Jorge Edwards - Gente De La Ciudad Doc
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– ¡Bravo! -grita el señor, contagiado con el entusiasmo del público.
Francisco, que no cesaba de mirar a Margarita, se agacha y mira al suelo. No vayan a creer que es él el de los gritos. El señor se coloca las manos en la boca, a modo de bocina:
– ¡¡Bravo!!
Francisco se ata los cordones de un zapato, con dedos torpes, y siente el ardor de miradas que le resbalan por la nuca. Miradas de gente que no tiene el hábito de las demostraciones excesivas. Algunos vecinos se ponen de pie y ello le permite ir levantando cabeza. Allá en el costado, Margarita cambia unas palabras con el cura. Clotilde está parada encima del banco, mirando, boquiabierta, al cielo de la carpa. El joven fuma, abstraído.
– ¡Seguirán los números? -pregunta el señor.
No le gusta mucho, después de los aplausos descomunales, que lo vean conversando con el señor, pero no puede resistirse a decir que viene el número de un mago amigo suyo.
– Supongo -aclara, por las dudas.
El señor sonríe, con ligero desdén. Le ha tocado ver magos muy buenos, en Europa, durante los años en que fue diplomático. El anuncio de uno nacional le provoca cierto escepticismo.
En ese momento, se escuchan aplausos dispersos. El mago, con gran desenvoltura, avanza desde el fondo del escenario. Saluda a dos conocidos de la primera fila, guiña un ojo a una mujer joven y se inclina profundamente ante una señora de edad. Coloca los naipes sobre una mesa instalada en el centro y rectifica la posición de su pañuelo. Antes de comenzar, enfrenta a los espectadores con mirada desafiante, sobándose las manos. Los murmullos decaen. Se produce un silencio casi completo.
El mago hace surgir y desaparecer naipes, de los huecos de las manos, de todos los resquicios de su chaqueta, de los pliegues del pañuelo, con agilidad absoluta. Viene un aplauso cerrado y a Francisco se le distienden las facciones, como si a él le correspondiera una parte.
– ¿Qué le parece? -pregunta al señor.
¡Notable! -dice el ex diplomático, olvidado de las maravillas que vio en Europa-, Realmente notable.
Francisco se cruza de brazos, satisfecho, y espera que el mago desarrolle el número siguiente. Divisa a Margarita inclinada hacia adelante, con todas las energías mentales concentradas en la prueba.
Más tarde, Francisco le preguntó a Margarita qué le había parecido el mago. Habían terminado los números y la gente bailaba al son de unos
altoparlantes chillones.
– Bien -dijo Margarita.
– Nos vinimos juntos desde la casa -dijo Francisco.
Una expresión de ironía asomó al rostro de Margarita.
– ¿Bailamos? -preguntó Francisco, tragando saliva.
La respuesta fue imprecisa. El trató de llevarla a la pista de baile, pero callaron los altoparlantes y las parejas empezaron a disolverse.
– Disculpa -dijo Margarita-. Tengo que ir a buscar a Clotilde.
Desapareció rápidamente. Francisco, a un lado de la pista solitaria, no supo a dónde ir. El mago peroraba en una mesa cercana, rodeado de gente. Francisco pasó junto a él, pero el mago no hizo ademán de reconocerlo. Siguió entonces hacia el mesón, palpando los billetes que llevaba en un bolsillo.
– ¿Cuánto cuesta el gin con gin?
Por suerte que le alcanzaba para dos vasos. Saboreaba el primero, buscando con la mirada, disimuladamente, a Margarita, cuando una voz gutural y un palmotazo en la espalda lo sacaron del ensimismamiento.
Era Ignacio Rueda, un joven corpulento, lleno de manchas rojas en el cutis. Los ojos le brillaban con intensa inquietud, perdidos en la pista, donde el baile acababa de reanudarse. De pronto, con expresión de angustia, se clavaron en Francisco.
– Oye… ¿Me podís convidar un trago?
– Si -dijo Francisco-. ¿Que querís?
– Cualquier cosa-. Y volvió a mirar la pista, como queriendo desentenderse de la petición.
Despacharon los gin con gin e Ignacio partió a pedirle dinero a un amigo de su padre, para poder seguir bebiendo. Mientras aguardaba, Francisco divisó al ex diplomático, que le sonrió con extremada cortesía. Tuvo que mirar hacia otra parte, para evitar que el ex diplomático se acercara a conversar con él. Vio, en ese momento, que Ignacio venia agitando un grueso billete, con toda la euforia del triunfo.
– ¡Dos gin con gin! -gritó Ignacio.
Francisco pudo comprobar, aliviado, que el ex diplomático había desaparecido. Atacó el vaso, helado y repleto hasta el tope. Ignacio se lamía los bigotes y hablaba de las "cabritas", pero sin la sensualidad ceremoniosa del mago, con un tono procaz, algo turbio, cargado de un resentimiento extraño. Todo consistía en humillarlas, destruirles la inocencia, ejercitar en ellas los instintos más groseros. Francisco apuraba el vaso y se reía sin ganas. Recordó a una señora que, con una sonrisa chocha, hablaba del "chico de la Inesita", refiriéndose a Ignacio y su madre. El ex diplomático se acercaba nuevamente, en compañía de una dama flaca y desteñida como él.
– ¡Toma! -dijo Ignacio, poniéndole en la mano otro vaso de gin con gin.
– No puedo más -dijo Francisco.
– ¡Nada de cuentos!
Ignacio pegó un manotazo en el mesón, que causó al ex diplomático un sobresalto y una leve sonrisa de disculpa. El ex diplomático se alejó de prisa, cogiendo a su dama de la punta del codo.
Francisco bebió su tercer vaso, a duras penas, y se despidió con un gesto vago, emprendiendo camino hacia la pista. Sentía una exaltación repentina, un coraje que lo lanzaba en busca de Margarita, resuelto a abordarla sin vacilaciones. Tuvo que luchar contra cuerpos que se desplazaban lentamente, inertes y ajenos. Los vio a un metro de distancia, ella y su compañero en estrecho abrazo, mecidos apenas por la música. Pálido y con el ánimo por los suelos, Francisco se apresuró en desaparecer. Clotilde estaba sentada sobre una mesa, contemplando la pista distraídamente.
– ¿Con quién está bailando Margarita?
– Con Esteban.
– ¡Ah!… Ese tipo de que hablaban tanto ustedes…
– Sí.
– Me imaginaba.
– Buenmozo, ¿no?
Francisco se encogió de hombros.
– ¿Bailamos?
Sin hacerse de rogar, Clotilde saltó de la mesa y se abrió paso en dirección a la pista. Tenía movimientos exagerados y rígidos, y bailaba mirando para todos lados, con ansias de no perder detalle. Su compañero no era más que un pretexto, un punto de apoyo que permitía mirar las cosas de más cerca. Junto a ellos, el ex diplomático bailaba con la señora menuda que organizó la fiesta y le hablaba sin parar. Se oían gritos, carcajadas, voces, copas que se rompían.
– Tengo ganas de tomar un trago -dijo Francisco.
– Vamos -respondió Clotilde.
– Es que se me acabó la plata.
– Yo te consigo gratis -dijo Clotilde, con ojos plenos de significación-. Pero no lo repitas.
Lo llevó de la mano a un rincón semioculto por cajones de bebidas gaseosas. De pasada, a pesar del misterio con que había rodeado el asunto, sopló el dato al oído de varios de sus amigos. Todos acudieron al llamado y salieron a relucir unas botellas de cherry brandy. Un licor espeso y dulce, que le devolvió a Francisco su exaltación. Ahora, una exaltación gratuita, desprovista de ligadura con cualquier realidad tangible. Deseos de vociferar, de arremeter contra el gentío compacto, contra las paredes de lona de la carpa. En medio de esto, vio venir a Ignacio Rueda, tambaleándose y sonriendo de oreja a oreja. Vio que Clotilde aferraba una de las botellas, echando chispas por los ojos, clavados en Ignacio, y que los demás la llamaban pacientemente a la moderación y lograban que lo aceptara en el grupo. Vio, también, que Ignacio alzaba la botella y sorbía las últimas gotas de licor, con vicioso regocijo.
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