– Se me hace tarde. Mi madre, precisamente.
No tenía que dar excusas por irse, aunque la fugacidad del encuentro lo hiciera más violento y embarazoso. Lo que le asombraba a Juan era más bien que habiendo podido evitarlo hubiera querido verle.
– Me hago cargo. No te preocupes. Ella montó en la bicicleta, algo más torpe de lo que la recordaba.
– Juan -dijo, sin mirarle.
– Qué.
– Me gustaría que habláramos más despacio.
– ¿Estás segura?
– Sí. ¿Qué te parece mañana, aquí? Pero antes, a las cinco.
– No sé. Sinceramente.
– Está bien. Yo vendré. Tú decides. Y echó a pedalear, casi despavorida. Mientras la veía irse, sin estar aún del todo seguro de que aquello fuera la realidad, Juan comprendió hasta qué punto le habría resultado útil aprender a odiarla.
Se quedó allí, solo, mientras caía la tarde e intentaba en vano comprender lo que acababa de ocurrirle. En algún momento pasó por su cabeza el pensamiento vulgar de que iba a ser más complicado volver una vez que se hiciera de noche. Pero había tenido que enfrentarse a noches mucho más terribles para ahora temerle a aquélla. No podía intimidarle la oscuridad del cielo, desde que había aprendido a conocer y sobrellevar esa otra oscuridad que se metía en el tuétano de los huesos y en el fondo del alma, y contra la que no valía luz alguna.
Le anocheció al lado del monasterio, mientras le venía a la cabeza otro de los versos que siempre tenía Henderson a mano: Thou who art as black as hell, as dark as night . Tú que eres tan negra como el infierno, tan oscura como la noche. El inglés solía recurrir a esas palabras, invariablemente, durante las guardias nocturnas, y se quedaba extasiado tras recitarlas, como si encerrasen algo de gran profundidad, Alguna vez le había dicho a Henderson, tras oírselas, que tampoco Shakespeare era para tanto, que aquello no pasaba de ser un par de símiles manidos y obvios, lo que al otro le enfurecía y le arrojaba a exabruptos ininteligibles para Faura, porque los soltaba en su idioma y a toda velocidad, pero que debían de referirse a la ignorancia de aquellos desharrapados españoles en cuyas filas el destino le había llevado a servir. Nunca se molestaba en replicarle a tales desahogos, que provocaba sólo por divertirse, porque Henderson era susceptible y le resultaba cómico cuando blasfemaba, en inglés o en español. Quién iba a decirle que al cabo de los años se sorprendería en la soledad de una noche tan distinta, repitiendo una y otra vez aquel dichoso verso y tratando de recordar cómo lo pronunciaban esos labios que se habían comido los gusanos africanos: Thou who art as black as hell, as dark as níght .
Y sin embargo, al principio, todo había sido claro y luminoso. Recordó, rotas todas las prevenciones, la primera vez que había visto a Blanca. En aquel mismo lugar, una calurosa tarde de agosto, doce años atrás. También había bicicletas, dos en este caso: la que ella montaba y la que a él le había servido en aquella ocasión para Regar hasta allí. Esa tarde, él se había acercado al monasterio como hacía otras muchas. Acababa de cumplir veintiún años, estudiaba leyes en la universidad y se iba a incorporar al servicio militar en septiembre. Su padre se lo había arreglado para que lo hiciera en Valencia, mientras terminaba sus estudios. Aquel verano tenía una sensación de tránsito, de estar saliendo de una vida y entrando en otra, y ya fuera por eso o porque sus primos también estaban inmersos en sus propios trayectos vitales, no andaba tanto como antaño con ellos y prefería a menudo ir solo.
Y solo iba cuando la vio. Tumbada al borde de la alberca, boca arriba, dejando que un rayo de sol le diera en los ojos. Respirando pausadamente, con las manos sobre el regazo. La rizada cabellera castaña le caía a un lado, como una cascada de luz de dorados reflejos.
Su primer impulso fue hacerse el distraído, pasar de largo o dar media vuelta, porque allí no había nadie más y no se le ocurría de qué podía hablar con una desconocida, en el supuesto de que ella quisiera hacerlo y no saliera corriendo al verle, o se enfadara por interrumpir su descanso. Después se fijó mejor. La chica le gustó, aunque eso no tenía nada de notable, porque en aquella época le gustaban todas. No era demasiado audaz con las muchachas, pero tampoco carecía de maña ni de éxito con ellas, y si encaraba la situación con un poco de desparpajo, aquélla era de las mejores que podían presentarse para trabar relación con la linda criatura que se ofrecía a sus ojos. Los dos allí en aquel lugar dejado de la mano de Dios. Los dos solos. Los dos probando, al pedalear bajo la canícula para llegar hasta el monasterio, su peculiar afinidad.
Se acercó despacio hacia la alberca, dejando que la superficie mullida del prado silenciara el avance de su máquina. Se detuvo a cinco o seis pasos de la chica y echó pie a tierra. Ella aún dormitaba. Durante un par de voluptuosos minutos estuvo allí, junto al agua, sintiendo la presencia femenina, rehén del placer furtivo de verla de reojo, las costillas subiendo y bajando al ritmo de la respiración, sin que ella se percatase. El escote se le había ahuecado un poco y acertó a atisbar el pálido y suave territorio que se extendía entre sus pechos. En algún momento pensó que sí ella despertaba y lo sorprendía espiándola tenía más probabilidades de irritarla que si le hacía notar su presencia.
– Buenas tardes -dijo.
Era el saludo más formal, el que menos le comprometía. Hasta tal punto que, al oírse, no pudo evitar sentirse un poco ridículo.
– ¿Eh, quién eres? La chica hizo la pregunta al tiempo que daba el respingo, antes de haber podido verle. Habríase dicho que la formulaba aún dormida, y que en vez de dirigirse al ser de carne y hueso que la había saludado hablaba para alguno de los fantasmas del sueño. Al fin lo distinguió y se quedó mirándole, sentada sobre el murete de la alberca.
– Me llamo Juan -murmuró él, apurado.
Nunca, ni así viviera mil años, podría olvidarse Juan Faura de aquella mirada. No daba la impresión de estar escudriñando las facciones de un extraño. Le observaba como si acabase de identificar algo que formaba parte precisa de su memoria y su deseo. Por irracional que resultara, eso fue lo que sintió, que ella lo había elegido así, en el primer golpe de vista. En la noche de doce años después, el hombre que ahora reemplazaba a aquel muchacho reconoció que eso era lo que ella había tenido, lo que después no había encontrado ni esperaba encontrar en ninguna otra. Ella no le había sido ajena ni un instante; había sido suya desde siempre, y con ello le había hecho contraer a él la recíproca obligación de ser suyo y no poder ser ya de nadie más.
Hasta ese momento no había sido capaz de creer que existiera una mujer que fuera la única posible. Desde esa tarde, lo mismo en la euforia que en los peores sumideros de la desesperación, no pudo concebir que hubiera otra.
En la superficie, en las palabras audibles y los gestos legibles por cualquiera, aquel primer encuentro, superado el estupor inicial, fue de lo más intrascendente. Les sirvió para presentarse, para enterarse de los aspectos triviales de la vida del otro, como habría sucedido si se hubieran conocido en cualquier verbena u otra ocasión convencional. Supo, entre otros muchos detalles, que ella tenía diecinueve años, que su sueño era estudiar Bellas Artes, y que casi tenía convencido a su padre, que acababa de tomar posesión de la plaza de notario del pueblo, para enviarla a Madrid y matricularla en la facultad. Supo también que la mayor parte de su vida había transcurrido en Benicarló, donde había estado antes destinado su padre, y que la familia de su madre era de allí. Se acostumbró a lo largo de las dos horas de charla a su acento septentrional, propio de la tierra ya casi limítrofe con Cataluña de la que procedía, y a los modales que la delataban como una chica moderna; demasiado para el entorno en el que vivía ahora, y de cuya angostura también la oyó entonces quejarse por primera vez. Se le manifestó como una muchacha alegre, parlanchina y confiada, aunque también le dejó intuir que en esa actitud había algo de representación. Cuando él hablaba, casi siempre respondiendo a lo que ella daba en indagar acerca de su vida, le escuchaba con aire concentrado y hasta llegaba a arrugar la frente. Hubo un momento, cuando él se atrevió a preguntarle si le gustaba aquel lugar y desde cuándo iba por allí, en el que una tenue melancolía pareció embargarla. La subrayó con su respuesta:
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