Pues más o menos así iba yo aquella mañana por la ciudad vacía, preguntándome cómo ocuparía el tiempo hasta las once o las doce, una hora razonable para llegar en domingo a una casa de familia, mirando escaparates y con mi bolsa llena de regalos, naves espaciales con luces giratorias para los hijos de Félix, una botella de malta libre de impuestos para él, un frasco de perfume para Lola, desalentado, nervioso, porque llegar a los sitios me deprime tanto como me excita irme de ellos, cargando no alfombras, sino horas muertas de tedio: el tiempo es como un traje que siempre me cae mal, se me queda corto y ando desesperado, o de pronto me sobra y no sé qué hacer con él. Leí no sé cuántos periódicos, desayuné varias veces, vi familias madrugadoras que se dirigían a misa y caballeros de barriga opulenta bajo la chaquetilla del chándal que llevaban grandes roscas de churros, me pregunté, como de costumbre, qué estaba haciendo yo allí, me lo pregunto siempre y el charlatán neurótico que va conmigo a todas partes no suele ofrecerme una contestación satisfactoria, me lo pregunté más que nunca dos meses más tarde en el Homestead Hotel, mientras desayunaba sin poder quitar los ojos de la señorita fantasma que tocaba La muerte y la doncella en las noches de viento, y después en la fiesta que nos dieron en un salón de la universidad, cuando fui rescatado por los organizadores al fin visibles del simposium y me encontré sonriendo con una copa de jerez en la mano y hablando del tiempo con diversos profesores y autoridades que tenían la sonrisa tan envuelta en celofán como un sandwich de pepino y giraban de un grupo a otro con esos pasos de ballet que dan los anglosajones en los parties, acabo mareándome, me quedo solo entre grupos que hablan, miro con atención el fondo de mi vaso y mi sombra se acerca para no dejarme solo y me hace en voz baja la pregunta, qué estás haciendo aquí, qué tienes tú que ver con nadie, eso era lo que me decía mi padre para alejarme de los malos amigos, qué hago yo en una cabina de traducción del Parlamento Europeo, en el aeropuerto de Chicago o en el de Frankfurt, qué hago dando vueltas como un indigente en Granada, por la mañana temprano, bebiendo cafés que no me apetecen y fumando cigarrillos que me sientan como un tiro, mirando el reloj, haciendo hora, escuchando con perfecta educación los desvaríos de un taxista que seguramente tampoco ha dormido en toda la noche y le tiene rabia al mundo. Me deja cerca de las doce junto al edificio donde vive Félix y todavía no me decido a llamar, como si fuera un vendedor a domicilio, otro gremio que suele sumirme en la desdicha solidaria y culpable, se me parte el corazón cuando tengo que armarme de carácter para no comprar un acristalador de suelos o una enciclopedia de medicina familiar. Salí del ascensor y Félix ya estaba en la puerta del piso, con aquella sonrisa tan inalterable como su manera de hablar o de vestirse, cantándome la bienvenida de Luisa Fernanda, nos dimos un abrazo sin demasiada efusión, porque los dos somos muy tímidos, y me dijo que por qué había tardado tanto, que ya temían él y Lola que hubiera perdido el tren, y nada más entrar en el pasillo de su casa empecé a notar la cálida sensación de que al menos durante unas pocas horas no estaría del todo fuera de lugar, aunque me intimidaran aquellas habitaciones tan vividas y tan ordenadas, los cuadros en las paredes, los muebles, las cortinas, la biblioteca llena de volúmenes y las estanterías de los discos de Félix, todo con una densidad algo opresiva, con un olor a limpieza, a ropa bien doblada en los armarios, a ambientador tenue en el cuarto de baño, y en medio, sentado frente a mí en el sofá, sirviéndome una cerveza sobre la mesa baja de cristal reluciente, mi amigo Félix, idéntico a mis recuerdos de los últimos diez o quince años, sólo un poco más gordo, hasta con el mismo peinado, fornido y grande pero con un cierto aire infantil en la cara, con una rebeca de lana que sin duda le había tejido su madre, en zapatillas, recostándose tan confortablemente en su discreta prosperidad como cuando éramos niños y se sentaba por las tardes en un escalón de la calle Fuente de las Risas a merendar un hoyo de pan y aceite o una onza terrosa de chocolate. Lola había ido a dejar a los niños en casa de sus padres, me dijo, para que comiéramos tranquilos, tú no estás acostumbrado y seguro que los niños te ponen nervioso: me pareció que lo decía con un poco de distancia o cautela, se levantó para poner un disco y cuando volvió a sentarse silbaba la melodía y llenó mi vaso de cerveza sin mirarme a los ojos.
Pensé con remordimiento y temor que en los últimos tiempos no había cuidado su amistad, que tal vez él y yo confiábamos demasiado en la permanencia de antiguas complicidades gastadas poco a poco por la lejanía y la desidia: qué sabemos ahora el uno del otro, qué tienen que ver nuestras dos vidas. Él da clases de lingüística en la universidad, lee griego y latín, investiga no sé qué códigos o misterios sintácticos para programar ordenadores y sus dos únicas devociones aproximadamente pasionales son su diario cifrado y los compositores del barroco, pasa las Navidades y la Semana Santa en Mágina, alquila todos los veranos un pequeño chalet en la costa, me lo quedo mirando y lo veo tan distinto a mí y me pregunto siempre qué tenemos en común y por qué es mi mejor amigo desde hace casi treinta años. Sin duda él se hacía la misma pregunta aquella mañana, pero la cerveza y la música nos animaban lentamente, y recordábamos palabras como contraseñas, apodos tremendos, expresiones de Mágina, los disparates que sigue escribiendo Lorencito Quesada en Singladura, nos mirábamos de soslayo echándonos a reír, pues nos bastaban uno o dos gestos o la entonación de una frase para reconocernos, y cuando volvió Lola ya teníamos los ojos brillantes, de risa y de cerveza, porque Félix acababa de recitarme de memoria el soneto anónimo a Carnicerito de Mágina, del que yo ya ni me acordaba. Había en toda la casa una luz limpia de mañana de domingo que me parecía dotada de una transparencia semejante a la de la música que escuchábamos, unos conciertos para oboe de Haendel, me explicó Félix, una música que lo llenaba todo de una felicidad delicada y enérgica y actuaba sobre mí como aquellas cervezas un poco prematuras que estábamos bebiendo y como el sonido de la risa. Félix preparaba unos aperitivos en el mostrador de la cocina y Lola nos miraba a los dos echada en la pared, sonriendo, con los brazos cruzados y un cigarrillo en la mano, con simpatía y un poco de indulgencia, dónde vives ahora, me preguntó, con quién vives, cuántos días vas a quedarte con nosotros, y cuando le contesté que me marchaba aquella misma noche Félix movió la cabeza mientras examinaba la disposición de los vasos y los pequeños platos de las tapas que había estado preparando y dijo sin mirarme: «Nunca cambiará. Yo creo que llega a los sitios nada más que para irse cuanto antes de ellos.»
Ya no tenía duda, estaba dolido conmigo, pero jamás me lo diría, repetíamos las bromas de siempre, me hablaban de los niños y del trabajo y me preguntaban por el mío y Félix se me quedaba mirando como si no me oyera, como si buscara en mis ojos, en mi cara cansada, en los gestos nerviosos de mis manos, la respuesta a una interrogación que no era formulada con palabras y que las mías no iban a explicarle, y entonces me puse íntimamente en guardia y empecé a verme a través de sus ojos. En eso tampoco tengo remedio, puedo ser un extraño para mí mismo y observarme sin embargo desde el punto de vista de otro, no ya alguien que me conozca tanto como Félix, sino cualquier desconocido, y automáticamente tiendo a suponer que su dictamen será implacable y a darle la razón. Noté de repente que mis manos se movían con desasosiego y rapidez, que no sostenía mucho rato las miradas de ellos, que encendía un cigarrillo a los pocos minutos de apagar otro y se me acababa en seguida la cerveza del vaso, pero la atención de Félix no era reprobadora, sólo continua y minuciosa, como todos sus actos, como la manera que tiene de cortar el queso o de escribir los títulos de las piezas y los nombres de los músicos en las cintas que graba, lo veo hacer algo y me acuerdo de cuando estábamos en un pupitre de la escuela y escribía en su cuaderno rayado pasándose por los labios la punta de la lengua, una concentración absoluta y tranquila. Así es como se ha edificado la vida, sin variar nunca desde que lo conozco, pero también sin obstinarse en la rigidez de un propósito con esa voluntad que se alimenta de rencor y que tan justificadamente pudieron haberle inoculado las penurias de su infancia, su padre inmóvil en la cama por una parálisis irreversible, su madre fregando suelos y vistiéndolos a él y a sus hermanos en el ropero de Auxilio Social, de nada de eso habla, contra nada lo he visto nunca rebelarse, ni siquiera en los tiempos en que casi todos nosotros nos complacíamos en aspavientos de rebelión, pero tampoco ha claudicado ni se ha sometido, es el mismo de hace veinticinco años y del verano pasado, y ella, cuando la veo junto a él, me da la misma impresión de serenidad y permanencia, como si hubieran nacido así los dos y se hubieran limitado a seguir una especie de instinto que los protegía y los mejoraba. No se han gastado, como tú y yo, en años de extravío ni en amores estériles, no parecen haber conocido la desesperación ni la discordia, viven juntos y tienen hijos y los cuidan y van a trabajar y ven películas en la televisión después de haberlos acostado y seguramente luego se desean y se entregan, los he visto mirarse y me he fijado en cómo se rozan por casualidad y se sonríen, no con esa felicidad idiota a lo Doris Day de los recién casados permanentes que se exhiben delante de los matrimonios amigos y acaban llamándose mamá y papá, los oigo y vomito, te lo juro, sino con pudor y experiencia, como quien lleva toda su vida haciendo algo y lo hace muy bien, como un hombre y una mujer habituados a un vínculo que ha probado su eficacia a lo largo del tiempo. Tú y yo tenemos miedo, no hemos pasado juntos ni diez noches todavía, tenemos miedo de lo que el tiempo vaya a hacer con nosotros y cada hora nos parece un regalo del azar, no hemos poseído nada que no fuese frágil o que sintiéramos indudablemente nuestro, pero ellos no, yo creo que carecen del sentido de la incertidumbre como carecemos nosotros de cualquier idea de perduración. Se mudaron el año pasado a este piso de ahora, porque el anterior, con los niños, se les había quedado muy pequeño, han firmado una hipoteca y han comprado muebles nuevos a plazos y no se sienten agobiados ni atrapados, Félix me lo enseñó mientras Lola hacía la comida, y yo pensaba en mi casa, en los apartamentos donde he vivido a salto de mata en los últimos diez años, sin más pertenencias que un radiocassette, unos cuantos libros y cintas, una maleta que me prestó alguien para una mudanza y no le devolví y una bolsa de viaje, lugares tan refractarios a cualquier presencia como habitaciones de hotel, sin cuadros en las paredes ni fotografías enmarcadas en los aparadores, sin una tarjeta con mi nombre bajo la mirilla de la puerta, edificios enteros habitados por gente que vive sola, por parejas con un perro, como máximo, tabiques delgados tras los que se oyen los ruidos de alguien pero que lo confinan a uno en una distancia de monasterio tibetano, se muere uno de un colapso cardíaco mirando la televisión y tardan más tiempo en hallar su cadáver que si se hubiera perdido en el desierto de Australia.
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