Dueñas, María - El tiempo entre costuras

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Hasta que llegó por su parte un acercamiento. Tan sólo lo provocó en calidad de persona interpuesta, cierto, pero aquel gesto suyo -cómo podríamos haberlo previsto- derivó en nuevo giro en el rumbo de nuestros caminos. Apareció un día en casa de Ramiro, era media mañana. Él ya no estaba y yo seguía durmiendo. Habíamos salido la noche anterior, vimos a Margarita Xirgú en el teatro de la Comedia, fuimos después a Le Cock. Debían de ser casi las cuatro de la mañana cuando nos acostamos, yo exhausta, tanto que ni tuve fuerzas para limpiarme el maquillaje que en los últimos tiempos usaba. Entre sueños oí marchar a Ramiro sobre las diez, entre sueños oí llegar a Prudencia, la muchacha de servicio que se encargaba de poner orden en nuestro desbarajuste doméstico. Entre sueños la oí salir a por la leche y el pan y entre sueños oí poco después que llamaban a la puerta. Primero suavemente, después con rotundidad. Creí que Prudencia había vuelto a dejarse la llave, ya lo había hecho otras veces. Me levanté aturullada y con humor pésimo acudí al reclamo insistente de la puerta gritando ¡ya voy! Ni siquiera me molesté en ponerme algo encima: la torpe de Prudencia no merecía el esfuerzo. Abrí adormilada y no encontré a Prudencia, sino a mi madre. No supe qué decir. Ella tampoco, en principio. Se limitó a mirarme de arriba abajo, deteniendo su atención sucesivamente en mi pelo revuelto, en los trazos negros de máscara de pestañas corrida bajo los ojos, en los restos de carmín alrededor de la boca y en el camisón procaz que dejaba a la vista más carne desnuda de la que su sentido de la decencia podía admitir. No fui capaz de aguantarle la mirada, no pude hacerle frente. Tal vez porque aún estaba demasiado aturdida por el trasnoche. Tal vez porque la serena severidad de su actitud me dejó desarmada.

–Pasa, no te quedes en la puerta -dije intentando disimular el desconcierto que su llegada imprevista me había causado.

–No, no quiero entrar, voy con prisa. Tan sólo me he acercado para darte un recado.

La situación era tan tensa y extravagante que jamás habría podido creer que pudiera ser cierta de no haberla vivido aquella mañana en primera persona. Mi madre y yo, que tanto habíamos compartido y tan iguales éramos en muchas cosas, parecíamos habernos convertido de pronto en dos extrañas que recelaban una de otra como perras callejeras midiéndose suspicaces en la distancia.

Permaneció frente a la puerta, seria, erguida, peinada con un moño tirante en el que empezaban a vislumbrarse las primeras hebras grises. Digna y alta, sus cejas angulosas enmarcando la reprobación de su mirada. Elegante en cierto modo a pesar de la sencillez de su indumentaria. Cuando por fin acabó de examinarme a conciencia, habló. Sin embargo, y pese a lo que yo temía, sus palabras no tuvieron la intención de criticarme.

–Vengo a traerte un mensaje. Una petición que no es mía. Puedes aceptarla o no, tú verás. Pero yo creo que deberías decir que sí. Piénsatelo; más vale tarde que nunca.

No llegó a cruzar el umbral y la visita duró apenas un minuto más: el que necesitó para darme una dirección, una hora de aquella misma tarde y la espalda sin el menor ceremonial de despedida. Me extrañó no recibir algo más en el lote, pero no tuve que esperar demasiado para que me lo hiciera llegar. Apenas lo que tardó en empezar a bajar la escalera.

–Y lávate esa cara, péinate y ponte algo encima, que pareces una fulana.

Compartí con Ramiro mi estupor a la hora de la comida. No veía sentido a aquello, desconocía qué podría haber tras un encargo tan inesperado, desconfiaba. Le supliqué que me acompañara. ¿Adónde? A conocer a mi padre. ¿Por qué? Porque él así lo había pedido. ¿Para qué? Ni en diez años de cavilaciones habría logrado yo anticipar la más remota de las causas.

Había quedado en reunirme con mi madre a primera hora de la tarde en la dirección fijada: Hermosilla 19. Muy buena calle, muy buena finca; una como tantas aquellas que en otros tiempos visité cargando prendas recién cosidas. Me había esmerado en componer mi apariencia para el encuentro: había elegido un vestido de lana azul, un abrigo a juego y un pequeño sombrero con tres plumas ladeado con gracia sobre la oreja izquierda. Todo lo había pagado Ramiro, naturalmente: eran las primeras prendas que tocaban mi cuerpo y que no había cosido mi madre o yo misma. Llevaba zapatos de tacón alto y el pelo suelto sobre la espalda; apenas me maquillé, no quería reproches esa tarde. Me miré en el espejo antes de salir. De cuerpo entero. La imagen de Ramiro se reflejaba detrás de mí, sonriendo, admirando con las manos en los bolsillos.

–Estás fantástica. Le vas a dejar impresionado.

Intenté sonreír agradecida por el comentario, pero no lo logré del todo. Estaba hermosa, cierto; hermosa y distinta, como una persona ajena a la que había sido tan sólo unos meses atrás. Hermosa, distinta y asustada como un ratón, muerta de miedo, lamentando haber aceptado aquella petición insólita. Por la mirada de mi madre al llegar, deduje que el hecho de que Ramiro apareciera a mi lado no le resultaba en absoluto grato. Al entrever nuestra intención de entrar juntos, atajó sin miramientos.

–Esto es un asunto de familia; si no le importa, usted se queda aquí.

Y sin pararse a recibir respuesta, se giró y atravesó el portón imponente de hierro negro y cristal. Yo habría querido que él estuviera a mi lado, necesitaba su apoyo y su fuerza, pero no me atreví a encararla. Me limité a susurrar a Ramiro que era mejor que se marchara y la seguí.

–Venimos a ver al señor Alvarado. Nos espera -anunció al portero. Asintió éste y sin mediar palabra se dispuso a acompañarnos hasta el ascensor.

–No hace falta, gracias.

Recorrimos el amplio portal y empezamos a subir la escalera, mi madre delante con paso firme, sin rozar apenas la madera pulida del pasamanos, embutida en un traje de chaqueta que no le conocía. Yo detrás, acobardada, agarrándome a la baranda como a un salvavidas en una noche de tempestad. Las dos mudas cual tumbas. Los pensamientos se me acumulaban en la cabeza a medida que ascendíamos uno a uno los escalones. Primer rellano. Por qué se desenvolvía mi madre con tanta familiaridad en aquel lugar ajeno. Entreplanta. Cómo sería el hombre al que íbamos a ver, por qué ese repentino empeño en conocerme después de tantos años. Principal. El resto de los pensamientos quedaron agolpados en el limbo de mi mente: no había tiempo para ellos, habíamos llegado. Gran puerta a la derecha, el dedo de mi madre sobre el timbre apretando seguro, sin la menor señal de intimidación. Puerta abierta con inmediatez, criada veterana y encogida dentro de un uniforme negro y cofia impoluta.

–Buenas tardes, Servanda. Venimos a ver al señor. Supongo que estará en la biblioteca.

La boca de Servanda quedó entreabierta con el saludo colgando, como si hubiera recibido la visita de un par de espectros. Cuando consiguió reaccionar y parecía que por fin iba a ser capaz de decir algo, una voz sin rostro se superpuso a la suya. Voz de hombre, ronca, fuerte, desde el fondo.

–Que pasen.

La criada se hizo a un lado, aún presa de un nervioso desconcierto. No necesitó indicarnos el camino: mi madre parecía conocerlo de sobra. Avanzamos por un pasillo amplio, evitando salones con paredes enteladas, tapices y retratos de familia. Al llegar a una puerta doble, abierta a la izquierda, mi madre giró hacia ella. Percibimos entonces la figura de un hombre grande esperándonos en el centro de la estancia. Y otra vez la voz potente.

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