Carmen Gaite - Entre Visillos

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Entre visillos, Premio Nadal 1957, narra la vida en una ciudad de provincias, llena de rutina, conservadurismo e hipocresía. A través de la charla aparentemente banal de un grupo de muchachas, conocemos sus ocupaciones cotidianas, sus angustias, la insalvable tristeza que asoma tras el aburrimiento y la falta de imaginación. La presencia de Pablo Klein, llegado a la ciudad para ocuparse de la clase de alemán del Instituto, es el pretexto narrativo que centra la mayor parte de los sucesos de Entre visillos. Pablo, persona reservada y observadora, honesta y poco convencional, choca con el ambiente plano y conformista. Con recursos estilísticos bien cuidados y un enfoque directo y realista, Carmen Marín Gaite nos da este retazo de vida española pintado con las tintas de la desilusión, los imposibles, y las aceptaciones de una juventud condenada a ver pasar la vida entre visillos.
Entre Visillos, narra la vida en una ciudad de provincias -probablemente Salamanca llena de rutina, conservadurismo e hipocresía. A través de la charla aparentemente banal de un grupo de muchachas, conocemos sus ocupaciones cotidianas -los paseos y primeros noviazgos, las salidas del instituto, las sesiones de cines, los bailes en el Casino-, sus angustias, su temor a la soltería, la insalvable tristeza que asoma tras el aburrimiento y la falta de imaginación.

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– No te preocupes de eso, no hables, a ver si se te pasa.

Me levanté y le quité con cuidado los zapatos, luego quité las cosas de encima de la cama y la tapé con la colcha, le puse sobre la frente un pañuelo mojado en agua fría. Ella se dejaba hacer sin abrir los ojos.

– Qué bueno eres, qué bueno, no hay nadie como tú; tú no te aprovechas de verme borracha.

Lloraba silenciosamente con los ojos cerrados y las lágrimas le formaban regueros por el maquillaje.

– No hables, no te muevas; tranquila.

– Por Dios, cuando te vayas que no te vean salir. Haz poco ruido, no sabes cómo son, que no te oiga nadie, tú de puntillas.

– No me oirán, no llores, anda, ¿te apago?

Todavía estuvo diciendo cosas durante algún rato, cada vez más incoherentes, hasta que se durmió y yo me fui a mi cuarto.

SIETE

Julia subió al escalón con las rodillas, y acercó los ojos a la rejilla de su lado que acababa de abrirse. Distinguió confusamente los rasgos abultados del rostro de don Luis.

– Ave María Purísima.

– Sin pecado concebida.

– Padre, soy Julia.

– Ah, Julia, Julita. Vamos a ver, hija.

Siempre aquella cosa en la garganta, como un latido apresurado que entorpecía las primeras palabras. Siempre desde pequeña, y cada vez más agudizado. Sentía a sus espaldas las luces de las velas, los cánticos, los rezos, los ojos guiñados de los santos, mezclarse, menearse en un jarabe espeso y girato-rio que se aplastaba contra ella inmovilizándola de cara a la madera, aturdiéndola con su hervor confuso. Apretó dentro del bolsillo de la chaqueta el papel arrugado y sobadísimo. Antes, a la luz escasa de una bombilla lo había estado repasando, pero la verdad es que fue más bien por deleite. Lo había escrito anoche, cuando el insomnio.

– Verá, padre, que algunas veces cuando he ido al cine, me excito y tengo malos sueños.

La cuestión era empezar aunque fuera con un rodeo, despegar la lengua, sentírsela húmeda.

– El cine, siempre el cine, cuántas veces lo mismo. Ahí está el mal consejero, ese dulce veneno que os mata a todas. Pero sueños, ¿cómo dormida?

– Si, padre, casi siempre dormida. Aunque anoche no tanto. Anoche estaba bastante despierta y lo pensé porque quise. Y si estoy dormida, cuando me despierto me gusta haber soñado esas cosas.

– Pero de qué son esos sueños, vamos a ver. Anoche, por ejemplo, ¿qué soñabas?

– Nada, acordándome de mi novio, sobre todo de esa vez que fui a verle en Santander a su pensión, y de cuando nos bañábamos ese verano, y nos íbamos solos hasta las rocas.

– Pero, hija de mi alma, eso ya está confesado y perdonado mil veces. No te atormentes con pecados viejos. Después de aquello, Dios ha tenido misericordia de ti y te ha dado siempre fuerza para perseverar en el camino de la virtud.-Julia guardó silencio-. ¿No es así?

– Sí, padre.

– ¿Entonces?

– Pero la tentación la tengo siempre. Yo creo que si le viera mucho, volvería a pasar lo de aquel verano. Anoche me desperté y estuve escribiéndole cosas como las que me escribe él, diciéndole que me acordaba mucho de todo lo de ese año cuando nos hicimos novios, que es mentira cuando le digo que me enfado por las cosas que me dice él en las cartas…; lo más malo que se puede usted figurar, con el deseo de excitarle.

– Bueno, bueno… ¿Le has mandado esa carta?

– No. La tengo aquí. La voy a romper.

– Bien, hija. ¿Ves cómo Dios no te abandona? ¿Ves cómo permite que tengas tentaciones para hacerte salir victoriosa de ellas? Los grandes edificios se levantan granito a granito.

Julia lloraba.

– Vamos, vamos. Estás haciendo un bien muy grande en un alma tibia y endurecida como la de ese muchacho. No decaigas, no eches abajo toda tu labor. Solamente a sus elegidos les pone Dios misiones tan duras. Piensa que cuando te cases tienes que seguir influyendo en su alma.

– Pero, padre, si no influyo nada; si sigue pensando igual que antes. Si no aprecia nada lo que hago por él, se ríe de mí, dice que soy una ñoña.

– Sí lo aprecia, hija mía. En el fondo de su alma lo aprecia. La pureza es el adorno más fragante del alma de una joven y su blancura llega a los sentidos de todos los hombres. ¿Cuándo os casáis por fin?

– No sé. Yo digo que para la primavera. Ahora está enfadado.

– Bien, hija mía, bien. Yo rezaré por ti. ¿Algo más?

Julia quería hablar más, pero don Luis tenia voz de prisa. Ahora las mentirillas, el cotilleo, las malas contestaciones a la tía. Don Luis escondió un bostezo. Estaban cantando el (Cantemos al amor de los amores). La iglesia se apaisaba, dejaba de girar. Los altares, las velas y los santos volvían a sus sitios, desfilaban por la canción en línea vertical, despacio, como cuando se pasa un mareo.

– No vuelvas mucho al cine, hija. Hace siempre algún mal.

– Voy esta tarde; pero es dos erre. (Marcelino pan y vino:), una de un milagro.

Mientras escuchaba la penitencia, miró la hora de reojo. Luego bajó la cabeza para recibir la absolución.

– Vete con Dios, hija. Tranquila.

La vieron entrar en el banco con la mirada recogida. Allí estaba su bolso. Doña Laura. De rodillas, mirando las bombillitas que nimbaban los cabellos de la Milagrosa, perdida entre mujeres de oscuro, sintió mucho arrepentimiento. No había sido mala confesión. Rezó la Salve, fijándose mucho en lo que decía, y le pareció muy hermosa y muy dulce la actitud de la Virgen con los brazos caídos, y que la miraba. Luego salió a la calle, los ojos refrescados por un poco de llanto, y esparció en pedacitos minúsculos los papeles de la carta. Cruzó a casa a dejar el velo y a pintarse un poco. Isabel y Goyita ya la debían estar esperando a la puerta del cine.

Al entrar en el portal, casi se tropezó con un hombre que estaba sentado en el primer peldaño, fumando. A lo primero no le reconoció, a contraluz y con el susto, é1 la abrazó por las rodillas y levantó la cara riendo.

– ¡Miguel!!¿Cuándo has venido? Me figuraba, fíjate; me lo figuraba que no ibas a avisar si venías. Pero suéltame, hombre, que me caigo, ay!

– ¿Dónde has ido? Te he llamado por teléfono tres veces.

Julia se separó y él se puso de pie. Traía una cazadora de cuero bastante manchada y no estaba bien afeitado. Se miraron.

– Me había ido a confesar.

– Qué guapa estás!Venga, vámonos, hay que aprovechar la tarde.

Ella quería subir a cambiarse de traje, pero no la dejó. La empujó a la puerta y echó a andar a su lado, cogiéndola por el pescuezo. De broma le daba meneones, columpiándola hacia sí. La despeinaba.

– Hombre, déjame. Déjame que guarde el velo por lo menos. Toma, guárdamelo tú.

– Ay Dios, cuánto velo, cuánta confesión. ¿Pero qué pecados tienes tú, si debes tener la concien-cia como una patena de tanto limpiarla y relimpiarla?

Julia iba a disgusto, se sentía el moño medio deshecho. En el reloj de la barbería vio que eran menos cinco.

– Vamos a torcer por aquí -dijo él-. Vamos al río, a aquel sitio que fuimos la otra vez que vine a verte.

– No, verás. Yo primero tengo que ir a dar un recado a unas chicas amigas mías. No tardo nada.

– Venga, no empieces con planes, ya irás luego.

– Que no, hombre, que me están esperando a la puerta del cine, no les voy a hacer esa faena. Si es un minuto. Les digo que has venido y ya. Si me quieres esperar aquí en la barbería, de paso te afeitabas.

– Déjame de afeitados, voy bien así.

– Hombre, qué te cuesta. ¡Mira que te presentas a verme de una facha y vestido de un modo!

Miguel sacó una voz segura y decidida.

– Te he dicho, Julia, que voy bien como voy. Si quieres presumir de novio delante de tus amigas, yo no soy ningún maniquí. Te buscas uno. Siguieron en silencio. Ella hizo un gesto para desprenderse de la mano de él. Él la afianzó más fuerte.

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