Álvaro Mutis - Un Bel Morir

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`Un bel morir tutta la vita onora`, dice el verso de Petrarca que Mutis hace suyo para titular esta tercera novela dedicada a la figura de Maqroll. El singular aventurero de tierra caliente, contrabandista y filósofo, amante y marino, no morirá en esta ocasión. Anclado primero en un puerto fluvial, alojado en una extraña habitación suspendida entre las aguas del gran río, dentro de una singular pensión gobernada por una mujer ciega y repleta de extraños saberes, Maqroll termina involucrado en una turbia trama entre el ejército y bandas de criminales.

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Al comenzar los precipicios de la cuesta, retiró el cabestro que unía a la recua y fue dejando avanzar cada animal, calculando una distancia prudente entre uno y otro en forma que subieran muy separados. Sabía que las mulas, al rato, acabarían por viajar todas juntas, pero esperaba que eso sucediera después de las paredes de roca. Las bestias, acostumbradas por los viajes anteriores, hicieron como el Gaviero había previsto. La mula que iba a la cabeza llevaba una de las cajas de explosivos, las dos que le seguían traían las cajas con armas automáticas y la última la otra caja de TNT. Ésta, al llegar al abismo cortado a pico, empezó a resistirse afirmando sus cuatro patas en la tierra. Era inútil hostigarla con el látigo para obligarla a seguir: al menor reparo, la carga podía golpear contra las piedras del muro. Por fin, Maqroll no tuvo más remedio que llevar la caja en sus brazos. Encaminó los tres animales y el que no quería andar se fue tras los otros sin oponer resistencia. Con la mayor precaución, Maqroll emprendió la subida cuidando de asegurar muy bien cada paso ya que, por llevar la caja en sus brazos, no podía ver el camino. El viento, encajonado en los desfiladeros, dejaba oír un largo gemido que se alejaba hacia la serranía perseguido de cerca por la niebla que también escapaba hacia las cimas de la montaña. Cuando hubo cruzado el trayecto peligroso, el Gaviero colocó la caja a la orilla del camino y se recostó en un talud para recobrar el aliento. El corazón le latía desbocado y una corona de dolor le ceñía las sienes con intensidad que iba en aumento. Cerró los ojos y empezó a tomar aire tratando de relajarse hasta perder la noción de dónde se hallaba. Una vez más, los años se hacían presentes con la brutal irrupción de esos síntomas que aún le sorprendían como algo que le era hasta entonces desconocido. Pensó que la verdadera tragedia de envejecer consiste en que allá, dentro de nosotros, sigue un eterno muchacho que no registra el paso del tiempo. Ése, cuyos secretos desdoblamientos había percibido con notable claridad en su retiro en el cañón de Aracuriare, se reservaba la prerrogativa de no envejecer ya que cargaba consigo la porción de sueños truncos, tercas esperanzas, empresas descabelladas y promisorias en las que el tiempo no cuenta, es más, no es concebible. Un día, el cuerpo se encarga de dar el aviso y, por un momento, despertamos a la evidencia de nuestro deterioro: alguien ha estado viviéndonos y gastando nuestras fuerzas. Pero, de inmediato, tornamos al espejismo de una juventud sin mácula y así hasta el despertar final, bien conocido.

Las mulas se habían detenido junto a él, con la apacible indiferencia de las bestias que no saben que son mortales. Un lejano chasquido, como de ramas secas que se quiebran, vino de la sierra. Las mulas levantaron a un tiempo la cabeza. El Gaviero tardó un instante en darse cuenta de lo que se trataba: eran disparos aislados de armas automáticas. En seguida escuchó ráfagas intermitentes que, sin duda, tenían el mismo origen. Luego dos explosiones retumbaron con eco que repercutió por la cañada. Parecían disparos de bazookas o granadas de alta potencia. Se puso en pie. Cargó la caja de explosivos en la mula que se había resistido y se apresuró a seguir remontando la cuesta para alcanzar pronto la cabaña de los mineros. Un alivio inesperado aligeró sus pasos. Lo que tanto había temido, ya estaba allí. Terminaba la incertidumbre y, con ella, la ansiedad que todo lo deforma, todo lo intoxica. Los hombres comenzaban una vez más su oscura tarea de convocar a la muerte. Todo, así, estaba en orden. Ahora, trataría de salir con vida. No participaría en el juego. Los disparos dejaron de escucharse. Al terminar la cuesta, cerca ya de la cabaña, se oyó una explosión mucho mayor que las anteriores. Allá, en lo alto, en la cuchilla del Tambo, se elevó una espesa columna de humo negro que perforaba la niebla con furia instantánea. Maqroll siguió su camino. Estaba resuelto a dejar la carga en la cabaña. Las bodegas del Tambo acababan de volar en pedazos que se consumían en un fuego devastador y fulminante. Regresaría de inmediato, aunque lo sorprendiera la noche en el descenso de los precipicios. Las mulas se mostraban ariscas y renuentes a seguir por la senda llana que conducía hasta el refugio. Con paciencia y voces que intentaban tranquilizarlas, el Gaviero consiguió que prosiguieran el camino. Llegó a la cabaña al caer la tarde. De vez en cuando, seguían escuchándose disparos a lo lejos, en dirección del páramo. Dispuso las cajas en el interior de la cabaña, cuidando que los explosivos estuvieran separados entre sí y lejos del fogón, aunque éste estaba apagado y frío. Llevó los animales al establo para darles un poco de comida. Al abrir el costal con maíz que permanecía siempre allí, encontró un papel de carta, al que habían arrancado el membrete. Tenía escrito, en letras de imprenta, el siguiente mensaje: "Deje aquí las cajas y regrese de inmediato al río. Desaparezca". Las letras eran de color morado. Estaba casi seguro que eran obra del capitán Segura.

Un hambre atroz se le despertó de pronto. El último esfuerzo hecho para subir la caja de TNT lo había dejado exhausto. Sin embargo, se puso en camino de inmediato para aprovechar lo más posible la luz de la tarde. Unió las cuatro mulas con un solo cabestro para que bajaran todas reunidas y no tener que cuidarlas una por una. Comenzó a mascar un bizcocho de yuca de los que le había dado la ciega para el camino. La saliva, espesa y amarga, no era suficiente para ablandar el bocado. Lo mantuvo en la boca hasta que encontró una pequeña toma de agua que manaba al pie del camino. Allí se sentó un rato y terminó todos los panecillos. Esto lo repuso un tanto para continuar el descenso. La sequedad de la boca y el sabor a verbena de la densa saliva que, a cada rato, tenia que escupir, le indicaban la presencia del miedo. Se conocían muy bien. Esos síntomas le eran familiares. Sintió de nuevo cierto alivio. El miedo era su viejo aliado. Estaba hecho a sus astucias y mimetismos. Convivir con él era, para Maqroll, una rutina y un desafío que lo regresaban a épocas de su vida cuando sus fuerzas aún le acompañaban con infalible obediencia.

Al llegar a los precipicios, las mulas conservaron el orden sin mostrarse renuentes a los obstáculos del sendero. Pero, de vez en cuando, movían las orejas como oteando un peligro lejano. Por el cielo, despejado y sereno, comenzó a desplazarse la luna con una lentitud apacible, casi conciliadora. El cansancio y el hambre obligaron a Maqroll a montar en la mula que cerraba la fila, a pesar de que la montura le incomodaba mucho y sus dotes de jinete eran menos que nulas. A cada rato cambiaba de posición tratando de evitar las horquetas destinadas a sostener los bultos. Empezó a quedarse dormido a trechos. Despertaba cuando el animal daba algún paso en falso o tomaba una pendiente pronunciada. Tenía la mente en blanco. El agotamiento y el ansia de comer algo caliente, le anestesiaban la memoria. Cuando el camino se hizo más llano, las mulas emprendieron un trotecillo ansioso. Adivinaban la cercanía del llano de los Álvarez y el establo tibio donde les esperaba su ración de maíz. El Gaviero prefirió seguir a pie. El paso de su cabalgadura le estaba moliendo los huesos y le causaba un mareo que jamás conoció en el mar. Pasada ya la medianoche, llegó a la casa de la hacienda. No había señal de vida ni en la casa principal ni en las instalaciones de los arrendatarios. Llevó las mulas al establo y les dio de comer. En ésas estaba cuando escuchó, viniendo de la casa, el chirrido de una puerta. Salió a ver quién era. Se encontró de manos a boca con don Aníbal que lo esperaba al pie de la escalera de la entrada, con una lámpara Coleman en la mano para alumbrarle el camino.

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