Pero ese lugar sin tiempo, sin formas precisas, sin nexos de sucesión entre los objetos, los rostros, las palabras aisladas y las sensaciones, es a la vez un escenario en las vidas de sus padres que sin duda no se pareció al paraíso que él guarda. Quisiera preguntarles y sabe que no lo hará. Le pregunta a Nadia, mirando las fotos de su hijo: cómo será para él al cabo de los años este tiempo en el que nosotros dos vivimos, qué le quedará de este apartamento, para él sin duda ilimitado, cómo se acordará de los edificios oscuros al otro lado de la calle donde empiezan a encenderse poco a poco las luces. Tal vez tampoco se atreverá a pedir que le cuenten, por timidez o por miedo, por el pudor de imaginar la juventud de sus padres y el grado de deseo que había dentro de cada uno de ellos en el instante en que lo concibieron. Pues es posible que en el nacimiento de uno no haya intervenido el amor: al final de todo, en su origen, Manuel ve una gran boca de oscuridad, de desamparo y tal vez de sufrimiento, un dolor que le fue impreso para siempre en su alma al nacer, mucho antes, una de las primeras noches que pasaron sus padres en el cuarto de la viga, más raro aún de imaginar porque él no existía, y porque casi no quiere atreverse, qué pensaron o dijeron al quedarse solos del todo por primera vez desde que se conocían, después de subir en silencio las escaleras hasta el último piso y de cerrar la puerta de la buhardilla en la que habían almacenado a duras penas sus muebles recién adquiridos, olorosos todavía a barniz y a madera, el aparador, la cama nupcial, el crucifijo, las fotografías de la boda con la firma dorada de Ramiro Retratista, el relieve en estaño y no en plata de la Santa Cena, el armario de la ropa y el de la cristalería, la mesa grande y las seis sillas tapizadas que nunca usarían por una especie de respeto, como si correspondieran, igual que el juego de café y la vajilla de loza, al comedor de otros, de una familia de fantasmas.
No sabe o no quiere imaginarlo, se aparta de Nadia y va de nuevo a la habitación donde está el baúl de Ramiro Retratista, mira con indiferencia la luz atardecida tras las persianas, oye el estremecimiento del tráfico en las avenidas, lejano y continuo como una catarata, busca entre las fotografías la de la boda de sus padres y se queda un rato mirándola a la luz de la lámpara, sobre la mesa de trabajo de ella, la misma foto que está colgada ahora mismo en una pared de la casa de Mágina, en ese cuarto que llaman el salón y donde nunca entran, porque es allí donde siguen estando también el aparador y el mueble de la cristalería y la mesa rodeada por sus seis sillas solemnes. Examina de cerca las caras jóvenes de sus padres, que ya tienen ese aire abstracto de época de las fotografías un poco antiguas de los desconocidos, como si al cabo del tiempo hubieran perdido su identidad singular para convertirse en figuras alegóricas de un pasado extinguido. Interroga a ese hombre y a esa mujer desde una distancia de treinta y seis años y quiere averiguar por la expresión de sus miradas y por el modo en que sonríen y se rozan las manos lo que ellos nunca le dirán, ni a él ni a nadie: inocencia, recelo, orgullo, soledad, temor, y tal vez también un poco de brutalidad y torpeza, un grito contenido y un jadeo violento en la oscuridad. Mira los ojos de su padre en la foto: cuando están juntos, las pocas veces que él ha ido a Mágina en los últimos años, los dos eluden mirarse abiertamente. Mira los ojos de un hombre de veinticinco años que en el día de su boda, en el estudio de Ramiro Retratista, erguido al lado de la novia, inmóvil en un escorzo artificioso ante un jardín francés, no concede descanso a la tensión de sus músculos ni suaviza la expresión de sus pupilas, fijas no en la cámara sino en los solitarios impulsos de su voluntad, aprieta las mandíbulas, casi no sabe o no puede sonreír, igual que no sabe o no puede extender con naturalidad su brazo derecho sobre los hombros de ella, que está sentada como en el centro de su gran falda de raso brillante y quiere mostrar sin éxito una sonrisa de felicidad nupcial congelada en sus labios, imitando sin darse cuenta las sonrisas de las actrices de cine, de las mujeres que aparecen en las postales que se envían los novios el día de San Valentín y en las portadas de las revistas de modas. Ahora su padre tiene el pelo blanco y la cara más hinchada, y la edad le ha aflojado los rasgos, pero lo sigue reconociendo en esa foto de su juventud, igual que en las que ha visto de su adolescencia, por el modo en que miran sus ojos, por la pasión, para él desconocida, que brilla con una intensa frialdad en ellos, con un orgullo silencioso, disciplinado y sin esperanza: quién ha sido, quién es ahora de verdad, en qué medida siente fracasados o desperdiciados sus sueños, cómo es y qué piensa cuando está solo.
Apenas hablaba con ella, ni con nadie, salvo con su primo Rafael, se iba al mercado cuando todavía era de noche, regresaba hacia las dos de la tarde y comía en silencio, sin decirle nunca si le agradaba la comida que ella le había preparado en la cocina común, porque no tenían sitio ni para un infiernillo en su cuarto alquilado, se quitaba la chaqueta blanca de vender y se ponía la ropa vieja de ir al campo, y antes de que ella hubiera retirado los platos y el mantel encendía un cigarrillo y se marchaba de nuevo, y volvía muy tarde, después de haber llevado la hortaliza al mercado y repartido la leche de la vaca que había comprado con sus ahorros meticulosos de diez años, cenaba y volvía a marcharse, para beber un vaso de vino con su primo Rafael y visitar a su madre, y ni siquiera le dijo nada ni cambió la expresión indescifrable de su cara cuando ella le anunció, muerta de miedo, que estaba embarazada, cuando empezó a tener mareos y náuseas y le resultó intolerable el olor del pescado y el del agua sucia en los fregaderos, cuando empezó a pensar que no sabía tratarlo ni cocinar para él y que probablemente tampoco sabría parir un hijo sano y varón que le ayudara en su trabajo. Estaba siempre sola, en aquel barrio extremo donde no conocía a nadie, lejos de la plaza de San Lorenzo, de sus hermanos, de su madre, no se atrevía a salir por miedo a que él volviera inesperadamente y no la encontrara, y se avergonzaba de su propia desolación igual que de su vientre cada vez más hinchado, de sus andares tan torpes, de la dificultad con que subía las escaleras hasta su buhardilla, de las miradas y las risas de las mujeres en el lavadero y en la cola de la fuente, miraba su foto de novia colgada en la pared y le daba tanta vergüenza como mirarse en un espejo, y procuraba no hacerlo para no verse como tal vez él la vería, la cara redonda y las cejas pronunciadas, la boca tan parecida a la de su padre, los dientes desiguales y débiles, se comparaba con las otras mujeres, con su propia madre, cuya belleza lamentaba dolorosamente no haber heredado, pensaba que no sabía reír a carcajadas y hablar en voz alta y moverse como ellas, y lentamente se iba hundiendo en una desdicha que ella sentía como culpabilidad y amenaza de castigo y de desgracia inminente, igual que cuando estaba en casa de sus padres y tenía miedo de todo, de no hacer las cosas como se le habían ordenado, de que por un descuido suyo muriera uno de sus hermanos pequeños, de que llegara su padre y se quitara la correa y la emprendiera a golpes contra ella.
Pasaba el día esperándolo, pero cuando escuchaba y reconocía sus pasos en la escalera temblaba de miedo, miedo a su presencia, a sus palabras tanto como a su silencio, a su previsible frialdad y a su brusco deseo, incluso al olor a tabaco de su aliento y a forraje y a sudor de su cuerpo, pero sobre todo a la soledad impenetrable que lo envolvía como una niebla helada detrás de la cual ocultaba sus propósitos: comprar una huerta y una casa, abandonar la vejación de aquel cuarto alquilado, poseer vacas y olivos y vender más hortaliza que nadie en el mercado, aunque a veces, de pronto, parecía olvidarse de aquel porvenir que había calculado desde que a los once años les vendía yerbabuena a los moros de Franco y hablaba de dejarlo todo y de marcharse de Mágina, como estaban haciendo tantos otros que él conocía, que se iban a Barcelona o a Alemania o a Francia y ya no regresaban, como iba a marcharse su primo Rafael. Pero se quedaba en silencio, rehuyendo la mirada de ella, dejaba la cuchara en el plato que apenas había probado y miraba por la ventana única de su habitación hacia los tejados de Mágina, apretando los labios, fingiendo que no la oía cuando ella le preguntaba si era que no le había gustado la comida, estarían duros los garbanzos, les faltaría sal, estarían salados, era incapaz de sostener ni la más débil certidumbre sobre sus propios actos, y pensaba con terror que él estaba arrepentido de haberse casado, que si estuviera solo, como su primo Rafael, se marcharía en seguida a uno de esos lugares donde ni la fatiga ni la penuria existían, deslumbrantes países y ciudades de edificios tan altos como las chimeneas de las fábricas que se veían a veces en los noticiarios del cine, donde los hombres vestían batas blancas y limpios monos azules y las mujeres usaban pelucas rubias y gafas de sol y fumaban impúdicamente cigarrillos con filtro mientras en sus cocinas tan blancas como las salas de los hospitales trabajaban para ellas las lavadoras y las neveras eléctricas y las hornillas de gas.
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