempo, estoy segura de que habías llegado a quererle. Porque… -Notó que su voz se tensaba. Pronto temblaría de emoción-. Porque sé que no te casarías con alguien a quien no quisieras, Sahlah. Siempre dijiste que no lo harías. Por lo tanto, la lógica me dice que, en cuanto viste a Haytham, tu corazón voló hacia él. Y cuando él apoyó su mano sobre tu brazo, su mano húmeda y fría, supiste que era el elegido. Pasó así, ¿verdad? Por eso ahora estás tan afligida.
– Sé que te cuesta entender.
– Pero no pareces afligida. En relación a la muerte de Haytham. Me pregunto por qué. ¿Tu padre también se lo pregunta?
Estaba hablando más de la cuenta. Era como si su voz poseyera vida propia, y no podía hacer nada por controlarla.
– No sabes lo que está pasando en mi interior -afirmó en voz baja Sahlah, casi con furia-. Quieres juzgarme a tenor de tus criterios, y no puedes, porque son diferentes de los míos.
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