Cuando se hubo marchado el último de los invitados, me llamó mi padre y me dijo:
– Ve a las tiendas y compra todo lo que necesites. Tzu sabe lo que te hace falta.
Pensé en las cosas que necesitaba: una escudilla de madera para la tsampa, una taza y un rosario. La taza se compondría de tres partes: un pie, la tapa propiamente dicha, y el borde, que había de ser de plata. El rosario sería de madera con sus ciento ocho cuentas muy bruñidas. El número sagrado ciento ocho indica también las cosas que un monje ha de recordar.
Partimos, Tzu en su caballo y yo en mi pony. Al salir del patio torc imos a la derecha y luego otra vez a la derecha hasta que salimos del Camino Circular y dejamos atrás el Potala. Miré al rededor como si viese la ciudad por primera vez. ¡Y es que mucho temía estarla viendo por última vez!
Las tiendas estaban atestadas de ruidosos mercaderes que acababan de llegar a Lhasa. Unos traían té de China, y otros telas de la India. Nos abrimos paso por entre la multitud hasta las tiendas que deseábamos visitar. A cada momento saludaba Tzu a algún viejo amigo de sus buenos tiempos.
Tenía que comprarme una túnica de color marrón rojizo. Debía comprármela de un tamaño superior a mi medida y no sólo porque estaba creciendo, sino por otro motivo igualmente práctico. En el Tíbet los hombres llevan una vestidura voluminosa atada estrechamente por la cintura. La parte de arriba se abullona y forma como un bolsón donde el varón tibetano lleva todas las cosas que necesita fuera de casa. Un monje, por ejemplo, lleva la escudilla para la tsampa, una taza, un cuchillo, varios amuletos, un rosario, una bolsita con cebada tostada y, muchas veces, una buena provisión de tsampa. Pero no olviden ustedes que un monje lleva encima todo lo que posee en este mundo. Mis pequeñas y conmovedoras compras fueron supervisadas severamente por Tzu, que sólo me permitió adquirir lo imprescindible y, en todo caso, artículos de mala calidad, como convenía a un "pobre acólito": sandalias con suelas de cuero de yak, una bolsita de cuero para llevar la cebada tostada, una escudilla de madera para la tsampa, una taza de madera -¡nada de plata con que yo había soñado!- y un cuchillo corriente. Estos objetos, más un vulgar rosario que yo mismo tendría que pulimentar, constituirían mis únicas posesiones. Mi padre era varias veces millonario, dueño de inmensas fincas en todo el país, y atesoraba valiosísimas joyas y, desde luego, mucho oro. Yo, mientras me estuviese educando en vida de mi padre, no sería más que un monje pobre. Volví a mirar la calle con sus casas de dos pisos y aleros muy salientes. Y también volví a fijar la atención en las tiendas que exponían sus géneros en tenderetes a la puerta:
aletas de tiburón, sillas de montar y demás cosas tan dispares como éstas.
Escuché una vez más la cháchara de los mercaderes y de sus clientes, que regateaban con buen talante los precios. Nunca me había parecido tan atractiva la calle y pensé en los afortunados que la veían a diario y que seguirían viéndola. Unos perros sin dueño vagaban por allí olfateando y saludándose con gruñidos, y los caballos relinchaban bajo, como hablándose unos a otros para entenderse, mientras esperaban a sus amos. Los yaks lanzaban sus profundos gemidos mientras se abrían paso por entre la gente, por en medio de la calle. Y detrás de aquellas ventanas tapadas con papel encerado, ¡cuántos misterios me atraían! ¡Cuántos géneros maravillosos procedentes de todas las partes del mundo habrían entrado por aquellas macizas puertas de madera y qué historias contarían estas casas si pudiesen hablar!
Miraba yo todo esto como se mira a un viejo amigo. No me pasaba por la cabeza que pudiese ver de nuevo estas calles, aunque sólo fuera de tarde en tarde. Pensé en las cosas que me habría gustado haber hecho y en las cosas que habría querido comprar. Pero mi ensoñación fue interrumpida tajantemente. Una mano inmensa y amenazadora cayó sobre mí, me cogió la oreja y me la retorció brutalmente mientras que la voz de Tzu gritaba para que todo el mundo pudiese oírlo: " Martes Lobsang! Acaso te has dormido en pie? No sé que os pasa a los chicos de hoy. No eran así en mi infancia.”
A Tzu no parecía preocuparle si me dejaba atrás sin mi oreja o si le seguía al ritmo de sus tirones. Naturalmente, no había más solución que irme tras él. Todo el camino de regreso fue rezongando y protestando entre dientes contra la generación actual, gentecilla inútil que se pasa el tiempo pensando en las musarañas, como atontada. Por lo menos, hubo algo que me salió bien: cuando tomamos la carretera de Lingkhor, se levantó un viento muy desagradable, y Tzu, que iba delante de mí, me protegía con su corpachón.
En casa, mi madre estuvo examinando las cosas que habíamos comprado.
Luego me llevó de visita a las demás casas ilustres de Lhasa para que presentara mis respetos a los notables de la ciudad. Y la verdad es que aquel día no me sentía muy respetuoso.
A mamá le encantaba la vida social y el visiteo y disfrutó mucho en aquella ronda de visitas. Hablaba sin cesar de menudencias y dimes y diretes, mientras yo me aburría inmensamente. A mí todo aquello me era insoportable, pues no estoy hecho de la madera de los que aguantan a los tontos con absoluta resignación. Mi único deseo era divertirme un poco, en los pocos días que me quedaban, yéndome a lanzar cometas, saltar con mi pértiga, y disparar con el arco. En cambio, me veía obligado a dejarme exhibir como un yak premiado para que me dijeran estupideces todas aquellas ancianas que no tenían más que hacer en todo el día que estarse sentadas en sus almohadas de seda y llamar a una criada cada vez que les hacía falta la cosa más insignificante.
Pero no fue sólo mi madre la que me fastidió. Papá tenía que vis itar la lamasería de Drebung y me llevó para que la conociese. Drebung es la mayor lamasería del mundo con sus diez mil monjes, sus enormes templos, sus casitas de piedra y los edificios con terrazas que se elevan escalonadamente.
Esta comunidad era como una ciudad amurallada y, como toda buena ciudad, se mantenía a sí misma. Drebung significa "montón de arroz" y desde lejos parece, efectivamente, un montón de arroz. Sus torres y cúpulas brillan extraordinariamente. En aquella ocasión no me hallaba yo en condiciones de apreciar la belleza arquitectónica: lo único que me preocupaba era estar perdiendo lastimosamente el poco tiempo de que disponía, un tiempo precioso.
Mi padre conversaba con el abad y sus ayudantes mientras yo vagaba desconsolado de un lado a otro. Temblé de espanto cuando vi cómo trataban a algunos novicios de los más pequeños. El Montón de Arroz era, en realidad, no una sola lamasería, sino siete reunidas; siete órdenes distintas, siete colegios independientes que se habían agrupado. Era tan inmensa que no bastaba con un solo hombre para regirla. La gobernaban catorce abades, que por cierto eran de una rigurosísima severidad en cuanto a la disciplina.
Me alegré cuando este "agradable paseíto por la soleada llanura" -y cito palabras de mi padre- se acabó por fin, pero aún más me alegró saber que no me destinarían a Drebung, ni a Sera, que está a cuatro kilómetros y me dio al norte de Lhasa.
Por fin terminó la semana. Me quitaron las cometas y las regalaron a otros niños; mis arcos y mis flechas tan lindamente adornados con plumas fueron partidos en un acto simbólico para indicar con ello que yo había dejado de ser niño y no era propio que perdiera el tiempo con esos juegos.
Sentí que a la vez me partían el corazón, pero a nadie pareció importarle.
Por la noche envió mi padre a buscarme. Acudí a su despacho, una habitación maravillosamente adornada y con muchos libros antiguos y valiosos en las estanterías que llenaban las paredes. Papá se sentó a un lado del altar principal de la casa que, correspondía, estaba en su habitación, y me ordenó que me arrodillase ante él. Así empezaba la ceremonia llamada de la Apertura del Libro. En este descomunal volumen, apaisado (de un metro de anchura por unos veinticinco centímetros de altura) se hallaban consignados todos los detalles de la historia de nuestra familia durante muchos siglos. Allí constaban los nombres de los fundadores de nuestro linaje y los hechos que les ha bían valido ascender a la categoría de nobles. También podían leerse en sus páginas los servicios que había prestado mi familia a nuestro país y a nuestro Guía. En aquellas páginas tan viejas y amarillentas se encerraba una viva lección de historia. Ahora, por segunda vez, se abría el Libro para algo que me concernía directamente. La primera vez fue cuando hubo que inscribir mi concepción y mi nacimiento, al ocurrir este último. Allí estaban todos los detalles de que se habían valido los astrólogos para sus predicciones. Ahora tenía que firmar yo el Libro, ya que mañana empezaba para mí una nueva vida al ingresar en la lamasería.
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