Fernando Vallejo - La Virgen De Los Sicarios

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La Virgen de los Sicarios es un retrato alucinado de la violencia y la degeneración social de esa ciudad durante la década pasada, un extenso monólogo, sin divisiones en capítulos, de un personaje maduro -un homosexual que dice ser gramático de profesión- quien cuenta su relación amorosa con Alexis, uno de los muchos adolescentes convertidos en asesinos a sueldo.
El protagonista se sumerge en el mundo de su amante: su devoción por la Virgen (Alexis, como todos los sicarios lleva siempre tres escapularios deMaría Auxiliadora), sus aficiones sencillas (escuchar radio, ver televisión), pero también las guerras entre las pandillas de las diversas comunas (barrios pobres) de Medellín, y los numerosos asesinatos cometidos por Alexis. Las similitudes entre la descripción de esta ciudad, con las montañas tugurizadas que la rodean, y ciertos paisajes de la Divina Comedia ya han sido señaladas por la crítica.

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Impulsado por su vacío esencial Alexis agarra en el televisor cualquier cosa: telenovelas, partidos de fútbol, conjuntos de rock, una puta declarando, el presidente. El otro día se estaba rasgando este maldito las vestiduras porque dizque unos sicarios habían matado a un senador de la República. ¡Ay, de la República! Como si aquí hubiera senadores de los departamentos, tonta. Esto no es los Estados Unidos. Además los senadores en Colombia tampoco son unas peritas en dulce. Que les va a cargar a los que lo mataron "todo el peso de la ley", dice la original. Como si supiera quién. ¿Y hoy qué? Hoy dando parte a la nación porque veinticinco mil soldados habían dado de baja al presunto capojefe del narcotráfico, contratador de sicarios. Que no prevalecería el delito, como si el delito con sus hermanos contratos no le pisara la cola.

Y que vamos en la dirección correcta: "in the right direction", como oyó decir en inglés. Y yo sólo pregunto una cosa: ¿la ley en Colombia matando presuntos? Ah, y que les va a dar el parte de la victoria a los gringos en su lengua, porque también él es políglota.

Y lo creo muy capaz: les lee el discurso que le escribieron en inglés con esa vocecita chillona, montañera, maricona, suya, y con el candor y acento de un niño de escuela que está aprendiendo: "This is my nose. That is your pipi". "¡Apaga a ese bobo marica -le dije a Alexis-, que pa maricas los de aquí adentro!" Se rió de verme tan desquiciado, tan enojado, y oh milagro, lo apagó. Y añadió: "Si querés te quiebro a esa gonorrea", con esos calificativos suyos que adoro. "¿Y cuándo vas a quebrar la casetera?" pregunté. "Ya". Y la tomó, corrió al balcón y la tiró por el balcón. Le hice ver lo irresponsable de esos arrebatos incontrolados suyos que podían matar, con un poquito de suerte, a algún presunto transeúnte que pasara.

Con la muerte del presunto narcotraficante que dijo arriba nuestro primer mandatario, aquí prácticamente la profesión de sicario se acabó. Muerto el santo se acabó el milagro. Sin trabajo fijo, se dispersaron por la ciudad y se pusieron a secuestrar, a atracar, a robar. Y sicario que trabaja solo por su cuenta y riesgo ya no es sicario: es libre empresa, la iniciativa privada. Otra institución pues nuestra que se nos va. En el naufragio de Colombia, en esta pérdida de nuestra identidad ya no nos va quedando nada.

Pero concentrémonos en Alexis que es la razón de esta historia. ¿Cuándo pensaba quebrar el televisor? Mi mente acariciaba la idea como a un gatico de raso. ¿Qué lo va a inducir? ¿Lo puedo inducir yo con mi mente poderosa? Mucho lo dudo porque yo me he concentrado días y días en que se muera Castro y sigue ahí, entronizado. (Castro es Fidel y Fidel es Cuba y Cuba el universo mundo y su revolución socialista.)

De los muertos de Alexis, cinco fueron gratis, por culebras propias; y cinco pagados, por culebras ajenas. ¿Qué son "culebras"? Son cuentas pendientes. Como usted comprenderá, en ausencia de la ley que se pasa todo el tiempo renovándose, Colombia es un serpentario. Aquí se arrastran venganzas casadas desde generaciones: pasan de padres a hijos, de hijos a nietos: van cayendo los hermanos. Bueno, ¿que cómo supe lo de Alexis si yo no pregunto? Sin preguntar, me lo contó La Plaga. Él es un niño divino, maldadoso, malo, que se quedó también sin trabajo. Tiene quince añitos con pelusita que te desarman el corazón. Creo que se llama Heider Antonio, un nombre bello. Y cuando no está matando está jugando billar: en el Salón de Billares X… (No digo el nombre porque de pronto le da al dueño por iniciarme una "acción de tutela" como marca la nueva Constitución, y después me cargan todo el peso de la ley.)

A La Plaga lo conocí también en el cuarto de las mariposas, pero nuestro amor no prosperó: me dijo que tenía novia y que la pensaba preñar pa tener un hijo que lo vengara. "¿Y de qué, Plaguita?" No, de nada, de lo que fuera. De lo que no alcanzara él. Este sentido previsor de nuestra juventud me renueva las esperanzas. Mientras haya futuro por delante fluye muy bien el presente. En cuanto al pasado… Pasado es el que yo tengo y el que me mantiene así.

A todo se le llega en este mundo su día: pasa el alcalde, pasa el ministro, pasa el presidente y el Cauca sigue fluyendo, fluyendo, fluyendo hacia el ancho mar que es el gran vertedero de desagües. ¿Que por qué lo digo? Hombre, mire, vea, fíjese, porque se le llegó también su día al televisor. La muerte de este maldito es digna de un poema. Lo estoy pensando en versos de arte mayor, en alejandrinos de catorce sílabas que me salen tan bien. Yo soy de respiración pausada y de tiro largo.

Los hechos ocurrieron así: llegué una tarde cansado, derrumbado, derrotado, sin un carajo de ganas de vivir. Yo no resisto una ciudad con treinta y cinco mil taxis con el radio prendido. Aunque vaya a pie y no los tome, sé que ahí van con su carraca, pasando noticias de muertos que no son míos, de partidos de fútbol en los que nada me va, y declaraciones de funcionarios mamones de la teta pública que están saqueándome a mí, Colombia, el país eterno. "Yo te los quiebro -me repite Alexis-, decíme cuál". Nunca digo. ¡Para qué! Eso es tirarle a langostas con escopeta. "Niño -le dije a Alexis-, préstame tu revólver que ya no aguanto. Me voy a matar". Alexis sabe que no bromeo, su perspicacia lo siente. Corrió al revólver y para que no me quedara una sola bala se las vació al televisor, lo único que encontró: estaba hablando el presidente, para variar. Que no sé qué, que el peso de la ley. Fue lo último que dijo esta cotorra mojada, y nunca más volvió a abrir su puerco pico en mi casa. Después silencio, silencio en mis noches calladas que están cantando las cigarras, arrullándome el oído con su eterna canción, que oyó Hornero.

Mayor error no pude cometer con la quiebra de ese televisor. Sin televisor Alexis se quedó más vacío que balón de fútbol sin patas que le den, lleno de aire. Y se dedicó a lo que le dictaba su instinto: a ver los últimos ojos, la última mirada del que ya nunca más.

Las balas para recargar el revólver se las compró este su servidor, que por él vive. Fui directamente a la policía y les dije: "Véndanmelas a mí, que soy decente. Aparte de unos cuantos libros que he escrito no tengo prontuario". "¿Libros de qué?" "De gramática, mi cabo". ¡Era un sargento! Este desconocimiento mío de las charreteras era vivida prueba de mi verdad, de mi inocencia, y me las vendió: un paquetote pesado. "¡Uy, vos sí sos un verraco! -me dijo Alexis-. Consigámonos una subametralladora". "Niño, 'consigámonos' somos muchos. A mí no me incluyas". ¡Pero cómo no incluir en el amor!

Los próximos muertos de Alexis fueron tres soldados. íbamos por el parque de Bolívar, el principal, cuando los vimos de lejos en una requisa. Si Alexis traía el fierro, lo mejor era desviarnos. "¿Y por qué?" "Hombre, niño, porque nos van a requisar y te lo van a quitar. ¿No ves que somos sospechosos?" Me incluí en el "somos" por delicadeza; aquí nadie sospecha de los viejos, que ya están probados: atracadores viejos no los hay, unos con otros hace mucho que se mataron, pues si bien es cierto que perro no come perro, atracador sí atraca a atracador. "Desviémonos". Que no, y seguimos. Y claro, nos detuvieron. Más les valía no haber nacido. ¡Tas! ¡Tas! ¡Tas! Tres tiros en las puras frentes y tres soldados caídos, tiesos. ¿Cuándo sacó Alexis el revólver? Ni alcancé a ver. Los soldados me iban a requisar a mí ya que me metí en el charco a alborotar los tiburones, para seguir con mi niño. Ya no siguieron. Aunque en su ultimísimo instante en vida querían, ya no pudieron. Los muertos no requisan. De un tiro en la frente a cualquiera le borran la computadora.

Era tan asombroso el suceso, tan imprevisto el suceso que no sabía qué hacer. Alexis tampoco. Se quedó viendo los cadáveres como hipnotizado, mirándoles los ojos. "Se me hace que lo mejor es que nos vamos yendo, niño, a almorzar".

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