– Miguel -dijo llegando a su lado y cogiéndole del brazo.
– Qué pasa.
– Que no seas así.
É1 se paró a mirarla, como esperando a que siguiera. Sacaba Julia una voz indecisa y suplicante.
– Es que es verdad, hombre.
– ¿Qué es lo que es verdad? ¿Qué es lo que te he hecho, porque todavía no lo sé? A ver. Explícalo.
– No sé. Que debías haber subido, reconoce eso por lo menos. Así se ponen las cosas cada vez peor. Hoy ya casi estaba contenta con mi padre, si tú hubieras estado simpático…-Miguel hizo un gesto de impaciencia-. Ellos no te quieren mal, de verdad te lo digo, pero también ponte en su caso.
– Pero ¿en qué caso?
– Pues que les tiene que extrañar a la fuerza que yo haya dicho que nos vamos a casar para fines de primavera, y que tú no les conozcas más que de refilón, ni siquiera a Mercedes, ni te importen, que no tengas nunca un detalle con ellos. ¿No te parece…? Por Dios, no estés así.
Había un pretil de piedra. Miguel se paró.
– ¿O es que no nos casamos para la primavera?
Miguel se sentó en el pretil, de espaldas a la carretera. Sacó un pitillo y lo encendió lentamente. Julia, al encaramarse para ponerse a su lado, le vio el perfil a la lucecita de la cerilla, el pelo despeinado sobre los ojos, el gesto fosco y varonil.
– Hombre, contéstame por lo menos.
– Es un asunto que me aburre. Me aburres con continuas cantinelas. Ya te he dicho que si se puede nos casamos en primavera. Si no, se espera y en paz. Cuando se pueda. Si tú vienes a Madrid, no hay problemas, porque estaremos juntos y yo trabajaré más contigo. Nos podremos casar antes. Pero tú nunca me ayudas, Julia, sólo me sirves para achucharme, para ponerme problemas que no existen y para hacer-me enormes los que hay. Se me quitan las ganas de todo, te lo juro.
Colgaban juntos los pies de los dos. Los zapatos de Miguel eran grandes y descuidados. Julia los miró con una repentina ternura. Empezaba a ponerse oscuro y el cielo estaba quieto, como tiznado de carbón. Parecía que por aquellos tiznones iba a bajar la noche a inundarlo todo. Ladró un perro en la otra orilla del río.
– Miguel.
– Qué.
– Que yo tampoco quiero que riñamos. Que te quiero. Es que las cosas se enredan así. Ya no volveremos a discutir esta tarde, si tú no quieres. Te lo juro.
ÉI se volvió despacio y le pasó un brazo por la cintura. Le brillaban los ojos muchísimo. Julia desvió los suyos. Se sintió desfallecer cuando oyó que le preguntaba:
– ¿Bajamos ahí?
– ¿Adónde ahí?
– A ese hondón. Se debe estar bien.
– Yo estoy bien aquí.
– Ahí se está mejor. Esta piedra no es cómoda.
– Bueno, pero ¿qué hora es? No se nos vaya a hacer tarde detrás.
– No. Es temprano. Es la una. Todas las horas vienen.
– No, de verdad, que no quiero llegar tarde.
– Anda, anda, doña sermones.
La ayudó a bajar. A mitad de la cuestecilla la sujetó para que no resbalara y la fue a besar. Ella apretó los labios y los apartó un poco.
– ¿Qué te pasa ahora? -dijo Miguel, irritado.
– Nada, que no quiero que me beses, que luego cada vez es peor.
– Pero peor qué, peor por qué.
– Por nada.
– Si no te besara no sabría si te sigo queriendo.
Se besaron sentados en el final del talud. Hacía un aire húmedo y se oían unas risas y chillidos de niño muy lejos, en unas casitas de hortelano de la otra orilla.
Recibí una carta de Elvira. Tenían confundidas las señas de la pensión, y comprendí por la fecha que me llegaba con retraso y por casualidad. Era una carta muy sorprendente. Primero hablaba bastante de ella misma, de que solía obrar por impulsos y de que necesitaba desahogarse cuando algo de lo que había hecho o dicho le parecía incompleto o inadecuado, le hacían sufrir las cosas dejadas a medias. Con este preámbulo llegaba a aludir a nuestra conversación en el pasillo del día que fui a visitarles, la cual-decía-por culpa de las circunstancias y de su estado de nervios había sido sencillamente grotesca, pero al mismo tiempo le había dejado la sensación de algo extraño y alucinante presentido muchas veces, de algo que no se podía repetir, un momento que valía por muchos días iguales de hastío y desesperación. Que ella era intuitiva en todo, también en su obra (decía a su obra) sin especificar más, (pensé que con el deseo de intrigarme), y que apenas cruzada la palabra conmigo había sabido que nos parecíamos en muchas cosas y que podíamos llegar a tener una amistad distinta de cualquier otra. Aun a riesgo de parecerme absurda, me confesaba que pensaba continuamente en esta conversación que tuvimos en el pasillo, y también con rabia en el papel ridículo que a ella le había tocado. Terminaba diciendo que había escrito la carta de un tirón y que no quería releerla. La carta, dentro del tono intencionadamente poético y confuso, era casi una declaración de amor.
Estuve dos días sin saber qué hacer. Para orientarme en mi comportamiento necesitaría haber vuelto a ver a Elvira, volver a oír su voz por lo menos, porque ni casi de su voz me acordaba. Una nueva visita a la casa me producía timidez, y en cuanto a escribir, las veces que intenté hacerlo me veía sumido en tal perplejidad que no lograba poner ni siquiera el encabezamiento. Por fin un día me decidí a llamar por teléfono para probar fortuna, con la esperanza de que cogiera ella el aparato, y mientras oía el ruido de la llamada me latía con fuerza el corazón como ante una puerta desconocida. Se puso Teo y fingí haber telefoneado para preguntar por el asunto del Instituto. Se alegró. Precisamente el día anterior había hablado con el director nuevo, el cual estaba conforme en aceptarme para el puesto de alemán vacante hasta que salieran las oposiciones que se calculaban hacia Semana Santa. Que podía ir a hablar con este señor a la secretaría del Instituto cualquier día laborable para que nos pusiéramos de acuerdo en los detalles. Se despidió cortésmente, como quien da por cancelado un asunto enojoso, y me dijo que tendrían gusto en volverme a ver por allí. (Salude a su hermana), dije yo antes de colgar.
El asunto de la carta de Elvira se había vuelto para mí como una cuenta pendiente y empecé a encontrarme a disgusto en todas partes. Para librarme de esta obsesión me dio por pensar que si la carta se hubiese perdido-cosa muy posible porque no traía remite-todo hubiera seguido como antes y yo no quedaba obligado a nada. Me pareció una solución maravillosa. (Se ha perdido-decidí-. Como si se hu-
biera perdido). Y me alegré. También ella seguramente se habría arrepentido ya de escribir lo que escri-bió, y se alegraría si supiera que no había llegado a mis manos.
Una mañana fui al Instituto para hablar con el nuevo director. Era un hombrecito calvo, de expresión irónica y bondadosa, y, contra lo que había temido, la entrevista con él fue semejante a una conversación entre viejos conocidos y pude hacerle toda clase de preguntas sin sentir violencia. Él me enteró de que la vacante de alemán que yo ocuparía pertenecía al Instituto femenino, porque los alumnos estaban separados por sexos y tenían distintos horarios y profesorado. Las clases de las chicas eran por la tarde, y a mi me correspondían sexto y séptimo, que eran los cursos que daban idiomas. Le presenté algu-nos certificados que llevaba acreditando que había enseñado en otros pensionados extranjeros y apenas les echó una ojeada rápida. (No hace falta -dijo-; ya sé yo que don Rafael sabia escoger sus profesores.) Firmé unos papeles y me enseñó los horarios para consultarme si me convenían los días y horas que me iban a corresponder. Yo le di las gracias y le contesté que me era indiferente porque disponía absolu-tamente de mi tiempo.
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