Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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– Sí.

– Y no las extirparon.

– No del todo. Pero hay menos que antes.

– No estoy seguro -replicó Francisco.

Lorenzo aflojó sus manos sobre el pomo de la montura.

– ¿No?

– Creo, Lorenzo, que esta idolatría obstinada y que la famosa plaga del Taki Onkoy tienen una razón más profunda que la ignorancia de los indios.

– El Diablo.

– No se trata de la maldad, solamente.

– ¿Qué, entonces?

– No lo sé, o no puedo explicado.

– La idolatría no tiene profundidad, Francisco. Hace creer en lo superficial, en lo que reciben los ojos o el oído. Es un engaño del demonio.

– ¿Sabes? Aunque siento asco por la idolatría, esta idolatría de los indios no me subleva. Diría que… me conmueve.

– ¿Estás loco? ¿Qué hace mejor a la idolatría de los indios?

– No es mejor. Expresa algo.

– Que son unos brutos.

– Fíjate. La abandonaron por el dios Sol que impusieron los incas. Luego abandonaron el dios Sol por Nuestro Señor Jesucristo que impusimos los cristianos. Ahora abandonan al Dios de los cristianos para retornar al principio -discurría con esfuerzo, eligiendo cada palabra, inseguro.

– ¿A dónde quieres llegar?

– No lo sé bien -Francisco encogió los hombros-. Quizá a que esos dioses realzan su identidad, su raíz. Son los dioses de ellos, no los impuestos por otros.

– ¿Una piedra realza la identidad? -rió Lorenzo.

– Muchas piedras y montañas y árboles. Toda la tierra que conocen y sus antepasados y sus padecimientos. Todo eso necesita expresarse a través de una religión propia. La creencia en esos dioses absurdos les insufla algo así como el reconocimiento de su importancia. Son dioses que protegen los respetan a ellos. Nuestro Señor Jesucristo, en cambio, respeta y beneficia a los cristianos solamente. ¿Por qué lo van a querer, entonces?

– Tus ideas son ridículas. Confunden y molestan.

– No las tengo del todo claras aún.

– Mejor que las olvides -Lorenzo estiró el rebenque y lo hundió en las costillas de Francisco-. ¡Eh, proyecto de fraile! Mejor que las olvides, en serio. Piensa en otra cosa. Piensa en las mujeres. Ahora que nos acercamos a Lima, ni se te ocurra hilvanar estas herejías en voz alta.

Desde una loma pudieron ver la recta banda azul del océano Pacífico. Ambos sabían que empezaba su aventura mayor.

Libro tercero: Levítico

La ciudad de los reyes

64

Lorenzo Valdés y Francisco Maldonado da Silva ingresaron a Lima por el Sur y se toparon con la guardia de caballería montada sobre altos corceles con chapetones de metal dorado sobre los relucientes arneses. Levantaban globos de tierra en su avance hacia la plaza de Armas. El colorido desfile con las alabardas verticales y el estandarte desplegado provocaba la atención de las gentes que, no por habituadas, dejaban de admirar su lujo y apostura. Las calesas de dos ruedas, tiradas por una mula, se apartaban hacia las calles adyacentes o se introducían en portal cuando advertían la proximidad de la tropa. La guardia de caballería iba en busca del virrey Montesclaros para escoltar su paseo y nada podía estorbarla. Recorrió la ruidosa calle de los Espaderos; Francisco y Lorenzo la siguieron. Fraguas y martillos enderezaban hojas de acero y moldeaban empuñaduras artísticas que se exponían sobre panoplias con forma de escudo. Infanzones e hidalgos que gozaban la evaluación de esta mercadería se corrieron de mala gana para dejar paso a la guardia del virrey. Los enjaezados corceles torcieron al callejón de los Petateros. Aquí se elevaban pirámides de cofres, arcones, arquetas y petacas. La guardia penetró luego en la espaciosa calle de los mercaderes, atiborrada de tiendas con géneros, especias, vinos, zapatos, botas de cordobán, tinturas, joyas, menaje, aceite, cirios, monturas, sombreros. Los esclavos corrieron apresuradamente los tablones de exhibición para que no los voltease la espuela de un soldado. Lorenzo aprovechó el caos para meter en su bolsillo un mazo de naipes.

La guardia iluminó la colosal plaza de Armas. Al frente se alzaba el palacio Virreinal cuyas líneas sobrias disimulaban el lujo interior. A un lado estaba la catedral, en el sitio de la primitiva iglesia que mandó construir el fundador de Lima. Al otro lado el Cabildo. Eran el poder político, religioso y municipal tocándose, empujándose. El mismo despliegue que en Ibatín, Santiago, Córdoba y Salta.

La grandiosa plaza deslumbró a Lorenzo y a Francisco. No sólo servía para efectuar procesiones y corridas de toros como en las otras ciudades, sino para los Autos de Fe. «Aquí fue reconciliado mi padre.»

– ¡Quisiera ser contratado por la guardia de caballería! -suspiró Lorenzo mientras palpaba los hurtados naipes.

«No quisiera llegar al Callao», pensó Francisco.

Tras ellos, la rueda de una calesa mordió el borde de la acequia que corría por el centro de la calle, y volcó. El carruaje siguiente intentó esquivada, pero enganchó su estribo de bronce y quedó cruzada. En seguida se produjo un amontonamiento de carruajes y berlinas. Dos oficiales se abrieron paso con las armas en alto. De las ventanas asomaron rostros enojados y algunos puños. Numerosos hidalgos corrieron para observar de cerca el desarrollo del incidente. A Francisco le sorprendió la elegancia de los hidalgos. Muchos de ellos vestían calzones rematados en la rodilla con una charretera de tres dedos de ancho. Usaban zapatos de doble suela para protegerse mejor de la humedad. De un ojal del chaleco pendía una cadena de oro con un escarbadientes también de oro.

Francisco preguntó por el convento de Santo Domingo. Allí debía encontrar a fray Manuel Montes, tal como le había indicado en Córdoba el comisario Bartolomé Delgado.

Entraron con el recogimiento que exige un lugar sagrado y encontraron un interior fastuoso. El altar relucía y en su extremo opuesto se elevaba el coro de cedro tallado. Francisco se persignó y rezó. Caminó en puntas de pie hacia una puerta lateral y movió la tranca sin hacer ruido. Entonces lo asaltó la maravilla, una selva de luces: donde imaginó estaría el patio brillaban zafiros y rubíes sobre paneles de oro. Parpadeó encandilado. En el centro del claustro se levantaban palmeras entre macizos de flores azules, amarillas y rojas. Avanzó con miedo de romper un hechizo, se acercó a la pared y acarició la fresca superficie. Los azulejos estaban fechados en Sevilla. Recién los habían traído y colocado.

Lorenzo Valdés se abalanzó sobre el tesoro y hurgó con las uñas: tal vez pudiera extraer algunas de las gemas que parecían disimularse bajo la capa vidriada. Decepcionado, exigió a su amigo que volvieran a la plaza Mayor: era más divertido.

– Ya encontrarás a tu fraile.

No apareció ningún sacerdote y Francisco prefirió seguirlo hacia la calle que los envolvió con ruidos.

Cruzaron el flamante puente de piedra, llegaron a la Alameda refrescada con árboles y fuentes y contemplaron el majestuoso paseo del virrey Montesclaros con su corte de nobles, pajes e hidalgos que competían por estar cerca suyo y dirigirle algunas palabras. Después bajaron hasta el río Rímac y bebieron junto a sus cabalgaduras. El virrey, de regreso al palacio, se detuvo junto a los torreones del puente para leer su nombre y sus títulos grabados sobre la piedra. Luego su mirada descendió hacia unos aguateros, las negras lavanderas y los dos amigos junto al Rímac.

Lorenzo Valdés lo advirtió. En voz baja proclamó su alegría:

– ¡Me ha visto! ¡El virrey se ha fijado en mí!

Ya se sintió parte de la milicia real. Su futuro de gloria estaba asegurado.

65

Le angustiaba llegar al Callao, aunque su extenso viaje tenía ese puerto como meta: allí estaba su padre; le angustiaba encontrarse con Manuel Montes, pero había prometido hacerlo; no quería pasar ante el palacio del Santo Oficio, aunque la curiosidad lo devoraba. Se dispuso a afrontar tres desafíos. Lorenzo Valdés le regaló una de sus mulas: las dos restantes y el hermoso caballo le alcanzaban para presentarse con dignidad ante el jefe de la milicia. La mirada del virrey ya era su certificado de admisión: iría a extirpar idolatrías, luchar contra incursiones piratas o domesticar indios alzados. Empezaba su carrera militar. Francisco prometió reencontrarlo y, arrastrando la mula, fue hacia el edificio de sus pesadillas: el palacio de la Inquisición.

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