Antonio Molina - El jinete polaco

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Un traductor simultáneo que viaja de ciudad en ciudad le cuenta su vida a una mujer, evocando en su relato las voces de los habitantes de Mágina, su pueblo natal. Así sabremos de su bisabuelo Pedro, que era expósito y estuvo en Cuba, de su abuelo, guardia de asalto que en 1939 acabó en un campo de concentración, de sus padres, campesinos de resignada y oscura vida, y de su propia niñez y turbulenta adolescencia en un lugar en plena transformación.
En un período de tiempo comprendido entre el asesinato de Prim en 1870 y la Guerra del Golfo, estos y otros personajes van configurando el curso de la historia de esa comunidad y de España, formando un apasionante mosaico de vidas a través de las cuales se recrea un pasado que ilumina y explica la personalidad del narrador. Esta prodigiosa novela, urdida en torno a circunstancias biográficas, se transforma en una peripecia histórica surcada por tramas que se entrelazan con la principal, la enriquecen y se enriquecen con ella.
El jinete polaco fue galardonada con el Premio Planeta 1991 y el Nacional de Literatura en 1992.

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Están sentados los tres en la moto con sidecar de Ramiro Retratista, seguramente una tarde de la feria, a principios de octubre, mi padre y su primo Rafael y mi tío Nicolás, mi tío en el sillín, fingiendo que conduce, y mi padre y su primo en el sidecar de dos plazas, de espaldas a un paisaje alpino pintado minuciosamente sobre un lienzo de lona por don Otto Zenner. Con las gafas de aviador en la frente y la mandíbula adelantada y ansiosa mi tío Nicolás se inclina sobre el manillar como si de verdad corriera contra el viento, y sus ojos tienen una expresión asustada y fanática. Mi padre y su primo Rafael se aferran a los pasamanos cromados del sidecar como sacudidos por el ímpetu de la carrera, parece que no pueden quedarse quietos ni contener la risa, agárrate, primo, diría Rafael, que vienen curvas, no corras tanto, Nicolás, que nos matamos, y Ramiro Retratista, humillado fotógrafo callejero por necesidad, tendría que sacar la cabeza de la cortinilla y pedirle al ayudante sordomudo que no disparase todavía el flash, desalentado, reprimiendo la ira, que os estéis quietos, hombre, que va a salir movida, eso le pasaba por rebajarse a hacerle fotos a aquella chusma de la feria en lugar de quedarse en el estudio a esperar la visita de gente principal, damas de cuello largo y caballeros de bigote retorcido y chaleco con reloj que habían posado veinte años atrás ante don Otto con la misma dignidad inmóvil con que posarían para un retrato al óleo, no esos zangalitrones de pelo crespo y aceitoso y manos ásperas que olían a estiércol y a sudor y se le reían en la cara, Ramiro, que te miro, decía el primo Rafael, sacando la cabeza y ocultándola en seguida tras el hombro de su primo. De los tres él es quien tiene más cara de niño, peinado con raya todavía, y no con el pelo aplastado hacia atrás, el único que ríe abiertamente y no exhibe un cigarrillo en la mano izquierda – llevarlo en la derecha era costumbre de mujeres y de maricones- con un inseguro ademán de jactancia: le bastaba la felicidad de haberse puesto un pantalón largo y de haber ido a la feria con su primo Francisco, hacia quien sentía esa lealtad apasionada y devota que surge con la adolescencia y se extingue casi al mismo tiempo que ella, y estaba tan contento que ni se acordaba de su padre, el tío Rafael, quien por culpa de una cadena de azares desgraciados llevaba diez años en el servicio militar, pues iba a licenciarse cuando empezó la guerra, combatió en ella en primera línea y al terminar lo alistaron los franquistas otra vez de recluta, ya que la mili con los rojos no valía, con lo orgulloso que él estaba de haber servido a las órdenes del comandante Galaz. «Rafael», le decían los bromistas canallas a su hijo, «¿dónde está tu padre?», y él contestaba: «en el Servicio», previendo resignadamente las carcajadas que vendrían a continuación: «Pues ya que se espere un poco y os licenciáis juntos.»

En la foto mi padre tiene el pelo ondulado y muy corto y sonríe igual que ahora, con la misma reserva de solitario y emboscado: cumpliría muy pronto catorce o quince años y aún no sabía que iba a enamorarse de la hermana de su amigo Nicolás, y su piel ya era casi tan oscura y sus manos tan fuertes como las de sus mayores, pues desde que tuvo diez años había trabajado en las huertas a la par de los hombres, y el orgullo se le nota en la cara, una confianza tranquila en sí mismo, una precoz severidad que el rancio traje de adulto y la sonrisa acentúan y que tal vez no procede de su envaramiento ante la cámara. Tenía prisa por crecer cuanto antes, por buscarse una novia y ahorrar lo suficiente para comprar una vaca y luego un caballo y una huerta que tuviera mucha agua y fuera sólo suya, no como la de su padre, que era arrendada. Lo miro y comprendo que ya entonces lo acuciaba el deseo que tan en vano quiso transmitirme muchos años después, convertirse en un hombre disciplinado y respetable y trabajar para sí mismo, comprar vacas y olivos y tener un hijo varón que le ayudara siempre: pero en la pensativa ambición que noto en su cara de adolescente no hay rastro de desmesura o de soberbia, sólo una certidumbre innata de su voluntad, que no distinguía lo deseable de lo necesario ni albergaba sueños que el tiempo y la constancia no pudieran cumplir.

Porque la infancia había terminado tan prematuramente para ellos que luego casi no recordaban haberla conocido: fueron apartados de la escuela por la llegada de la guerra y un día descubrieron que faltaba el padre en la casa y que para sobrevivir tenían que abandonar los juegos en la calle igual que unos meses atrás habían abandonado las aulas y aprender la disciplina de un trabajo que les rompía los huesos y les desollaba las manos con el trato de las sogas y de las azadas y les aplastaba los hombros bajo las cargas de leña o de estiércol o de aceituna que los hombres ausentes ya no podían levantar. Crecieron en la incertidumbre de la guerra y en la penuria del racionamiento y se aclimataron a ellas como si fueran los atributos naturales de la vida, se hicieron fuertes y tenaces antes de que se les endurecieran los huesos, se les quemó la piel cuando aún no habían empezado a afeitarse, adquirieron una coriácea gravedad que muy pronto les hizo parecer mayores de lo que eran y que ya nunca perderían, y sólo muchos años después, cuando han notado que envejecen antes de tiempo, descubren que no en su memoria, sino en el dolor de las rodillas y en la desconcertante fragilidad de sus vértebras, ha perdurado la injuria de una temprana expulsión de la que ni siquiera se quejaron cuando la sufrían, aletargados en el fatalismo y en la irrealidad de la infancia, como cuando los despertaban antes del amanecer para que fueran al campo y bajaban medio dormidos por los caminos de las huertas llevando al hombro una hoz o una azada que apenas sabían manejar.

Quiero imaginarme los días de su pubertad y saber qué sintió las primeras veces que miraba a mi madre y comprendo que es una tarea imposible, que no sólo me la vedan el desconocimiento y el anacronismo, sino también el pudor. Casi nunca hemos tenido una conversación verdadera: casi nunca me ha hablado de sí mismo. Cuando yo era niño me señalaba la cicatriz de una sangría que tiene en el cogote y me contaba que se la había hecho el alfanje de un moro en las guerras de África. Sé de él lo que he visto en sus fotografías, casi lo mismo que puede saber Nadia mirándolas. Ese aire de orgullo, soledad y decencia, esa manera de inclinarse con solicitud y ceremonia hacia mi madre en una de sus fotos de bodas. Casi diez años más joven de lo que yo soy ahora mismo, hermético y seguro, con un presentimiento de frialdad en su mirada y en sus labios. Se inclina hacia ella y le sonríe porque Ramiro Retratista le ha dicho que lo haga. Soy incapaz de imaginarlo vencido por una pasión que no sea la de su soledad y la de su trabajo, necesitando a alguien o echándolo de menos, desvelado por el recuerdo de una mujer, acariciando a mi madre y diciéndole una palabra de ternura en aquella habitación donde se mudaron al casarse y donde yo nací, el cuarto de la viga, tan cerca del cuartel que medían las horas según los toques de corneta. Lo que me desconcierta no es saber tan pocas cosas sobre él: es la certeza de que mi ignorancia es de antemano tan irremediable como si ya estuviera muerto. Pero podría marcar un número de teléfono y preguntarle, y sé que no seré capaz de hacerlo ni cuando esté frente a él y nos hayamos quedado solos en la mesa del comedor, solos y callados, mirando la televisión mientras mi madre, en la cocina, friega los platos y me prepara un café. Una vez, por la radio, me oyó traducir un discurso de no sé qué jerifalte extranjero. Oye la radio siempre, tiene un transistor que lleva consigo al campo y que guarda bajo la almohada cuando se acuesta, y lo primero que hace al levantarse, a esas horas inhumanas a las que se levanta para ir al mercado, es encender la radio en la cocina y oír las noticias mientras se prepara un café y disfruta del silencio de la casa donde todos duermen todavía. Aquella vez me dijo: «Nunca te había oído hablar tanto rato seguido.»

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