El clima se tornó benigno. Por las calles limpias paseaban hermosas mujeres escoltadas por sirvientas negras. Los entogados miembros de la Real Audiencia se distinguían por sus capas lujosas y la lisonjera veneración que les brindaban a su paso. En La Plata, además, había muchos hombres eruditos.
– Diego López de Lisboa -contó José Ignacio Sevilla- tiene ganas de venir aquí para cursar estudios teológicos.
– ¿Eso dijo?
– Quiere consolidar su fe cristiana. Borrar sus raíces.
– Si pudiera… -suspiró Francisco.
– No lo conseguirá. Es una marca indeleble.
– ¿Una maldición?
– Ni Job ni Jeremías llamaron maldición a las pruebas del Altísimo -se encrespó José Ignacio.
La catedral relucía con sus espejos interiores. Anchas cantoneras de plata rodeaban al altar mayor. Candeleros altísimos iluminaban a día la espaciosa nave. Francisco rogó al Señor que abreviara su viaje: ya soñaba el ingreso a la soñada Lima.
Siguieron hacia Oruro, donde se fundían las barras de plata. Lorenzo trató de seducir a varias mujeres coquetas. No tuvo éxito, aunque le aseguraron que eran ligeras para ocultarse con un hombre y más rápidas aún para atarlo en matrimonio.
Ascendieron a La Paz. En el camino unas indias envueltas en sus ponchos de colores les vendieron huevos helados. Los indígenas no supieron antes de la conquista española que los huevos eran comestibles. Aún se resistían a ingerirlos. También vieron grupos de mujeres examinando coladores en los arroyos: buscaban pepitas de oro que luego entregaban a sus amos. La cosecha era insignificante. La Paz, sin embargo, lucía como una población rica, cuyas viviendas sobrecargaban la decoración. Circulaba mucho terciopelo y rutilantes alhajas.
La reducida caravana avanzó otro tramo. Los viajeros se internaron en la pampa de Pacages. Allí se reunían columnas de mitayos antes de marchar hacia las minas de Potosí. Era una feria triste, multitudinaria y variopinta. Cada indio conducía a su mujer y sus hijos. Los condenados formaban grupos identificados por un pabellón: era la bandera que debían seguir, el emblema de su ceniciento destino. Cargaban bultos en sus espaldas y llevaban unos pocos carneros y vicuñas.
José Ignacio Sevilla ordenó detener la marcha: atrás, a casi un kilómetro de distancia, se quedó el indio José Yaru convertido en estatua. Miraba a esa muchedumbre prisionera y resignada con profunda desazón. No podía acercarse ni huir; el espectáculo era un tormento. Sevilla fue en su busca. Francisco miró al indio con pena, con inefable solidaridad.
Llegaron al Titicaca. Estaban en el techo del mundo. Tupidos cañaverales marcaban el límite de las aguas. El lago era vasto como un mar. Único. A su espejante superficie la surcaban balsitas de totora que construían los indios desde tiempos inmemoriales. Hacia la orilla se comprimían largos festones de limo, como algodón mojada.
José Yaru venía teniendo actitudes bizarras. Una noche se levantó sigilosamente y fue a un claro; se sentó sobre las rodillas y quedó mirando la luna; el frío le endurecía las crenchas. Con una mano acariciaba un bulto atado al pecho. Lorenzo comentó la excentricidad a Francisco.
– ¿Lo hace todas las noches? ¿Adora la luna?
José demoraba el acatamiento de las órdenes. Se mantenía separado de todos, incluso de los indios lules.
Francisco lo vio alejarse hacia el cañaveral que rodeaba al lago. José miraba con demasiada preocupación en torno suyo. ¿Robó? ¿Pretendía ocultar algo? Lo siguió en puntillas y fue testigo de una escena alarmante. José Yaru se acuclilló, introdujo la mano bajo su manchada túnica y extrajo un lío blanco. Lo desató, abrió un vellón oscuro y tomó delicadamente, con tres dedos, la piedra cristalina. Después la frotó con harina de maíz y le vertió chicha. Murmuró unas palabras. Extendió el pañuelo blanco sobre la hierba mojada, deshizo el vellón y encima colocó la piedra. La contempló un largo rato, tan quieto como si él mismo fuese otra piedra inmóvil. Entonces el mineral le habló en falsete. Palabras en quechua lo hicieron sacudirse como si operaran resortes. Temblaron su cabeza, los hombros, las piernas. Después retornó el sosiego. José Yaru envolvió la piedra, la ató a su pecho y disimuló con la túnica.
Este acto de hechicería estremeció a Francisco. Vio algo abominable y comprometedor. Era preferible partir, ignorar el episodio. Pero ya fue tarde. José Yaru saltó como un felino y lo derribó. El indio estaba transfigurado. Tenía la ferocidad de un calchaquí: los hombros inmensos, la cabeza ingurgitada.
– Es idolatría… -balbuceó Francisco mientras trataba de romper su abrazo bestial-. Es peligroso… Te quemarán vivo.
José le apretó la garganta con ambas manos. Comprimía para ahorcado. Sus dedos encallecidos se hundieron hasta los huesos. Quería matar. De repente, lo soltó. Retrocedió unos pasos. Tenía súbito miedo. Miedo a que le arrebatasen el lío atado a su pecho. Retrocedió más.
– Va… a denunciarme -extendió su índice tembloroso.
– Es idolatría, José -insistió Francisco mientras giraba la cabeza y se masajeaba el cuello-. Pero no te voy a denunciar.
José lo miró con desconfianza.
– No te voy a denunciar -repitió-. Pero no vuelvas a cometer este pecado.
La nueva etapa incluía la cordillera de Vilcanota. José Ignacio Sevilla previno que su travesía iba a resultar difícil. En efecto, desde que ingresaron en sus abisales vericuetos la lluvia alternó con el granizo. Una nevada nocturna cubrió de leche todo el paisaje. Pudieron orientarse por los contornos almenados de las montañas. Los arroyos arrastraban trozos de hielo. El viento lastimaba la piel. Se refugiaron en una cabaña. El fuego y la sopa caliente los reconfortó. Los puesteros sabían cuánto valía en ese paraje un caldero hirviendo habas, coles y carne de oveja. María Elena y sus hijas usaban tanto abrigo que parecían fardos.
Los ascensos y descensos del camino los introdujeron finalmente en un clima tibio. Hicieron escala en un par de postas y llegaron al pueblo de Combapeta, que era famoso por sus habitantes longevos y un fantasmagórico color añil. Muchos tenían más de cien años. Reían con todos los dientes y caminaban sin bastón. Esta maravilla anunciaba la siguiente: el Cuzco, capital del otrora fabuloso imperio incaico.
El sol quebraba sus rayos contra las torres de la antigua capital del imperio. El paisaje era mágico. Los arroyos habían sido transformados en acequias. Los sembradíos se extendían en geométricas terrazas sostenidas por alineamientos de pircas. Breves hileras de indios confluían desde los alrededores aportando alimentos sobre el lomo de las llamas. Desde lejos se advertía que era una ciudad vieja, con personalidad e historia.
Avanzaron por el zigzagueante camino hasta penetrar en las callejuelas que en otros tiempos se habían estremecido con el paso del Inca y sus cortejos majestuosos. Cruzaron varias plazuelas enmarcadas por viviendas de frentes calizos y techos sonrosados de tejas. Entre las casas alternaban establos con corderos, llamas, cerdos y gallinas. Llegaron a la plaza mayor y su hermosa catedral. Decenas de mestizos construían un tablado delante de su pórtico para la gran Fiesta de Dios.
Sevilla había propuesto que Francisco y Lorenzo se alojaran también en la espaciosa residencia de su amigo Gaspar Chávez, quien era el propietario del obraje que proveía telas a numerosos comerciantes de la región. Chávez no tendría inconveniente en hospedados por unos días. También los indios lules y José Yaru encontrarían suficiente lugar para dormir y comer en sus galpones. José Yaru estaba más tenso que nunca: debía transferir la huaca.
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