Juan Saer - Cicatrices
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– Pase -dijo.
Mi madre estaba metida en la cama con las frazadas hasta el cuello.
– Lo recibo así porque estoy desnuda. Espero que no lo moleste. Me estaba cambiando para salir-dijo.
– No voy a entretenerte -le dije-. Vine por un minuto.
Hicimos silencio. El cuarto de mi madre era el mismo basural que yo había visto la noche de la pelea, sólo que con un poco más de basura. Yo no había vuelto a entrar desde entonces,
Yo no me atrevía a hablar.
– Usted dirá -dijo mi madre.
– Te he traído un regalo -le dije-. Pasé por el almacén y, como vi que no quedaba ginebra en la heladera, te traje una botella.
– Podía haber elegido una forma menos directa de llamarme borracha -dijo mi madre.
– No veo mal que tomes, ni siquiera que andes desnuda, si es tu gusto -dije yo.
– No sé por qué tendría que verlo mal -dijo mi madre-. No sé quién es usted para verlo mal. No creo que yo tenga que rendirle cuentas a usted de cómo me visto y que tomo.
– Quería decirte eso, únicamente -dije yo-. Una de las botellas es tuya. Está en la heladera, para cuando quieras usarla.
Volví a mi cuarto y seguí leyendo. La oí moverse por su dormitorio durante un largo rato y me quedé absorto oyendo los sonidos que producían sus tacos, el roce de sus vestidos, los crujidos de la cama, y los chirridos de la puerta de su ropero. Me distraje completamente de la lectura. Después la oí taconear hacia el cuarto de baño, encender la luz, y en el silencio que siguió yo la imaginé inclinada hacia el espejo, pintándose cuidadosamente la cara y colocándose pestañas postizas. Después oí que apagaba la luz del baño, y el golpeteo de sus tacos resonó más nítido al pasar frente a la puerta de mi cuarto, por la galería y fue desvaneciéndose mientras ella se alejaba hacia el dormitorio. Al entrar en él, el sonido, viniendo desde la madera, cambió de cualidad. Se hizo más profundo, menos seco que cuando venía desde el mosaico. Después oí que apagaba la luz y cerraba la puerta de su dormitorio y salía a la calle. Me tiré en la cama, con la luz encendida, y cerré los ojos, dejando previamente el vaso con ginebra al pie de la cama. De vez en cuando me incorporaba y tomaba un trago. Habré estado así cosa de una hora. Nunca sentí tanto silencio en mi casa. No crujía una sola madera, y la llovizna caía tan silenciosa que más parecía una niebla fina, en lenta rotación, girando sobre la ciudad negra. Salí a la galería y encendí la luz. Al resplandor de la lámpara de la galería la llovizna era una masa densa, blanquecina, de partículas en suspensión. Me quedé con los ojos fijos en ella durante unos minutos. Después fui y entré en el cuarto de mi madre.
La puerta estaba sin llave y eso me extrañó, porque yo tenía la idea de que ella la cerraba siempre con llave antes de salir. Moví el picaporte y enseguida estuve adentro. Sin ella, su olor seguía siendo el mismo, pero menos vivo. Encendí la luz y eché una mirada a mí alrededor: la cama estaba desordenada, con las frazadas y las sábanas retorcidas y medio caídas sobre el piso. Donde ella había estado acostada quedaba un hueco, del mismo modo que sobre la almohada en el sitio donde ella había apoyado la cabeza. Las dos mesas de luz, entre las que se extendía la cama de dos plazas, estaban llenas de botellas de remedios y de frascos de cosméticos, de vasos con cucharitas dentro que tenían un fondo de borra reseca. Había de cada lado un cenicero lleno de puchos y ceniza. Toqué el hueco de la cama y comprobé que todavía estaba tibio. Después fui al ropero y lo abrí. De las perchas colgaban un montón de vestidos de todos colores, y abriendo una puerta lateral vi un compartimiento con cuatro cajones y un pasador en el que había tres o cuatro pantalones doblados. En la parte interior de la puerta había un cordón sostenido con dos clavos, del que colgaban moños y cintas de colores. Sobre el cordón, pegado con cuatro chinches, había un retrato de Cary Grant que había sido recortado de una revista. Abrí uno de los cajones y vi un paquete de cartas, una estampita de San Cayetano, toda ajada, las perlas imitación de un viejo collar, desperdigadas en el fondo del cajón, un artefacto completamente indescriptible, de nácar o carey, que no era para el pelo pero que era demasiado estrecho como para haber sido una pulsera. Debajo del paquete de cartas descubrí un libro al que le faltaban las primeras páginas. Era una edición viejísima, ajada y amarillenta. Al leer el primer párrafo me di cuenta de que era un libro pornográfico -probablemente había pertenecido a mi padre- y al hojearlo comprobé que tenía ilustraciones. Cerré el primer cajón y abrí el otro. Estaba lleno de fotografías: en una de ellas estaba yo de primera comunión, con pantalones cortos. En otra mi padre me tenía sentado en sus rodillas y mi madre me miraba sonriendo. En una tercera, mi madre, muy joven, casi irreconocible, estaba con un traje de baño agarrada del pasamanos curvo de la escalera de una pileta de natación, saliendo del agua. Cerré el segundo cajón. Fui y me senté en el borde de la cama y me puse a imaginar a mi viejo leyéndole todas las noches un capítulo del libro a mi madre, en la cama, antes de hacer el amor. Me puso tan absorto esa imagen que acabé recostándome y mirando el cielo raso que tenía unas manchas de humedad en uno de los rincones. Después me levanté y abrí el tercer cajón. Estaba lleno de corpiños y calzones y lo cerré sin tocar nada. Después apagué la luz y salí, cerrando la puerta.
Me serví un vaso de ginebra, le eché hielo y me senté a leer el libro sobre la conducta sexual de la mujer. A la décima página estaba tan excitado y había aprendido tan poco sobre la conducta sexual de la mujer que fui al baño y me mojé la cabeza con agua fría y estuve un buen rato sin secarme para que se me fuese la calentura. Pero apenas me disponía a salir del baño me di cuenta de que estaba mucho más excitado que al entrar, de modo que me masturbé para no manchar las sábanas en la cama, porque sabía que después de todo iba a hacerlo apenas me metiera en la cama. Al fin empecé a tomar ginebra directamente de la botella y sé que me acosté porque al otro día cuando me desperté estaba en la cama, vestido, y con la luz encendida. Si la bomba atómica hubiese caído en mi dormitorio en vez de haber caído en Nagasaki, la cabeza me habría dolido menos. Me arrastré hasta el baño y me metí bajo la ducha caliente. Después me tomé una taza de café y me sentí mejor. Cuando fui a mirarme en el espejo para hacerme el nudo de la corbata vi que tenía barba de tres días y me afeité. Después me fui para el diario. Tomatis escribía a máquina, y se veía que también se acababa de afeitar. Me senté frente al escritorio, alcé el teléfono y le dije al telefonista que me comunicara con los Tribunales. Cuando atendieron del otro lado, pedí hablar con el juez de Crimen. Atendió el secretario y me comunicó con Ernesto.
– No pude atenderte ayer, Ángel -dijo Ernesto-. Tenía una audiencia.
– No es nada-dije yo-. ¿Se hace esta tarde la indagatoria?
– Sí, es a las cuatro. Estoy interrogando a los testigos -dijo Ernesto-. No creo que puedas venir. Está prohibido. Hice silencio. Ernesto tampoco habló del otro lado, durante un momento. Después oí su voz.
– Estás haciendo algo así como chantaje -dijo-. Chantaje emocional. Venite a las cuatro. Voy a ver qué puedo hacer.
Cortamos. Tomatis seguía escribiendo a máquina. Ni siquiera me miraba.
– Traté de hablar con mi madre -le dije-. Creo que la cosa va a ir mejor.
– Me alegro -dijo Tomatis, sin dejar de mirar el teclado.
– Le regalé una botella de ginebra y todo -dije yo.
– Buena medida -dijo Tomatis con voz distraída, mirando el teclado y revisando después con la vista lo que llevaba escrito.
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