– Los de Torrecillórigo nos lo van a agradecer -decía.
Pero se fueron los cuervos y, a cambio, la lluvia empezó a demorar. Y decía el Rosalino, el Encargado de don Antero, el Poderoso:
– Si no llueve para Santa Leocadia habrá que resembrar.
Y el Pruden, a quien las adversidades afinaban la suspicacia, le contestó que el mal era para los pobres, puesto que utilizando la máquina, como hacían ellos, bien poco costaba hacerlo. El señor Rosalino, que alcanzaba con la cabeza y sin empinarse las primeras ramas de los chopos de la ribera soltó una carcajada:
– A voleo no siembran ya más que los mendigos y los tontos -dijo.
Por la tarde, el Pruden se había presentado en la cueva desolado:
– Nini, no llueve, ¿qué demonios haríamos para llover?
– Esperar -dijo el niño gravemente. Y el Pruden bajó los ojos porque la serena mirada del Nini le confundía.
Por San Sabas, cuando la rata le mordió un dedo al tío Ratero, flotaba en el cielo quedo de otoño un sol rojo y turgente como un globo. De la parte del pueblo una tibia calina se fundía con el humo rastrero de la paja quemada en los hogares. El alcotán palomero se cernía sobre el campanario agitando frenéticamente las alas, pero sin avanzar ni retroceder.
El niño oteó el cielo en la línea de los cerros y dijo:
– Lo mismo llueve mañana.
– Lo mismo -dijo el Ratero, y se sentó pesadamente en el ribazo.
El tío Ratero abrió la alforja y sacó medio pan con tocino dentro. Lo partió y ofreció la mitad al niño. Luego fue dividiendo el tocino y llevándose los pedazos a la boca pinchados en la punta de la navaja.
– ¿Duele eso? -dijo el niño.
El Ratero se miró el dedo encallecido con los tres puntazos sanguinolentos:
– No duele ya -dijo.
Detrás de la telera que abonaba las tierras de Justito, el Alcalde, sonó el cascabeleo del rebaño del Rabino Grande, el Pastor. El Moro, el perro, se había anticipado y les miraba comer moviendo resignadamente la cola. Al cabo de un rato se aproximó a la perra y la Fa le gruñó mostrándole los colmillos.
El Rabino Grande traía el poncho de piel de oveja sobre un hombro y dijo después de mirar al sol:
– ¿Es qué no queda ya en el cielo una gota de agua?
Lió un cigarrillo sin aguardar respuesta, lo prendió, dio dos profundas chupadas y se quedó mirando para el chisquero de yesca con resentimiento:
– ¿Pues no salen ahora con que hay que pagar por esto? -dijo.
El tío Ratero ni le miró. Agregó el Rabino Grande: -Antes lo tiro al río, ya ves tú.
Fumaba de pie, apoyado en la cayada, inmóvil, la vista en el infinito, como una estatua. Las esquilas de las ovejas sonaban en derredor. Dijo el Ratero súbitamente:
– ¿Viste a ése?
Señalaba con el dedo pulgar en dirección a Torrecillórigo.
– Aún no salió este año -dijo el Pastor sin alterar la postura
– Malvino le vio -dijo el Ratero.
– No es cierto eso.
– Malvino le vio -insistió el Ratero.
En la taberna, Malvino le había advertido la víspera: «Ojo con ése, Ratero; viene a quitarte el pan. Antes de que él naciera ya andabas tú en el oficio».
El Rabino Grande, el Pastor, lanzó la colilla al río.
Dijo, después de mucho pensarlo:
– Ponme un par de ratas, tú, anda. A siete reales, ¿verdad?
– A ocho -dijo el Nini.
– Bien, pero dame aquel macho.
El tío Ratero se incorporó, se estiró perezosamente y oteó a lo largo del cauce, protegiéndose del sol con la mano.
Dijo el Pastor enojado:
– Te digo que no salió, Ratero. ¿No basta con mi palabra?
– Malvino le vio -insistió entre dientes el Ratero.
El Rabino Grande palpó golosamente los lomos de las ratas antes de guardarlas. Dijo al marchar:
– Que pinte bien.
Al caer el sol, el hombre y el niño regresaron al pueblo. La calina se adensaba sobre las casas, y los sembrados y los barbechos endurecidos crujían bajo los pies. La perra, aspeada, caminaba tras ellos cansinamente. Las palomas del Justito ya se habían recogido, y apenas cuatro rapaces animaban con sus juegos las yertas calles del pueblo.
En la taberna, por contra, había cierta animación. Una desnuda bombilla derramaba su luz amarillenta sobre las mesas. Frutos, el Jurado, jugaba en la del fondo su interminable partida de dominó con Virgilín Morante, el marido de la señora Clo, que canturreaba maquinalmente y subrayaba los finales de estrofa golpeando el tablero con las fichas.
Dijo el Pruden apenas les vio:
– Malvino, pon un vaso para el Ratero.
Era un hecho anómalo, pues el Pruden tenía fama de mezquino. Pero el Pruden esta noche parecía soliviantado. Tomó al Nini nerviosamente por el pescuezo y le explicó confusamente algo sobre un plan de regadío de que hablaba el diario y que alcanzaría hasta el pueblo. Dijo impulsivamente al niño, según se sentaba en el banco del fondo:
– Date cuenta, Nini, si llueve como si no. Cuando el Pruden quiera agua no tiene más que levantar la compuerta y ya está. ¿Te das cuenta? Dejaremos de vivir aperreados mirando al cielo todo el día de Dios.
Se hizo una larga pausa. Tan sólo se sentían los golpes de la fichas de dominó y, enlazándolos, el reiterado estribillo de Virgilín Morante. Al cabo, dijo el Centenario con su voz chillona desde la esquina opuesta:
– Si los planes hicieran cundir los trigos, a estas horas no quedaría sitio en las paneras.
Se abrió otra pausa. El Pruden miraba fijamente al Nini, pero el Nini no despegó los labios. Dijo con soma un hombre con los hombros encogidos, en la mesa inmediata:
– Pon dos vasos. Antes de que llegue el agua vamos a terminar con el vino.
Fuera era va oscuro y una luna glauca y enfermiza asomó tras el Cerro Colorado y fue elevándose lánguidamente sobre un cielo alto, extrañamente mineralizado.
Por San Dámaso, la señora Clo, la del Estanco, mandó razón al Nini y le condujo hasta la pocilga: -Tienta, hijo; ya está metido en arrobas, creo yo. El niño midió el marrano:
– Tiene una cuarta de lomo -dijo.
Pero llovía y nada se podía hacer. Para San Nicasio escampó, mas el Nini oteó el cielo y dijo:
– Deje, señora Clo, todavía hay blandura. Hemos de aguardar a que el cielo arrase.
Desde que tuvo uso de razón, el Nini siempre oyó decir que la señora Clo, la del Estanco, era la tercera rica del pueblo. Delante estaban don Antero, el Poderoso, y doña Resu, el Undécimo Mandamiento. Don Antero, el Poderoso, poseía las tres cuartas partes del término; doña Resu y la señora Clo sumaban, entre las dos, las tres cuartas partes de la cuarta parte restante y la última cuarta parte se la distribuían, mitad por mitad, el Pruden y los treinta vecinos del lugar. Esto no impedía a don Antero, el Poderoso, manifestar frívolamente en su tertulia de la ciudad que «por lo que hacía a su pueblo, la tierra andaba muy repartida». Y tal vez por que lo creía así, don Antero, el Poderoso, no se andaba con remilgos a la hora de defender lo suyo y el año anterior le puso pleito al Justito, el Alcalde, por no trancar el palomar en la época de sementera. Bien mirado, no pasaba año sin que don Antero, el Poderoso, armara en el pueblo dos o tres trifulcas, y no por mala fe, al decir del señor Rosalino, el Encargado, sino porque los inviernos en la ciudad eran largos y aburridos y en algo había de entretenerse el amo. De todos modos, por Nuestra Señora de las Viñas, la fiesta del pueblo, don Antero alquilaba una vaca de desecho para que los mozos la corriesen y apalearan a su capricho, y de este modo se desfogasen de los odios y rencores acumulados en sus pechos en los doce meses precedentes.
Tres años atrás, con motivo de esta circunstancia, el Nini estuvo a punto de complicar las cosas. Y a buen seguro, algo gordo hubiera ocurrido sin la intervención de don Antero, el Poderoso, que aspiraba a hacer del niño un peón ejemplar. El caso es que el Nini, compadecido de los desgarrados mugidos de la vaca en la alta noche, se llegó a las traseras de don Antero, el Poderoso, y le dio suelta. En definitiva de bien poco sirvió su gesto, ya que cuando el animal tomó al redil, tras una accidentada captura en el descampado, llevaba un cuerno tronzado, el testuz sangrante y el lomo literalmente cubierto de mataduras. Pero aún pudo embrollarse más el asunto, cuando Matías Celemín, el Furtivo, apuntó aviesamente: «Esto es cosa del bergante del Nini». Menos mal que don Antero conocía ya sus habilidades y su ciencia infusa y le dijo al señor Rosalino, el Encargado: «¿No es el Nini el hijo del Ratero, el de la cueva, ese que sabe de todo y a todo hace?». «Ése, amo» -dijo el señor Rosalino. «Pues déjale trastear y él día qué cumpla los catorce le arrimas por casa.»
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