Antonio Molina - El jinete polaco
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En un período de tiempo comprendido entre el asesinato de Prim en 1870 y la Guerra del Golfo, estos y otros personajes van configurando el curso de la historia de esa comunidad y de España, formando un apasionante mosaico de vidas a través de las cuales se recrea un pasado que ilumina y explica la personalidad del narrador. Esta prodigiosa novela, urdida en torno a circunstancias biográficas, se transforma en una peripecia histórica surcada por tramas que se entrelazan con la principal, la enriquecen y se enriquecen con ella.
El jinete polaco fue galardonada con el Premio Planeta 1991 y el Nacional de Literatura en 1992.
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Empezó a tener miedo de que él no quisiera a su hijo. Su madre, Leonor Expósito, que había parido a siete, se quedó mirando las manchas pardas de su cara y le predijo sin vacilación que iba a ser un niño. Temió entonces que le naciera muerto, o tan débil que muriera al poco de nacer, o que su leche fuera escasa o de poca sustancia y no le bastase para alimentarlo. En los últimos meses del embarazo, si pasaba un rato sin notarlo moverse la aterraba la posibilidad de que se le hubiera muerto por culpa de una mala postura. La sospecha de una culpa adquirida involuntariamente y el temor a un castigo sin explicación actuaban sobre su alma como un perpetuo chantaje: desde antes de nacer el niño ya era un nuevo rehén de su desgracia. Él nunca la tocaba, incluso había dejado de mirarla, apartaba los ojos para no ver la hinchazón de su cuerpo. Tampoco hacía preguntas sobre los síntomas o las probables fechas del final. Seguramente no era cruel: tan sólo incapaz de cualquier gesto o palabra de ternura. Cerca de ella se replegaba en sí mismo y se le volvía más desconocido que cuando la rondaba por las noches en la plaza de San Lorenzo, más extraño y más inaccesible en la medida en que ahora estaba junto a ella y compartía algunas horas de su vida en aquella habitación en la que les era imposible no rozarse y se tendía a su lado en la oscuridad y se quedaba instantáneamente, casi brutalmente dormido, respirando con la boca abierta, con las piernas separadas, ocupando casi toda la cama, dejándoles a ella y a su gran vientre deforme en cuyo interior latía y se agitaba el niño apenas un filo sobre el que no podía descansar, todas las noches desvelada, por miedo a tenderse boca abajo durante el sueño y aplastar el cuerpo que se removía dentro del suyo con roces acuáticos como de aletas de peces, echada boca arriba, con los ojos tan abiertos que acababan doliéndole, fijos en los haces de cañas y en las manchas de yeso del techo abuhardillado, tan bajo que la sofocaba, como si se hubiera despertado en el interior de una sepultura, igual que aquella mujer de la que hablaba su padre, que la enterraron viva y se volvió loca al despertar arañando el forro acolchado del ataúd, o como aquel sordomudo que trabajaba de ayudante de Ramiro Retratista, al que encontraron vivo y con los ojos abiertos cuando retiraban los escombros de la casa bombardeada donde sucumbieron sus padres. Por la ventana sin cortinas entraba una difusa claridad que se iba acentuando con las horas de insomnio, y ella se encogía poco a poco y se sentía aplastada por el peso del vientre y procuraba no moverse, casi no respirar, por miedo a que él se despertara, y al ver primero la sombra y luego la mancha de su rostro en la almohada pensaba que si encendiera en ese instante la luz no reconocería sus rasgos, que por uno de esos errores monstruosos que son tan frecuentes en las pesadillas se había acostado con un hombre que no era su marido y ni siquiera alguien a quien ella hubiese conocido alguna vez, una figura sin facciones, una cara maleable de sombras, como la de la criatura que se escondía en su vientre, con ojos y miembros y dedos que no eran del todo humanos, pero que al menos no le daban miedo, había germinado en su vientre y se alimentaba de su sangre, tenía un corazón que estaba siempre latiendo al compás del suyo, mucho más tenuemente, pero sacudido por los mismos espantos y apaciguado a veces por la misma quietud, tan frágil que un movimiento brusco podía aniquilarlo, tan próximo a ella como una voz que le hablara al oído, como la de su abuelo Pedro, que ahora mismo, en el desamparo de la noche, bajo la tierra de aquel corralón al que su padre llamaba con ironía siniestra el cortijo de los callados, estaría muerto y podrido, reducido a huesos y a piel seca y a mechones de pelo blanco adheridos al cráneo, o inalterable, pensaba con más miedo aún, incorrupto, sólo que con las uñas extraordinariamente largas, como decían que estaba la mujer emparedada a la que encontraron en un sótano de la Casa de las Torres, tantos años atrás, se acordaba, cuando ella era una niña y su abuelo vivía y su padre estaba en el campo de concentración, cuando aún no conocía a este hombre silencioso y severo que ahora dormía junto a ella, con ese sueño tan profundo y tan ofensivo para los que no pueden dormir. El insomnio se le fue haciendo definitivo a medida que se acercaba la fecha del parto, esperaba en la oscuridad como cuando era niña y se escondía bajo las mantas porque había escuchado el crujido de los peldaños y estaba segura de que un asesino o un muerto revivido subía por la escalera para degollarla, ay mama mía, mía, mía, quién será, cállate hija mía, mía, mía, que ya se irá. No eran pasos, pero sí latidos cada vez más fuertes, dolorosas patadas, protuberancias súbitas que tocaba en la lisa hinchazón de su piel, crujidos y roces de pequeñas patas en sus vísceras y también encima de su cabeza, sobre el techo de cañas, ruidos de cañas y silbidos del viento que levantaba las tejas y traía al amanecer redobles de tambores y toques de corneta, casi el eco de los pasos de los soldados sobre la grava del cuartel, el viento y la lluvia en las noches feroces de aquel invierno en el que con tanta frecuencia se iba la luz porque decían que el temporal derribaba los postes y los cables, y él dormido a su lado, indiferente como un fardo, o tal vez despierto y fingiendo que dormía, eso le daba más miedo aún, respirando y silbando con la boca abierta y las piernas separadas, vencido por un cansancio que no conocería en muchos años recompensa ni tregua. Un día su madre vino a verla desde aquella región lejana y añorada de la plaza de San Lorenzo, se la quedó mirando y le dijo con una aterradora naturalidad: «Se te ha descolgado el vientre. Ya mismo vas a parir.» Hubiera querido pedirle que se quedara con ella, pero no se atrevió, le dijo que se encontraba muy bien y que no tenía miedo, que él vendría en seguida, con el mal tiempo ya no iba por las tardes al campo. Y desde la alta ventana y la mesa camilla con el brasero recién removido que en la memoria de su hijo serán para siempre dos atributos indelebles del Edén vio a su madre caminar contra el viento y volverse hacia ella para decirle adiós, envuelta en uno de aquellos grandes chales de lana negra que usaban las mujeres para ir a la aceituna, encorvada, buscando el abrigo de las esquinas, vulnerable bajo los cables de los que pendían las lámparas del alumbrado público, bajo las ramas desnudas y estremecidas de los castaños de Indias, y se acordó de algo que le decían de niña y que ella misma habría de repetir a su hijo en los días de viento: Ve por mitad de la calle, no vaya a ser que te caiga una teja.»
Pero él no venía, notaba relámpagos agudos de dolor en las ingles y una quietud no habitual en el vientre, si el niño ya no se le movía era porque estaba encajado, le había dicho su madre, oyó el toque de fajina en el cuartel y luego la sirena de las dos y media en la fundición y seguía sin verlo aparecer en las esquinas despobladas de la calle, se le habría hecho tarde en el mercado, y tal vez se había ido directamente a la huerta de su padre, sin pararse a comer, algunas veces parecía no necesitar ni la comida ni el sueño, como si fueran debilidades que a un hombre no le valía la pena permitirse. Pero adónde podía ir si el viento y la lluvia batían en aquella tarde prematuramente oscurecida las calles de Mágina con una furia que le hacía acordarse de las tormentas que provocaban naufragios en el cine, si las ramas más altas de los árboles se volcaban sobre los tejados y los cristales de la ventana temblaban como si fueran a romperse en astillas. Oía silbar el viento en el interior de la casa, en las junturas de las puertas, en los huecos de las chimeneas, y le parecía que el techo temblaba sobre su cabeza y que empezaban a moverse las baldosas que pisaba y también los muebles de la habitación, se movían girando, muy lentamente al principio, luego con el vértigo del ojo de un huracán, desvaneciéndose en manchas y en rápidas sensaciones de color, como las columnas de polvo que ascienden durante una tormenta de verano, estaba de pie, junto a la ventana, con la cara apoyada en el cristal, vigilando la calle donde él no aparecía, y tuvo que aferrarse con las dos manos al filo de la mesa y que buscar casi a tientas una silla sobre la que se derrumbó muy despacio su cuerpo cada vez más pesado. No podía desmayarse ahora, si caía al suelo aplastaría al niño, si perdía el conocimiento estaría en una cama de hospital cuando se despertara y le dirían que su hijo había nacido muerto, por culpa suya, por la debilidad de sus miembros y su falta de coraje, extendió las manos hasta tocar la moldura de los pies de la cama y logró incorporarse y llegar hasta ella, atravesada ahora de parte a parte por un dolor que le cortaba el aliento, incapaz de gritar, mordiéndose los labios que mojaban sus lágrimas y una saliva como de llanto infantil, se echó de lado en la cama y el dolor cesó durante unos segundos, logró tenderse boca arriba, hincando los codos y los talones en la colcha, se quedó inmóvil frente al techo tan bajo donde rugía ásperamente el viento, esperando que volviera el dolor, las dos manos en el vientre, como si quisiera contener el derrame de sus intestinos y la hemorragia caudalosa de su sangre. Notaba punzadas, mordiscos entre las ingles, relámpagos, cuchilladas lentas de dolor, imaginaba que el niño estaba abriéndose paso entre sus vísceras con arañazos de gato, que se ahogaba y se desesperaba y se detenía jadeando, igual que ella, anegado en sudor, impulsado de nuevo por una rabia más tenaz que la del viento, veía ante sus ojos el vientre como una montaña bajo cuyo peso iba a sucumbir y mordía gimiendo la colcha y hundía la cara en la almohada húmeda de sudor, de saliva y de lágrimas, de la sangre de sus labios heridos. El viento creció hasta convertirse en un grito no del todo humano que sonaba dentro de la habitación, un grito de mujer, pero nunca había oído gritar de ese modo y tardó en darse cuenta de que se estaba oyendo a sí misma. Advirtió como en sueños que decrecía la luz y que los muebles iban convirtiéndose en manchas oscuras, tanteó la cabecera de la cama hasta alcanzar la mesa de noche, el borde frío y agudo del cristal, el cable de la lámpara, pero sus dedos no tocaban el interruptor, derribaron algo que cayó al suelo con un estrépito de desastre, y entonces empezó a sonar un timbre que hería sus oídos con la misma crueldad que el dolor en el vientre, había tirado el despertador y cuando él volviera la reñiría, pero tenía que pararlo, era preciso que ese timbre dejara de sonar o ella se moriría o se volvería loca, se arrastró hacia el borde de la cama, con la misma sensación de peligro que si se asomara a un precipicio, extendió la mano derecha hasta tocar las baldosas, pero sus dedos se movían en el aire sin encontrar la superficie curvada y metálica del despertador, y era incapaz de volver la cabeza y de distinguirlo con sus ojos, ahora el timbre sonaba justo entre sus dos sienes, dentro de ella, la atravesaba en línea recta de un tímpano a otro igual que las agujas del dolor atravesaban de parte a parte su vientre: de pronto el timbre se detuvo, se abrió la puerta y ya era de noche. Alguien la miraba desde muy alto, una cara desconocida y muy pálida, alumbrada a rachas por la claridad convulsa que venía de la calle, y que al inclinarse sobre ella, mientras repetía su nombre, se agrandó como si la viera reflejada en una lente convexa: lo conoció por su aliento tan cálido, por la aspereza de las manos que le acariciaban la frente y le apartaban el pelo empapado, no por su voz, que tenía una tonalidad extraña de cobardía, delicadeza y ternura, tranquila, le oyó decir, no te preocupes, mandaré a alguien que avise a tu madre y a la comadrona, estáte quieta, no te muevas, no tengas miedo, temblando él también, despavorido, recogiendo del suelo el despertador, pulsando en vano el interruptor de la lámpara, será posible, dijo, ahora se ha ido la luz. Cuando él se incorporó quiso retenerlo a su lado, no te vayas, repetía, no me dejes morirme, pero él se desprendió de sus manos diciendo que volvería en seguida y al quedarse sola y extender los brazos en su busca sintió que empezaba a hundirse en una tempestuosa oscuridad, como si las aguas y el viento la tragaran, arrastrada hacia el fondo bajo el peso del vientre, hendida por el dolor como por un hachazo certero que divide en dos mitades el tocón de un olivo, sintiendo que se desangraba y que se le iba la vida entre los muslos mientras la cama y el suelo y el techo y las paredes de la casa se estremecían con las sacudidas del viento que arrancó aquella noche árboles de raíz y derribó los postes y los cables de la luz dejando a la ciudad entera en una oscuridad de terror y desastre que a muchos les hizo recordar los apagones que seguían a las alarmas antiaéreas. Oyó de nuevo voces, pero los latidos de su corazón las ahogaban, vio una luz acercándose en el aire escarchado por las lágrimas e inundado por un brillo de sudor, la llama de una vela sobre una palmatoria azul, y una mano que la sostenía, reconoció la cara de Leonor Expósito y el tacto de sus dedos, notó manos brutales que la abrían hundiéndose en ella como las manos de los matarifes en los lebrillos de sangre, empuja, le decían, casi le gritaban, pero estaba segura de que si seguía empujando la mataría el dolor, apretó los dientes, cerró los ojos, había algo que brotaba rompiéndola, que de una manera súbita empezó a deslizarse con una suavidad tan líquida que la empujaba al desvanecimiento, caras y cuerpos moviéndose en la penumbra, apareciendo y borrándose a la claridad escasa de la vela, confundiéndose con las sombras quebradas que se alargaban en el techo mientras ella cerraba otra vez los ojos y oía el crujido de sus dientes y seguía empujando hasta perder del todo el conocimiento en un delirio desgarrado y final. Cuando volvió en sí una cosa morada y sangrienta colgaba boca abajo suspendida delante de la luz, como un animal todavía palpitante al que le hubieran arrancado la piel, ínfimo, vulnerable, oscilando, no una cara con rasgos sino tan sólo una boca abierta como una desgarradura que emitía un llanto mucho más débil que los embates y los silbidos del viento en una noche invernal de hace treinta y cinco años.
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