Mario Levrero - París
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Esperé largo rato sin que aparecieran tranvías ni peatones, ni taxímetros ni, siquiera, otra clase de vehículos. Advierto en mi yo del sueño una ansiedad creciente por aproximarse a mí; viene por la rué Ste. Madelaine, moviéndose torpemente, como desconcertado. Ya Sonia no se encuentra a su lado. A pesar de la ansiedad, avanza con mucha lentitud, con los brazos flojos a los costados, y tiene la vista perdida en algún punto por encima del horizonte.
Sentí que se estaba haciendo tarde, y que realmente no podría estar tranquilo si no llevaba el mensaje a ese tal Anatole. Me producía culpa no hacerlo. Y aunque Sonia no había hablado de ningún plazo, por más que era evidente que tendría que ser mucho antes de las nueve, hora en que presumiblemente Anatole debía concurrir a ese teatro, como no tenía mayor idea de la distancia que me separaba de su casa ni de cómo llegar, sentía que debía hacerlo en seguida, aunque todavía fuese temprano. ¿Las cuatro, las cinco? La verdad es que había perdido toda noción de la hora.
Se me ocurre que puedo terminar con esta dualidad que ya me incomoda demasiado, buscando una coincidencia con el yo del sueño; trato de aprovechar la circunstancia de que él, ahora, está haciendo un recorrido idéntico al que yo realizara hacia la plaza, y pienso que puedo intentar comunicarme con él y atraerlo.
Cerré los ojos, para concentrarme exclusivamente en las escenas del sueño. Lo veo recorrer la plaza, siempre con su aire desorientado, vagar entre los árboles y por el claro con la fuente, y pienso en él cada vez con mayor simpatía. Al parecer, esta corriente de simpatía logra alcanzarlo y descubre a un hombre que baja la escalinata de la plaza, este hombre es una imagen de mí mismo -de nosotros mismos- que he logrado crear en el sueño.
(Voy siguiendo a ese hombre que siempre se mantiene a la misma distancia, delante de mí, no importa la velocidad con que yo camine. Baja los escalones, con mucho cuidado porque la escalinata es empinada, pero a pesar de su lentitud no logro alcanzarlo. Por fin llega abajo, y cruza la calle. En la esquina se detiene, y se recuesta contra la pared. Ahora, al acercarme, puedo verlo de frente: es alguien exactamente igual a mí. Debo acercarme siempre lentamente, porque cuanto más me acerco más sé de él, como si fuera absorbiendo toda su memoria, incorporando todo su pasado. Por fin logro ser él mismo, ocupar su mismo lugar contra la pared y saber que, para él, yo había sido simplemente el actor de sus sueños. Ahora, somos una sola persona.)
Desapareció el sueño y todo fue distinto. Viví algunos instantes muy intensos. Abro los ojos, y es como si viera las mismas imágenes desde dos puntos de vista; el hecho de que los dos puntos de vista sean idénticos no impide que surja un matiz nuevo, algo esencialmente distinto en esta visión. Nada ha cambiado objetivamente a mi alrededor, pero siento que hasta este momento nunca había visto las cosas tal como son; tampoco puedo hablar de una mayor comprensión de la realidad, sino, tal vez, de un mayor grado de aceptación, o de una aceptación total. Los edificios lejanos, los árboles, las vías de tranvía, todo forma ahora algo coherente y creíble.
Durante unos segundos hubo un pequeño desfasaje, y las cosas se vieron como un negativo puesto sobre un positivo, en relieve, ligeramente corridas; y tuve la certeza de lo precario de mi estado. En efecto: lentamente se fue desvaneciendo esta percepción y me encontré con mi visión habitual, mucho más pobre. Me pregunto si este yo consciente que ahora se encuentra aquí en la esquina es el del sueño o el de la vigilia; y es una pregunta que no puedo contestar. Lo único cierto es que ahora vivo una sola acción, única. No tengo ya el sombrero ni los lentes que me había dado Sonia; conservo el saco. Hago un esfuerzo y trato de volver a espiar hacia el otro actor de mis acciones, fuese uno u otro, y no hallé nada: nada más que el mundo exterior corriente que me rodea.
Eché a andar por una calle perpendicular a la plaza, que no es la misma rué Ste. Madelaine por la cual había accedido a ella, ya que las vueltas dadas en la plaza me habían cambiado totalmente la dirección. Es un barrio distinto, residencial, muy tranquilo surcado de callecitas cortas y curvas. Las casas eran más bien altas, construidas sobre montículos de césped, y por lo general tenían dos o tres pisos y rejas o amplios portones a la entrada. El recorrido se fue haciendo complejo; de pronto la calle terminaba en una escalera retorcida que llevaba a otra calle, muy alta, donde las casas se apilaban como al azar o parecían construidas con cubos infantiles; y otras escaleras y otras calles, abajo, curvas o en zig-zag. Después de mucho andar desemboqué en un gran bulevar; allí reconocí el París de las postales, y me encontré de pronto frente al Louvre -sorpresivamente custodiado por una docena de soldados con ametralladoras, que me quitaron toda idea de intentar recorrerlo-, y más allá el Arco de Triunfo, y, torciendo hacia la izquierda, el Sena. Y junto al Sena el centro comercial, las tiendas, los teatros, las librerías, los clubs nocturnos, todo el París tradicional que hasta ese momento no había visto; me produjo una excitación especial encontrarme allí, me pareció que recién llegaba del largo viaje, que recién me encontraba donde quería encontrarme, que todo lo anterior nada tenía que ver con París ni con los motivos del viaje.
Anatole corrió un riesgo muy serio de quedarse sin el mensaje de Sonia. Sobre la izquierda, el Sena, con los puestos de los "buquinistas" y sus millares de libros polvorientos, revueltos incesantemente por hombres serios, de lentes gruesos; las sombrillas anaranjadas de los puestos de refrescos; los flaneurs con las manos en los bolsillos, vagando
insensiblemente, o acodados sobre el pequeño muro de la rambla; los árboles retorcidos, emergiendo de un círculo de baldosas rayadas, protegidos por un débil enrejado metálico; allá abajo las parejas de amantes, besándose ante la indiferencia general, y los pescadores que parecen dormidos.
Pasé rápidamente la vista por los volúmenes polvorientos, sintiéndome cada vez más excitado por la mezcla de autores y de títulos y por el olor de los libros. Sobre la derecha, pequeñas salas exhibían aún películas mudas, y el moderno cinematógrafo anunciaba un estreno; apreté los dientes, pasando de una a otra tentación; los estrechos y oscuros portales que cobijaban prostitutas de boina y pollera con un tajo que mostraba casi hasta la cadera la pierna enfundada en una media color carne, y la liga; y el bar con mesas afuera, donde joviales ancianos discutían mientras tomaban licor de menta, o leían, casi pegados al diario, pequeños artículos en letra menuda; y el entrar y salir de las casas de citas, de parejas que bajaban o subían de taxímetros amarillos y negros; y un poco más tarde, las luces de neón, creando un mundo fantástico de color y movimiento, anunciando productos extravagantes y a veces cosas para mí incomprensibles.
Un reloj, sobre una columna, en una esquina, marcaba las siete y treinta. Se me había hecho tarde, muy tarde. Con un gran esfuerzo resolví arrancarme de allí y subir a un taxímetro.
– Rue Figoli, al 8000 -digo, sentándome junto al conductor y echándome hacia atrás en el asiento. Cierro los ojos, para no seguir viendo aquello que me rodea, que excede, ya, mi capacidad de captación; tengo el pulso demasiado acelerado. Dejé que todo lo visto y lo imaginado, todas las asociaciones previas de películas vistas y novelas leídas, y las asociaciones posteriores, actuales, que se mezclan de modo infernal y delicioso, se fueran asentando lentamente en mi espíritu, mientras el taxi corre a gran velocidad entre un tránsito profuso y lento, sorteando con habilidad los otros automóviles, frenando a veces demasiado bruscamente ante algún semáforo o alguna situación peligrosa; me cuesta mantener los ojos cerrados, pero es imperioso darme un descanso.
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