Dueñas, María - El tiempo entre costuras
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–Adelante.
Despacho grande para el hombre grande. Escritorio grande cubierto de papeles, librería grande llena de libros, hombre grande mirándome, primero a los ojos, después hacia abajo, otra vez hacia arriba. Descubriéndome. Tragó saliva él, tragué saliva yo. Dio unos pasos hacia nosotras, posó su mano en mi brazo y me apretó sin forzar, como queriendo cerciorarse de que en verdad existía. Sonrió levemente con un lado de la boca, como con un poso de melancolía.
–Eres igual que tu madre hace veinticinco años.
Retuvo su mirada en la mía mientras me presionaba un segundo, dos, tres, diez. Después, aún sin soltarme, desvió la vista y la concentró en mi madre. Volvió a su rostro la débil sonrisa amarga.
–Cuánto tiempo, Dolores.
No contestó, tampoco esquivó sus ojos. Despegó entonces él su mano de mi brazo y la extendió en dirección a ella; no parecía buscar un saludo, sólo un contacto, un roce, como si esperara que sus dedos le salieran al encuentro. Pero ella se mantuvo inmóvil, sin responder al reclamo, hasta que él pareció despertar del encantamiento, carraspeó y, en un tono tan atento como forzadamente neutro, nos ofreció asiento.
En vez de dirigirse a la gran mesa de trabajo donde se acumulaban los papeles, nos invitó a acercarnos a otro ángulo de la biblioteca. Se acomodó mi madre en un sillón y él enfrente. Y yo sola en un sofá, en medio, entre ambos. Tensos, incómodos los tres. Él se entretuvo en encender un habano. Ella se mantenía erguida, con las rodillas juntas y la espalda recta. Yo, mientras tanto, arañaba con el dedo índice la tapicería de damasco color vino del sofá con la atención concentrada en la labor, como si quisiera hacer un agujero en la urdimbre del tejido y escapar por él como una lagartija. El ambiente se llenó de humo y volvió el carraspeo como anticipando una intervención, pero antes de que ésta pudiera ser vertida al aire, mi madre tomó la palabra. Se dirigía a mí, pero sus ojos se concentraban en él. Su voz me obligó a levantar por fin la vista hacia los dos.
–Bueno, Sira, éste es tu padre, por fin le conoces. Se llama Gonzalo Alvarado, es ingeniero, dueño de una fundición y ha vivido en esta casa desde siempre. Antes era el hijo y ahora el señor, cómo pasa la vida. Hace mucho tiempo yo venía aquí a coser para su madre, nos conocimos entonces y, en fin, tres años después naciste tú. No imagines un folletín en el que el señorito sin escrúpulos engaña a la pobre modistilla ni nada por el estilo. Cuando empezó nuestra relación, yo tenía veintidós años y él, veinticuatro: los dos sabíamos perfectamente quiénes éramos, dónde estábamos y a qué nos enfrentábamos. No hubo engaño por su parte ni más ilusiones que las justas por la mía. Fue una relación que terminó porque no podía llegar a ningún sitio; porque nunca tendría que haber empezado. Yo fui quien decidió acabar con ella, no fue él quien nos abandonó a ti y a mí. Y he sido yo la que siempre se ha empeñado en que no tuvierais ningún contacto. Tu padre intentó no perdernos, con insistencia al principio; después, poco a poco, fue haciéndose a la situación. Se casó y tuvo otros hijos, dos varones. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de él, hasta que anteayer recibí un recado suyo. No me ha dicho por qué quiere conocerte a estas alturas, ahora lo sabremos.
Mientras ella hablaba, él la contemplaba con atención, con serio aprecio. Cuando calló, esperó unos segundos antes de tomar el relevo. Como si estuviera pensando, midiendo sus palabras para que estas expresaran con exactitud lo que quería decir. Aproveché esos momentos para observarle y lo primero que me vino a la cabeza fue la idea de que jamás podría haberme figurado un padre así. Yo era morena, mi madre era morena, y en las muy escasas evocaciones imaginarias que en mi vida hubiera podido tener de mi progenitor, siempre lo había pintado como nosotras, uno más, con la tez tostada, el pelo oscuro y el cuerpo ligero. Siempre, también, había asociado la figura de un padre con las estampas de la gente de mi entorno: nuestro vecino Norberto, los padres de mis amigas, los hombres que llenaban las tabernas y las calles de mi barrio. Padres normales de gente normal: empleados de correos, dependientes, oficinistas, camareros de cafés o dueños como mucho de un estanco, una mercería o un puesto de hortalizas en el mercado de la
Cebada. Los señores que veía en mis idas y venidas por las calles prósperas de Madrid al repartir los encargos del taller de doña Manuela eran para mí como seres de otro mundo, entes de otra especie que en absoluto encajaban en el molde que en mi mente existía para la categoría de presencia paterna. Delante, sin embargo, tenía a uno de aquellos ejemplares. Un hombre aún apuesto a pesar de su corpulencia un tanto excesiva, con pelo ya canoso que en su día debió de haber sido claro y ojos color miel algo enrojecidos, vestido de gris oscuro, propietario de un gran hogar y una familia ausente. Un padre distinto a los demás padres que por fin arrancó a hablar, dirigiéndose a mi madre y a mí alternativamente, a veces a las dos, a veces a ninguna.
–Vamos a ver, esto no es fácil -dijo a modo de anuncio.
Inhalación profunda, calada al puro, humo fuera. Vista alzada, a mis ojos por fin. A los de mi madre, luego. A los míos otra vez. Y entonces recuperó la palabra, y ya apenas se detuvo en un rato tan largo e intenso que cuando me quise dar cuenta nos habíamos quedado casi a oscuras, nuestros cuerpos se habían convertido en sombras y por toda luz sólo nos acompañaba el reflejo alejado y débil de una lámpara de tulipa verde sobre el escritorio.
–Os he buscado porque me temo que cualquier día de éstos me van a matar. O voy a acabar yo matando a alguien y me van a encarcelar, que será como una muerte en vida, lo mismo da. La situación política está a punto de reventar y, cuando lo haga, sólo Dios sabe qué va a ser de todos nosotros.
Miré de reojo a mi madre en busca de alguna reacción, pero su rostro no transmitía el más mínimo gesto de inquietud: como si en vez del presagio de una muerte inminente, le hubieran anunciado la hora o el pronóstico de un día nublado. Él, entretanto, prosiguió desmenuzando premoniciones y exudando chorros de amargura.
–Y como sé que tengo los días contados, me he puesto a hacer el inventario de mi vida y ¿qué es lo que he descubierto que poseo entre mis haberes? Dinero, sí. Propiedades, también. Y una empresa con doscientos trabajadores en la que me he dejado la piel durante tres décadas y en la que el día que no me organizan una huelga, me humillan y me escupen a la cara. Y una mujer que en cuanto vio que quemaban un par de iglesias se marchó con su madre y sus hermanas a rezar rosarios a San Juan de Luz. Y dos hijos a quienes no entiendo, un par de vagos que se han vuelto unos fanáticos y se pasan el día pegando tiros por los tejados y adorando al iluminado del hijo de Primo de Rivera, que tiene el seso sorbido a todos los señoritos de Madrid con sus majaderías románticas de reafirmación del espíritu nacional. A la fundición me los llevaba yo a todos ellos, a trabajar doce horas diarias, a ver si el espíritu nacional se les recomponía a golpe de yunque y martillo.
»El mundo ha cambiado mucho, Dolores, ¿no lo ves tú? Los obreros ya no se conforman con ir a la verbena de San Cayetano y a los toros de Carabanchel como canta la zarzuela. Ahora cambian la burra por la bicicleta, se afilian a un sindicato y, a la primera que se les retuerce el colmillo, amenazan al patrón con meterle un tiro entre las cejas. Probablemente no les falte razón, que llevar una vida llena de carencias y trabajar de sol a sol desde que le salen a uno los dientes no es del gusto de nadie. Pero aquí hace falta mucho más que eso: con levantar el puño, odiar al que tienen por encima y cantar La Internacional van a arreglar poco; a ritmo de himnos no se cambia un país. Razones para rebelarse, desde luego, tienen de sobra, que aquí hay hambre de siglos y mucha injusticia también, pero eso no se arregla mordiendo la mano de quien te da de comer. Para eso, para modernizar este país, necesitaríamos emprendedores valientes y trabajadores cualificados, una educación en condiciones, y gobiernos serios que duraran en su puesto lo suficiente. Pero aquí todo es un desastre, cada uno va a lo suyo y nadie se ocupa de trabajar en serio para acabar con tanta sinrazón. Los políticos, de un lado y del otro, se pasan el día perdidos en sus diatribas y sus filigranas oratorias en el Parlamento. El rey bien está donde está; mucho antes tendría que haberse marchado. Los socialistas, los anarquistas y los comunistas pelean por los suyos como tiene que ser, pero deberían hacerlo con sensatez y orden, sin rencores ni ánimos desatados. Los pudientes y los monárquicos, entretanto, van escapando acobardados al extranjero. Y entre unos y otros, al final vamos a conseguir que cualquier día se acaben levantando los militares, nos monten un estado cuartelero, y entonces sí que lo vamos a lamentar. O nos metemos en una guerra civil, nos liamos a tiros unos contra otros, y terminamos matándonos entre hermanos.
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