Elizabeth George - Memoria Traidora

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Intrigada por el silencio que se había originado a sus espaldas, lentamente, la mujer comenzó a darse la vuelta. De pronto, una luz brillante cegó sus ojos, dejándola inmóvil, en medio de la calle, como suele sucederle a las presas indefensas. En milésimas de segundo, el estrepitoso rugir de un motor y el chirriar de unos neumáticos le congelaron la sangre y le hicieron ver que no tendría escapatoria. Cuando el coche la derribó, su cuerpo y la misteriosa fotografía que llevaba en sus manos salieron disparados hacia el gélido aire de la noche londinense. Sin duda, se había tratado de un asesinato. Y de una frialdad estremecedora, como pudo constatar poco después la policía, cuando descubrió que el conductor no sólo la había atropellado, sino que había dado marcha atrás para pasar sobre su cuerpo inerte para rematarla.
El problema era que, a partir de ahí, las pistas, más que apuntar hacia un asesino en el presente, parecían perderse en un confuso laberinto de crímenes, mentiras, culpas y castigos que habían rodeado la extraña muerte de una niña, hacía más de dos décadas. Como si se tratara de una máquina del tiempo, el suceso se había encargado de reabrir un lejano misterio que, por errores y debilidades humanas, nunca se había terminado de cerrar. La única verdad, si es que cabía encontrar alguna certeza, tenía que yacer en un antiguo y terrible secreto. Un secreto guardado, oculto y quizá perdido en alguna suerte de su memoria traidora.

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Supo quién era en el mismo instante en que se acercó a la barra del restaurante que olía a azafrán. Una vez más se sentía satisfecho de haber adivinado quién era y cómo sería. Debía de tener como mínimo cincuenta y cinco años, iba muy aseada y llevaba la cantidad correcta de perfume; no era una putilla de esas que van a ver lo que pillan. No era una guarra del Mile End que intentara mejorar su posición ni tampoco una tía del norte recién llegada a la capital con la esperanza de encontrar un tipo que le solucionara la vida. Era exactamente lo que había supuesto que sería: una divorciada solitaria cuyos hijos ya habían crecido y que se enfrentaba con la perspectiva de que la llamaran abuela diez años antes de lo que habría deseado. Estaba ansiosa por demostrarse a sí misma que aún tenía un poco de atractivo sexual, a pesar de las arrugas y de la incipiente papada. Las razones que él podía tener para escogerla, a pesar de que se llevaban doce años de diferencia, no tenían ninguna importancia. Estaba contento de poder confirmarle que aún poseía encanto.

Esa confirmación sucedió en la habitación 109, en la primera planta, a unos noventa metros del estruendo del tráfico. El ruido de la calle -siempre lo decía en voz baja antes de cerrar la puerta con llave-eliminaba la posibilidad de quedarse a pasar la noche. De hecho, sería imposible para cualquier persona con un oído normal dormir en una habitación que diera a Cromwell Road. Y, como pasar la noche con una amante cibernética era lo último que le gustaría hacer, el hecho de ser capaz de decir «Dios mío, qué estrépito» en un momento u otro a menudo le servía de preludio para poder salir de la situación como un caballero.

Todo había sucedido según lo previsto: las bebidas habían llevado a la confesión de una atracción física y, por lo tanto, se habían ido paseando hasta el Comfort Inn, donde un acoplamiento enérgico había acarreado satisfacción mutua. En persona, Bragas Cremosas -cuyo nombre verdadero se negó a revelar-era tan sólo un poco menos imaginativa que en el teclado. Cuando hubieron acabado de probar todas las permutaciones sexuales, posiciones y posibilidades, se apartaron uno del otro, cubiertos de sudor y otros fluidos corporales, y se dispusieron a oír el estruendo de los camiones que iban arriba y debajo de la carretera.

– ¡Dios mío, qué ruido! -refunfuñó-. Debería haber elegido un sitio mejor. No podremos dormir.

– ¡Ah! -respondió ella-. No te preocupes. De todos modos, no me puedo quedar.

– ¿No? -dijo él con una expresión de disgusto. Sonrió y añadió-: No contaba con ello. Después de todo, cabía la posibilidad de que tú y yo no hubiéramos conectado en persona del mismo modo que en la red, ¿sabes?

Eso ya lo sabía. Pero mientras regresaba a casa en coche se preguntaba: «¿Qué pasará a continuación?». Lo habían estado haciendo con intensidad durante dos horas enteras, y los dos habían disfrutado muchísimo. Se habían separado con promesas por ambos lados de «seguir en contacto», pero había tenido la ligera sensación de que el abrazo de despedida de Bragas Cremosas desmentía sus palabras y que el sentido común requería que se mantuviera alejado de ella durante un tiempo.

Y eso es precisamente lo que decidió hacer al final, después de un trayecto en coche, largo y sin rumbo bajo la lluvia, con el objetivo de reducir la tensión sexual.

A medida que llegaba a su calle, soltó un bostezo. Dormiría plácidamente después de los esfuerzos de la noche. No había nada como practicar sexo enérgico con una persona casi desconocida y de avanzada edad para disponerse al sueño.

Miró de soslayo a través del cristal a medida que el limpiaparabrisas lo adormecía con su ritmo constante. Subió la cuesta y puso el intermitente para girar hacia el camino de entrada -más por costumbre que por necesidad-y cuando estaba pensando cuánto tiempo pasaría antes de que Mujer Fogosa y Cómeme le propusieran encontrarse en persona, vio un montón de ropa empapada junto a un Calibra último modelo.

Suspiró. ¿No era verdad que la sociedad se estaba desmoronando? Bajo una delgada capa de piel, los seres humanos se estaban convirtiendo en cerdos. Después de todo, ¿para qué tenía que molestarse uno en ir hasta Oxfam a dejar sus trastos si, en realidad, podía dejarlos en medio de la calle? Era patético.

Cuando estaba a punto de pasar por delante, le llamó la atención una luz blanca entre las ropas mojadas. Echó un vistazo. ¿Un calcetín empapado de lluvia? ¿Una bufanda hecha jirones? ¿Una pobre colección de bragas de mujer? ¿Qué era?

Pero entonces lo vio. Apretó el freno con violencia.

Se dio cuenta de que el blanco resplandor era una mano, una muñeca y un trozo de brazo que sobresalía de un abrigo negro.

«Debe de ser parte de un maniquí -se dijo a sí mismo con decisión para apaciguar los latidos de su corazón-. Debe de ser la broma de alguien que tiene un cerebro de mosquito. De todos modos, es demasiado pequeño para ser una persona. Tampoco veo ni las piernas ni la cabeza. Sólo ese brazo.»

Sin embargo, bajó la ventanilla, a pesar de esas conclusiones tan reconfortantes. La lluvia le salpicó en la cara, y examinó de cerca el cuerpo sin forma que yacía en el suelo. Luego vio el resto.

Había piernas y también una cabeza. En un primer momento, cuando lo había divisado a través de la ventanilla empapada de lluvia, no lo había visto porque la cabeza estaba inclinada dentro del abrigo, como si estuviera rezando, y las piernas estaban ocultas bajo el Calibra.

«Un ataque al corazón -pensó, aunque lo que veían sus ojos no se lo confirmaba-. Aneurisma. Apoplejía.»

Pero ¿qué hacían esas piernas bajo el coche? La única explicación lógica para eso era que…

Cogió el móvil y llamó a la policía.

El cuerpo del comisario Eric Leach mostraba todos los síntomas de la gripe. Le dolía en todas las partes posibles. Le sudaba la cabeza, el rostro y el pecho. Tenía escalofríos. Debería haber llamado para decir que estaba enfermo tan pronto como había notado lo mal que se encontraba. Debería haberse metido en la cama. Si lo hubiera hecho, habría matado dos pájaros de un tiro: habría recuperado el sueño que había perdido mientras intentaba reorganizar su vida después del divorcio, y habría tenido una excusa cuando el teléfono sonó a medianoche. Pero en vez de eso, ahí estaba él sacando por la fuerza a su temblante culo de una casa mal amueblada para llevarlo al frío, al viento y a la lluvia, lo que, sin lugar a dudas, suponía arriesgarse a pillar una neumonía doble.

«Vive y aprende -pensaba el comisario Leach con hastío-. ¡La próxima vez que te cases, sigue casado, joder!»

Vio las intermitentes luces azules de los coches policía en el momento en que doblaba la esquina. Eran casi las doce y veinte de la noche, pero por la luz que había en la empinada calle que tenía frente a él, bien podría decirse que eran las doce del mediodía. Alguien había colocado focos, y a éstos se sumaban las rápidas luces del fotógrafo del equipo forense.

La frenética actividad que había delante de todas esas casas había reunido a una gran colección de curiosos, aunque no podían acercarse gracias al cordón policial que habían dispuesto a ambos lados de la calle. Barreras y más cordón policial bloqueaban la entrada a la calle desde los dos extremos. Detrás, ya se habían reunido un montón de fotógrafos de prensa, esos vampiros de las ondas radiofónicas que no cesaban de sintonizar la frecuencia del Departamento de Policía de Londres, con la esperanza de averiguar si había sangre fresca en alguna parte.

El comisario Leach sacó un Strepsil del paquete con los dedos. Aparcó el coche detrás de una ambulancia, en la que los responsables, ataviados con impermeables de pies a cabeza, pasaban el rato apoyados en el parachoques delantero, bebiendo café de la tapa de un termo de una forma tan relajada que quedaba bien claro qué servicios se iban a necesitar. Leach les saludó mientras encorvaba los hombros para protegerse de la lluvia. Mostró su tarjeta de identificación al policía joven y desgarbado que se ocupaba de mantener a los periodistas a raya, atravesó la barrera y se acercó a la colección de profesionales que estaban reunidos en torno a un turismo aparcado en medio de la calle.

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