Lorenzo Silva - Carta Blanca

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Carta blanca se abre y se cierra con una guerra, la del RIF, en el Norte de Africa, y la Guerra Civil española pero es, sobre todo, la historia de una pasión, porque las huella de un amor verdadero son las que marcan de verdad el alma y el destino, un destino marcado inevitablemente por el desencanto, el conocimiento de los límites de la crueldad humana y el refugio del amor contra todo, frente a todo, como única redención y salida. Lorenzo Silva ha escrito, con la madurez de una prosa directa y sin concesiones, una novela soberbia, madura, descarnada, profundamente apasionada, que indaga en nuestro pasado y nos ofrece la figura carismática y apabullante de un antihéroe atípico y atractivo que debe vivir en una época convulsa en donde se extreman los sentimientos y la auténtica relevancia de nuestros actos.

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Se acomodó sobre el borde de la alberca y casi instintivamente metió la mano en el agua. Estaba fría. Siempre estaba fría, y se acordó de cuando se había zambullido allí, provocado por ella. Era una de sus habilidades: ponerle en situaciones que no podía soportar sin reaccionar como ella buscaba que lo hiciese. No había podido resistir contemplarla, chapoteando desnuda en el agua verdosa, mientras le llamaba y se reía, sin desvestirse a su vez y arrojarse a compartir el imprudente baño. Volvió a ver su cuerpo blanquísimo, a oír su voz de metal casi infantil; a sentir sobre sí el tibio agasajo de su mirada siempre límpida, como si nada, ni dentro ni fuera de ella, pudiera enturbiarla.

En ese momento le sacó de su ensoñación la presencia de una mujer. Venía por el prado, tirando de una bicicleta. Fue doble su desconcierto. Por toparse con alguien allí, a esas horas, y por tener que volver súbitamente a la realidad desde el laberinto de sus añoranzas. La mujer era más o menos de su edad, tenía el cabello castaño y un aire mundano que le impidió tomarla por una campesina. Llevaba un vestido estampado, vistoso, que subrayaba un torso grácil y ayudaba a disimular unas caderas algo anchas y unas piernas de robustos tobillos.

A partir de cierto instante, empezó a tener la sensación de que la ciclista iba hacia él. Al cabo de pocos segundos, se insinuó en su mente el primer amago de reconocimiento. Cuando la mujer se hallaba a unos diez metros, pese a la agudeza visual que él había perdido, y las leves arrugas y el peso que había ganado ella, no pudo quedarle ya ninguna duda, Entonces tuvo la tentación de creer que sufría una alucinación; que en realidad no era su madre, sino él, quien había muerto y ahora habitaba el burdo delirio en que, según parecía, consistía la vida de ultratumba. Como cautela, Juan Faura puso en práctica el aprendizaje adquirido en los barrancos del Rif: cuando uno se da de bruces con lo que menos espera, conviene sobre todo mantener la serenidad.

La mujer terminó de acercársele. Se detuvo apenas a un paso de él. Sonreía. Lo hacía su boca y lo hacían sus ojos, aunque ninguno completamente. Lo estuvo mirando así, quieta, como si lo cotejara con su recuerdo, o como si esperase a que fuera él quien dijera algo.

Cuando debió de entender que no iba a hablar, lo hizo ella.

Carinyet, quant de temps

La voz no le había cambiado nada. Ni el gusto por recurrir al valenciano, aprendido de su madre. Juan, en cambio, no había tenido a nadie que se lo hiciera sentir como SUYO, y por eso, aunque lo comprendía, no lo usaba jamás. Pero qué podía responderle, en la lengua que fuera. Dudó si debía hablar, si importaba que escogiera pronunciar tales o cuales palabras, en aquella coyuntura que nunca había previsto que pudiera producirse. Al final, sin pretensión alguna, dijo:

– Mucho. Once años. Y pico.

El gesto de la mujer se relajó un poco. Lo miraba con verdadero afecto, o fingiéndolo muy bien. Por lo demás, estaba nerviosa. Se lo notaba en la forma en que con la uña del dedo índice rascaba una y otra vez la goma que recubría el extremo del manillar.

– Sigues llevando cuenta de todo.

No era un reproche. Más bien parecía impresionarla.

– No, no de todo -repuso, procurando evitar que sonara desabrido, aunque no aspiraba a reproducir, ni lejanamente, la calidez de ella.

Blanca asintió, meditabunda.

– Te preguntarás cómo es que estoy aquí.

Él meneó la cabeza, -No. Lo que me pregunto es cómo estoy yo. A decir verdad, nunca creí que volvería a poner aquí los pies.

Mare de Deu -exclamó ella, divertida-, no has cambiado nada.

– Sí he cambiado -la desengañó-. Todo cambia. Y algunas cosas más. Algunas cosas cambian tanto que dejan de ser lo que eran.

– Tú no. Tú no has dejado de ser el que eras.

– Vaya. ¿Por qué piensas eso?

– No lo pienso. Lo siento. El que piensa eres tú.

Creyó que era momento de hacer algo más que afectar aquel talante estoico, porque si seguía así todo el tiempo iba a acabar pareciendo un imbécil, y la vergüenza y la vanidad son lo último que se pierde.

– No estoy pensando nada, ahora -replicó-. Y otras muchas veces he tenido que dejar de hacerlo. Hay situaciones en las que, si uno piensa, sólo puede llegar a la conclusión de que ha perdido la cabeza.

Blanca se echó a reír. No porque le hubiera hecho gracia, sino porque le hacía falta para dar salida a su propia tensión.

– Sé lo que te pasa. Yo también he creído que estaba viendo visiones cuando me ha parecido reconocerte, pasando por la plaza. Pero luego he comprendido que no era un espejismo. Que habías vuelto. Que te había visto, realmente. Como ahora tú me estás viendo a mí.

Una simple casualidad. Tortuosa, no cabía duda, pero qué casualidad no lo era, en alguna medida. Él había heredado la casa de sus padres. Ella habría heredado la de los suyos. O no: sus padres no eran muy viejos ni los recordaba con mala salud, simplemente habría ido a visitarles. Una coincidencia, nada más, que hubiera escogido el mismo día que él volvía allí, al cabo de tanto tiempo. No tenía por qué significar nada, en realidad nada significaba nada, la vida sucedía, y a menudo sucedía de forma absurda, a Juan ya le constaba de sobra.

– Debo confesar que te he seguido un trecho -continuó Blanca, bajando los ojos-. Y cuando he adivinado que venías aquí, he ido a casa a coger la bicicleta. ¿Te parece que soy una irresponsable?

– ¿Quién soy yo para juzgarlo. Eso tú lo sabrás.

– Me ha dado un vuelco el corazón cuando he visto que venías hacia aquí. El caso es que tengo que estar de vuelta enseguida, pero no he podido resistir la tentación de espiarte. De ver a qué venías.

– Ya ves, a nada -declaró él, encogiéndose de hombros.

– He pensado en ti muchas veces durante estos años -le espetó ella.

La observó, como para calibrar cuánto de auténtica tenía la frase.

– Yo también pensé en ti. Aquí no puedo negarlo.

– Supe lo de la guerra -y aquí volvió a bajar los ojos-. No imaginas la alegría que me dio cuando me dijeron que habías vuelto.

– Bueno, hubo suerte. A veces la hay.

– Después alguien me dijo que te habías ido a vivir lejos. Que te habías casado. Y luego tu familia dejó de venir por aquí, y ya…

Parecía recriminarse algo. Juzgó que debía exonerarla:

– Ya te esforzaste por saber mucho. Es normal.

– Siento lo de tu padre. A todos nos sorprendió, parecía tan sano, tan enérgico, y era todavía tan joven cuando…

– Cincuenta y seis años. No está mal. Sobre todo, después de haber visto morir a tantos mucho más jóvenes. Al menos no sufrió.

– ¿Y cómo está tu madre? Juan se detuvo a buscar el modo de no decirlo muy bruscamente.

– Mi madre ya no está, tampoco. Murió anteayer. Por eso vine.

Blanca se agarró al manillar. Como gesto, resultaba exagerado: no podían temblarle las piernas por recibir la noticia de la muerte de alguien a quien apenas conocía de vista. Pero sonó de veras afectada:

– No sabes cuánto lo siento.

– Gracias.

La entrada de un muerto en la conversación la encalló un poco. Supuso Juan que le tocaba a él reanudarla, pero no sentía especiales deseos de hacerla fluir. Tampoco le era desagradable, por otro lado.

– ¿Y tus padres, cómo están? -preguntó, por no esforzarse mucho.

Blanca aprovechó al vuelo la invitación para salir del pesar, genuino o fingido, por la difunta madre de su interlocutor.

– Están bien. Más mayores. Y mi madre con sus achaques. Pero bien.

– Me alegro. No le dio recuerdos para ellos, porque nunca había tratado con ninguno de los dos. Había soñado que tenía que hacerlo, tratar con ellos, pero esa parte, la de los planes irrealizados, no contaba a efectos sociales. Blanca, ahora un poco más incómoda por la situación, un poco menos dueña de sí, echó una ojeada al reloj que ceñía su muñeca.

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