Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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Uno de los oficiales era Lorenzo Valdés. Supe más tarde que venían persiguiéndolos desde el puente, donde acuchillaron a un gentilhombre. Pretendieron desaparecer entre los leprosos. Ambos eran fuertes. En su nerviosismo mi captor no advertía que la punta de su daga me cortaba la piel. Todo ocurría vertiginosamente, un silbido hirió mi oído y al instante sentí un golpe seco. El brazo del negro se aflojó. Me di vuelta y choqué con la lanza que lo perforó el cráneo. Se derrumbó lentamente. De su cabellera crespa fluía sangre con materia cerebral. El captor de Joaquín quedó paralizado de terror y le quitaron fácilmente el arma.

Lorenzo se apeó.

– ¿Estás bien? -pasó un dedo por mi cuello lastimado.

– Sí. Gracias.

El uniforme aumentaba su imponencia. Hasta la mancha vinosa de su cara parecía haber disminuido.

– ¿Qué hacías aquí?

– Ya soy médico, no te olvides -expliqué con una mueca.

Me palmeó con afecto.

– Estos asesinos pretendieron esconderse entre los leprosos -hizo una seña a los soldados para que apartaran el cadáver.

– No era mala idea.

– Creían que no nos atreveríamos a meternos…

– No te conocían.

Volvió a palmearme.

– Francisco -se arrimó a mi oreja-. Sé que partes a Santiago de Chile.

– No te faltan espías, ¿eh?

– Gracias a Dios… y a mis escrúpulos.

– ¿Te parece un buen sitio para mí?

Sonrió.

– Mientras no te arriesgues entre los indios araucanos. Los calchaquíes que asustaban a Ibatín son ángeles en comparación.

– Me refiero a la ciudad de Santiago.

– Dicen que es hermosa. Y que sus mujeres son hermosas.

– Gracias por el dato.

– Ahora en serio, Francisco -me puso la mano en el hombro-. Haces bien en partir. El nuevo virrey, que es un príncipe, se entiende a las maravillas con el Santo Oficio. Esto es novedoso aquí, en Lima. Así comentan en el cuartel. Y esa buena relación se traducirá en… bueno, ya sabes.

Montó. Su esbelto caballo caracoleó en la sucia callejuela y casi derrumbó la pared de una chabola.

– ¡Ten cuidado! -exclamó alejándose al trote.

Lo llevan directamente al convento de San Agustín. Ya le han reservado una celda provista de grilletes. Francisco no ofrece resistencia. Da la impresión de tener cierto apuro. Dice al monje que le instala los anillos de hierro en pies y manos que está listo para hablar, ante las autoridades.

Jerónimo Espinosa es recibido en la sala por fray Alonso Almeida, calificador [30] del Santo Oficio, en presencia de un notario que arrancaron del lecho y no cesa de bostezar. El calificador ordena al ayudante de sargento entregar los bienes confiscados. El notario rasga su pluma sobre los largos pliegos: el inventario no suscita objeción alguna. Ahí están 200 pesos, dos camisas, dos calzones, la almohada, el colchón, dos sábanas, el acerico, una frazada, un almofrez y el vestido frailesco sin ojales ni botones que el prisionero usará en las audiencias con el Tribunal.

Jerónimo Espinosa obtiene un recibo con sello y firma. Puede regresar a Concepción. Se siente aliviado. No ha contado, por supuesto, que estuvo a punto de perder al cautivo. En el viaje de retorno prohíbe que se hable de él.

96

Al día siguiente de mi arribo a Santiago de Chile fui a visitar el único hospital. Tenía doce camas, algunas sábanas y tan sólo cinco bacinas que los enfermos compartían para orinar y defecar. Su instrumental se reducía a tres jeringas. Hablé con el barbero cirujano Juan Flamenco Rodríguez, quien me estimuló a presentarme para el cargo vacante de cirujano mayor. Dijo que había mucho trabajo y hacía falta un profesional con títulos. Juan Flamenco Rodríguez me guió por los recovecos del edificio y protestó ante la botica vacía: «Ni siquiera tenemos un herbolario.»

Entrevisté a las autoridades, exhibí mis diplomas de la Universidad de San Marcos, informé sobre experiencias en los hospitales del Callao y Lima e incluso ofrecí utilizar mi caja de instrumentos hasta que el hospital consiguiera su propia dotación. Me recibieron con alegría, con alivio. No se cansaban de repetir cuán providencial había sido mi llegada. Desde que el gobernador fundó un hospital en esta ciudad y otro en la sureña Concepción, la prioridad que nunca pudo ser satisfecha fue la de un profesional universitario. Yo sería el primer médico legítimo del país. Esta afectuosa recepción me dio fuerzas para soportar los desalientos del trámite, que son moneda corriente en todo el Virreinato.

En efecto, a mediados de 1618 tuvo lugar una sesión del Cabildo en la que se fijó por escrito que el hospital de Santiago necesitaba perentoriamente un médico; y se encargó al procurador general que empezara a reunir los fondos para afrontar mi sueldo. Aunque yo preguntara y apurase, recién ocho meses después volvió a discutirse la «urgencia» y aprobaron que sirviese en el hospital junto al barbero Juan Flamenco Rodríguez. Este notable envión al trámite no significaba, empero, su cierre: tenía que esperar la firma del gobernador. y el gobernador se pasaba la mayor parte del tiempo combatiendo a los indios araucanos en el Sur.

Juan Flamenco Rodríguez encogió los hombros.

– Sólo cabe esperar.

Después me guiñó:

– Usted no puede atender los enfermos del hospital hasta que el decreto esté en forma, pero puede darme consejos para ciertos casos difíciles.

Comencé a brindar mis servicios a los habitantes de la ciudad. Me respaldaba un diploma coruscante de sellos y firmas, las comadres difundieron mis méritos. Tuve la prudencia de callar críticas a los curanderos, clisteros y ensalmistas que ofrecían remedios maravillosos: aprendí a ejercer el silencio como una técnica esencial que merece incorporarse a la bella oración de Maimónides. En todas las poblaciones del Virreinato medran los embaucadores de la salud y su irresponsabilidad es tan grande que no tendrían escrúpulos en inventar ríos de calumnias en contra de mí. Mi condición de marrano (de personalidad encubierta, dividida y mentirosa) me ayudó a callar aun cuando espumaba indignación. Los pacientes crónicos atribuían su desgracia a los malos tratamientos y deseaban convertirme en cómplice de sus denuncias.

En agosto de 1619 -había transcurrido más de un año- el gobernador Lope de Ulloa firmó mi designación. ¡Albricias! ¿Podía ya hacerme cargo del hospital? No: era preciso que el documento llegase a Santiago. Fue firmado en Concepción y tardaría alrededor de una semana. Transcurrido ese lapso, la minuciosa administración necesitaba labrar el acta de nombramiento. Para que esto se cumpliera el expediente circuló por varios escritorios durante cinco meses adicionales. Pensé que convenía olvidar el decreto, el hospital y mi crepuscular entusiasmo.

A mediados de diciembre me anunciaron que estaba organizándose el acto de mi juramento. ¿Un acto especial? Sí, especial. Un acto aparatoso. Un espectáculo , como diría mi condiscípulo Joaquín del Pilar. La tardanza de los últimos días tuvo más relación con los avatares del espectáculo que con los requerimientos de la salud pública. Para la ceremonia fueron convocados el Cabildo, la Justicia y el Regimiento con ropa de etiqueta; se distribuyeron los asientos de alto espaldar. Solemnemente, los funcionarios tomaron ubicación bajo los estandartes del Rey y la muy noble ciudad de Santiago de Chile. Se contemplaron unos a otros con orgullo, desprecio y envidia, según los sitios. Después un oficial leyó el largo decreto. El gobernador mandaba que el Cabildo, la Justicia y el Regimiento de la ciudad, así como sus demás personajes y moradores, reconocieran el digno cargo. Me sorprendió la importancia que le atribuía porque ordenaba, textualmente, que se me «guarden y hagan guardar todos los honores, gracias, mercedes, preeminencias y libertades, prerrogativas e inmunidades que por razón de dicho oficio debéis haber y gozar, sin que os falte cosa alguna».

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