Ruth Rendell - Simisola

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La ciudad del inspector Wexford -personaje legendario de la autora- se ve sacudida por la desaparición de una joven de color. El inspector se lanza a una investigación que le desvela los resortes más difíciles de la convivencia racial, y una sociedad de claroscuros que confirma la maestría de la autora británica para urdir tramas perfectas y ahondar en las miserias humanas.

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– Esa chica casi se te come -comentó Dora.

– Sí.

– ¿Quién es?

– Una sospechosa en un caso de asesinato. -Nunca le contaba nada de su trabajo. Ella le miró divertida.

– ¿De verdad?

– De verdad. Subamos al coche. Se te mojará el sombrero.

Había una cola para salir pero no era larga. La hilera de coches tenía que pasar por un portón y dado que la mayoría eran Rolls, Bentley y Jaguar, avanzaban poco a poco. Sólo faltaban pasar dos coches cuando comenzó a sonar el teléfono móvil. Atendió la llamada. Era Karen.

– Sí -dijo-, sí. Ahora mismo.

Dora oía la voz de Karen pero no alcanzaba a distinguir las palabras.

El coche cruzó el portón. Wexford continuó con la conversación:

– ¿A dónde ha dicho? Llevo a mi esposa a casa y de inmediato voy para allá.

– ¿Qué pasa, Reg? ¿Ay, Reg, no me digas que es Melanie Akande?

– Así parece.

– ¿Está muerta?

– Sí -contestó Wexford-. Está muerta.

13

Kingsmarkham está en aquella parte de Sussex que en un tiempo fue la tierra de una tribu celta que los romanos llamaban regnenses. Para sus colonos sólo era un lugar agradable donde vivir, bonito de ver y no demasiado frío, con una población indígena considerada únicamente como mano de obra esclava. Los numerosos restos de niñas desenterradas por los arqueólogos en la zona de Pomfret Monachorum sugieren que los romanos practicaban el infanticidio entre los regnenses para mantener una fuerza de trabajo masculina.

Además de este hallazgo macabro, se encontró un tesoro. Nadie sabe cómo esta fortuna en monedas de oro, estatuillas y joyas fue a parar en un campo de cultivo a unos tres o cuatro kilómetros de Cheriton, pero hay pruebas de que una vez se levantó allí una villa romana. Una leyenda un poco romántica dice que la familia que vivía en la casa, al tener que huir, enterró el tesoro en la esperanza de que algún día volverían para recuperarlo. Pero los romanos nunca más volvieron y comenzó la Edad Media.

Este tesoro lo encontró el dueño del campo mientras araba un trozo pequeño, hasta entonces parte de los terrenos donde pastaban las ovejas, con la intención de plantar maíz destinado a engordar a sus faisanes. Fue valorado en poco más de dos millones de libras, de las que recibió la mayor parte. El hombre abandonó su oficio y se fue a vivir a Florida. La estatuilla de oro de una leona amamantando a sus dos cachorros y dos brazaletes de oro, uno con una escena de la caza del jabalí y el otro con un ciervo acorralado, están expuestos en el museo Británico, donde se los conoce como el lote Framhurst.

El resultado fue que alentó a los buscadores de tesoros. Llegaban con sus detectores de metales y trabajaban con paciencia y en silencio durante muchas horas. Desde lejos daban la impresión que limpiaban los matorrales y el valle con aspiradoras. Los campesinos no ponían pegas -casi no había cultivos en la zona- y mientras no hicieran ningún daño ni espantaran a las ovejas, no sólo eran inofensivos sino también una fuente potencial de riqueza. Cualquier buscador con éxito tendría que repartir la mitad del botín con el propietario de la tierra.

Hasta ahora no habían encontrado nada. El tesoro del que habían formado parte la leona y los brazaletes parecía ser el único. Pero los buscadores no cejaban en su empeño y fue uno de ellos, mientras recorría por un sector vecino al lugar preferido, pasando y repasando el detector por un trozo de ladera cubierta de guijarros y piedras, quien encontró primero una moneda y después el cadáver de una muchacha.

Era donde comenzaban las tierras bajas, entre Cheriton y Myfleet. Una angosta carretera blanca, sin vallas, paredes o setos, pasaba entre las estribaciones, y era a unos veinte metros a la izquierda, donde comenzaba la parte boscosa, en el linde de un bosque, donde estaba enterrada. Hacía buen tiempo mientras Colin Broadley pasaba el detector de metales, la tierra estaba húmeda por las últimas lluvias pero no había barro. Las condiciones eran ideales para excavar y Broadley, en cuanto encontró la moneda que había hecho sonar la alarma del detector, continuó con la exploración.

– Cuando vio lo que había encontrado -le preguntó Wexford-, ¿por qué no dejó de cavar?

Broadley, un hombre cuarentón, fornido y con la panza típica del bebedor de cerveza, encogió los hombros con una expresión de avaricia. No era arqueólogo sino un lampista en paro que actuaba movido por la codicia. No fue él el que llamó a la policía sino un automovilista que, alertadas sus sospechas al ver la amplitud de la excavación, había parado el coche para echar un vistazo. Este buen ciudadano. James Ranger, de Myringham, esperaba sentado en su coche desde hacía dos horas que le permitieran marcharse.

– ¿No le parece extraño? -insistió Wexford.

– Tenía que sacarla -contestó Broadley-. Alguien tenía que hacerlo.

– Esa era tarea de la policía -señaló Wexford, y era verdad que la policía había acabado el trabajo. Sabía muy bien lo que había pretendido Broadley. Después de encontrar la moneda y siendo un hombre sin muchos remilgos, había continuado cavando en busca de las monedas o joyas que pudieran estar debajo del cadáver.

No había nada. El cuerpo estaba desnudo. Tampoco era posible afirmar, en este momento, si había o no alguna relación entre el cadáver y la moneda. Para Broadley la moneda era el primer indicio de un tesoro romano, pero Wexford vio que era un medio penique de la época victoriana, con la efigie de la joven reina. El peinado se parecía un poco al de las actrices en las películas de la Roma antigua. El inspector envió a Broadley a sentarse en uno de los coches patrulla en compañía de Pemberton.

No paraba de llover. Habían extendido una lona sobre la fosa y los árboles daban un poco de reparo. Debajo de la lona el patólogo examinaba el cadáver. No era sir Hilary Tremlett ni la bête noire de Wexford, el doctor Basil Sumner-Quist, que estaban de vacaciones, sino un asistente o un sustituto que se había presentado a sí mismo como señor Mavrikiev. Wexford, provisto con un paraguas -había diez paraguas en la escena, debajo de los árboles que goteaban- sostenía una bolsita de plástico con la moneda, aunque era impensable que fueran a encontrar una huella digital en la superficie incrustada de tierra. En cuanto Mavrikiev saliera del agujero y tomaran las fotos, se ocuparía de aquello que más le espantaba: ir a Ollerton Avenue y decírselo a los Akande.

Era responsabilidad suya. No podía enviar a Vine o a Burden para que lo hicieran por él. Desde que habían denunciado la desaparición de Melanie, les había visitado cada día, con la única excepción de la vez que encontró a Akande en la calle. Se consideraba amigo de ellos y era consciente de que lo había hecho porque eran negros. Su raza y su color merecían su atención especial, aunque esto no era correcto. En teoría, si de verdad se consideraba libre de prejuicios, tenía que tratarlos como a los padres de cualquier otra chica desaparecida.

Mavrikiev levantó uno de los lados de la lona y salió del agujero. Uno de sus ayudantes se apresuró a darle un paraguas. Wexford se quedó de piedra al ver que el patólogo se encaminaba directamente hacia su Jaguar sin hacer ningún comentario.

– ¡Doctor Mavrikiev! -llamó.

El hombre era bastante joven, rubio, con un cierto aire nórdico. Probablemente tenía antepasados ucranianos, pensó Wexford.

– Señor. Señor Mavrikiev -le corrigió el hombre.

Wexford se tragó su enfado. ¿Por qué siempre eran tan groseros? Éste parecía el peor de todos.

– ¿Puede darme una fecha aproximada de la muerte? -Por un momento Wexford pensó que Mavrikiev le pediría sus credenciales.

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