Cuando volvió en sí, Jean se dio cuenta de que la proyectada excursión terminaba en aquel punto. Sus dos espátulas estaban rotas, y los esquíes inutilizables. Además, en uno de los tobillos sentía un dolor espantoso. Destrabó las placas de metal de las correas de sujección e intentó, mal que bien, encordelarse el tobillo. Encontró los bastones a unos diez metros del árbol y, renqueante, emprendió el camino de regreso. Tenía para cinco o seis horas.
Caminaba entornando los ojos para atenuar el ardor de la reverberación que le cegaba. Se apoyaba en los bastones para evitar forzar el tobillo, y avanzaba con mucha lentitud. Cada cien metros se veía forzado a detenerse para recobrar el aliento.
Alcanzó por fin la parte superior de una cresta franqueada dos horas antes de una simple arremetida, y se detuvo atraído por un movimiento todavía bastante lejano. A sus pies, en la parte de abajo de la elevación, tres siluetas oscuras se deslizaban sobre esquíes siguiendo la línea de la vaguada.
Sin saber muy bien por qué, Jean se agachó. A vuelo de pájaro habría unos doscientos metros entre él y ellas, pues no se trataba sino de sus tres compañeras de hotel. A continuación, giró sobre sí mismo, siguiéndolas con la mirada. Las muchachas se deslizaban al otro lado de los abetos, y una pequeña elevación del terreno vino a ocultarlas un instante. No reaparecieron. Poco a poco, Jean se dirigió hacia donde debían estar.
No se había preparado para la sorpresa que le esperaba cuando su prudente cabeza dominó por fin el lugar en que retozaban. Se agazapó todo lo que pudo en el burdo y frío alfombrado para evitar que le vieran. Leni, Luce y Laurence estaban desnudas sobre la nieve. Luce y Laurence rodeaban a su compañera y, de vez en cuando, se agachaban cogiendo a puñados el polvo congelado con el que friccionaban el cuerpo de Leni, orgullosa estatua de oro en mitad del desierto blanco. Jean sintió una especie de ardor recorriéndole las venas. Las tres jóvenes jugaban, danzaban, corrían ligeras como animales y, en ocasiones, se enlazaban en breves lides. Parecía como si tales ocupaciones las fuesen enervando progresivamente. De repente, Luce alcanzó a Laurence por detrás, la hizo tambalearse y caer cuan larga era. Leni se hincó de rodillas junto a Laurence, y Jean la vio recorrer rápidamente con los labios el cuerpo de la morena, que permanecía inmóvil. Extendida a su otro costado, Luce la lamía ahora a su vez. Al cabo de un instante, Jean no pudo distinguir más que un embrollo de cuerpos que sus alucinados ojos apenas si alcanzaban a descomponer. Jadeando, volvió la cabeza. Pero, incapaz de resistir, muy poco después volvió a contemplar ávidamente el espectáculo que se desarrollaba ante él.
¿Durante cuanto tiempo las estuvo mirando? Un pequeño copo de nieve que le cayó sobre la mano le hizo estremecerse. El cielo se había nublado de repente. Las tres muchachas separándose corrieron hacia donde tenían sus atavíos. Consciente de lo peligroso de su posición, Jean contuvo el aliento e intentó recular. Al hacer por mover la pierna accidentada, el dolor del tobillo fue tan intenso que, contra su voluntad, dejó escapar un gemido.
Como corzas alarmadas, Luce y Leni volvieron la cabeza en su dirección olfateando el aire. Sus desordenados cabellos y sus gestos armoniosos les daban el aspecto de bacantes. A grandes zancadas se acercaron hasta él. Jean se puso en pie gesticulando de dolor.
Al reconocerle, palidecieron. Los oscuros labios de Leni se contrajeron dejando escapar una injuria. Jean intentó justificarse.
– Ha sido por casualidad -dijo-. No lo he buscado voluntariamente.
– Demasiadas casualidades ya -dijo Luce.
El brazo de Leni se bamboleó, y su pequeño puño vino a golpear a Jean en mitad de la boca. Un labio se le reventó, y por el mentón comenzo a correrle sangre caliente.
– Me he torcido el tobillo -dijo Jean- y los esquíes se me rompieron. Si alguna de ustedes quisiera prestarme uno, podría regresar al hotel sin más ayuda.
Luce había traído consigo un bastón de esquí con aparatosa empuñadura de cuero. Su mano se fue deslizando imperceptiblemente hasta el aro de aluminio. Balanceó la empuñadura en el aire y asestó un brutal golpe con todas su fuerzas sobre la sien de Jean. Este cayó de rodillas, machacado, y se desplomó en la nieve. Llegó Laurence. Rápidamente, sin ponerse de acuerdo de antemano, entre las tres desnudaron el inerte cuerpo. Plantando en aspa los dos bastones del caído, lo ataron a ellos por las muñecas y después le enderezaron. El cuerpo quedó de rodillas con la cabeza caída hacia delante. Una gran gota roja había manado de la ventana izquierda de su nariz, viniendo a confundirse con la sangre del labio. Luce y Leni amontonaban ahora nieve a grandes puñados alrededor del cuerpo de Jean.
Cuando el muñeco de nieve quedó terminado, grandes copos caían apretados formando una tupida cortina. El rostro de Jean estaba disfrazado bajo un grueso apéndice nasal de nieve. Para mayor escarnio, Leni tocó la grotesca forma con un bonete de lana negra. En la boca le pusieron una boquilla de oro. Hecho lo cual y bajo el blanco turbión, las tres mujeres reemprendieron el camino hacia Vallyeuse.
(1951)
EL PELIGRO DE LOS CLÁSICOS
El reloj electrónico de pared dio dos campanadas y me sobresalté, arrancándome con esfuerzo del torbellino de imágenes que se agolpaban en mi mente. Constaté además con cierta sorpresa que el corazón me empezaba a latir de manera un poco más rápida. Me sonrojé y cerré el libro apresuradamente. Se trataba de Tú y yo , un antiguo y polvoriento libraco de antes de las otras dos guerras, cuya lectura me había resistido a abordar hasta entonces porque conocÍa la audacia realista del tema. Sólo en ese momento me di cuenta de que mi turbación procedía tanto de la hora y del día en que estábamos, como del libro mismo. Era el viernes 27 de abril de 1982 y, como de costumbre, esperaba la llegada de la alumna Florence Lorre que hacía prácticas conmigo.
El descubrimiento me admiró más de lo que pueda decir. Me considero de mentalidad abierta, pero soy consciente de que no es al hombre a quien corresponde la iniciativa, y de que en toda ocasión debemos observar la reserva socialmente atribuida a nuestro sexo. Sin embargo, después de la extrañeza inicial, me puse a reflexionar y llegué hasta a encontrar excusas.
Es idea preconcebida imaginar a los científicos, y a las científicas en particular, con aspecto de autoridad y carentes de belleza. Las mujeres, sin duda alguna, y en mayor medida que los hombres, están dotadas para la investigación. Por otro lado, algunas profesiones en las que la apariencia externa tiene un papel selectivo, como la del actor, implican de por sí una relativamente elevada proporción de Venus. Sin embargo, si se profundiza la cuestión, podrá concluirse con bastante rapidez que una bella matemática no tiene por qué ser más difícil de encontrar que una actriz inteligente. Cierto que hay muchas más matemáticas que actrices. Pero, en cualquier caso, la suerte me favoreciÓ en el sorteo de asignación de internos y, a pesar de que aquel día ni el mas mínimo pensamiento turbador se había deslizado en mi mente, reconocí al instante -y con toda objetividad- el innegable encanto de mi discípula. Encanto que justificaba mi desasosiego de aquel momento.
Puntual por añadidura, llegó como de costumbre a las dos y cinco.
– Estás insoportablemente elegante -le dije, un poco sorprendido por mi propia osadía.
En efecto, traía un ceñido conjunto de tejido verde pálido con reflejos muarés, muy sencillo, sí, pero que seguramente procedía de una factoría de lujo.
– ¿De verdad te gusta, Bob?
– Sí, me gusta mucho.
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