Lorenzo Silva - Carta Blanca

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Carta blanca se abre y se cierra con una guerra, la del RIF, en el Norte de Africa, y la Guerra Civil española pero es, sobre todo, la historia de una pasión, porque las huella de un amor verdadero son las que marcan de verdad el alma y el destino, un destino marcado inevitablemente por el desencanto, el conocimiento de los límites de la crueldad humana y el refugio del amor contra todo, frente a todo, como única redención y salida. Lorenzo Silva ha escrito, con la madurez de una prosa directa y sin concesiones, una novela soberbia, madura, descarnada, profundamente apasionada, que indaga en nuestro pasado y nos ofrece la figura carismática y apabullante de un antihéroe atípico y atractivo que debe vivir en una época convulsa en donde se extreman los sentimientos y la auténtica relevancia de nuestros actos.

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Pero apenas se insinuó en su cerebro este proyecto, acudieron las objeciones. ¿De veras iba a alegrar a Matilde ir allí, para convivir con sus sobrinos, los hijos de Carmen, y ver correteando por el pueblo a los niños de todas las mujeres que, al revés que ella, habían hecho germinar la semilla de un hombre en su vientre? ¿De veras esperaba de sí mismo poder comportarse allí de una forma diferente de la habitual, poder darle algo más que la. compasión descuidada e intermitente en que se basaba desde hacía ya años su trato hacia su esposa? ¿Y en qué podía esperar que facilitara las cosas la proximidad de Blanca, la mujer con la que sí había conocido la pasión, el delirio, el completo abandono de cualquier control sobre sus actos? La mujer que, recordó entonces, con una sensación de irrealidad, le había citado al día siguiente, en el mismo lugar que antaño los había visto fundir sus cuerpos.

De camino hacia el pueblo rememoró el resto, lo que había habido después de aquella primera semana. Hasta que llegó septiembre, Blanca y él se vieron a diario, sin que el fuego que los arrojaba al uno hacia el otro se consumiera. Más bien se intensificaba con la repetición, y también, no se le ocultaba, con aquella clandestinidad a la que los forzaba el compromiso que Blanca infringía cada vez que lo tocaba y lo bebía con su boca ávida. De ella escuchó, como nunca volvería a escuchar de otros labios femeninos (acaso alguna reprodujo las palabras, pero no la fiebre ni el destello agónico de los ojos al pronunciarlas), los juramentos más desorbitados. Porque ella no se contenía jamás, no ponía tasa a su sentimiento ni bozal a su corazón. La oyó decirle que era suya para siempre, que nunca otro hombre podría tenerla como él la tenía, que hasta besarle y estar en sus brazos no había saboreado el elixir de la vida ni había alcanzado el límite del goce. Blanca era un poco poetastra, y tal vez algo híperbólica, máxime si se tenía en cuenta que en sus juegos sexuales, aunque fueran desenfrenados y constantes, no habían llegado, por una precaución que siempre imponía ella, a la consumación. Pero había tal unción en su mirada cuando él era el objeto, tal apremio en los reencuentros y tal angustia en las separaciones, que a Juan no le cabía duda de que lo que decía lo sentía de verdad. Y que ella fuera y sintiera así, exactamente como él era y sentía respecto de ella, le parecía el colmo de la dicha, hasta el punto de llegar a olvidarse de que estaba prometida a otro y de que, por lo que sabía, aún no le había escrito para anunciarle que debían anularse los planes de boda. Cuando no estaba con ella, aquella sombra llegaba a torturarlo, y no pocas veces la esperó junto a las ruinas del monasterio con el corazón en un puño, porque su amada se retrasaba un poco. Pero Blanca siempre aparecía, y en cuanto la veía se evaporaba todo lo demás.

Si tenía que escoger, entre todos los que había vivido, el instante culminante de su existencia, cuando más cerca se había sentido de la condición de los dioses, sin ninguna duda se quedaba con aquella tarde de finales de agosto, que había previsto llena de amargura. Al día siguiente la familia de ella regresaba a Valencia, y apenas una semana después él tenía que incorporarse al cuartel, lo que interrumpía irremisiblemente el sueño de aquel verano para dar paso a un futuro lleno de incertidumbres. Pero fue entonces cuando Blanca, recurriendo a sus poderes de hechicera bondadosa, a aquella magia infalible que le tenía sorbido el sentido, hizo el sortilegio supremo y lo convirtió en el ser más feliz del universo. Porque fue aquella tarde, después del beso jadeante con que lo acogió al pie de la torre, cuando le contó que lo había estado pensando y que iba a decirle a su prometido que ya no podía casarse con él. Se lo anunció muy seria, consciente de la gravedad de aquella decisión, que venía a ser la primera de su existencia adulta, y con la que rompía en mil pedazos el sobado espejito en el que se había hecho a contemplar su imagen y su futuro desde la niñez.

– Le va a hacer mucho daño, porque él me quiere con locura -explicó, con una exquisita piedad-. Y mi padre se pondrá furioso.

Juan la escuchó exponer ambos escollos con una lacerante sensación de impotencia. Le habría gustado poder decirle que la ayudaría, pero ni al prometido ni al padre tenía él nada que decirles, y no vislumbraba cómo podía auxiliarla en aquellos dos enfrentamientos que sólo ella podía asumir. Blanca adivinó al punto sus tribulaciones, y añadió:

– Pero no te preocupes. Tu amor me hace fuerte. Sintió ganas de abrazarla tan estrechamente como nunca, para darle toda la energía que su amor, como ella decía, pudiera transmitirle. Y ya iba a atraerla hacia sí, cuando Blanca le puso la mano en el pecho.

– Pero tengo que pedirte algo -advirtió.

¿Qué tenía que pedirle? Lo que quisiera; era tan suyo que casi no acertaba a imaginar qué podía darle que no le hubiera dado ya. Pero al pensar aquello probaba Juan su inexperiencia y su juventud: la vida siempre reclama aquello que uno menos tiene y más le cuesta.

– Tengo que pedirte un poco de paciencia -dijo ella, como si hubiera meditado detenidamente cada palabra-. No puedo pelearme justo ahora con mi padre. Le conozco y sé que me castigará dejándome sin ir a Madrid a estudiar y arruinándome mi sueño. Tengo que ser lista, ir paso a paso, y tú tienes que apoyarme esperando un poco.

– ¿Cuánto? -preguntó él, con una ansiedad que le delató.

– No sé, unos meses, el tiempo necesario para instalarme, para ganarme a mi tía de Madrid, para poder resistirle desde allí si se empeña en traerme de vuelta cuando le diga lo que hay.

Lo había pensado bien, era evidente. Le dolió haber estado al margen de todas sus cavilaciones, pero no podía hacer otra cosa que aceptar el designio ya hecho y acabado. Y eso fue lo que hizo. Se esforzó por sonreírle, quiso reconocerle el valor que tenía por él y el sacrificio que hacía en su honor. No podía, el mismo que minutos antes temía perderla después de aquella tarde, exigirle ahora que renunciara a la vocación que la ilusionaba desde que era pequeña. Si tenía que esperarla durante meses, la esperaría. Como si tenían que ser años.

La gratitud y la felicidad iluminaron entonces el rostro de Blanca, y fue ella la que inició el abrazo que antes había aplazado y le besó una vez más, pero con una ansiedad hasta entonces desconocida.

Cuando aquella noche se despidieron, Blanca le entregó un obsequio. Era un retrato de ella, dibujado al carboncillo sobre un papelito minúsculo, del tamaño de una tarjeta de visita.

– Nunca había hecho un autorretrato. Me sentía tonta mirándome en el espejo. Pero así me recordarás, como yo a ti. Cada día.

Se separaron en medio de un vendaval de promesas. La de pensar el uno en el otro a todas horas. La de escribirse todos los días, aunque no pudiera Juan mandarle las cartas hasta que no estuviera ella en Madrid, con su tía, ni ella las suyas hasta que él no supiera las señas del cuartel donde tenía que hacer la instrucción. Le juró Blanca que siempre que estuviera sola, en Madrid, se asomaría para mirar la misma luna que él estaría mirando, si le tocaba hacer servicio de centinela. Se hicieron los votos más disparatados, dispuestos a cumplirlos durante los tres meses que les separaban de las Navidades, cuando esperaban reunirse otra vez. Que él lo hizo, le constaba. Que ella hiciera otro tanto le parecía fuera de cuestión, le cartas inflamadas y llenas de deseo. Sin embargo, meses después habría de comprobar que su idolatrada había permitido un solo pero fatídico fallo.

Nada le hizo recelar, pese a todo, cuando volvieron a verse. La muchacha que le estaba esperando aquel soleado mediodía de diciembre junto a las ruinas del monasterio, como siempre con su bicicleta, era aún más hermosa y radiante que la que había conocido en el verano, y se mostró, sí cabía, más arrebatadamente cariñosa hacia él. No tenían casi nada de lo que ponerse al corriente, después de todo lo que se habían dicho en las decenas de cartas que se habían cruzado. Y el clemente invierno mediterráneo dio cobijo al juego de sus cuerpos, como lo había el calor estival. Al cabo de un par de tardes refrescó y fueron a refugiarse en una de las cuevas próximas. de sus habituales caricias, ella se detuvo y mirando.

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