Armando Palacio Valdés - La Espuma
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–Oye—le dijo Esperanza cuando se hubieron cansado de hablar de sombreros—, ¿sabes que el último día que he estado en el colegio les llevé el retrato de mi hermanito?… Verás qué paso más gracioso. Lo han retratado desnudo, y como tiene aquello descubierto, la hermana María de la Saleta no quería enseñarlo a las niñas. Las chicas comenzaron a gritar: "¡queremos verlo! ¡queremos verlo!" ¿Sabes lo que hizo entonces? Pues lo fué enseñando con la mano puesta encima, dejando sólo ver el pecho y la cabeza.
–¡Chica, qué gracia tiene eso!—exclamó Pacita soltando la carcajada.
Esperanza la secundó, riendo ambas de tan buena gana que concluyeron por llamar la atención de la tertulia, sobre todo de la marquesa, que volvió a dirigir a su hija una mirada severísima.
Entraba en aquel momento una señora que representaba cuarenta años; el rostro, hermoso aún, pintado, con señales impresas más que de los años, de una vida agitada y galante.
–Aquí está Pepa Frías—dijo sonriendo Mariana, la esposa de Calderón.
–Eso es; aquí está Pepa Frías—respondió con afectado mal humor la misma—. Una mujer que no tiene pizca de vergüenza al poner los pies en esta casa.
Los tertulios rieron.
–¿Tú te crees por lo visto que soy de la Inclusa? ¿que no tengo casa? Pues sí que la tengo, Salesas, 60, principal…. Es decir, la tiene el casero…. Pero le pago, lo que no harán seguramente todos tus inquilinos. Perdone usted, Pinedo; no le había visto…. Y también tengo mis sábados … y no hay tanto calor como aquí ¡uf! y doy chocolate y té, y conversación y todo … lo mismo que aquí.
Mientras decía esto, iba saludando a los circunstantes con semblante furioso. Pero como todos sabían a qué atenerse, reían.
Era una mujer metida en carnes, los cabellos artificialmente rubios, los ojos un poco saltones, pero hermosos, la boca fresca y sensual; una mujer agradable, en suma, que había tenido y que seguía teniendo, a pesar de sus años, muchos apasionados.
–Lo que no hay—añadió acercándose a la señora de Calderón y dándole dos sonoros besos en las mejillas—es una mujer tan ingrataza y tan insignificante como tú…. Por supuesto, que yo no vengo ya a verte a ti, sino a mi señor D. Julián, que alguna vez que otra sube a darme las buenas tardes y a decirme cómo anda la cotización…. Y a propósito de cotización, Clementina, dile a tu marido que suspenda aquello hasta que le avise…. Mejor dicho, no le digas nada; yo pasaré esta noche por tu casa.
–¡Pero hija, qué líos traes siempre con el papel y la Bolsa y las acciones!—exclamó Mariana.
–Pues los mismos que tú traerías si no tuvieses un marido tan activo que se encarga de calentarse la cabeza para que tú la tengas fresca y descansada….
–Vaya, Pepa, no me eche usted piropos, que voy a ponerme colorado—dijo Calderón.
–No digo más que la verdad. ¡Si creerán que es plato de gusto estar pensando en si baja o si sube el papel, escribir cartas y endosos y andar camino del Banco!
–Imagino yo, Pepa—manifestó el general con sonrisa galante—que por más que diga, usted tiene afición a los negocios.
–¿Imagina usted? ¡Qué raro!
–No tengo tanta imaginación como usted, pero alguna sí—respondió el general un poco molestado por la risa que la frase de Pepa había producido.
Esta Pepa era una mujer que gozaba fama de chistosa en sociedad, aunque realmente su gracia se confundía a menudo con la desvergüenza. Hablar siempre con rostro enojado, llamar a las cosas por su nombre, por crudo que fuese, decir una fresca al lucero del alba; tales eran las cualidades que habían logrado darle popularidad en los salones. Había quedado viuda bastante joven, con dos hijos, un varón que había seguido la carrera de marino y que a la sazón estaba navegando, y una hija a quien había casado hacía un año. Su marido había sido comerciante, y en los últimos años jugaba en la Bolsa con fortuna. En esta temporada, Pepa contrajo la misma pasión. Una vez viuda siguió alimentándola. La prudencia, o por mejor decir la timidez que caracteriza a las mujeres en los negocios, la habían librado de la ruina, que suele ser, tarde o temprano, inevitable para los apasionados al juego. Algo se había mermado su fortuna, pero aún disfrutaba de un envidiable bienestar.
–Pepa, el asunto marcha admirablemente—dijo Pinedo—. De Zaragoza han pedido un volcán y en la Coruña ha resuelto el Ayuntamiento establecer dos, al oriente y al poniente de la ciudad.
–Me alegro, me alegro muchísimo. ¿De manera que no suelto las acciones?
–Nunca; el sindicato tiene seguridad de que antes de un mes subirán a trescientos.
Los pocos que estaban en la broma rieron. Los demás fijaron en ellos sus ojos con curiosidad.
–¿Qué es eso de los volcanes, Pinedo?—preguntó la esposa de Calderón.
–Señora, se ha formado una sociedad para establecer volcanes en las poblaciones.
–¡Ah! ¿Y para que sirven esos volcanes?
–Para la calefacción, y además como objeto de adorno.
Todos comprendieron ya la burla menos la linfática señora, que siguió preguntando con interés los pormenores del negocio. Los tertulios reían, hasta que Calderón, entre risueño y enojado, exclamó:
–¡Pero mujer, no seas tan cándida! ¿No ves que es una guasa que se traen Pepa y Pinedo?
Estos protestaron afectando gran formalidad, pero la primera dijo al oído del segundo:
–Si será pánfila esta Mariana, que hace ya tres meses que el general Cruzalcobas le está haciendo el amor y aún no se ha enterado.
Así llamaba Pepa al general Patiño, y no sin fundamento. A pesar de su apuesta figura un tanto averiada, y de su continente marcial, Patiño era un veterano falsificado. Sus grados habían sido ganados sin derramar una gota de sangre. Primero como ayo instructor del arte militar de una persona real; miembro después de algunas comisiones científicas, y empleado últimamente en el ministerio de la Guerra, cultivando la amistad de todos los personajes políticos; diputado varias veces; senador por fin y ministro del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, no había estado en el campo de batalla sino persiguiendo a un general revolucionario, y eso con firme propósito de no alcanzarle nunca. Como había viajado un poco y se jactaba de haber visto todos los adelantos del arte de la guerra, pasaba por militar instruído. Estaba suscrito a dos o tres revistas científicas; citaba en las tertulias, cuando se tocaba a su profesión, algunos nombres alemanes; para discutir empleaba un tono enfático y sacaba voz de gola que imponía respeto a los oyentes. Pero la verdad es que las revistas se quedaban siempre por abrir sobre la mesa de noche, y los nombres alemanes, aunque bien pronunciados, no eran más que sonidos en su boca. Preciábase de militar a la moderna por esto y por vestir siempre de paisano. Amaba las artes, sobre todo la música: abonado constante al teatro Real y a los cuartetos del Conservatorio. Amaba también las flores y las mujeres, muy especialmente a la mujer del prójimo. Era catador insaciable de la fruta del cercado ajeno. Su vida se deslizaba modesta y feliz, regando las gardenias de su jardincito de la calle de Ferraz y seduciendo a las esposas de los amigos. Hacía esto último por vocación, como se deben hacer las cosas, y ponía en ello todo el empeño y concentraba todas las fuerzas de su lúcida inteligencia, lo cual es de absoluta necesidad para hacer algo grande y provechoso en el mundo. Sus conocimientos estratégicos, que no había tenido ocasión de aplicar en el campo de batalla, servíanle admirablemente para entrar a saco en el corazón de las bellas damas de la corte. Bloqueaba primero la plaza con miradas lánguidas, acudiendo a los teatros, al paseo, a las iglesias que ellas frecuentaban. En todas partes el sombrero flamante y reluciente de Patiño se agitaba en el aire declarando la ardiente y respetuosa pasión de su dueño. Estrechaba después el cerco intimando en la casa, trayendo confites a los niños, comprándoles juguetes y libros de estampas, llevándoles alguna vez a almorzar. Se hacía querer de los criados con regalos oportunos. Venía después el asalto; la carta o la declaración verbal. Aquí desplegaba nuestro general una osadía y un arrojo singulares que, contrastaban notablemente con la prudencia y habilidad del cerco. Esta complejidad de aptitudes ha caracterizado siempre a los grandes capitanes, Alejandro, César, Hernán Cortés, Napoleón.
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