Dueñas, María - El tiempo entre costuras

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Permanecía sentado en el borde del sillón, sin reclinarse, con sus manos grandes apoyadas sobre el montón de cosas que había traído desde el escritorio. Papeles, paquetes, estuches. Del bolsillo interior de la chaqueta sacó entonces unas gafas de montura de metal y las ajustó ante sus ojos,

–Bueno, vayamos a los asuntos prácticos. A ver, por partes.

Cogió primero un paquete que en realidad eran dos sobres grandes, abultados y unidos por una banda elástica atravesada en su parte central.

–Esto es para ti, Sira, para que te abras camino en la vida. No es la tercera parte de mi capital como en justicia debería corresponderte por ser una de mis tres descendientes, pero es todo lo que ahora mismo puedo dañe en efectivo. Apenas he conseguido vender nada, corren malos tiempos para las transacciones de cualquier tipo. Tampoco estoy en disposición de dejarte propiedades: no estás legalmente reconocida como hija mía y los derechos reales te comerían, además de tenerte que enzarzar en pleitos eternos con mis otros hijos. Pero, en fin, aquí tienes casi ciento cincuenta mil pesetas. Pareces lista como tu madre; seguro que sabrás invertirlas bien. Con este dinero quiero también que te ocupes de ella, que te encargues de que no le falte nada y la mantengas si algún día lo llegara a necesitar. En realidad habría preferido repartir el dinero en dos partes, una para cada una de vosotras, pero como sé que Dolores nunca lo aceptaría, te dejo a ti a cargo de todo.

Sostenía el paquete tendido; antes de recogerlo, miré a mi madre desconcertada sin saber qué hacer. Con un gesto afirmativo, breve y conciso, ella me transmitió su consentimiento. Sólo entonces extendí las manos.

–Muchas gracias -musité a mi padre.

Antepuso a su réplica una sonrisa adusta.

–No hay de qué, hija, no hay de qué. Bien, prosigamos.

Tomó después un estuche forrado de terciopelo azul y lo abrió. Cogió otro, esta vez color granate, más pequeño. Hizo lo mismo. Así sucesivamente hasta cinco. Los dejó expuestos sobre la mesa. Las joyas del interior no refulgían, había poca luz, pero no por ello dejaba de intuirse su valor.

–Esto era de mi madre. Hay más, pero María Luisa, mi mujer, se las ha llevado a su piadoso destierro. Ha dejado, sin embargo, lo más valioso, probablemente por ser lo menos discreto. Son para ti, Sira; lo más seguro es que nunca llegues a lucirlas: como ves, son un tanto ostentosas. Pero podrás venderlas o empeñarlas si alguna vez te hace falta y obtener por ellas una suma más que respetable.

No supe qué replicar; mi madre sí.

–De ninguna manera, Gonzalo. Todo esto pertenece a tu mujer.

–Nada de eso -atajó él-. Todo esto, mi querida Dolores, no es propiedad de mi mujer: todo esto es mío y mi voluntad es que, de mí, pase a mi hija.

–No puede ser, Gonzalo, no puede ser.

–Sí puede ser.

–No.

–Sí.

Allí murió la discusión. Silencio por parte de Dolores, batalla perdida. Cerró él las cajas una a una. Las apiló después en una ordenada pirámide, la más grande abajo, la más pequeña arriba. Desplazó el montón hacia mí haciéndolo resbalar sobre la superficie encerada de la mesa y cuando lo tuve enfrente, volvió su atención a unos pliegos de papel. Los desdobló y me los mostró.

–Esto son unos certificados de las joyas, con su descripción, tasación y todas estas cosas. Y hay también un documento notarial en el que se da fe de que son de mi propiedad y que yo te las cedo por mi propia voluntad. Te vendrá bien por si alguna vez tuvieras que justificar que son tuyas; espero que no precises demostrar nada ante nadie, pero por si acaso.

Plegó los papeles, los metió en una especie de carpeta, ató con habilidad una cinta roja a su alrededor y la colocó frente a mí también. Tomó entonces un sobre y extrajo un par de folios de papel apergaminado, con timbres, firmas y otras formalidades.

–Y ahora, una cosa más, casi la última. Vamos a ver cómo te explico esto. – Pausa, inhalación, exhalación. Reinicio-. Este documento lo hemos redactado entre mi abogado y yo, y un notario ha dado fe de su contenido. Lo que viene a decir en resumidas cuentas es que yo soy tu padre y tú eres mi hija. ¿Para qué va a servirte? Para nada posiblemente, porque si algún día quisieras reclamar mi patrimonio, encontrarías que lo legué en vida a tus medio hermanos, con lo que nunca podrás obtener de esta familia más réditos que los que te lleves hoy contigo cuando salgas de esta casa. Pero para mí sí tiene valor: significa dar reconocimiento público a algo que debería haber hecho hace muchos años. Aquí consta lo que a ti y a mí nos une y, ahora, con él puedes hacer lo que quieras: enseñarlo a medio mundo o rasgarlo en mil pedazos y echarlos a la lumbre; eso ya sólo dependerá de ti.

Dobló el documento, lo guardó, me tendió el sobre que lo contenía y de la mesa tomó otro, el último. El anterior era grande, de buen papel, con caligrafía elegante y membrete de notario. Este segundo pequeño, parduzco, vulgar, con aspecto de haber sido sobado por un millón de manos antes de llegar a las nuestras.

–Esto es ya el final -dijo sin alzar la cabeza.

Lo abrió, sacó su contenido y lo examinó brevemente. Después, sin una palabra, saltándome esta vez a mí, se lo dio a mi madre. Se levantó entonces y se dirigió hacia uno de los balcones. Allí permaneció en silencio, de espaldas, con las manos en los bolsillos del pantalón, contemplando la tarde o la nada, no sé. Lo que mi madre había recibido era un pequeño montón de fotografías. Antiguas, marrones y de mala calidad, tomadas por un retratista minutero por tres perras gordas cualquier mañana de primavera más de dos décadas atrás. Un par de jóvenes, apuestos, sonrientes. Cómplices y cercanos, atrapados en las redes frágiles de un amor tan grande como inconveniente, ignorantes de que al cabo de los años separados, cuando volvieran a enfrentarse juntos a aquel testimonio del ayer, él se volvería hacia un balcón para no mirarla a la cara y ella apretaría las muelas para no llorar frente a él.

Dolores repasó las fotografías una a una, lentamente. Después me las entregó sin mirarme. Las contemplé despacio y las devolví a su sobre. Él regresó a nosotras, volvió a sentarse y retomó la conversación.

–Con esto hemos terminado con las cuestiones materiales. Ahora vienen los consejos. No es que a estas alturas intente yo dejarte, hija, un legado moral; no soy quién para inspirar confianza ni predicar con el ejemplo pero, por concederme unos minutos más después de tantos años, no creo que pase nada, ¿verdad?

Asentí con un movimiento de cabeza.

–Bueno, pues mi consejo es el siguiente: marchaos de aquí lo antes posible. Las dos, lejos, tenéis que iros cuanto más lejos de Madrid, mejor. Fuera de España a ser posible. A Europa no, que tampoco allí tiene buena cara la situación. Marchaos a América o, si se os hace demasiado lejano, a África. A Marruecos; iros al Protectorado, es un buen sitio para vivir. Un sitio tranquilo donde, desde el final de la guerra con los moros, nunca pasa nada. Empezad una vida nueva lejos de este país enloquecido, porque el día menos pensado va a estallar algo tremendo y aquí no va a quedar nadie vivo.

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