Marcos Aguinis - La gesta del marrano

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En los años que precedieron a la conquista de América estalló la persecución de los judíos en españa, que culminó con su expulsión en masa. Esta novela narra la historia de Francisco Maldonado da Silva y sus peripecias frente al fanatismo inquisitorial, la hipocresía y la despótica corrupción del Nuevo Mundo. Una novela que también habla elocuaentemente de nuestro tiempo y del derecho a la libertad de conciencia.

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Cuando el director espiritual se habituó a encontrarlo sumergido en los versículos del Nuevo Testamento y tuvo suficientes pruebas de su obediencia, disminuyó la vigilancia. El joven lector no violó su compromiso. Aprendió de memoria la genealogía de Jesús según Mateo y según Lucas y muchas de las frases que pronunció Nuestro Señor en sus años de prédica. Era capaz de señalar los datos que figuraban en un Evangelio y no eran mencionados en otro, así como una docena de las imágenes terroríficas que describía el Apocalipsis. De las Epístolas escritas por San Pablo le impresionaba, y gustaba especialmente, la dirigida a los Romanos. La leyó varias veces, pero recién unos quince años más tarde podría entender la razón de ese entusiasmo.

No violó su compromiso por temor a la represalia.

Sería intolerable que lo privasen de la porción secreta. A medida que memorizaba el Nuevo Testamento y que su relectura se convertía en verificación de lo recordado, aumentaba su ansia por zambullirse en el voluminoso Antiguo Testamento , pero no lo haría sin autorización (que ya merecía). Se lo dijo a Santiago de la Cruz.

– Sólo para reforzar mi fe en el cumplimiento de la promesa divina -suplicó-. Déjeme leerlo.

– El Antiguo Testamento contiene la ley muerta de Moisés -le advirtió el director espiritual con mirada penetrante

– Y la promesa del Mesías -remarcó Francisco-. Jesús, hijo de David, es el Mesías ahí anunciado.

– Que no reconocen los infieles.

– Porque seguramente no saben leer.

De la Cruz sonrió.

– Leen con otros ojos.

– Sí, ojos de infieles.

Sonrió nuevamente. Palmeó a Francisco y levantó el índice.

– Acepto, pero con una condición.

– Dígame.

– Cada duda que aparezca, la conversarás conmigo.

– Es un privilegio -Francisco se ruborizó de alegría.

– Es un deber que te impongo.

El joven besó la mano del director espiritual y corrió a la capilla. El recoleto ámbito estaba más hermoso que nunca. Los cirios elevaban sus llamas quietas hacia las imágenes policromadas. Francisco besó el lomo repujado del grueso volumen. Acarició la primera hoja y, fascinado, leyó:

– «En el principio Dios creó el cielo y la tierra. La tierra era soledad y caos…»

35

Santiago de la Cruz comprobó que la lectura del Antiguo T estamento no perturbaba las creencias de Francisco. Las dudas que planteaba ponían de manifiesto su inteligencia aguda, pero no quebrantos de la fe: la destemplanza de Moisés, por ejemplo, o el erotismo de Sansón, la locura de Saúl, los pecados de David, las transgresiones de Salomón, la poca eficacia de los sermones proféticos eran anuncios de los errores que cometerían los judíos en contra de Jesucristo. Asimilaba rápidamente los capítulos más áridos (incluso las aburridas genealogías y las interminables prescripciones del Levítico y el Deuteronomio ) pero no señalaba versículo s que contradijeran los dogmas. Por el contrario, se alegraba al reconocer prefiguraciones de Cristo o profecías concretas sobre la llegada de su reino. El talento inusual de este joven lo animó a da un paso también inusual: presentarlo al obispo, que estaba pasando una temporada en Córdoba.

El obispo Fernando Trejo y Sanabria era un franciscano no obsesionado por el desarrollo de la enseñanza en esta ilimitada Gobernación. Pretendía crear un Colegio de Estudios Mayores cuya docencia estuviera a cargo de presbíteros jesuitas. Quería otorgar títulos de magisterio, bachillerato, licenciatura y hasta doctorado. Era un hombre tan perseverante como su turbulento antecesor, Francisco de Vitoria, pero de austeridad incorruptible. Uno y otro dejaron huellas indelebles, uno y otro lucharon contra resistencias seculares y eclesiásticas, uno y otro fueron calumniados y respetados al mismo tiempo. Pero Francisco de Vitoria había nacido en Europa y Fernando Trejo en América (primer obispo criollo). Vitoria procedía de judíos conversos (su hermano huyó a Roma y allí volvió abiertamente al judaísmo) y Fernando Trejo descendía de cristianos viejos. Vitoria fue pendenciero y Trejo apacible. Vitoria perteneció a la severa orden dominica y Trejo a la dulce de los franciscanos. Vitoria revolucionó su diócesis con iniciativas de genio y Trejo la organizó con tenacidad de pastor. Ambos protegieron a los indios y evangelizaron a conciencia. Vitoria creó la primer escuela y Trejo soñaba con el despropósito de erigir Universidad [16].

– ¿Sabes qué es una Universidad? -preguntó el obispo al joven lector, tras probado en latín e historia sagrada.

Francisco contempló arrobado a Su Ilustrísima. Había tenido la ilusión de encontrarse con un ser gigantesco, de atronadora voz y gestos amenazadores. Quizá imaginaba así al legendario Francisco de Vitoria por las descripciones exaltadas de Isidro. En cambio lo recibía un prelado de estatura mediana, cara seca y curtida por la intemperie, manos pequeñas y el raído hábito gris de su orden.

– He pasado mi infancia a orillas del río Paraguay -recordaba el obispo-. Mi madre enviudó y volvió a casarse. Su nuevo matrimonio me regaló un medio hermano que al principio rechacé: Hernando Arias de Saavedra, quien ha desarrollado un gran poder y al que las gentes apodan Hernandarias. Apenas pude, me fui de casa. Tenía una pecaminosa aversión por mi padrastro y busqué en el Padre del universo a mi padre ausente. Crucé las Indias del Este al Oeste y conseguí incorporarme al Colegio Franciscano de Lima. Amaba a los indios. Me consagré a su evangelización. Informes muy generosos determinaron que Felipe II me propusiera ante la Santa Sede para el vacante obispado del Tucumán en 1592.

– Yo nací en ese año -acotó Francisco.

– También en ese año, coincidentemente, moría en un convento de Madrid mi predecesor, Francisco de Vitoria -añadió Trejo.

Se cumplía el primer siglo del Descubrimiento de América, sin pomposa celebración.

»Recién dos años más tarde acepté el cargo -solía recordar el obispo-. Y aún pasaron otros tres hasta que me senté en la silla diocesana: las cédulas reales y las bulas del Papa iban y venían en lentos bajeles y se extraviaban en los territorios infinitos. Mi viaje de Lima a Santiago del Estero fue azoroso. Querían detenerme los abismos, la puna, el frío, las lluvias, el calor tórrido, las fieras. Comprobé la desconexión que existía entre los centros poblados, la orfandad de las parroquias, la burla a la ley y el olvido de la caridad. Yo era una insignificante piltrafa que rezaba a los gritos en medio del desierto.

»En 1957 convoqué al primer sínodo. Nada sería fecundo sin la conciliación de voluntades. Instruí a mis pocos colaboradores para que recorriesen los cuatro puntos cardinales con mi exaltada convocatoria. Ordené que viniesen los curas, los vicarios y los procuradores de las ciudades. Durante meses esos hombres rastrillaron las aldeas de la desorbitada Gobernación. Y antes de concluir el año, con temor, inauguré el acontecimiento en la catedral de Santiago. Expliqué su organización y mecánica. Nunca en estas tierras había ocurrido algo parecido: el previo desorden del mundo y del alma eran milagrosamente acotados. Los rudos sacerdotes y procuradores no reconocían que estaban despiertos. Mis disposiciones no dejaron espacios vacíos: fijaba el horario, lugares para las juntas comunes y las reuniones secretas, el nombre de los consultores y la distribución de los asientos eclesiásticos y civiles de acuerdo a una etiqueta rigurosa. La asamblea quedó formada por cincuenta y cuatro miembros que trabajaron intensamente hasta elaborar un cuerpo de resoluciones. Era letra sabia. Yo estaba contento. Podía mejorar la vida de toda la Gobernación.

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