Marcos Aguinis - La gesta del marrano
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– El enemigo interior se llama marrano .
92
¡Buena me la hicieron! -cavilaba el marqués de Montesclaros en el galeón que lo llevaba de regreso a España-. Mientras yo defendía Lima y el Callao del pirata Spilbergen, Felipe III designaba mi sucesor. Es el injusto premio que debemos soportar los funcionarios abnegados y conscientes. Mis méritos no modificaron la decisión real porque sobre ella pesaban intereses espurios y la voluntad del inclemente Santo Oficio.
Mi sucesor es don Francisco de Borja y Aragón, conde de Mayalde. Pertenece a una familia plagada de escándalos y uniones ilícitas -que incluyen infiltraciones de moros y judíos-. Esa familia tuvo la fortuna de producir un hombre como San Francisco Borja, cuya santidad pudo lavar parte de sus máculas. Mi sucesor consiguió casarse con la hija del cuarto príncipe de Esquilache. De modo que vendió sus bolas para enfundarse un título de clarines. Se hace llamar, sin el mínimo pudor, príncipe de Esquilache, para que en la corte nadie se atreva a estorbarle el paso.
Se me hace que este príncipe de utilería gestionó su designación para venir a divertirse en el Perú y llenar sus cofres de oro sin pensar en los abrumadores conflictos aquí reinantes. De su cinto cuelga un reluciente espadín, pero su mano debe temblar ante el contacto de una espada. Es un cobarde. En octubre, cuando ya el pirata Spilbergen y sus navíos estaban lejos del Virreinato, él y su séquito de 84 criados permanecía en Guayaquil esperando seguridades de la Audiencia. No quería entrar en Lima antes de que estuviesen listas las defensas que yo mismo empecé a implementar. También dejó en Panamá a su primo para asegurar mejor esa plaza, tan codiciada por los filibusteros. En realidad pretendía asegurar su bienestar en Lima. Y no ha dudado en elegir a un pariente. Quienes me acusan de nepotismo deberían observarlo también a él.
Dicen que me imita, que es poeta. Por lo que conozco, escribe en forma lamentable. Se ufana de dominar el estilo humorístico. Es de los que piensan que hacer reír a un hombre equivale a desarmarlo y hacer reír a una mujer es ponerla al borde de la cama. Apenas desembarcó en el Callao, un autor local (imaginativo pero obsecuente) que yo he celebrado quiso ganar su favor enalteciendo su linaje. Se llama Pedro Mejía de Ovando y tituló a su obra La Ovandina . Como el nuevo virrey no se mostró dispuesto a una importante retribución, el interesado poeta deslizó en su linaje el nombre de algunos moros y judíos. Esta injuria determinó que los inquisidores Francisco Verdugo y Andrés Juan Gaitán tomaran inmediata ingerencia en el asunto y prohibieran el texto que, paradójicamente, había contado con la autorización de la propia víctima.
El primer trabajo de este príncipe al llegar a Lima fue enterarse de las defensas. Le pareció bien las que yo puse en marcha. Pero le preocuparon sus costos. Quería hacer buena letra con Madrid remitiéndole más fondos que los muchos que yo mandé, reservándose para si una gorda porción. El mantenimiento del ejército y la escuadra exigía muchos pesos, porque el casco de los barcos y su velamen se deteriora rápidamente por la humedad del aire y la salinidad de las aguas. El pánico que desencadenó el ataque holandés se tradujo en una emigración de numerosos vecinos que optaron por trasladarse a ciudades del interior. Para conservar una buena dotación de soldados y marinos había que pagar buenos y puntuales salarios. Todo esto exigía dinero y había que ajustar la administración. En sus primeras cartas al Rey no me hizo críticas aunque, indirectamente, insinuaba prontas y notables mejoras. Quería reducir drásticamente los costos de la armada y el presidio del Callao: amenazó a los contadores, recortó personalmente varias partidas, dijo que los 409 000 pesos a que ascendía mi fenecido presupuesto era un disparate. Después me reí a mandíbula batiente: todos sus desgañitados esfuerzos consiguieron reducirlos a 390 000…
Pero este príncipe de Esquilache no debería preocuparme más. Son otros quienes andan conspirando para hacerme un juicio de residencia. Son unos ingratos de mierda: nunca les parecieron suficientes mis favores.
Por suerte los juicios de residencia se reducen a la angustia del juicio en sí. El fallo y las consecuencias se demoran, se diluyen y se olvidan. Basta con tener buenos amigos en la corte.
93
La taberna vecina a la Universidad trepidaba risas, aguardiente y guisados picantes. Lorenzo Valdés, Joaquín del Pilar y Francisco solían encontrarse allí. Lorenzo gustaba pellizcar las nalgas de las negras que recorrían las mesas con sus fuentes humeantes y les pedía a sus amigos que no fueran afeminados, que hicieran algo peor. Después empujó a Francisco hasta un penumbroso aparte.
– Te aviso -lo miró desasosegado- que vienen tiempos difíciles para los portugueses.
Francisco le sostuvo la mirada. Sus pupilas refulgían entre las sombras y el humo.
– Yo soy criollo: nací en el Tucumán.
– No te hagas el distraído -Lorenzo se entristeció de golpe-. Ocurre algo feo -le cogió el brazo.
– Estoy dispuesto a escucharte.
– Creo, Francisco -tragó saliva-, que en Lima te cerrarán las puertas. Tu padre…
– Ya lo sé -interrumpió.
– Pronto conseguirás el título de bachiller. Es lo que pretendías ganar aquí. A partir de entonces…
– ¿Qué?
– Te vas donde no te jodan. Eso deberías hacer.
– ¿Existe ese lugar? -su rostro se convirtió en una mueca interrogativa.
– Lima es un puterío. ¿O no?
– ¿Ya no te gusta?
Lorenzo le apretó el brazo.
– Cuando atacó el pirata Spilbergen no te sentía cómodo con una lanza. ¿Vas a sentirte cómodo con las sospechas y calumnias? Aquí la intriga es el pan cotidiano.
– Yo no tengo manchas. Ni participo de intrigas.
– ¿A mí me quieres convencer? Yo no soy tu enemigo -movió su acusatorio índice en derredor-. En cambio, muchos de los que hoy beben junto con nosotros, mañana festejarían tu condena por el Santo Oficio.
– ¿Debo irme de Lima? -le subía la rabia-. ¿Debo huir esta noche?
– Me preocupa todo lo que se dijo de los portugueses en el cuartel: se dijo que invitaron a Spilbergen. Todos los portugueses son traidores y entregadores. Todos son marranos.
– Absurdo.
– Ya ves.
Francisco vació la jarra.
– ¿A dónde ir? -frunció el entrecejo-. ¿A Córdoba?
– ¿Volverías a Córdoba?
– No.
– Estoy de acuerdo.
– ¿A Panamá? ¿México? ¿La Habana? ¿Cartagena? ¿Madrid?
– No lo tienes que decidir ya.
– ¿Existe un lugar propicio, acaso? ¿Conoces alguna remota arcadia?
Lorenzo apretó los labios y lo palmeó afectuosamente.
– Debe existir.
– En Plinio.
– ¿Dónde?
– En los libros de Plinio -aclaró-. Allí viven los monstruos con pies para atrás y dientes en el abdomen.
Lorenzo rió.
– Dicen que los han visto en el Sur -recordaba-, en el país de Arauco.
– ¡Qué imaginación!
– El jesuita Luis de Valdivia tiene embelesado al nuevo virrey con sus relatos sobre Chile -Lorenzo levantó una jarra de aguardiente-. ¿Ves? Ahí tienes un nuevo lugar.
Francisco Maldonado da Silva sintió que algo importante se articulaba en su espíritu. ¿Sería Chile el escenario de su plenitud?
Libro cuarto: Números
94
Papá murió en el Callao en 1616. La carga de sufrimientos lo aplastó de golpe. En los últimos días sólo se desplazaba con ayuda. Era una luz fuerte en un pabilo achacoso.
Durante los años en que disfruté de su compañía me transmitió más medicina práctica que los empingorotados profesores de la Universidad. Releímos los clásicos y nos divertimos con las recetas indígenas que, a menudo, deparaban resultados excelentes. Me entusiasmó con los descubrimientos de un examen clínico atento y demostró la importancia de seguir la evolución de cada enfermo tomando apuntes. No olvidaré la analogía que desarrolló entre el cuerpo humano y un templo. Dijo que el profesional debe aproximarse al cuerpo con devoción. En sus apretadas dimensiones contiene tantos enigmas que no alcanzan los sabios del universo para descifrarlos. Esa máquina formada por huesos, nervios, músculos y humores es la sede visible de un espíritu con el que está misteriosamente entrelazado, Los desajustes de la máquina se proyectan en el espíritu y viceversa. Así como un templo está construido con materiales que se encuentran en todos los edificios, un cuerpo está formado por los elementos que dan vida a un animal o una planta. Pero contiene algo que no existe en el animal o la planta. Dañarlo es profanarlo. El cuerpo es y refleja al mismo tiempo un misterio insondable. No existen dos cuerpos idénticos así como no existen dos personas idénticas. Aunque los parecidos son infinitos, infinitas también son las diferencias. Un buen médico detecta las semejanzas para ver en uno lo aprendido en otro; pero no debe olvidar que cada ser humano tiene una cuota de singularidad que es necesario reconocer y respetar. Cada hombre es único en evocación del Señor, que es Único. Cuidar su integridad y alargar su vida es un cántico de gratitud. Torturado, tratarlo con negligencia, matarlo, es una blasfemia. Es entrar a saco en un templo, derribar el altar, ensuciar el piso, voltear las paredes y permitir que lo rapiñen las alimañas. Es mofarse de Dios.
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