Pero no importa que no esté, olvidar es todavía muy fácil, lo más fácil, seguramente eso le ha ocurrido a ella, hace dos meses pasó una noche en Madrid con un desconocido y a la mañana siguiente regresó a América y no ha vuelto a acordarse, o si se acuerda es con la convicción de que no lo verá nunca más, con la tranquilidad de que no va a correr el riesgo de un encuentro mediocre, pues fue una especie de rápido milagro y los milagros no se repiten, incluso puede que no sucedan y que hayan sido espejismos. Pero entonces por qué la nota con el número de teléfono en la mesa de noche, por qué las últimas palabras, oídas ya desde la otra orilla del sueño: «No te pierdas», y aquella manera de decir adiós llevándose los dedos a los labios recién pintados de rojo, a las ocho de la mañana, cuando ya entraba la claridad en la habitación del hotel y aún no habían dormido. Mejor así tal vez, ni porvenir ni pasado, ni presentimientos ni recuerdos, no esas obsesivas genealogías de sí mismos que inventan los amantes, no la mutua vanidad de haberse poseído ni el rechazo fanático de las pasiones anteriores, la apetencia de dejar en blanco la memoria como se derriban las estatuas y se queman los templos de un culto abandonado para entregarse con furor de conversos a una nueva religión; gratitud nada más, soberanía íntima, la dosis de lucidez necesaria para darse cuenta de que es la ausencia inesperada de esa mujer lo que la vuelve tan imperiosamente deseable, pero no hasta el punto de extinguir el deseo hacia otras mujeres, la camarera irlandesa que pone en la barra el vaso con hielo picado y vierte en él una medida de whisky usando un cubilete de estaño, la bebedora solitaria y de ojos brillantes que se balancea un poco sobre el taburete y fuma Winston extralargo, mujeres desconocidas, instantáneamente deseadas, imaginadas luego en la habitación del hotel con una vehemencia en la que intervienen sobre todo la soledad y el alcohol, miradas en la calle cuando cruzan un semáforo, entrevistas con fugacidad tras el escaparate de una zapatería mientras apoyan en la alfombra un pie descalzo con las uñas pintadas, mujeres rubias y con gafas oscuras que pasan en los taxis, que viajan en el autobús con las piernas cruzadas, que esperan a alguien en el vestíbulo de un hotel, que aparecen sonriendo en un pasillo cualquiera del palacio de Congresos de Madrid y llevan una amplia gabardina verde y una etiqueta plastificada en la solapa donde la mirada siempre atenta lee un nombre, Allison. Se habrá ido de Nueva York, se habrá mudado de piso, los americanos cambian de domicilio y de trabajo con una facilidad desconcertante.
A la una de la madrugada el contestador repite la misma voz educada y el mismo número tan sabido de memoria como las letras de ese nombre, Allison, pero ahora se habrá grabado en la cinta, durante el minuto y medio de silencio, el fragor del viento del lago Michigan, el silbido en los cristales de una ventana del Homestead Hotel, incluso la voz del predicador que recita en la televisión versículos del Apocalipsis y garantiza a los Estados Unidos de América la ayuda del dios de los ejércitos en la guerra inminente. La petaca de Glennfiddich y los cigarrillos sobre la mesa de noche, la tentación de llamar de nuevo para repetir en el contestador el número del Homestead, por si acaso, pero será mejor apagar la televisión para no seguir viendo a ese tipo que invoca la protección del Dios de los ejércitos y maneja la Biblia como un fusil de asalto, bajar las persianas que seguirá batiendo el viento durante toda la noche y recurrir al valium y a la oscuridad, seguro que mañana aparece el converso a la cocaína y a Wagner y se descubre dónde va a celebrarse el simposium y cómo son las caras de los empleados del hotel, incluso de alguno de los huéspedes, y hasta es posible que suene el teléfono y que se oiga una voz verdadera, no grabada en una cinta, la voz de Allison pidiendo disculpas y preguntando qué haces, dónde estás, si vas a tardar mucho en volver a Nueva York yo volaré a Chicago para encontrarme contigo en el séptimo piso de ese hotel que en la noche de tormenta sobre el lago Michigan parece el faro del fin del mundo, en la noche de viento, de extrañeza, de desamparo y de insomnio, la noche en que cuando uno logra dormirse sueña que todavía está despierto y ve la habitación y el televisor apagado y esconde la cabeza bajo las mantas para no oír la vibración de los cristales y el silbido del viento que arranca las tejas y derriba los postes de la luz, no sólo ahora mismo, sino también hace muchos años, en un tiempo y en una ciudad que han surgido en el sueño y que serán olvidados cuando la luz transparente del día y la calma del lago ofrezcan al despertar la sensación de que la tormenta, el hotel vacío y el insomnio fueron los atributos de una pesadilla.
Quiero contarte quién he sido y qué he hecho y es como si se me hubiera borrado de la memoria la mitad de mi vida, como si yo mismo estuviera ausente de mis propios recuerdos y me hubieran sido relatados por otro, porque veo con claridad lugares donde he estado pero no me veo a mí en ellos, o no me reconozco, soy la mirada neutra de una cámara, un oído que percibe palabras y un sistema de conexiones nerviosas adiestrado para identificarlas y convertirlas instantáneamente en las palabras de otro idioma, una voz acostumbrada a actuar como eco y sombra de otras voces, el desconocido con el que tú te cruzaste la primera vez sin reparar todavía en su cara, el extranjero a quien despierta el sol una mañana en el Homestead Hotel y tarda unos minutos en saber dónde está y en convencerse de que la tormenta de anoche no fue un mal sueño heredado de los terrores de la infancia. Se incorpora, cegado por la luz, insultado por ella en su pereza y en sus ganas de dormir, mira el teléfono y decide que no llamará para oír otra vez un contestador automático, baja al vestíbulo y no ve a nadie y en el salón del piano encuentra una máquina de café, un jarro de leche tibia, sobres de azúcar y vasos y cucharillas de plástico, y sacarina, por supuesto, y una prudente bolsa de descafeinado, amablemente dejados allí por los mismos fantasmas que mientras él desayuna se ocupan invisiblemente de arreglar su habitación, porque cuando vuelve a ella veinte minutos después la cama ya está hecha, y el cenicero vacío, y el tubo de dentífrico y el cepillo que él dejó cualquiera sabe dónde ya ocupan pulcramente un vaso de cristal en la repisa del lavabo.
Cuando se lo contara a Félix no lo creería, me gusta irle contando imaginariamente las cosas al mismo tiempo que me ocurren, y es posible que él no se las crea del todo y que ni siquiera las apunte en ese diario secreto que lleva desde hace años en el ordenador, pero tampoco yo acabo de creérmelas aunque es a mí a quien le han sucedido, la suma de azares que me llevaron a encontrarte, el miedo, las desgracias estériles, el hábito de la decepción, el presentimiento no de estar a punto de perderme sino de haberme perdido ya y desde hacía mucho tiempo, no sólo entonces, en aquel sitio absurdo junto al lago Michigan, sino unos meses antes, cuando volví a España sin pensar todavía en quedarme, cuando me deslumbraron los faros de un camión a la salida de una curva y pisé el freno y no disminuyó la velocidad. Cerré los ojos dispuesto a morir, mis manos dieron un giro desesperado y automático al volante y no vi nada más que oscuridad y cuando miré de nuevo a mi alrededor estaba en medio de la tierra endurecida por la helada y seguía vivo, oyendo en la radio del coche una canción de Otis Redding que había escuchado por última vez hacía diecisiete años. Ahora sé quién soy porque tú me miras y me nombras y me haces aprender cosas de mí que había olvidado, pero si pienso en el Homestead Hotel o en aquella noche de viaje sonámbulo a Madrid en la que estuve a punto de matarme sin cumplir treinta y cinco años ni saber que existías me parece que me acuerdo de una vida de nadie, o que leo un curriculum, y me desconcierta comprobar las fechas para celebrarlas contigo y descubrir que en realidad no ha pasado tanto tiempo, algo más de dos meses, y que habría bastado una fracción de segundo para que todo se extinguiera, este momento, tu cara de ahora mismo, el modo en que me miras mientras te hablo de Félix y de las ganas que me entraron de pronto de ir a verlo, un sábado de noviembre por la tarde, recién llegado a Madrid, desde Bruselas, recién instalado en una habitación del hotel Mindanao, preguntándome qué haría para sobrellevar las dos noches y el temible domingo que faltaban hasta que en la mañana del lunes, a las nueve en punto, empezara mi trabajo en el palacio de Congresos. Me senté en la cama, estuve mirando un rato las cortinas verdes y los dibujos animados de la televisión, tranquilo, al menos algo más tranquilo que en las últimas semanas, disfrutando esa calma que nos deja un amor que ya pasó, como dice el bolero, falto de sueño, confiando en las virtudes del aburrimiento y del valium, y en menos de cinco minutos decidí que si me quedaba iba a caérseme encima el edificio, o al menos el cielo raso de la habitación, así que busqué en la agenda el número de Félix, y cuando hablé con él oí al fondo gritos de niños y una fuga barroca. Lo llamo un par de veces al año, desde los sitios más peregrinos, pero siempre coge el teléfono tan rápidamente como si hubiera estado esperando la llamada y me habla en el mismo tono de voz mientras se oye de fondo a sus hijos y la música que invariablemente ha preferido sobre cualquier otra desde que estudiábamos juntos en el instituto de Mágina. Miré el reloj, calculé que me daba tiempo de llegar a Chamartín y tomar un tren nocturno, guardé una muda de ropa en una bolsa más bien humillante de la lavandería del hotel y a la mañana siguiente, a las ocho, tambaleándome de sueño, tiritando de frío, anduve al azar por las calles próximas a la estación de Granada, buscando una cafetería abierta donde leer los periódicos, con mi bolsa para ropa sucia en la mano, solo en una ciudad que apenas conocía y en la que sólo dos o tres locos y unos cuantos mendigos estaban levantados, esos mendigos que madrugan como oficinistas para ocupar un buen puesto a la entrada de las iglesias, algunos tipos en chándal, cómo no, y una vieja con los labios pintados y tacones torcidos que arrastraba una maleta enorme atada con cuerdas, la adelanté en una acera, porque caminaba con una lentitud de caracol, y se me ocurrió ofrecerle mi ayuda, abrumado de compasión y casi culpabilidad, aquella pobre mujer sola y jadeante tirando de un maletón inhumano, pero me arrepentí a tiempo y me alejé a toda prisa, temiendo que me llamara, joven, hágame el favor, igual me pedía que le llevara la maleta y tenía que cruzar a su paso lentísimo toda la ciudad, me han ocurrido cosas parecidas otras veces, y Félix se muere de risa cuando se las cuento, dice que es como si tuviera un imán para traer la simpatía de los locos más desatados, de la gente más rara, y lo malo que tengo es que a poco que me descuide me pongo en la situación de cualquiera de ellos y me veo a mí mismo con ochenta años y arrastrando una maleta por una ciudad extraña, y si me cruzo por una calle de una barriada de Madrid, una mañana de agosto, con un africano cargado de alfombras que no tiene la menor posibilidad de vender ni una sola y entra en los bares y acepta con mansedumbre las bromas brutales de los parroquianos en seguida me imagino que yo soy él y me muero de pena, o que soy yo mismo y he acabado intentando vender alfombras en una ciudad del Camerún, por ejemplo, y me dan ganas de invitarlo a café y comprárselas todas, y hasta de hacerme amigo suyo para que el hombre no se sienta tan solo y rodeado de racistas.
Читать дальше