Miguel Delibes - Las Ratas

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Visión trágica y dura de un pueblo castellano, Las ratas -galardonada con el Premio de la Crítica 1962- es uno de los libros en que mejor ha reflejado Delibes el drama de la Castilla rural. En la novela, el medio geográfico y social parece determinar de modo decisivo el ser y el existir de sus criaturas, el destino parece jugar con esos personajes, pobres lugareños aferrados al terruño, vivos y elementales, que defienden rabiosamente su libertad. Entre ellos surge poderosamente la figura del Ratero, y sobre todo la del Nini, que intenta rebelarse contra la sordidez que le rodea, pero su rebeldía es callada, dulce, sin vanidad, y le levanta a la altura de símbolo: el bien contra el mal, el candor contra la astucia…

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– Todavía se cachondea el marica de él.

Hablaban de los cerros con rencor, pero, pese al estéril resultado, no cejaban en el empeño. A veces aparecía por el pueblo el ingeniero, que era un hombre campechano aunque con esa palidez que contagian las páginas de los libros a quien ha estudiado mucho y, entonces, se reunía con los doce extremeños en la taberna del Malvino y les arengaba como el general a los soldados antes del combate:

– Extremeños -decía-, tened presente que, hace cuatro siglos, un mono que entrara en España por Gibraltar podía llegar al Pirineo saltando de rama en rama sin tocar tierra. Con vuestro entusiasmo, el país volverá a ser un inmenso bosque.

El Pruden v el Malvino cambiaban una mirada de inteligencia. Tras la visita del ingeniero, que bebía con ellos como un igual, los extremeños acrecían sus esfuerzos, ahondaban las hoyas de cada pimpollo para que sirviera de recipiente a las aguas pluviales y les protegiera del matacabras, pero las lluvias no se presentaban y, al llegar julio, el pimpollo se asaba en el hoyo como un pollo en su propio jugo.

El Nini frecuentaba a los extremeños porque aparte de ser maestros en el arte de desarraigar una encina o de plantar un pinabete mediante un cortado movimiento de muñeca, le recordaban los tiempos de Torrecillórigo con el abuelo Abundio, cuando, al anochecer, en el almacén agujereado, narraban turbulentas historias de asesinatos. De vez en cuando, se presentaba en el pueblo algún conocido:

– Nini, chavea, ¿qué fue del abuelo?

– Se fue.

– ¿Dónde?

– No lo sé.

– ¡Condenado viejo! Con sus lavatorios no nos dejaba pegar ojo en toda la noche. ¿Recuerdas?

Pero en el pueblo no querían a los extremeños porque estimaban su labor inútil, impedían el acceso de las ovejas a las colinas y les atribuían toda clase de vicios. Durante su estancia los nativos disfrutaban de una absoluta impunidad. Ante cualquier desaguisado la gente decía:

– Habrán sido los extremeños.

El Undécimo Mandamiento iba más lejos. Y si aparecía un billete de cinco duros en el cepo de la iglesia, o se tenía conocimiento de cualquier buena acción, decía:

– De seguro, los extremeños no han sido.

Pero el Nini sabía que los extremeños eran buena gente y con su herramienta, un cacho de pan y un cacho de tocino salvaban la jornada y no pedían más. El jornal marchaba íntegro para Extremadura donde durante seis largos meses les aguardaban pacientemente sus mujeres y sus hijos. Nada de esto modificaba la opinión del Undécimo Mandamiento para quien los extremeños, en cualquier circunstancia, eran unos individuos indeseables. Y si callaban, le parecían peligrosos; y si cantaban, ineducados. Y si al cruzar frente al almacén oía sus animados coros llamaba aparte al Guadalupe y le decía.

– Guadalupe, el undécimo no alborotar: Guadalupe, el Capataz, se plantaba:

– ¡Está bueno eso! Y si no cantan ¿qué van a hacer, señora?

– Rezar.

Guadalupe cruzaba sus atezados brazos sobre el pecho y meneaba la cabeza de arriba abajo, como queriendo demostrar que callaba para no enconar más las cosas.

Por San Braulio, doña Resu se topó en la plaza con el tío Ratero:

– Me alegro de verte, Ratero -le dijo-. ¿Sabes que el chico anda todo el tiempo entre los perdidos de los extremeños y bebe de la bota y oye palabrotas y cuentos obscenos'

– Déjele estar, doña Resu -respondió el Ratero con su sonrisa indescifrable.

– ¿Eso dices tú?

– ¡Eso!

– ¿Y no andaría mejor en la escuela que aprendiendo lo que no debe?

– Él ya sabe.

– ¿Crees tú que sabe?

– Todos lo dicen.

– ¿Todos? Y si ellos no saben de la misa la media ¿cómo saben si saben los demás?

El Ratero metió un dedo bajo la boina y se rascó ásperamente el cogote.

La voz de doña Resu adquirió, de súbito, un tono conciliador:

– Escucha, Ratero -agregó-. El Nini tiene luces naturales, ya lo creo que las tiene, pero necesita una guía. Si el Nini se lo propusiera podría saber más que nadie en el pueblo.

El Undécimo Mandamiento consultó su relojito de pulsera e hizo un ademán de impaciencia:

– Llevo prisa, Ratero -terminó-. Algún día he de hablar contigo despacio sobre el asunto.

No era ninguna novedad la mala opinión que el Nini le merecía a doña Resu, pero antes de llegar este año los extremeños, el Undécimo Mandamiento se limitaba a pensar mal de él o a regañarle tibiamente. Esto no impedía que apelara a sus servicios cuando le necesitaba, como aconteció, para San Ruperto y San Juan haría dos años, con el asunto de los conejos:

– Nini -le dijo entonces-, ¿no crían las conejas todos los meses?

– Así es, doña Resu.

– ¿Qué le ocurre entonces a esta mía que lleva seis emparejada y como si no?

El Nini no respondió, abrió la conejera y examinó reflexivamente a los animales. Después de un rato, les encerró de nuevo, se incorporó y dijo gravemente:

– Son machos los dos, doña Resu.

El Undécimo Mandamiento se sofocó toda y le expulsó a empellones del corral.

Ya en vida de don Alcio Gago, su marido, doña Resu era inflexible y dominante. Don Alcio, por cosas de la tensión, se negaba a dar un paso, pero como recelaba de los caballos, doña Resu los adquiría en la ciudad de los desechos de las funerarias. Los caballejos que tiraban de las carrozas eran animales dóciles, incapaces de una mala acción. A pesar de todo, don Alcio les respetaba la correa dorada y el plumero negro de la cabeza por si acaso al prescindir de estos aditamentos extrañaban la anomalía y se alborotaban. Y los campesinos, al cruzarse con él de esta guisa, se santiguaban porque presumían que un animal tan lúgubremente enjaezado no podía acarrear más que desgracias. Al ponerse el sol, don Alcio solía detenerse sobre el Cerral y allí inmóvil, a contraluz, sobre el caballo empenachado, semejaba una aparición fantasmagórica. A partir de entonces, el Cerral comenzó a llamarse la Cotarra Donalcio. Mas don Alcio, a pesar de la tensión, enterró cuatro caballerías antes de morir él, y al ocurrir esto doña Resu le llevó un luto riguroso, negándose incluso a participar en la fiesta de la Pascuilla y asistiendo durante dos años a misa los domingos a través de la rejilla del confesionario.

Don Ciro, que era el párroco de Torrecillórigo, que por necesidad binaba en el pueblo, era demasiado joven y tímido para contradecirla: «Si su conciencia queda más tranquila, hágalo así», le decía. Don Ciro se presentaba los domingos sobre las once, en el tractor del Poderoso, y rezaba una misa sencilla y trataba de explicar sencillamente el Evangelio. El Mamertito, el chico del Pruden, que hacía de monaguillo, jamás tocaba segundas mientras no divisara desde el campanario la nube de polvo que levantaba en la carretera el Fordson del Poderoso.

El Mamertito, desde muy niño, empezó a decir que antes de dormirse se le aparecía San Gabriel. A los seis años se le aleló la cara y la Sabina, su madre, decía que era a causa de las apariciones. Pero dos años después el rapaz se cayó del trillo y expulsó de la nariz un piñón con raíces y todo y mucha sangre y pus y, de este modo, se le avivó el semblante de nuevo y la Sabina, decepcionada, le voceó que si volvía a mentarle a San Gabriel le cruzaba la cara de un bofetón. Por San Jonás, doña Resu mandó llamar al Nini:

– Pasa, pequeño -le dijo-. La perra déjala fuera.

El niño la miró serenamente y dijo con aplomo:

– Si ella no entra, yo tampoco, doña Resu, ya lo sabe.

– Está bien. Entonces, hablaremos en el corral.

Pero se quedaron en el zaguán, sentados en una vieja arca de nogal tan alta, que los pies del Nini no alcanzaban el suelo. El Undécimo Mandamiento utilizaba esa tarde con él unos modales melifluos y reprimidos:

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