– Venga, tío, ponte en marcha -le dijo cuando hubo caído.
Después miró a las chicas.
– ¿Alguna voluntaria? -preguntó sonriendo con malicia.
– Ya está bien -dijo Berdindin, que tartamudeaba medio atontado todavía, e intentó agarrarse al Mayor.
En mala hora. Éste le levantó en vilo y volvió a dejarle caer pesadamente al suelo. Berdindin hizo ¡ploff! y se quedó donde había tocado tierra, frotándose las costillas.
– A ver, tú, la pelirroja -dijo el Mayor-. Ven para acá.
– Déjame en paz -dijo Jennifer palideciendo.
En aquel instante, Folubert estaba vaciando su cuarto vaso, y la voz de Jennifer produjo en él el efecto de una centella. Giró lentamente sobre los tacones y la miró.
El Mayor se acercó a ella y, con gesto brusco, le arrancó la hombrera de su glauco vestido. (La verdad me obliga a reconocer que el espectáculo que quedó al descubierto era encandilador.)
– Déjame en paz -dijo Jennifer por segunda vez.
Folubert se pasó la mano por los ojos.
– ¡Debe tratarse de un sueño! -murmuro con voz pastosa.
– Acércate -le dijo de improviso el Mayor-. Vas a ocuparte de sujetarla mientras el botarate ese actúa.
– ¡No! -gritó Berdindin-. ¡No quiero…! ¡Cualquier cosa menos eso…! ¡Una mujer, no!
– Está bien -accedió el Mayor-. Soy un buen Mayor.
Dicho lo cual, volvió a acercarse a Folubert, pero sin soltar a Jennifer.
– Desnúdate -dijo a aquél- y encárgate de ese truhán. Yo me encargaré de la chica.
– Me niego -contestó Folubert-. Y ya te puedes ir yendo a dar la tabarra a casa de otro. Nos estás dando en los cojones.
El Mayor soltó a Jennifer. Aspiró una larga bocanada de aire y su tórax se dilató por lo menos un metro y veintidnco centímetros. Jennifer miró sorprendida a Folubert, no sabiendo demasiado bien si debía volver a levantarse la delantera del vestido o si, por el contrario, seria más prudente dejarle reunir mayores arrestos a la vista del espectáculo. Finalmente optó por la segunda solución.
Folubert miró a Jennifer y relinchó. Piafó nerviosamente en el mismo lugar donde estaba y, a continuación, cargó contra el Mayor. Alcanzado en pleno plexo solar en el momento en que acababa de dilatar el tórax, este último se dobló en dos con terrible estrépito. Casi al instante volvió a ponerse derecho, pero Folubert aprovechó para hacerle una llave de judo absolutamente clásica: esa que consiste en abatir las orejas del castigado sobre sus ojos, al tiempo que se le insufla aire por los agujeros de la nariz.
El Mayor se puso azul eléctrico y quedó aturdido. En ese momento, Folubert, a quien el amor y los tragos habían decuplicado las fuerzas, introdujo la cabeza entre las piernas del Mayor, lo levantó en vilo y lo arrojó a la calle a través de la vidriera del salón por encima de la mesa tan abundantemente surtida de provisiones.
En el salón de Léobille, tranquilo otra vez, se hizo un gran silencio. Sin levantarse el vestido, Jennifer cayó en los brazos de Folubert, que se derrumbó, pues ella debía estar por los sesenta kilos. Por fortuna, el sillón de cuero de odre estaba justamente detrás de él.
En cuanto al Mayor, su cuerpo onduló rápidamente en el aire y, gracias a algunas rotaciones sensatas, consiguió volver a ponerse a plomo. Pero tuvo la mala suerte de caer en el interior de un taxi rojinegro y descapotable que se lo llevó muy lejos antes de que pudiera darse cuenta.
Cuando se recuperó, obligó a bajar al chófer amenazándole de la manera más vil, y dirigió el coche hacia su domicilio, villa Coeur-de-Lion.
Poco más adelante, todavía de camino, como no quería darse por vencido, asesinó mediante aplastamiento a un anciano vendedor ambulante de frutas y hortalizas, la mayoría de las cuales, por fortuna, vendía sin licencia.
Durante todo el resto de la velada, Folubert y Jennifer se dedicaron a coser el vestido de esta última, quien se lo quitó del todo para que la tarea resultara mas sencilla. Léobille, por su parte, como muestra de agradecimiento, les prestó su propio dormitorio, así como la plancha eléctrica de laca china que había heredado de su madre, la cual la había heredado de la suya, y así sucesivamente de generacion en generación desde la primera cruzada.
(1947)
Aquel año parecía que los visitantes habituales hubieran desertado de Vallyeuse para pasarse a estaciones más frecuentadas. La nieve de la estrecha senda que constituye la única vía de acceso desde el pueblo permanecía sin hollar y los postigos del hotel, si se puede conferir tal título al minusculo chalé de madera bermeja que domina el Salto del Elfo, parecían encolados a las ventanas.
En invierno Vallyeuse semejaba sumirse en un sueño letárgico. Nunca se había podido convertir aquel lugar aislado en una estación de moda: no seducía. Algunos cartelones publicitarios, vestigios de determinadas tentativas de alcanzar esplendor, mancillaron durante un tiempo la bronca y magnífica perspectiva del Circo de las Tres Hermanas. Pero la embestida solapada e infatigable de los rigurosos vientos y de esa lluvia que a la larga desmenuza hasta las rocas más compactas, acabaron por convertirlos de nuevo en planchas que se recubrieron de musgo y se integraron en la salvaje decoración del valle. Por otra parte, la altitud del lugar debía desanimar a los más encallecidos. Y en cuanto a los demás, Vallyeuse no ofrecía la fácil comodidad de los remontes automáticos, los teleféricos y los albergues de lujo construidos con vista al desvalijamiento sistemático de las carteras. La misma aldehuela de Vallyeuse, en un abrigado rincón de la montaña, mostraba medio dispersas sus cuatro o cinco casas a seis kilómetros del chalé. Tan abrigado que los viajeros que paraban en el hotel bien podían considerarse perdidos en territorio extranjero en los confines del mundo y, en llegando quedaban muy sorprendidos al constatar que el hotelero hablaba, después de todo, su mismo idioma. Hablaba… si es que se puede decir que hablase, pues aquel hombre taciturno, de rostro curtido por largas incursiones sobre la nieve, apenas si pronunciaba tres palabras en todo el día. Su manera de recibir era, por otro lado, tan reservada, su falta de entusiasmo tan perceptible para aquellos a quienes les daba por alojarse en su establecimiento, que la soledad y la tranquilidad del lugar se explicaban muy fácilmente. Sólo los verdaderos fanáticos podían conformarse con una recepción tan poco brillante. Aunque también es verdad que las vertiginosas pendientes, recompensas reservadas para los perseverantes, que se hubieran podido creer calculadas a propósito para favorecer la velocidad, justificaban tan inexplicable tesón, colmando con su nieve perfecta a los audaces que decidían aventurarse hasta lugar tan alejado de los albergues de moda.
Jean divisó el hotel desde lo alto de la escarpada pendiente que acababa de coronar resollando bajo los efectos conjugados de los esquíes, de la pesada maleta y de la altitud. En efecto, se trataba de lo que le habían prometido: paisaje incomparable, soledumbre y un aire acerado que azotaba de manera salvaje a pesar de un sol esplendoroso que reverberaba por todas partes. Hizo alto y se secó la frente. Despreocupado del viento, iba desnudo hasta la cintura y, expuesta a los alegres rayos de la ardiente esfera, su piel se bronceaba. Viendo cercano el objetivo, apretó el paso. Los zapatos se le hundían profundamente en la nieve, imprimiendo en ellas las dentelladas de sus suelas de caucho. En el fondo de las huellas, la sombra adquiría una tonalidad azul vaporoso de agüilla macilenta. Una chispeante alegría se adueñó de él. La alegría que se siente en contacto con la indiscutible pureza, la alegría de todo aquel blanco, de aquel cielo más azul que los cielos del Mediterráneo, de aquellos abetos recubiertos de lentejuelas de azúcar, y del chalé de madera bermeja que se adivinaba cálido y confortable, con una gran chimenea de piedra blanca en la que los troncos debían arder, sin humo, entre llamas anaranjadas y densas.
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