Dueñas, María - El tiempo entre costuras
Здесь есть возможность читать онлайн «Dueñas, María - El tiempo entre costuras» весь текст электронной книги совершенно бесплатно (целиком полную версию без сокращений). В некоторых случаях можно слушать аудио, скачать через торрент в формате fb2 и присутствует краткое содержание. Жанр: Старинная литература, spa. Описание произведения, (предисловие) а так же отзывы посетителей доступны на портале библиотеки ЛибКат.
- Название:El tiempo entre costuras
- Автор:
- Жанр:
- Год:неизвестен
- ISBN:нет данных
- Рейтинг книги:5 / 5. Голосов: 1
-
Избранное:Добавить в избранное
- Отзывы:
-
Ваша оценка:
- 100
- 1
- 2
- 3
- 4
- 5
El tiempo entre costuras: краткое содержание, описание и аннотация
Предлагаем к чтению аннотацию, описание, краткое содержание или предисловие (зависит от того, что написал сам автор книги «El tiempo entre costuras»). Если вы не нашли необходимую информацию о книге — напишите в комментариях, мы постараемся отыскать её.
El tiempo entre costuras — читать онлайн бесплатно полную книгу (весь текст) целиком
Ниже представлен текст книги, разбитый по страницам. Система сохранения места последней прочитанной страницы, позволяет с удобством читать онлайн бесплатно книгу «El tiempo entre costuras», без необходимости каждый раз заново искать на чём Вы остановились. Поставьте закладку, и сможете в любой момент перейти на страницу, на которой закончили чтение.
Интервал:
Закладка:
No pude contenerme.
–¿Y por qué no se va usted?
Sonrió con amargura una vez más. Tendió entonces su mano grande hacia la mía y la agarró con fuerza. Estaba caliente. Habló sin soltarme.
–Porque yo ya no necesito un futuro, hija; yo ya he quemado todas mis naves. Y no me hables de usted, hazme el favor. Yo ya he cumplido mi ciclo, tal vez un poco antes de tiempo, ciertamente, pero ya no tengo ni ganas ni fuerzas para pelear por una vida nueva. Cuando uno emprende un cambio así, debe hacerlo con sueños y esperanzas, con ilusiones. Irse sin ellos es sólo escapar, y yo no tengo intención de huir a ningún sitio; prefiero quedarme aquí y enfrentarme de cara a lo que venga. Pero tú sí, Sira, tú eres joven, tendrás que formar una familia, sacarla adelante. Y España se está volviendo un mal sitio. Así que ésta es mi recomendación de padre y de amigo: márchate. Llévate a tu madre contigo, que vea crecer a sus nietos. Y cuídala como yo no fui capaz de hacerlo, prométemelo.
Mantuvo los ojos fijos en los míos hasta que percibió un movimiento afirmativo. No sabía en qué manera esperaba él que yo cuidara de mi madre, pero no me atreví a hacer otra cosa más que asentir.
–Bueno, pues con esto creo que hemos terminado -anunció.
Se levantó entonces y nosotras le imitamos.
–Recoge tus cosas -dijo. Obedecí. Todo cupo en mi bolso excepto el estuche de mayor tamaño y los sobres del dinero.
–Y ahora déjame que te abrace por primera y seguramente última vez. Dudo mucho que volvamos a vernos.
Envolvió mi cuerpo delgado en su corpulencia y me estrechó con fuerza; después tomó mi cara entre sus manos grandes y me besó en la frente.
–Eres igual de preciosa que tu madre. Suerte en la vida, hija mía. Que Dios te bendiga.
Quise decir algo como respuesta, pero no pude. Los sonidos quedaron atascados en un barullo de flemas y palabras a la altura de la garganta; las lágrimas se me amontonaron en los ojos, y sólo fui capaz de darme la vuelta y salir al pasillo en busca de la salida, a trompicones, con la vista nublada y un pellizco de pena negra agarrado a las tripas.
Esperé a mi madre en el rellano de la escalera. La puerta de la calle había quedado entreabierta y la vi salir observada por la figura siniestra de Servanda en la distancia. Tenía las mejillas encendidas y los ojos vidriosos, su rostro por fin transpiraba emoción. No presencié lo que mis padres hicieron y se dijeron en aquellos escasos cinco minutos, pero siempre creí que se abrazaron también y se dijeron para siempre adiós.
Descendimos tal como habíamos emprendido el ascenso: mi madre delante, yo detrás. En silencio. Con las joyas, los documentos y las fotografías en el bolso, los treinta mil duros aferrados bajo el brazo y el ruido de los tacones martilleando sobre el mármol de los escalones. Al llegar a la entreplanta no pude contenerme: la agarré por el brazo y la obligué a detenerse y a girarse. Mi cara quedó frente a su cara, mi voz fue apenas un susurro aterrorizado.
–¿De verdad van a matarle, madre?
–Yo qué sé, hija, yo qué sé…
4
Salimos a la calle y emprendimos el regreso sin cruzar una palabra. Ella apretó el paso y yo me esforcé en mantenerme a su lado, aunque la incomodidad y la altura de mis zapatos recién estrenados me impedían a veces seguir el ritmo de sus zancadas. Al cabo de unos minutos me atreví a hablar, consternada aún, como conspirando.
–¿Qué hago yo ahora con todo esto, madre?
No se detuvo para contestarme.
–Guardarlo a buen recaudo -fue tan sólo su respuesta.
–¿Todo? ¿Y tú no te quedas con nada?
–No, todo es tuyo; tú eres la heredera y además, eres ya una mujer adulta y yo no puedo intervenir en lo que tú dispongas a partir de ahora con los bienes que tu padre ha decidido darte.
–¿Seguro, madre?
–Seguro, hija, seguro. Dame, si acaso, una fotografía; cualquiera de ellas, no quiero más que un recuerdo. Lo demás es sólo tuyo pero, por Dios te lo pido, Sira, por Dios y por María Santísima, óyeme bien, muchacha.
Paró por fin y me miró a los ojos bajo la luz turbia de una farola. A nuestro lado caminaban en mil sentidos los viandantes, ajenos al desconcierto que aquel encuentro había causado en las dos.
–Ten cuidado, Sira. Ten cuidado y sé responsable -dijo en voz baja, formulando las palabras con rapidez-. No hagas ninguna locura, que lo que tienes ahora es mucho, mucho; muchísimo más de lo que en tu vida habrías soñado con tener, así que, por Dios, hija mía, sé prudente; sé prudente y sensata.
Continuamos andando en silencio hasta que nos separamos. Ella volvió al vacío de su casa sin mí; a la muda compañía de mi abuelo, el que nunca supo quién engendró a su nieta porque Dolores, tozuda y orgullosa, siempre se negó a dar el nombre. Y yo regresé junto a Ramiro. Me esperaba en casa fumando mientras oía a media luz la radio en el salón, ansioso por saber cómo me había ido y listo para salir a cenar.
Le conté la visita con detalle: lo que allí vi, lo que de mi padre oí, cómo me sentí y lo que él me aconsejó. Y le enseñé también lo que conmigo traje de aquella casa a la que probablemente nunca volvería.
–Esto vale mucho dinero, nena -susurró al contemplar las joyas.
–Y aún hay más -dije tendiéndole los sobres con los billetes.
Como réplica, tan sólo dejó escapar un silbido.
–¿Qué vamos a hacer ahora con todo esto, Ramiro? – pregunté con un nudo de preocupación.
–Querrás decir qué vas a hacer tú, mi amor: todo esto es sólo tuyo. Yo puedo, si tú quieres, encargarme de estudiar la mejor forma de guardarlo. Quizá sea una buena idea depositarlo todo en la caja fuerte de mi oficina.
–¿Y por qué no lo llevamos a un banco? – pregunté.
–No creo que sea lo mejor con los tiempos que corren.
La caída de la bolsa de Nueva York unos años atrás, la inestabilidad política y un montón de cosas más que a mí no me interesaban en absoluto fueron las explicaciones con las que respaldó su propuesta. Apenas le hice caso: cualquier decisión suya me parecía correcta, tan sólo quería que encontrara cuanto antes un refugio para aquella fortuna que ya me estaba quemando los dedos.
Regresó del trabajo al día siguiente cargado de pliegos y cuadernillos.
–Llevo dándole vueltas a lo tuyo sin parar y creo que he encontrado la solución. Lo mejor es que constituyas una empresa mercantil -anunció nada más entrar.
No había salido de casa desde que me levanté. Pasé toda la mañana tensa y nerviosa, recordando la tarde anterior, conmocionada aún por la extraña sensación que me provocaba el saber que tenía un padre con nombre, apellidos, fortuna y sentimientos. Aquella proposición inesperada no hizo más que incrementar mi desconcierto.
–¿Para qué quiero yo una empresa? – pregunté alarmada.
–Porque así tu dinero estará más seguro. Y por otra razón más.
Me habló entonces de problemas en su compañía, de tensiones con sus jefes italianos y de la incertidumbre de las empresas extranjeras en la España convulsa de aquellos días. Y de ideas, también me habló de ideas, desplegando ante mí un catálogo de proyectos de los cuales hasta entonces nunca me había hecho partícipe. Todos innovadores, brillantes, destinados a modernizar el país con ingenios forasteros y abrir así camino hacia la modernidad. Importación de cosechadoras mecánicas inglesas para los campos de Castilla, aspiradoras norteamericanas que prometían dejar los hogares urbanos limpios como patenas y un cabaret al estilo berlinés para el cual ya tenía un local previsto en la calle Valverde. Entre todos ellos, sin embargo, un proyecto emergía con más luz que ningún otro: Academias Pitman.
Читать дальшеИнтервал:
Закладка:
Похожие книги на «El tiempo entre costuras»
Представляем Вашему вниманию похожие книги на «El tiempo entre costuras» списком для выбора. Мы отобрали схожую по названию и смыслу литературу в надежде предоставить читателям больше вариантов отыскать новые, интересные, ещё непрочитанные произведения.
Обсуждение, отзывы о книге «El tiempo entre costuras» и просто собственные мнения читателей. Оставьте ваши комментарии, напишите, что Вы думаете о произведении, его смысле или главных героях. Укажите что конкретно понравилось, а что нет, и почему Вы так считаете.