Elizabeth George - El Precio Del Engaño

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Una lánguida ciudad de la costa de Essex se convierte en un hervidero tras el asesinato de un inmigrante de origen asiático. El racismo, siempre latente en situaciones de inestabilidad social, se dispara. Y poco a poco irá aflorando un universo de inmigración ilegal, racismo, celos, honor, violación, relaciones homosexuales y conflictos humanos. En esta novela cobra particular protagonismo la sargento Barbara Havers, ayudante del inspector Linley y opuesta a su superior, al que critica desde sus maneras hasta sus métodos de investigación. Pero ambos tienen algo en común: una extraordinaria agudeza para comprender la complejidad de las motivaciones humanas. Una novela soberbia por su fuerza y profundo realismo social.

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Rachel se subió la falda por encima de las rodillas para pedalear con más soltura, y para impedir que la tela, fina y transparente, se enganchara en la grasienta cadena. Sabía que iría a ver a Sahlah Malik cuando se había vestido por la mañana, de forma que tal vez habría debido ponerse algo más adecuado para un largo paseo en bicicleta vespertino. Pero la longitud de la falda que había escogido realzaba sus mejores características (los tobillos), y Rachel era una joven consciente de que, como el Todopoderoso la había favorecido tan poco en la cuestión del aspecto, tenía que acentuar sus pocas facetas positivas. Por consiguiente, solía utilizar faldas y zapatos que destacaran sus tobillos, siempre con la esperanza de que las miradas ocasionales dirigidas a su figura pasaran por alto el desastre de su cara.

En sus veinte años de vida había escuchado toda clase de calificativos: fachosa, inmunda, malparida y grotesca eran los adjetivos habituales. Vaca, foca y adefesio eran los sustantivos adjuntos. En el colegio había sido blanco de bromas y burlas incesantes, y pronto había descubierto que, para la gente como ella, la vida presentaba tres claras alternativas: llorar, huir o aprender a plantar cara. Se había decantado por la tercera, y estaba decidida a seguir por la senda que le había granjeado la amistad de Sahlah Malik.

Mi mejor amiga, pensó. Para bien o para mal. Habían gozado de lo primero desde que tenían nueve años. Durante los dos últimos meses, habían conocido sólo lo segundo. Rachel estaba muy segura de ello.

Subió la pendiente de Church Road y pasó ante el cementerio de St. John, donde las flores rendían la cabeza por efecto del calor. Siguió la curva contigua a las paredes manchadas de hollín de la estación ferroviaria, e inició el ascenso de la cuesta pronunciada que conducía a los mejores barrios, con sus jardines ondulados y calles frondosas. Este distrito de la ciudad se llamaba las Avenidas, y la familia de Sahlah Malik vivía en la Segunda, un paseo de cinco minutos a pie desde el Greensward, aquella extensión de césped perfecto bajo el cual dos hileras de cabañas de playa colgaban sobre el mar.

La casa de los Malik era una de las residencias más impresionantes del barrio, con amplios parterres, jardines y una peraleda, donde Rachel y Sahlah habían compartido secretos infantiles. Era muy inglesa: con cubierta de tejas, muros de entramado de madera y cristales en forma de diamante, a la moda de otro siglo. Su desgastada puerta principal estaba remachada con tachones, sus múltiples chimeneas recordaban Hampton Court, y su garaje independiente, encajado en la parte posterior de la propiedad, parecía una fortaleza medieval. Al verla, nadie habría adivinado que tenía menos de diez años de antigüedad. Y si bien todo el mundo coincidiría en que sus habitantes se encontraban entre las personas más ricas de Balford, nadie habría adivinado que esos mismos habitantes eran de origen asiático, y venían de un país de mujahidin, mezquitas y figh.

La cara de Rachel estaba perlada de sudor cuando subió al bordillo y abrió la cancela. Exhaló un suspiro de puro placer al pasar bajo la frescura balsámica de un sauce. Se quedó allí un momento, mientras se decía que era para recobrar el aliento, pero a sabiendas de que era para planificar un poco. En sus veinte años nunca había ido a casa de alguien que hubiera perdido en fecha reciente a un ser querido y sobrellevara su aflicción como lo hacía su amiga. Debía concentrarse en lo que iba a decir, cómo decirlo, qué hacer y cómo actuar. Lo último que deseaba era meter la pata con Sahlah.

Dejó la bici apoyada contra una jardinera rebosante de geranios, sacó el paquete de la cesta y avanzó hacia la puerta principal. Buscó con prudencia la mejor forma de romper el hielo. «Lo siento muchísimo… He venido en cuanto he podido… No quería telefonearte porque me parecía tan impersonal… Esto cambia todo de una forma horrible… Sé que tú le querías…»

Sólo que lo último era una mentira, ¿verdad? Sahlah Malik nunca había querido a su futuro esposo.

Bien, eso ya no importaba. Los muertos no podían volver para exigir a los vivos que rindieran cuentas, y era absurdo hacer hincapié en la falta de sentimientos de su amiga hacia el desconocido que le habían elegido como marido. Claro, ahora ya no sería su marido. Lo cual casi invitaba a pensar… Pero no. Rachel expulsó de su mente toda especulación. Con el paquete bajo el brazo, llamó a la puerta.

Se abrió bajo el impulso de sus nudillos. Al mismo tiempo, el inconfundible sonido de música de fondo cinematográfica se elevó sobre las voces que hablaban un idioma extranjero en la sala de estar. El idioma era urdu, adivinó Rachel. Y la película sería otra adquisición por catálogo de la cuñada de Sahlah, quien sin duda estaría sentada sobre un almohadón delante del vídeo en su postura habitual: con un cuenco de agua jabonosa sobre el regazo y docenas de ajorcas de oro dentro para que se limpiaran.

Rachel no iba muy errada. Dijo en voz alta, «¿Hola? ¿Sahlah?», y caminó hasta la puerta de la sala de estar. Allí encontró a Yumn, la joven esposa del hermano de Sahlah, que no estaba cuidando de sus numerosas joyas, sino remendando uno de sus muchos dupattas. Yumn estaba cosiendo laboriosamente el dobladillo del pañuelo, y su falta de experiencia saltaba a la vista.

Emitió un gritito cuando Rachel carraspeó. Alzó las manos, y aguja, hilo y pañuelo salieron volando en tres direcciones diferentes. Por algún motivo misterioso, llevaba un dedal en cada dedo de la mano izquierda. También salieron despedidos.

– ¡Qué susto me has dado! -exclamó-. Dios mío, Rachel Winfield. Y precisamente hoy, cuando nada debería perturbarme. El ciclo femenino es algo muy delicado. ¿No te lo ha dicho nadie?

Sahlah siempre se refería a su cuñada como nacida para la RADA [1]pero educada para nada. Esto último parecía ser la verdad. La entrada de Rachel no había sido subrepticia, pero Yumn parecía ansiosa por sacarle provecho hasta el máximo, con el fin de centrar la atención en su «ciclo femenino», como ella lo llamaba, y utilizó las manos para acunarse el estómago, por si Rachel no la había entendido. Lo cual era muy improbable. Si Yumn hablaba en alguna ocasión de algo que no fuera su intención de quedar embarazada por tercera vez (al cabo de treinta y siete meses de matrimonio y antes de que su segundo hijo hubiera cumplido dieciocho meses), Rachel lo ignoraba.

– Lo siento -dijo Rachel-. No quería asustarte.

– Menos mal.

Yumn buscó con la vista sus útiles de coser. Clavó la vista en el pañuelo, y para ello utilizó su ojo bueno, el derecho, y cerró el izquierdo, cuyos erráticos vagabundeos solía ocultar mediante un dupatta que arrojaba una sombra sobre él. Como parecía concentrada en reanudar su trabajo y hacer caso omiso de Rachel indefinidamente, ésta volvió a hablar.

– Yumn, he venido a ver a Sahlah. ¿Está en casa?

Yumn se encogió de hombros.

– Siempre está en casa esa chica. Aunque siempre que la llamo, parece sorda como una tapia. Necesita una buena paliza, pero nadie se anima a dársela.

– ¿Dónde está? -preguntó Rachel.

– «Pobre criatura», piensan -continuó Yumn-. «Déjala en paz. Está muy apenada.» Apenada, imagínate. Qué idea tan divertida.

Rachel se sintió alarmada al oír aquel comentario, pero por lealtad a Sahlah se esforzó en disimularlo.

– ¿Está aquí? -preguntó haciendo acopio de paciencia-. ¿Dónde está, Yumn?

– Ha ido arriba. -Cuando Rachel se dio la vuelta, Yumn añadió-: Estará postrada de dolor, sin duda.

Lanzó una risita maliciosa.

Rachel encontró a Sahlah en el dormitorio situado en la parte delantera de la casa, el cuarto habilitado para los dos niños de Yumn. Estaba de pie ante la tabla de planchar, y se dedicaba a doblar una montaña de pañales recién secos hasta formar cuadrados perfectos. Sus sobrinos, un niño de veintisiete meses y su hermano menor, descansaban en una sola cuna, cerca de la ventana abierta. Estaban dormidos.

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