Lorenzo Silva - Carta Blanca

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Carta blanca se abre y se cierra con una guerra, la del RIF, en el Norte de Africa, y la Guerra Civil española pero es, sobre todo, la historia de una pasión, porque las huella de un amor verdadero son las que marcan de verdad el alma y el destino, un destino marcado inevitablemente por el desencanto, el conocimiento de los límites de la crueldad humana y el refugio del amor contra todo, frente a todo, como única redención y salida. Lorenzo Silva ha escrito, con la madurez de una prosa directa y sin concesiones, una novela soberbia, madura, descarnada, profundamente apasionada, que indaga en nuestro pasado y nos ofrece la figura carismática y apabullante de un antihéroe atípico y atractivo que debe vivir en una época convulsa en donde se extreman los sentimientos y la auténtica relevancia de nuestros actos.

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– No puedes ser el padre de quien ya tiene uno -repuso ella.

– Lo que tú digas será lo que crean todos -porfió él.

– No sabes lo que dices. Entiéndelo. Estoy embarazada de otro hombre. No puedes ser el padre de ese niño. No lo soportarías.

– Por ti puedo ser y puedo soportar lo que haga falta.

– No te empeñes en lo que no puede ser. Dios lo ha querido así, aunque a nosotros nos duela, y Él siempre sabe por qué.

– Pues no sabes lo que le voy a hacer a Dios, si me lo cruzo.

– No blasfemes. Acéptalo como lo acepto yo, que sé que estoy renunciando a vivir con el único hombre al que puedo querer.

– No voy a aceptarlo, prefiero morirme antes que eso. -No, tú no vas a morir. Creo que le entiendo, a Dios, a pesar de todo. Sin mí, él no podría vivir. Pero tú si vas a poder. Tú eres más fuerte.

Le avergonzó hasta amargarle, en los días sucesivos, la mansedumbre con que se separó de ella, después de que le hiciera añicos la vida, y el silencio anonadado con que encajó su última petición:

– Es mejor que no trates de verme más. Te lo suplico. Trató de verla, cómo no. La esperó como un perro apostado frente a su portal, volvió a abordarla en la calle tres o cuatro veces, pero ella ya nunca volvió a detenerse, ni a hablarle, hasta la última vez.

– Por favor, Juan, no hagas que deje de quererte -le pidió, con los ojos inundados de lágrimas, y desde ese momento él ya no tuvo fuerzas para continuar asaltando aquella fortaleza inexpugnable y empezó a pensar en la manera, honrosa o no, de asumir su derrota.

Antes de que terminara aquel mes de febrero, Juan había resbalado hasta los últimos abismos de la autodestrucción. Estuvo delante de la iglesia el día de la boda, viéndola salir del brazo de aquel llorón al que envidiaba miserablemente, porque iba a tener día a día lo que a él, segundo a segundo, iba a faltarle más que el aire. Se dejó arrastrar por Bosch, el sargento rumboso y putero a cuyas órdenes servía en Capitanía, y que llevaba tentándole sin éxito desde que se conocían para que fuera con él a un burdel con cuya dueña tenía una gran confianza. Juan nunca se había acostado con una puta, pero en una semana lo hizo con tres, a cuál más sucia y tirada, porque los favores que la madame le hacía a Bosch iban en consonancia con su rango y su nivel de dispendio, y los mejores bocados se reservaban para otros paladares con más galones y billetes para respaldarlos. Fue sobre una de aquellas mujeres, borracho perdido, y deseando morir como nunca lo había deseado durante su fúnebre mocedad, cuando decidió acudir al banderín de enganche del Tercio, del que había tenido noticia hacía algunas semanas. Pero al día siguiente, cuando estampó su firma ligándose por tres años, no sólo estaba sobrio, sino también convencido de que era el único camino que le quedaba a quien había sido despojado de aquella forma tan despiadada.

Ahora que hacía ya más de diez años de todo, podía pararse a diseccionar fríamente el proceso de su derrumbamiento. Incluso habría podido intentar reírse de su obcecación y de su vehemencia juvenil, de no ser por lo que había desencadenado con aquel acto. Lo que en medio de la oscuridad turbia de aquellos días de febrero de 1921 le había embargado, lo recordaba ahora como un rencor ingente y voraz. Un rencor que le ahogaba y en el que se consumía, porque no podía dirigirlo contra ella (Blanca le quería, por él había intentado desmontar la vida que tenía planeada, lo que sucedía era que no lo había conseguido), ni contra su marido (un pobre hombre defendiendo su ilusión, como cualquiera), ni contra las circunstancias (había sido la fatalidad, una sola flaqueza por parte de ella, movida seguramente por la lástima, la que lo había decidido todo). El odio, falto de objeto, se acababa volviendo contra sí mismo, y en los momentos más exasperados no tenía más salida que alzarlo hacia Dios. El Dios que Blanca había invocado, y en el que creía a pies juntillas, pese a su relativa ligereza de costumbres, porque se lo habían insuflado cuando su corazón de niña estaba aún demasiado tierno. El Dios al que ella obedecía y en el que él, tras haberle dado la prueba irrefutable de hundirlo en la desgracia, no tenía más remedio que creer también. Pero resulta complicado ajustar cuentas con Dios, porque el que escupe hacia arriba suele acabar recibiendo su propio lapo. En medio de la ira y la desolación, ahogado por aquella congoja persistente que le quitaba hasta las ganas de respirar, Juan acabó persuadiéndose de que eso, escupir al cielo y ponerse en medio, malbaratar y dilapidar la vida que presuntamente ese Dios le había concedido, era la única manera de despreciarle y saldar la cuenta entre los dos. Había apostado todo lo que era, toda su fe y toda su fuerza de vivir, a la carta de Blanca. Y Dios le había dejado hacerlo, le había dejado enredarse en ella hasta no poder concebir otro modo de estar en el mundo, para después quitársela de un plumazo. Su reacción era extrema, pero extrema era la ofensa. Por otra parte, alistarse en aquel cuerpo de choque, en vez de tirarse al río, era su forma de provocar a Dios. De retarlo a que ahora lo protegiera frente a las balas de los moros, o acabara de una vez la tarea que había empezado al privarle de Blanca. A la vuelta de los años, Juan Faura recordaba aquel ofuscado desafío juvenil con una sensación contradictoria. Si algo de todo aquello tenía algún sentido, si arriba había alguien ocupándose de sus insignificantes asuntos de mono rabioso y desconcertado, el hecho era que lo había protegido. Lo que aún no sabía era por qué.

Su padre intentó protegerle de otra manera. O le insinuó que iba a hacerlo. Aunque Juan era ya legalmente mayor de edad y no podía, como habría podido un año atrás, revocar el consentimiento que había prestado en el banderín de enganche, tenía contactos en la Capitanía General a los que podría recurrir para anularlo de otro modo. Pero a esta amenaza Juan respondió con otra. Si hacía eso, se iría lejos de Valencia, se buscaría otro banderín de enganche y en vez de alistarse por tres años se comprometería por cinco. El padre, exhibiendo una decepcionante estupidez, advirtió que en tal caso le desheredaría. Y Juan le replicó que no hacía falta, ¿o es que no se daba cuenta de que apuntándose al Tercio ya se desheredaba él solo? El abogado Faura no entendía de la misa la media, y fue un pobre placer derrotarlo. Lo curioso era que nunca antes Juan se había enfrentado tan gravemente al autor de sus días, y revolcarlo en el primer asalto, con tanta facilidad, le hizo conocer la nueva y lúgubre fortaleza que le proporcionaba su resolución de abdicar de toda esperanza. Por primera vez, mientras le daba la espalda a su padre, Juan Faura disfrutó de ser un desahuciado.

Antes de partir, quemó todas las cartas de Blanca y aquel autorretrato al carboncillo que hasta entonces había guardado como una reliquia de los días felices. Debía irse desnudo de alma y de corazón y no dejar nada tras de sí. Por primera vez en mucho tiempo, cuando subió al tren sintió una especie de paz. De allí en adelante, alguien se ocuparía de decidir su vida. Ya no tenía que pensar en nada, sólo dejarse arrastrar por la corriente y hacer lo que le mandasen.

Los primeros días bajo el uniforme legionario fueron duros, pero no tanto como había imaginado. Casi todos eran mayores que él, algunos mucho mayores, y aunque había notorios canallas (escoria humana procedente del presidio y de las compañías de voluntarios de los batallones de cazadores, las tropas que hacían el papel de la Legión antes de que ésta se formase), tampoco faltaba gente dispuesta a amparar y dar algo de calor a los novatos, especialmente a los más jóvenes. La comida era abundante y nutritiva, y los oficiales procuraban mantener la disciplina y endurecerlos, pero por otra parte les daban a rachas un trato paternal y protector. La Legión apenas existía desde hacía unos meses y había un empeño por crear un espíritu de cuerpo, lo que aconsejaba que quienes allí acudían sintieran que estaban bajo el manto de una madre acogedora, que si bien les pedía el mayor de los sacrificios, también les proporcionaba la familia que muchos no tenían.

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