Carmen Laforet - La Llamada

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La literatura evocadora y mágica de la recientemente desaparecida Carmen Laforet. Cuatro relatos que comparten el mismo fondo de la posguerra española, donde la miseria afecta a todos por igual. Esta narraciones transmiten al lector una realidad cruda y desgarrada, escrita en un estilo magistral y sugerente.

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Mercedes deseó con locura ver un retrato suyo, en que aparecía con un lindo escote, unas flores, unas gasas blancas alrededor. Había sido preciosa. Aún lo era.

– Una buena peluquería, un buen masajista… ¡Je, je!… Todavía podría dar yo mucha guerra… Don Juan me ha dicho que me conservo asombrosamente joven… El pobre viejo…

Casi a punto de hacerme el amor olvidándose de que puedo ser su hija… Sí; casi ha estado a punto.

La idea la regocijaba. No sólo don Juan, sino muchos, muchos… Si ella apareciera bien vestida, declamando… Aún tenía aquellas gasas blancas, aquellas flores artificiales que adornaban su vestido en su fotografía preferida.

Triunfar… Tenerles a todos a sus pies. Luego, rechazarles, como una reina.

No podía estarse quieta. Hizo un gesto brusco y dio en la cara a su marido, despertándole.

El hombre tuvo un sobresalto.

– ¡Eh! ¿Qué pasa? ¿Qué hora es?

– Nada… ¿Qué dirías si me fuera a ver a mi familia de Barcelona? Me han invitado…

– ¿Qué dices?… ¡Cuernos! Vete adonde quieras; mientras más lejos mejor… Y no fastidies…

"Me iré – pensó Mercedes-. Me iré."

Este sencillo pensamiento le volvía joven el corazón, le hacía llorar, como a un preso a quien abren la cárcel.

– Me iré.

Tenía dinero. Don Juan le había dado bastante dinero. Se teñiría el pelo, se cuidaría las manos, se perfumaría… Triunfaría.

– Doña Eloísa me ayudará… Sí, doña Eloísa… Ya no se acordaba bien de cómo era doña Eloísa; pero era una señora muy buena. De eso estaba segura. Había mediado muchas veces para que sus tíos la perdonaran… El día de su boda lloró… La ayudaría. Durante todos los días que siguieron, continuó Mercedes aferrada al recuerdo de la vieja señora.

Este recuerdo le daba ánimo para preparar su viaje. Consiguió un salvoconducto; secretamente se cosió un traje nuevo… Con una botella de agua oxigenada se tiñó los cabellos, y se los quemó. El marido se dio a todos los diablos y la golpeó.

– "¿Que te vas con tu familia?… ¡Vete con tu familia de una vez!… Hace veinticinco años que oigo esa murga. A ver si desapareces un buen día y nos dejas vivir."

Mercedes compró un billete de tercera clase, y se fue sin despedirse. Sin saber por qué, lloró mucho cuando el tren arrancó de la estación. Luego se fue serenando.

El viaje fue incómodo. Casi insufrible. En aquella época los trenes iban abarrotados, no se encontraba nada para comer en las estaciones. Nadie se fijaba en aquella mujer aunque era tan extraña, con su cabello quemado y teñido, y por todo equipaje una cesta, que vigilaba con el mayor esmero.

Tuvo que hacer dos transbordos; casi se quedó helada una noche, aunque aún no era época de frío. Cuando llegó a Barcelona vio con desesperación que su traje nuevo estaba manchado de hollín, así como su cara y sus manos. Eran las ocho de la mañana. Se sentía entumecida, tímida. Entró en un bar, y pidió un café.

Al pronto miraba hacia todos lados, recelosa. Pensaba que iba a encontrar alguien que la reconociese. Que la iban a interrogar. Nadie le decía nada, y concluyó tomando su brebaje hirviente con una satisfacción extraña. No comprendía cómo no había tenido arrestos, en tantos años, para hacer lo que estaba haciendo ahora. Se sentía libre, inocente. Una colegiala en vacaciones.

Se puso en camino un rato más tarde. Tenía que buscar la casa de su sobrina, la casa de doña Eloísa, y era muy difícil orientarse en aquella ciudad que ella creía conocer tan bien pero que le daba la impresión de haber crecido, de haberse complicado monstruosamente.

Se sentó en un tranvía con aire de reina. Había olvidado ya la negrura de su cara y sus manos… Y se había equivocado de línea.

Dio mil vueltas, anduvo, preguntó… Al fin encontró la casa. La portera la miró con desconfianza.

– ¿A doña Eloísa busca?… ¡Ah, bueno!…

En la puerta del piso tuvo que aguantar la inspección de una criada, que al cabo, con un "¡Espere!" le cerró la puerta y la dejó esperando allí, en el rellano de la escalera.

Unos minutos después la puerta se abrió y en su marco apareció una viejecita vestida de negro. La viejecita tenía el cabello plateado, sujeto en un moño. Aunque Mercedes no recordaba ya la cara de doña Eloísa, supuso en seguida que era ella.

– Pero, ¿no me conoce? ¿No me conoce?…

Se tiró a sus brazos, antes de que la anciana tuviera tiempo de retroceder. Porque doña Eloísa veía algo muy raro. Una mujer con el cabello rojizo, quemado, vestida de verde, con una cara completamente llena de tiznones, donde relucían unos ojos verdes también. Doña Eloísa temió deshacerse en aquel impetuoso abrazo.

– Hija… ¿No te habrás equivocado?… Ahora no recuerdo…

– Soy Mercedes, la hermana de María Rosa.

– ¡Dios mío!… Pasa.

Mercedes siguió a la señora a lo largo de un pasillo oscuro. Luego se abrió una puerta y apareció una alegre habitación, y una alegre galería de cristales donde cantaban en su jaula dos canarios y se abrían flores en macetas. Una mujer joven, de cara severa, daba su papilla a un niño de un año, que no quería tomarla. Se volvió, y sus ojos se abrieron con cierto espanto, luego con irritación, al ver a su abuela seguida de aquel esperpento.

– Hija, Lolita… Aquí tienes a tu tía Mercedes, que acaba de llegar.

– ¿A mi tía?… ¿Qué tía?

– La única hermana de tu madre.

Lolita se limpió la mano en una servilleta y luego la tendió a Mercedes.

– Perdone. Nunca había oído hablar de usted. Cayó un silencio penoso. Un silencio que sólo interrumpían los pájaros con sus gorjeos.

Mercedes se había derrumbado en una silla del comedor. Porque aquella habitación era un comedor muy bonito, abierto por una puerta corrediza a la amplia galería, donde estaba Lolita con su niño, y que estaba amueblada como un simpático cuarto de estar.

Mercedes miraba los cuadros de las paredes, el frutero del aparador, las blancas cortinas de la galería.

– ¡Dios mío! ¡Qué felicidad estar aquí!

Esta exclamación no encontró eco. Otra vez un silencio extraordinario volvió a caer sobre las mujeres, durante un minuto lo menos.

CAPITULO III

USTED, doña Eloísa, me lo dijo… "Si algún día no puedes aguantar a ese monstruo, escápate, ven a mis brazos. Yo te ayudaré, yo te protegeré…" Todos estos años he vivido pensando en esas palabras. Aquí me tiene.

Era la hora de la comida de mediodía. La familia estaba en la mesa. Todos miraban a doña Eloísa. Todos, eran: Lolita, su marido – un joven, serio – y un niño de siete años, rubio y gracioso, que miraba con admiración a la abuelita.

Aparte de esta admiración, doña Eloísa sólo cosechaba en las miradas espantado asombro.

Mercedes comía a dos carrillos, además de hablar. Los otros, aunque estaban callados, casi no podían pasar bocado.

– Por eso, cuando don Juan Roses fue a verme de parte de usted, yo comprendí que era mi destino. He venido decidida a trabajar, a triunfar. Usted me acompañará por los camerinos.

Su respetabilidad me pondrá a salvo. Porque son muchos los peligros del teatro para una mujer como yo… Y no quiero…

Las cabezas del matrimonio se volvían como si un mecanismo las manejase a compás. Los dos pares de ojos iban de la cara extraordinaria de Mercedes a la no menos asombrosa de la abuelita.

La abuelita, tímida como un pájaro desde que Lolita tenía uso de razón, no parecía extrañada en absoluto de las razones que daba aquella loca. Hasta tenía una chispa divertida en los ojos.

– ¿De modo que don Juan te fue a ver de mi parte?

– Sí… Si no llega a ser por eso, yo hubiera muerto. Estaba a punto de suicidarme cuando llegó.

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